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Bolsas de plástico: la maravilla que devino pesadilla. Al ladrón grita el ladrón
Esto empezó hace medio siglo. Y desde hace varias décadas se empezaron a observar las secuelas de la invasión de termoplásticos al ambiente. Ya en la década de los ’70 Jacques-Yves Cousteau denunciaba que las pobres tortugas marinas confundían las bolsas flotantes con medusas y se las manducaban; una atroz forma de muerte de animales que habían sido alcanzados por la “civilización”.
Es una vieja técnica.
El tipo se ha salido con la suya, en realidad con la ajena: ha robado una buena billetera y ha salido a escape. Es un hombre corriendo por la calle. Pero segundos después escucha los gritos de quienes han salido tras él: -¡agarrenlo!
Es un instante. Él también empieza a gritar: ¡agarrenlo!, y sigue raudo corriendo. Algunos más veloces ya están a la par, todos gritan algo ante lo cual los demás transeúntes no saben qué hacer. Es que al haberse sumado el ladrón al coro, la demanda ha devenido insensata.
La empresa de supermercados Disco se ha sumado a la campaña contra las bolsas de polietileno y el desastre ambiental que han provocado. Las bolsas de plástico, empero, no se hacen, ni se distribuyen, ni se esparcen solas. Hay algunas empresas que han contribuido particularmente. En realidad, los supermercados fueron invadiendo nuestras sociedades brindándole a la gente el protagonismo en la compra. Y en verdad, frente a la corruptela del comercio minorista, donde no se podía elegir y donde el comerciante era el que elegía cuando y a quién “le metía el perro”, la opción ofrecida resultó tentadora. Nadie pensó entonces en el consumismo galopante, el despilfarro, en la construcción de una sociedad del desperdicio. Para afianzar esa “nueva cultura”, del autoconsumo, los supermercados se valieron de la góndola al alcance del cliente y la bolsa de plástico a la salida. Expresión de libertad y comodidad, sabiamente confundidas.
Esto empezó hace medio siglo. Y desde hace varias décadas se empezaron a observar las secuelas de la invasión de termoplásticos al ambiente. Ya en la década de los ’70 Jacques-Yves Cousteau denunciaba que las pobres tortugas marinas confundían las bolsas flotantes con medusas y se las manducaban; una atroz forma de muerte de animales que habían sido alcanzados por la “civilización”.
¿Cómo llegaban a la superficie marítima bolsas de supermercado o “de plástico”, términos casi equivalentes? Las bolsas de plástico son relativamente resistentes. Flotaban. La gente las tiraba o las dejaba en las más diversas situaciones. Desde el momento en que empezaron a abundar las bolsas, es decir desde el momento en que los supermercados, como Disco, empezaron a “regalarlas” (cobrándolas con exceso sin duda en los precios), desde el momento en que el mercado, cada vez más mundial, tenía tal mercancía como bien abundante y no (como el resto) escaso, las bolsas “de supermercado” empezaron a estar en todas partes, y a sobrar en todas partes. Quien más quien menos, debe haber sido alguna vez “millonario” en bolsas de plástico. Así llegaban –como desperdicio que uno se saca de encima porque sabe que hay “de más”– a los campos, a los ríos, a los mares.
