Desarrollo rural bajo de emisiones desde una perspectiva de complejidad

El desarrollo sostenible incluye al desarrollo rural y al desarrollo urbano aunque estas categorías cada vez se hacen más tenues tanto por los procesos acelerados de urbanización en detrimento de la población urbana en detrimento del campo como por los procesos de expansión urbana y presión agroindustrial hacia las áreas rurales. Además, cada vez se entiende mejor las estrechas interrelaciones entre lo rural y urbano.

Por Rodrigo Arce Rojas

Una forma de plantear el desarrollo es ponerle apellido territorial, así se habla de enfoques de desarrollo territorial sostenible. De manera complementaria existen diferentes grados de equivalencia y de matices entre los conceptos de territorios, paisajes y jurisdicciones. Reconocida la estrecha interrelación entre estos diversos conceptos en este artículo vamos a poner énfasis en el desarrollo rural bajo en emisiones (DRBE).

En el ámbito rural las principales fuentes de GEI vienen de la agricultura (fermentación entérica, cultivo del arroz, fertilizantes sintéticos, estiércol aplicado a los suelos, estiércol depositado en las pasturas, residuos agrícolas, cultivo de suelos orgánicos, combustión de residuos agrícolas, uso de energía) y la silvicultura y uso de la tierra (tierras forestales, tierras de cultivo, pastizales, combustión – biomasa) (FAO, 2015).

Según Llanos-Hernández (2010:207) el “territorio es un concepto teórico y metodológico que explica y describe el desenvolvimiento espacial de las relaciones sociales que establecen los seres humanos en los ámbitos cultural, social, político o económico; es un referente empírico, pero también representa un concepto propio de la teoría”. Por ello, el concepto de sistemas calza muy bien con el concepto de territorio como señala Arce (2013):

Una mirada sistémica implica varias cosas. Lo primero refiere a la necesaria interrelación entre diversos niveles del sistema tanto al interior del país como las relaciones con sistemas exteriores y que además son de diversa índole. Un segundo elemento refiere a las diferentes manifestaciones de la energía natural y social y que puede apreciarse como flujos y ciclos, redes y relaciones. Todo este conjunto de elementos se expresa en conexiones, mallas, tramas y articulaciones.  En este conjunto de interacciones es posible apreciar fuerzas convergentes y divergentes que es necesario entender – hasta donde sea posible- para poder gestionarlos. A nivel social por ejemplo podemos encontrar conectores y divisores respecto al tratamiento de determinados temas. De ahí se desprende que los conflictos en el nivel humano forman parte de la dinámica social (Arce, 2013).

En tanto el territorio es un concepto sistémico totalizador (masa, energía, información y sentido; dimensión biofísica y dimensiones socioculturales; tangibles e intangibles) es importante que podamos tener muy claro cuáles son sus límites. Simplificando podríamos identificar dos categorías: (1) Circunscripciones jurisdiccionales establecidas (criterios geográficos políticos), y (2) unidades convergentes. En la primera categoría podríamos ubicar una comunidad, una localidad, una región, una provincia, un distrito (según la tipología que tenga cada país) y en la segunda categoría se ubican muchos sistemas que no necesariamente se inscriben en la categoría anterior y que tienen dinámica propia (Arce, 2016). El territorio, entendido como el espacio cargado de actividades humanas, de historia e imaginarios, significa un punto de encuentro para distintos intereses (Ther, 2006). Consecuentemente, es necesario reconocer no sólo la complejidad de lo social sino que las divergencias de intereses, de concepciones y de estrategias de los actores locales, así como los compromisos formales e informales, forman parte de las reglas del juego en todo proceso social. Rozenblum, 2014)

El territorio es un  sistema complejo por excelencia. Así, podríamos afirmar que el territorio es un sistema abierto en el que se encuentran múltiples elementos heterogéneos que se encuentran estrechamente interrelacionados, son interdependientes y son interdefinibles y que tienen la capacidad de autoorganizarse y de producir fenómenos emergentes que no pueden ser explicados a partir de los componentes individuales. Estos sistemas que tienen una capacidad de diálogo con el entorno tienen propiedades irreversibles e impredectibles. Como sistemas complejos presentan además múltiples dimensiones, múltiples escalas y múltiples temporalidades. En el mismo sentido el paisaje es concebido como una unidad geográfica integrada por uno o más (micro) cuencas y mosaicos de tierras que están interconectadas y son interdependientes ecológica, sociológica o administrativamente, lo que proporciona la conectividad para especies, comunidades y procesos ecológicos (ICAA, 2016).

Como señala Rozenblum (2014) la complejidad en los territorios es indudable y los procesos de desarrollo que ocurren en ellos reflejan esa imbricada relación entre las dimensiones económico-productivas, sociales, culturales, político-institucionales y ambientales. Diversidad de actores, intereses y concepciones atraviesan los territorios y requieren esfuerzos orientados a construir compromisos colectivos que superen la ocurrencia de posibles conflictos. De ahí la importancia de analizar temas ecológicos, económicos y sociales en forma integral, complementando y estableciendo relaciones entre las variables que las definen en cada territorio. En este marco, las condiciones habilitantes para un desarrollo bajo en emisiones son financieras, institucionales, regulatorias, tecnológicas y de capacidades (MINAM,  2014).

Bajo un enfoque de complejidad del territorio Boisier  (2012: 27) menciona que:

Todos los sistemas territoriales tienden a convertirse en sistemas complejos, con numerosos subsistemas, alta interacción interna y externa, desorden/orden, incertidumbre, autopoiesis/expansión, transformación, y caos estocástico o determinista. Surgen propiedades emergentes o emergencias sistémicas, como se designa un nuevo estado de complejidad superior, resultante de la interacción entre sus elementos o subsistemas. Es una propiedad del todo, no de las partes e imposible de ser manejada mediante la disyunción analítica cartesiana.

