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Estados Unidos, Europa y los transgénicos
02-04-03

El gobierno de Estados Unidos no está muy contento con Europa en estos días. Washington alega que la postura de los europeos es "inmoral", pero Europa no cede.

No, no se trata de la guerra contra Irak. El asunto de la contienda son los alimentos transgénicos, o genéticamente modificados (GM).

Desde 1998 la Unión Europea (UE) requiere el etiquetado de todos los alimentos GM, al igual que los que simplemente tengan trazas de ingredientes GM. Esta política equivale a una moratoria de facto contra las
importaciones de productos transgénicos provenientes de Estados Unidos porque el Tío Sam se niega con vehemencia a etiquetarlos. No sorprende la renuencia, ya que encuestas en ambos lados del Atlántico demuestran que la mayoría de los consumidores quieren los productos GM etiquetados, precisamente para evitarlos.

El representante comercial de Estados Unidos, Robert B. Zoellick recientemente tildó la política europea hacia los transgénicos de "Luddite" (tecnofóbica) e "inmoral". En respuesta, David Byrne, comisionado de salud y protección ambiental de la UE, dijo que los comentarios de Zoellick eran "injustos" y "equivocados".

El complejo biológico industrial estadounidense- que incluye corporaciones agroquímicas y farmacéuticas- se opone totalmente al etiquetado de sus productos GM. "El etiquetado es un fraude", dijo Mary Kay Thatcher,
cabildera del American Farm Bureau. "Sería tan oneroso que acabaría con nuestras exportaciones".

El etiquetado "implica que hay algo malo con los alimentos GM," declaró Elsa Murano, subsecretaria del Departamento de Agricultura de Estados Unidos. "Sería otro tipo de barrera al comercio."

La oposición no comenzó ayer

La oposición de Europa a consumir transgénicos no se materializó de la noche a la mañana. Fue producto de años de activismo y agitación por parte de individuos y agrupaciones de variadísimos trasfondos.

A través de la década de los noventa, ciudadanos de toda Europa tomaron la ley en sus manos y se pusieron a "desyerbar" o "descontaminar" cultivos
experimentales GM con herramientas de jardinería.
Muchos de estos actos de desobediencia civil tomaron lugar a plena luz del día, frente a reporteros y policías atónitos. Los perfiles de estos activistas no cuadraban con los estereotipos populares del loco fanático o el militante de izquierda. Eran maestras, artistas, agricultores, carpinteros, amas de casa de clase media.

Entonces vinieron los crop squats, acciones en las cuales grupos "descontaminaban" cultivos transgénicos y luego ocupaban los predios por días y hasta semanas.
En mayo de 1998 unos activistas "desyerbaron" una siembra de remolachas GM de la corporación Novartis, y en cuestión de horas plantaron vegetales y construyeron algunas estructuras temporeras. En las siguientes dos semanas el lugar fue convertido en una finca orgánica con un centro de información para educar la gente sobre cómo promover la agricultura
ecológica y combatir los transgénicos.

Estas acciones revolucionarias al estilo de Gandhi tienen, desde luego, un gran parecido a la ocupación no violenta de la zona de tiro de Vieques que
comenzaría en abril de 1999. Pero mirando al pasado, también son similares a las que realizó el movimiento de paz europeo en los ochenta contra el despliegue de misiles nucleares estadounidenses MX en Europa Occidental. De la misma manera que las armas nucleares eran símbolo del poder del estado durante la guerra fría, hoy la ingeniería genética es símbolo del poder corporativo en la posguerra fría.

El activismo triunfó sobre el cinismo. Hoy día Europa no tiene misiles yanquis MX ni alimentos transgénicos yanquis. El Tío Sam está furioso.

Que la OMC decida

Wáshington ha amenazado en repetidas ocasiones con llevar el asunto a la Organización Mundial de Comercio (OMC) para que adjudique la controversia. La OMC, foro hostíl hacia las consideraciones sociales, ambientales y de salud pública, tiene un tribunal que ha sido denunciado por grupos de sociedad civil como antidemocrático y falto de transparencia.

Cuando un país miembro acude a la OMC para acusar a otro de imponer una barrera al comercio, el país acusado es culpable hasta demostrada su inocencia. El país acusado debe probar su inocencia, el acusador no
tiene que probar nada. Los casos los deciden paneles de burócratas no electos, que laboran en total secretividad.