¿Que los termoplásticos son tóxicos? Se sabe también desde hace tiempo. Hay investigaciones escalofriantes sobre la “migración” de partículas plásticas a los alimentos. Pero al mundo empresario le importaba otra cosa. Y la gente prefería, inducida, otra esdrújula en lugar de tóxica. ¡Son tan cómodas! Y los supermercados estuvieron a la vanguardia planetaria en promover esa forma de comportamiento. Miope y suicida, pero exitosa, sobre todo si todo el ensamble social “lo necesita”. Uno no va a hacer las compras al “súper” tranquilo desde su casa, como la abuela que llevaba su bolsa de tela o su “chismosa” de hilo al almacén. Uno sale apurado, más bien apurada, del laburo y pasa por el súper para comprar lo necesario para zafar esa noche y en todo caso, proveerse de la leche del desayuno. Y bendice que el bueno del comerciante le brinde una bolsa, sin cargo, para llevarse sus provisiones. Aunque cada vez sepa menos lo que se lleva adentro de esa bolsa… la leche del súper ya no se corta, como hace un tiempo que “daba” para hacer requesón; ahora se pudre, vaya a saber qué le ponen adentro. Algo para que dure quince días y no un par de jornadas en frío, como la pasteurizada que venía en envase de vidrio. Pero claro, aquella era leche líquida “todo el tiempo”, y ésta salió líquida de la vaca, se hizo polvo en la “lechería”, se transportó y volvió a hacerse líquida con agua, supongamos que desclorada porque sabor a cloro no tiene… uno lleva un “tetra” de salsa que curiosamente el supermercado abarrota en el patio del fondo del local al sol en pleno verano y uno lo “abre” y está perfecto. Aquí la pregunta es: ¿qué conservadores puede tener para soportar el mediotiempo entre su elaboración y su consumo?; uno lleva una montaña de golosinas “para los nenes” (de 4 a 40 años), cada más chocolatadas… todas lucen una tentadora cubierta marrón y la etiqueta dice “chocolate”, sólo que se trata de soja coloreada. Con un agravante: se trata de un componente de la soja, su materia grasa, conservada mediante hidrogenación, método tóxico si los hay, descubierto en Alemania en 1915 e implantado en todas las industrias alimentarias del mundo occidental (y al día de hoy, globalización mediante) del mundo entero, por su comodidad: la grasa hidrogenada no se pone rancia. Triunfo de la tecnología nuestra. Se “pone” apenas cancerígena. Pero eso se “ve” menos, es un proceso a largo plazo y por lo tanto menos asociable con la hidrogenación. Lo rancio se percibe, en cambio, de inmediato... uno agrega ahora en la bolsa pastas rellenas o comidas procesadas que presentan en la etiqueta las variaciones más tentadoras: crema a la Stroganoff, sorrentinos de “jamón y pollo”, “salsa lista” cazadora o scarparo, aunque la realidad del relleno –la verdad de la milanesa– resulte soja con aditivos saborizantes… uno agrega “saborizadores tipo criollo”, donde “tipo” lo dice todo. Porque estas empresas no mienten. Sólo que no dicen la verdad.
No imaginábamos al adoptar el sistema de supermercados, autoservicio y consumo irrestricto que se nos venía todo esto encima. En realidad ni siquiera nos dábamos cuenta que ni adoptábamos ese sistema, que en realidad éramos adoptados por él. Y que el sistema del capitalismo hipermoderno “gastaba” tanto en honor del consumidor porque pagaba por el petróleo una bagatela. El petróleo estuvo congelado desde fines de la segunda guerra mundial hasta 1973. “Los treinta gloriosos años” de tanto economista liberal o progresista. Seguramente muy pocos gloriosos para los obreros extractores del “oro negro” en Nigeria, el Cáucaso, Irak o Ecuador…
Ese fue el período de la expansión incontenible del consumismo que nos ofrecía un futuro donde ya no habría muertes de viajantes.
Ahora ya estamos dentro de aquel futuro promisorio que nos vendieran las empresas de la modernización hace medio siglo, a través de Hollywood, Selecciones del Reader’s Digest, Life y el mundo empresario en general y los supermercados en particular.
Y lo que vemos es la contaminación. La contaminación planetaria. Con las bolsas blancas de plásticos como emblema en campos y mares. Con los basurales incontenibles alrededor de toda ciudad. Con la fumigación generalizada para eliminar los competidores del hombre en la apropiación de las cosechas. Fumigación que elimina, de paso, la salud. Alcanzando a lo que los técnicos llaman “insectos no blanco”, seres vivos “no blanco”. A los que no se quiere matar, pero igualmente se los mata en la guerra declarada (y auspiciada) por los laboratorios biocidas. Lo que resultan “daños colaterales”: libélulas, gusanos, ciempiés, abejas, mariposas, pájaros, niños, peces, batracios, perros, humanos adultos, preferentemente trabajadores rurales… La contaminación “coagula” en enfermedades con las más diversas manifestaciones; alergias, alteraciones de la piel, mutaciones, destrucción en genitales, cánceres, malformaciones congénitas.
