El Futuro del Hombre

Hay momentos que la historia parece ir para atrás. Las malas noticias se suceden y nos abruman, creándonos una sensación de impotencia. El pesimismo hace su aparición, y la inmovilidad se instala en nuestro ser. A los problemas sociales y económicos que existen se le suman, desde hace un tiempo, la destrucción de la Naturaleza. Calentamiento global, contaminación de las aguas, deforestación, desertificación, extinción de especies, basura, pérdida de calidad del aire y el suelo, etc.

Por Juan Pablo Miracca (*)

¿Qué nos llevó a esta crisis? Algunos han acusado, como responsable, a la dominación de la cultura occidental basada en un Dios trascendente, que no forma parte de este mundo (y que por lo tanto lo despreciaría), y en una interpretación incompleta y sesgada de sus libros religiosos: “llenen la tierra y sométanla” (Génesis1,28). Otros han señalado al sistema capitalista como la causa de convertir a la Naturaleza en una mercancía de la que hay que adueñarse, explotarla y venderla. Un sistema económico que crece a base de fomentar en los humanos la posesión sin límites mediante la envidia y la codicia. El paradigma científico-técnico es un cómplice para sobreexigir y expoliar los ecosistemas sirviendo a los intereses económicos dominantes.

Pareciera que el “progreso” del hombre en lo que respecta a la tecnología, y su avance en las demás ciencias, no hubiera servido para vivir mejor. Más de 2.000 millones de personas en el mundo padeciendo miseria, la depresión como epidemia del siglo XXI y la crisis climática son solo tres puntos a señalar como prueba de la insuficiencia de nuestros esfuerzos… ¿Insuficiencia o equivocación en el camino elegido?

Los pueblos originarios de América tienen una visión de unidad con la tierra. Sin tierra un aborigen pierde su identidad. Ellos no están por encima de la Naturaleza, sino que forman parte de ella. Hasta el punto de pedir permiso a un árbol para sacarle su fruto.

El judaísmo tiene una antiquísima tradición: Tikún Olam. Esta expresión hebrea significa “reparar el mundo”. Son numerosos los judíos que sienten la responsabilidad sagrada de curar y proteger la Tierra.

Muchos musulmanes rescatan las leyes islámicas que nos hablan de la protección de la tierra, el agua, los árboles y toda la creación. Los animales tienen derechos. Alá se les revela, conversa con ellos. Incluso son canales para ofrecer sus enseñanzas. Está prohibido matarlos por placer. Merecen nuestro cuidado.

Con respecto al hinduismo, taoísmo y budismo, sus filosofías tienen una base de inmanencia que hace sagrados los entornos naturales. Sus practicantes adaptan sus acciones a los ritmos propios de la naturaleza.

El cristianismo, en general, comenzó a tomar muchos versículos del Antiguo y Nuevo Testamento reinterpretándolos a la luz de estos tiempos. Tal es el caso del catolicismo, quién con la última encíclica papal “Laudato si´”, mostró una interpretación bíblica holística y nos propuso el “cuidado de la casa común”, nuestro planeta. Recordemos que el patrono de la ecología es San Francisco de Asís, quien consideraba hermanos, no solo a los animales, sino también a los vegetales.

Podríamos extendernos con más tradiciones espirituales, algunas muy antiguas y otras más modernas, varias de las cuales resurgieron con el movimiento que se conoce como New Age.

No está de más recordar, que para ser una persona espiritual, no es condición sine qua non practicar una religión. Como señala el teólogo Leonardo Boff la espiritualidad es una dimensión que poseemos los humanos, como puede ser la inteligencia o la voluntad. Es cuestión de despertar y desarrollar esa dimensión; de ser sensibles a la vida y a las maravillas de la existencia.

Una de las características del hombre, que lo diferencia de los demás seres vivos, es su conciencia. El hombre es capaz de prever la consecuencia de sus actos, de razonarlos, de vencer sus impulsos instintivos. Grandes sabios de la humanidad nos hicieron diferentes legados de sabiduría, de un conocimiento particular para transformarnos en seres conscientes, apreciar cuánta enseñanza se esconde en todo lo que nos rodea y acceder, incluso, a niveles más profundos de la realidad.

En las religiones y/o filosofías antes mencionadas, en sus vertientes más espirituales, se observa lo mismo: la idea de conciencia y amor. Una actitud de asombro y contemplación ante la magnificencia del universo. Existe una reverencia a la Vida. Ese misterio que el hombre, a pesar de sus “avances”, no ha podido crear a partir de la materia inerte. Una vida que evolucionó desde las primeras moléculas autorreplicantes hasta el chimpancé y de éste alhombre. Siendo, el próximo escalón, un ser con mayor grado de complejidad y conciencia. Quizás  nuestros problemas sociales y ambientales se producen cuando frenamos este proceso, embruteciendo al ser humano, transformándolo en una máquina de trabajar y consumir o, sencillamente, en algo descartable. En definitiva, en una simple mercancía al igual que hacemos con la Naturaleza.  Quizás debemos darle más importancia a la sabiduría sobre la técnica. Al amor sobre el “éxito”. Al Entendimiento sobre el impulso. Para, de esta forma, llegar a algo semejante a lo que el jesuita Teilhard de Chardin llamó el Punto Omega, confluencia absoluta de la evolución. Punto de encuentro de todas las conciencias y todo el amor del universo.

Si seguimos un camino espiritual no solo salvaremos al planeta y a todas sus criaturas, sino llevaremos plenitud y felicidad a nosotros mismos y a nuestros semejantes.

(*)Docente. Licenciado en Ciencia Política (UBA). Master-Trainer en Programación Neuro-Lingüística (PNL) y estudios en Economía Ecológica.

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