Pero no se preocupen, porque la Unión Europea ganará su caso si puede probarle a la OMC que su rechazo a los transgénicos se basa en ciencia sólida (sound science). Pero a fines de los 90, "ciencia sólida" significó que los europeos se vieron obligados a aceptar importaciones de carne de reses inyectadas con hormonas de crecimiento, a pesar de que sus autoridades médicas y científicas habían determinado que tales hormonas son un peligro a la salud humana.
El tribunal OMC simplemente declaró que la prohibición europea contra las hormonas en la carne era una barrera injustificada al comercio. ¡Vaya ciencia sólida!

Los oponentes de los alimentos transgénicos en Europa y en el resto del mundo suspiraron con alivio el mes pasado cuando Estados Unidos retiró su amenaza de llevar el asunto a la OMC. Pero pocos observadores en ambos bandos creen que Wáshington realmente se haya dado por vencido. ¿Es esto un quid pro quo, con la esperanza de suavizar la oposición de Europa a la guerra contra Irak? El gobierno de Estados Unidos lo niega enfáticamente.

¿Está esperando Washington que la cosa se enfríe y que la resistencia a los transgénicos se ablande con el tiempo? Eso sería un cálculo político garrafalmente desacertado. El pasado mes de julio el Parlamento Europeo reafirmó su política de etiquetado de alimentos GM.

Peor aún, el mes pasado Michael Meacher, ministro inglés de asuntos ambientales, llamó los alimentos transgénicos "innecesarios" y "peligrosos". En entrevista con la revista The Ecologist, Meacher advirtió que el riesgo radica en las consecuencias que podrían tener estos productos dentro de diez, veinte o treinta años.

¿Existe un mercado para estos productos?

El panorama de los productos GM tampoco luce bien en el resto del mundo. Según informa la revista electrónica Biodemocracy News de febrero de 2003.

* India rechazó parte de un cargamento de soya y maíz de Estados Unidos valorado en $100 milliones porque estaba contaminado con transgénicos.

* El pasado 18 de enero el gobierno de Brasil confiscó un cargamento de maíz GM de Estados Unidos y exigió que se devuelva o que se incinere.

* En las Filipinas, multitudes destruyeron cultivos transgénicos y se tiraron a las calles a protestar porque el gobierno cedió ante las presiones de Wáshington para aceptar productos GM.

* Multitudes protestaron también en varias ciudades australianas contra la llegada de cargamentos de grano transgénico de Estados Unidos.

La oposición está creciendo en Estados Unidos también. Para 2002, 44 municipios estadounidenses habían aprobado resoluciones en favor del etiquetado de los productos GM y/o en contra de su cultivo, incluyendo
Denver, Boston, San Francisco y Austin. 33 de esos municipios son de Vermont, estado pequeño en tamaño y población pero grande en tradición democrática. Y el pasado tres de marzo, los ciudadanos de otros 36
pueblos de Vermont votaron por unirse a la campaña contra los transgénicos.

Un fiasco tras otro

La industria de la biotecnología aseguraba que el aislamiento de organismos GM y productos derivados de éstos no sería un problema. Pero en 2000 aparecieron en cientos de productos de supermercado trazas de Starlink, un maíz transgénico que la Administración de Alimentos y Drogas de Estados Unidos (FDA) había clasificado como inapropiado para consumo humano. Moledores y procesadores gastaron mil millones de dólares en tres meses en sus esfuerzos por deshacerse de este maíz. Y sin embargo, sigue apareciendo en los lugares menos esperados. Japón recientemente rechazó
un cargamento de maíz de Estados Unidos cuando se descubrió que tenía trazas de Starlink.

Y entonces vino el "Prodigene Affair", descrito por el semanario estadounidense The Nation como el "Three Mile Island" de la biotecnología. El pasado mes de noviembre la FDA confiscó 500 mil barriles de soya
contaminada con maíz transgénico biofarmacéutico de la compañía Prodigene.

Los cultivos biofarmacéuticos, o pharm crops, son plantas que producen en sus tejidos químicos y fármacos, lo mismo enzimas industriales y vacunas
veterinarias que anticonceptivos y hasta drogas para inducir el aborto. Obviamente no se deben usar como alimento.

Los escándalos de Starlink y Prodigene son advertencias de lo que podría ocurrir si los pharm crops acaban accidentalmente en el supermercado. Hasta agrupaciones industriales norteamericanas como la Grocery Manufacturers Association y la National Food Processors Association han expresado preocupación sobre esta posibilidad.

Pero la pelea sigue

Pero a pesar de todos los riesgos y la oposición mundial, el genio de la biotecnología es terco y duro de matar. Lejos de darse por vencidos, el complejo biológico industrial y el gobierno de Estados Unidos aún pretenden arropar el planeta con cultivos y productos transgénicos.-

Carmelo Ruiz Marrero
Publicado en:
CLARIDAD, 21 de marzo 2003


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