Boisier (2004) señala la necesidad de identificar los subsistemas del territorio en los cuales introducir sinapsis y energía. El autor reconoce los siguientes subsistemas: axiológico (valores universales y singulares poseídos por la población), de acumulación (modelo de crecimiento económico), decisional (matriz de agentes de desarrollo) y matriz de poder, organizacional (mapa de organismos públicos y privados y características de ellos), procedimental (papel del cuasi-Estado local en la prestación de servicios, manejo de la información y apoyo al posicionamiento global del territorio) y subliminal (matriz de nueve categorías de capitales intangibles: Capital cognitivo, cultural, simbólico, social, cívico, psicosocial, organizacional, mediático, humano).

Boisier (2012: 32) al señalar las características básicas de los sistemas abiertos menciona los siguientes principios a tomar en cuenta en la gestión del territorio:

  • Principio de equifinalidad: Puede alcanzarse el mismo estado final partiendo de condiciones iniciales distintas.
  • Principio de heterogeneidad auto organizacional: Los sistemas abiertos evolucionan hacia estados de complejidad superiores mediante el intercambio de entropía con el entorno.
  • Principio de complejidad organizada: Los sistemas abiertos conjugan complejidad y autoorganización.
  • Principio de abundancia organizacional: Los sistemas abiertos poseen un número elevado de elementos componentes estructurados complejamente.
  • Principio teleológico: Poseen finalidades específicas que dependen de cada sistema específico.
  • Principio de retroalimentación: Feedbacks positivos y negativos.
  • Principio de complejidad jerárquica: A mayor complejidad, mayor jerarquización.  

La Alianza de Trópicos Sostenibles (2014: 3) reconocen que las regiones tropicales están enfrentando un desafío cada vez más complejo: ¿Cómo pueden avanzar exitosamente las sociedades el desarrollo rural de forma que atiende al bienestar local y regional, mientras a la vez satisfaciendo su rol expandido en cuanto al cambio climático y la seguridad alimentaria?. En ese mismo sentido la Alianza de Trópicos Sostenibles (2014) plantea que se requieren abordajes innovadores y holísticos que integran las metas de mitigación del y adaptación al cambio climático con las preocupaciones sobre el bienestar humano, y que involucran una gama de actores relevantes.

La Alianza de Trópicos Sostenibles (2014:13) señala la necesidad de avanzar hacia una mentalidad territorial. No se puede lograr DRBE con una mentalidad de proyecto, en la cual se minimiza el grado de involucramiento de los gobiernos. La visión DRBE tiene que unir iniciativas a través de regiones enteras en apoyo de métricas comunes de éxito, con avances realizados hacia dichos hitos apoyados por incentivos positivos (el acceso al mercado, crédito, incentivos reglamentarios). En esa misma perspectiva Digiano et al. (2016) señalan que se requieren políticas, programas, finanzas y mercados integrados que fomenten el desarrollo rural equitativo, sostenible, de bajas emisiones a través de grandes jurisdicciones de bosque tropical. Asimismo, Fishbein y Lee (S.f)  mencionan que tenemos que pasar del enfoque de costo de oportunidad a un modelo de desarrollo transformacional. Como señala Arias-Pineda (2010: 26) ahora tenemos frente a nosotros la posibilidad de pasar de una visión lineal a una visión en bucle, de un pensamiento fragmentado a un pensamiento en red, de la dominación a la emancipación, de la degradación a la sustentabilidad.

Resumiendo se podría afirmar entonces que abordar el desarrollo rural bajo de emisiones desde una perspectiva de complejidad implica mirar las totalidades y las diversidades. Todos los actores, todas las dimensiones, todas las escalas, todas las variables y todos los elementos. Significa además mirar todas las interacciones y relaciones a partir de los cuales se generan dinámicas adaptativas complejas que explican la autoorganización, las emergencias, la adaptación y la evolución.

El desarrollo rural bajo en emisiones en una perspectiva sistémica implica reconocer su carácter de problema de frontera por lo que no es posible resolverlo solo desde una perspectiva disciplinar o desde esquemas institucionales o de gestión que privilegian la fragmentación administrativa, el aislamiento de competencias y funciones y la falta de coordinación. Siendo la gestión de la información un elemento fundamental de los sistemas complejos se requiere que ésta pueda organizarse de manera articulada e interoperable. Resultan también fundamentales los espacios de diálogo multiactor donde participen todos los actores involucrados, incluyendo su propia variabilidad interna, para generar información y sentido que revierta la entropía a favor de equilibrios dinámicos. En tal sentido los Objetivos de Desarrollo Sostenible pueden convertirse en un atractor que permita expandir la conciencia y articular los esfuerzos, imaginación y creatividad de todos los actores.

Todo ello nos lleva a reconocer la necesidad fundamental de cambios profundos en nuestra manera de concebir el desarrollo, nuestra manera de pensar y obrar. Desde el paradigma de desarrollo que privilegia lo económico sobre las otras variables no es posible avanzar significativamente en una propuesta de Desarrollo Rural Bajo de Emisiones. Desde una perspectiva de complejidad importan todas las dimensiones, importa la ingeniería, la poesía, la diversidad, la pluralidad, la intuición, lo local, lo particular y se convive con la incertidumbre. En tanto se valora el camino importa la historia y el contexto. Más que una propuesta parcial o fragmentaria lo que se propone es una posición ética y política que valora la religancia.

Bibliografía:
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