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La economía del abrazo

30/09/09 Por Paco Puche

“La idea de un mercado que se regula a sí mismo era una idea puramente utópica. Una institución como ésta no podía existir de forma duradera sin aniquilar la sustancia humana y la naturaleza de la sociedad, sin destruir al hombre y sin transformar su ecosistema en un desierto”, dejó dicho Polanyi en su célebre obra La gran transformación publicada en 1944, en la que explicaba el derrumbe del capitalismo decimonónico y los trágicos acontecimientos de la primera mitad del siglo XX.

Siguiendo las preferencias de Federico Aguilera (que ha solicitado mi contribución introductoria a este libro sobre la nueva economía, que es también cultura, del agua), empiezo citando a Mishan para poder explicar lo que el autor pretende con este texto: ponerse como tarea el “convencer a la gente de la necesidad de un cambio radical en la manera habitual de observar los acontecimientos económicos (sabiendo) que ideas que parecen en un primer momento estar condenadas a la impotencia política, pueden calar hondo en los hombres y mujeres corrientes”.

La economía como disciplina ha tenido distintos fundamentos a lo largo de su historia particular, aunque en el presente parece dominar ese modo que llamamos neoliberal. Este modelo se basa en concebir al mercado como instrumento e institución con capacidad autorreguladora y en considerar a la sociedad como suma de individuos que tomados uno a uno saben lo que se hacen: son soberanos y nadie debe dictarles sus comportamientos cuando compran, que no son otros que la obtención de la máxima utilidad.

“La idea de un mercado que se regula a sí mismo era una idea puramente utópica. Una institución como ésta no podía existir de forma duradera sin aniquilar la sustancia humana y la naturaleza de la sociedad, sin destruir al hombre y sin transformar su ecosistema en un desierto”, dejó dicho Polanyi en su célebre obra La gran transformación publicada en 1944, en la que explicaba el derrumbe del capitalismo decimonónico y los trágicos acontecimientos de la primera mitad del siglo XX.

Su tesis fuerte era que esta caída no era fruto ni de las guerras ni de los socialismos ni de los fascismos ni de las leyes de la economía sino de “las medidas adoptadas por la sociedad para no verse aniquilada por la acción del mercado autorregulador” porque, añadía, “la verdadera crítica que se puede formular a la sociedad de mercado no es que se funde en lo económico, sino que su economía descansa en el interés personal”. La sociabilidad es tan fundante que esa pretensión de desperdigar a sus componentes resulta, a la larga, fallida.

Esa especie de ‘petitio principii’ que sostiene el carácter “natural” del intercambio y el trueque más bien ha sido una inclinación humana muy poco frecuente, como no ha parado de mostrarnos la antropología. Por tanto, el mercado es una institución creada por la sociedad y sometida a reglas específicas según las épocas. Hay distintos tipos de mercados y hablar de “libre mercado” resulta un tanto contradictorio. Es justo concluir con Bromley que “no existe (el) mercado. Más bien existen muchísimas maneras de construir dominios de intercambio, cada uno de ellos reflejando expresiones y nociones colectivas previas sobre quién cuenta y qué es valioso y útil”. Por eso Federico Aguilera hace el propósito de no cansarse en la insistencia “de distinguir entre los mercados como mecanismos y el marco institucional -o reglas del juego- bajo el que operan esos mecanismos”.

Si lleva razón F.H. Knight cuando afirma: “ningún móvil específicamente humano es económico”; podemos decir que estos móviles son básicamente sociales. Y avanzando atrevidamente por este camino de la mano de Humberto Maturana podemos afirmar que hemos permanecido ciegos para no ver lo evidente cual es que “el amor es la emoción que constituye el dominio de acciones en el que el compartir alimentos, las interacciones recurrentes en una convivencia en sensualidad y ternura, así como la colaboración del macho en el cuidado de los niños, pudo tener lugar como una manera de vivir que, a través de su conservación en el linaje de primates a que pertenecemos, hizo posible las coordinaciones conductuales consensuales recurrentes que dieron origen al lenguaje”, y concluir con el propio Maturana que “nosotros sostenemos no solamente que el amor es la emoción básica en la configuración de lo humano en la evolución del linaje de primates bípedos a que pertenecemos, sino también que la evolución biológica no tiene lugar bajo la presión de la competencia, o en un proceso de maximación de ventajas selectivas, aun cuando uno pueda hablar siempre a posteriori como si hubiese sido el caso después de construir una historia filogenética particular”. Como se ve resuenan de cerca los ecos de Lynn Margulis y su Planeta simbiótico.

Desde una concepción de la economía como una entidad “natural”, individualista, autorregulada y egoísta hemos pasado a otra forma de entender la economía como una realidad comunitaria, instituida, cooperativa y emocional.

Si la definición de L. Robbins, de que la economía es la ciencia de los recursos escasos que pueden ser aplicados a diversos fines, la pasamos por la mirada de Geogescu-Röegen, sabemos que la escasez tiene que ver con el segundo principio de termodinámica que hace que “no podamos utilizar más que una sola vez una cantidad dada de baja entropía”, pero en cuanto a los fines la economía no puede permanecer en ese amplio abanico de posibilidades: es necesario concretar.