Y bien. La situación se ha vuelto inocultable. Y es tan fuerte el impacto que hasta sus principales beneficiarios ya no pueden escamotear la cuestión devenida problema. Desde hace años, diversas cadenas de supermercado en el Primer Mundo, pero también entre nosotros, no entregan gratis las bolsas de plástico. Con lo cual, sus compradores rápidamente se han habituado a llevar bolsas propias o pagar por ellas. Otros han ofrecido bolsas de papel, que mantiene el estilo de “la abundancia”, con lo cual no encaramos el problema de que la humanidad vive “por encima de sus propios recursos”, pero al menos no tiene, el papel, la toxicidad del plástico.
Pero entonces sale Disco a gritar ¡al ladrón! Y lo hace dictando cátedra. Explicando en una “campaña concientizadora” que “las bolsas [de plástico] están destruyendo el medio ambiente”. Algo “realmente preocupante”. En un folletito sostiene que “hay más de cinco mil millones de bolsas dando vueltas” por la Argentina, en mares, costas, desagües y drenajes.
Nos informa además de algo verdadero: que se recicla menos del 1% del volumen producido. Sabíamos que a mediados de los ’90 en EE.UU. se reciclaba el 1,5 % de los termoplásticos producidos. Y entonces nos explicaba el bueno de Federico Zorraquin, director de alguna empresa plástica o petroquímica argentina y presidente de Plastivida (sic), una organización fundada por la industria plástica “sin fines de lucro” (sic, sic), que como medida efectiva de reciclado era absolutamente insuficiente pero que en términos de relaciones públicas era en cambio muy eficiente.
Hemos llegado así a un nuevo problema: la petroquímica tuvo “su agosto” entre 1945 y 1973 con una cotización del petróleo adaptada a las necesidades de una industria en expansión y no a las necesidades planetarias o de los países y regiones “sangrados” por su extracción.
Pero la cotización del petróleo fue cambiando. Primero por la OPEP que en 1973 y en 1979 la multiplica generando el sobrante financiero de los petrodólares (que están en el origen del fenómeno de la deuda externa de los países periféricos o empobrecidos). Luego por la perspectiva de escasez, que lo ha hecho una materia prima aun más costosa. Y sin embargo, la petroquímica, ya establecida, no ha cambiado su modalidad. El mundo siguió “nutrido” o mejor dicho invadido de bolsas, envases, envoltorios, packaging, como antes, con el petróleo barato. El nuevo estilo se había convertido en “cultura”.
Hoy, se nos ha hecho muy difícil combatir o enfrentar la plétora plástica que nos cubre cada día y que nos contamina silenciosamente. Sus manifestaciones más ostensibles, como el desparramo planetario de “bolsas de super”, se ha hecho demasiado ostensible, gravoso hasta para “el sistema”.
Es interesante ver cómo quienes hacen esta campaña ni siquiera muestran su propio papel en ese desarrollo. Ni el menor atisbo autocrítico. Lo cual no es de sorprender: si siempre nos han dado lo mejor es porque son los mejores. Y los mejores ¿pueden equivocarse? www.ecoportal.net
Luis E. Sabini Fernández Docente del área de Ecología de la Cátedra Libre de Derechos Humanos de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, periodista y editor de la revista futuros.