Para Georgescu-Röegen “el objetivo primario de la actividad económica es la conservación de la especie humana” y “la salida del proceso económico no es un flujo de salida de desechos sino el placer de vivir. Esta cuestión representa la segunda diferencia entre este proceso y el avance entrópico del entorno material. Sin reconocer este hecho y sin introducir el concepto de placer de vivir en nuestro armamento analítico no estamos en el mundo económico ni podemos descubrir la verdadera fuente de valor económico que es el valor que la vida tiene para cada individuo portador de vida”.

K. Boulding, allá por los años setenta del pasado siglo, descubrió la economía del amor, esa pléyade de donaciones o transferencias unidireccionales que surgen del amor y que tienen como función específica la de integración social. Es más, considera que la inestabilidad del capitalismo le puede venir de ciertas deslegitimaciones del intercambio que pueden tener lugar a causa de fuertes preferencias por las relaciones integradoras que son mucho más satisfactorias, personalmente, que el mero intercambio por dinero.

Como tendremos que enfrentarnos a las realidades que la metáfora “el vehículo espacial tierra” sugiere, tarde o temprano (hoy más bien pronto) tendremos que pasar a un sistema de reciclaje de materiales y al uso de la energía solar. En esa necesaria transición, nos confiesa que “mis propios valores me inclinan fuertemente hacia una sociedad en la que las donaciones y especialmente la reciprocidad, desempeñen un papel importante; en la que el sentido de comunidad sea fuerte, pero también en la que la comunidad estimule la libertad y la individualidad. (...) La teoría de la economía de las donaciones es un fundamento modesto para la ideología del porvenir. Creo que sin este fundamento no puede construirse la ideología que nos guiará hacia el futuro”.

Indagar el éxito o fracaso de un determinado modelo económico, desde la perspectiva de esta economía del amor, va a tener que ver con la mayor o menor felicidad que aporta al conjunto de la población y no con ese modelo en el que lo que se mide es el incremento de la producción de “bienes y servicios”, que no suele entrar en los detalles de qué son “bienes” y qué son males, ni en los “servicios” que son perjuicios –como es el caso de fabricar bombas de racimo y enseñar a manejarlas-, ni preguntarse entre quiénes se distribuyen los productos y a costa de quién -aquí habría que contar con las demás generaciones y con los demás seres vivos para hacer las cuentas completas-.

Asimilar la encuesta de felicidad a las preferencias del consumidor cuando compra, suponiendo su soberanía, resulta inadecuado porque tanto la producción, como la propaganda, como las reglas del mercado están del lado de las empresas más ricas y poderosas. Que la bebida que más se consume en el mundo es la que más se gasta en propaganda muestra hasta dónde llega la tan cacareada elección libre del consumidor. La sedicente ‘ley de Say’, de que la oferta crea su propia demanda, sólo es cierta en la práctica si se le proporciona una buena ayuda.

Todos los trabajos que reúne C. Hamilton en su obra El fetiche del crecimiento (2006) relativos al bienestar y a la felicidad de las gentes muestran que, una vez resueltas las necesidades básicas, si mejoran nuestras relaciones nos sentimos felices, si mejora nuestro saldo bancario, no.

Para el caso de los ‘usamericanos’, el siguiente diagrama es bien explícito:

Se ve claramente que, mientras en los últimos 50 años las rentas de los americanos han subido notablemente, el porcentaje de personas que manifiesta sentirse feliz no se ha modificado en ese tiempo (se ha mantenido en torno al 30%). Existe una desconexión clara entre bienestar, felicidad e incremento de renta.

En el cuento de Tomi Ungerer titulado Los tres bandidos (1963) se narra la historia de tres despiadados salteadores de caminos que se dedican a acumular riqueza sin contemplaciones pero que en uno de los lances de su actividad se encuentran con lo inesperado: una indefensa niña huérfana que duerme en el fondo de un carruaje. Caen del caballo, se embargan de ternura, toman en brazos a la niña dormida y la albergan en su guarida. La historia concluye con los tres feroces bandidos renegando de su pasado y dedicando el resto de sus vidas a cuidar de niños desamparados.

Durante la década de los años 70 del siglo pasado, en el alto Himalaya surgió un movimiento de protesta, protagonizado por mujeres de las aldeas, para impedir que las empresas madereras destrozaran los bosques. Las mujeres se abrazaban a los árboles y afirmaban que los bosques no eran almacenes de madera sino fuente de seguridad ecológica.

En 1981 el gobierno impuso la prohibición de la tala de árboles en el Himalaya. “Con aquel acto de abrazarse a los árboles como miembros de su propia familia, unas mujeres normales y corrientes lograron movilizar unas energías más poderosas que las de la policía y la fuerza bruta de los intereses madereros juntas”, nos relata Vandana Shiva en su ultimo libro titulado Manifiesto para una democracia de la Tierra (2006). Aquello se conoce como Movimiento ‘Chipko’, porque este término quiere decir abrazo.

Llegados a este punto hemos acabado hablando de tres economías: la economía de los mercados, la economía del amor y la economía de la naturaleza; a éstas dos últimas les podemos llamar economías del abrazo y podrían simbolizarse en el dibujo del bandido enternecido.Vandana Shiva en el libro citado habla también de las tres economías:

La economía de la naturaleza, que es la primera y primaria sobre la que descansan todas las demás. Es aquello que dice la economía ecológica de que la esfera económica es un subsistema de la biosfera.

La economía del sustento, que es aquella que practican los dos tercios de la humanidad que se dedican a la producción artesanal, a la agricultura campesina, a la pesca y al manejo autóctono de los bosques y que abarca, además, todos aquellos ámbitos en que los seres humanos producen en equilibrio con la naturaleza y reproducen la sociedad a través de la colaboración, la mutualidad y la reciprocidad, es decir del abrazo.

Y la economía de los mercados, que la autora dice que hay de dos tipos: unos arraigados en la sociedad, que están al servicio de las personas y son ellas las que les dan la forma y las reglas y que vienen a ser lugares de intercambio, reunión y cultura; y otros configurados por el capital que excluye a las personas como productoras y en los que la “codicia, la rentabilidad y el consumo pasan a ocupar el lugar de las necesidades de las personas”, o como decía Adam Smith, allá por 1785, ”aquellos que tienen el mayor interés en defraudar y en imponerse al público son los que con frecuencia dictan la regulación del comercio”.

El Movimiento ‘Chipko’ representa muy bien esta economía que he denominado del abrazo y que enlaza con la economía del amor de Boulding y Maturana, con la de los fines de Georgescu-Röegen, con la economía de la naturaleza y del sustento de Vandana Shiva, porque estas mujeres abrazadas a los árboles expresan a la vez amor, fraternidad, dependencia de los bosques, reverencia de la naturaleza y lucha por la vida.

La imagen del bandido amoroso sería su mejor estandarte, como ya hemos visto. Como resume Naredo “se trataría de establecer una nueva especie de ‘panteísmo’ que restaurara el respeto por los sistemas complejos que componen la biosfera y los recursos naturales” (Desarrollo económico y deterioro ecológico, 1999).

La nueva economía del agua que Federico Aguilera nos propone está entre estos mismos paradigmas y sensibilidades. Él, junto a otros pocos, ha sido el que ha inventado eso que llamamos ya corrientemente la nueva cultura del agua. La palabra cultura, en sánscrito, se refiere a aquellas actividades que mantienen unidas a una sociedad o a una comunidad. Por eso, si la nueva economía del agua está impregnada de esta nueva cultura, necesariamente hablamos de generar vínculos.

En efecto, basta leer en qué consiste para el autor de este libro la nueva cultura del agua, para comprobar lo que hemos dicho: “una nueva cultura del agua se apoya en tres pilares básicos. La gestión de los ecosistemas (gestión del agua y del territorio) (...), es decir, inserción de la economía en los límites de los ecosistemas; mejora del conocimiento y cambio de mentalidad, lo que requiere cambiar las preguntas (...) y, finalmente, profundizar en una toma democrática de decisiones que cuente con la gente”.

La nueva economía del agua para los que, como Federico, defienden este nuevo paradigma (con nuevas visiones, nuevas preguntas y nuevas soluciones) consiste en una economía compleja o en una economía viva: una economía que aúna la naturaleza (los ecosistemas), el sustento (el territorio y las gentes) y los mercados. Una economía que es a la vez pública (instituciones), privada (mercados) y social (comunidad y democracia participativa).

Como la define Vandana Shiva, “las economías vivas son creadas con la naturaleza y a través de la solidaridad entre las personas”.

Cuando Federico define el agua como un activo económico, ecológico y social está hablando de las tres economías. Cuando Javier Martínez Gil habla de ‘fluviofelicidad’ está hablando de economía del abrazo.

No existe la economía abstracta, fuera del tiempo y del espacio, sino lo que existe es una economía histórica, inserta en la biosfera y construida por una sociedad. Como decía Mishan al principio de este heterodoxo prólogo, éste nuevo paradigma puede ser ese cambio radical necesario en la observación de los acontecimientos económicos, que algún día puedan calar en los pensamientos de hombres y mujeres corrientes.

Abro este libro, dedicado al agua, a la economía, al cambio de paradigma, a la democracia con la gente, y a muchas cosas más abrazando a mi amigo Federico Aguilera, con el que hago junto este apasionante camino. www.ecoportal.net

Paco Puche , Librero y ecologista. Prólogo del último libro de Federico Aguilera Klink, La nueva economía del agua (Madrid: Libros de la Catarata, 2008), en el que se afirma que el agua cumple diferentes funciones, como activo ecológico, económico y social que, además de necesarias, tienen que ser compatibles. Colaborador de EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com

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