Comentarios de los visitantes sobre este artículo
Bolsas de plástico, por Marcelo Hernández (21/08/2009)
La nota de Luis es excelente! Lo felicitoPlástico: mares y océanos,, por Luis E. Sabini Fernandez (26/04/2009)
Las precisiones que hace Marcos Sommer visualizan más todavía el estremecedor trastorno que la invasión pla´stica ha ocasionado en el planeta. Sommer se concentra en mares y océanos, que por otra parte es casi las tres cuartas partes de todo el planeta. Mi nota original, "Bolsas de plastico, de maravilla a pesadilla" no resulta sino una pàlida introducción al estado de situaciòn que señala el bienvenido Marcos Sommer. ¿Cómo enfrentar esta situaciòn>? Ese es el problema. Porque está claro que la industria petroquìmica está muy conforme con ella. Y que toda la maquinaria econòmica y cultural en que estamos inmersa no tiene intenciòn alguna de retroceder, de perder sus dividendos... Luis E. Sabini Fernández
Plástico: mares y océanos, por Marcos Sommer (20/04/2009)
Plástico muerte segura de los mares y océanos. Denominada basura marina, constituye uno de los más graves problemas de contaminación de nuestros océanos y lo peor de todo es que es imparable. Más del 60% de la basura que llega son plásticos. Ya en el año 2005 el PNUMA (Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente), puntualizaba que por kilómetro cuadrado se encontraban unas 13.000 partículas plásticas, bien flotando, bien en el fondo del mar. La primera víctima de los depósitos plásticos en el mar es la vida animal. Se calcula que 267 especies, principalmente pájaros y mamíferos marinos se comen los residuos plásticos o llevan el alimento a sus crías. Hace seis años, una ballena blanca fue hallada muerta en las costas de Normandía, Francia, con 800 kilos de desechos plásticos en el estómago. En regiones como California es muy común encontrar tortugas, leones marinos y focas muertos por la ingesta de plásticos. El atolón de Midway, cercano a Hawai, es el símbolo máximo de la tragedia que causa el plástico en los mares. Por capricho de las corrientes marinas, el atolón recibe diariamente todo el plástico proveniente del Japón y de la costa oeste de Estados Unidos. La basura de Midway provoca la muerte de la mitad de los 500 mil albatros que nacen en el atolón y que confunden el plástico con comida. El plástico del tipo de PVC, empleado en botellas, juguetes y una infinidad de artefactos domésticos puede contener compuestos de estaño, que resulta altamente tóxico para moluscos y peces. Esas sustancias, que llegan al mar por las lluvias que se han originado en rellenos sanitarios, causan alteraciones hormonales que modifican el sistema reproductivo y disminuyen la tasa de fertilidad de los animales. El plástico hallado en los océanos no es solo aquel que va quedando en las playas, como vasos y recipientes de bebidas. Una de las principales amenazas proviene de piezas casi invisibles, los llamados “pellets”, bolitas con medio centímetro de diámetro utilizados como materia prima en las industrias. El mundo produce actualmente 230 millones de toneladas de productos plásticos por año, contra cinco millones en la década de los 50. Los “pellets” llegan a los océanos por medio de los barcos que los utilizan para limpiar sus tanques. Esas bolitas tienen una gran capacidad de absorción de contaminantes. Sólo una de ellas puede concentrar un millón de veces más contaminantes que el agua donde se depositan, envenenando la vida marina. Recientemente investigadores de Estados Unidos, Inglaterra y Canadá realizaron un mapa del impacto de la acción humana sobre los mares. De acuerdo al estudio, apenas cuatro por ciento de las regiones oceánicas en el mundo –localizado en los polos– ha sido inmune al destrozo de los hombres. Y nada menos que 40 por ciento de las regiones registran interferencia humana de alta o mediana intensidad. Ver video: Plástico. "Emergencia Planetaria". Cuando llega el “verano” los humanos nos sentimos atraídos por el mar. Oceanógrafos Sin Fronteras (www.oceanografossinfronteras.org)http://video.google.de/videoplay?docid=1304805871319259860



nuestras acciones, por lua (27/12/2009)
Podemos hacer, claro que si.Con nuestro accionar, poco a poco, trasmitiendo a nuestra familia, amigos y vecinos el daño que causa y que usemos las "chismosas" siempre que hagamos compras, que si estamos en la calle y compramos poco,lo llevemos en la mano, en nuestras carteras, bolsos o mochilas. es la conciencia la que nos va a salvar , militemos dia a dia con alegria, transmitiendo esperanza y amor. excelente el articulo.