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Ciudadano ecológico: ¿mito o realidad?

17/10/13 Por Josep Vives-Rego

La sostenibilidad debe entenderse como un proceso político, pero también como un proceso social; es, si se quiere, un proceso social orientado políticamente. En ese proceso, el ser ciudadano conlleva una serie de deberes y también de derechos que el propio ciudadano debe hacer respetar y cumplir en la sociedad.

Etimológicamente, el término tiene su origen en "ciudad", ya que originalmente ésta era la unidad política más importante. Con el tiempo la unidad política pasó a ser el Estado y, hoy en día, nos referimos a los ciudadanos/as en relación a los Estados. Sin embargo en la organizaciones políticas supranacionales como es caso actual de la Unión Europea se plantea el dilema de si debemos hablar de una ciudadanía europea que desplace, diluya o anule a la ciudadanía conferida por los Estados o por el contrario tenemos que hablar de ciudadanos con dos estatus de ciudadanía: el de su Estado de origen y el de la Unión Europea. Ante esta disyuntiva, una definición de ciudadanía más acorde con las tendencias europeas sería: el derecho y la disposición u obligación de participar en una comunidad, a través de la acción autorregulada, inclusiva, pacífica y responsable, con el objetivo de optimizar el bienestar público.

Podemos decir que en el espacio privado predominan los intereses de las individuos, mientras que en el espacio público se caracteriza por una justicia común para todos y que es la que hace posible la convivencia entre la multiplicidad de intereses privados a través de la mediación, que no responde a ningún interés específico y pretende satisfacer a los interés generales. Sin embargo, la emergencia del ciudadano ecológico puede modificar la cosmovisión que hoy día tenemos de lo social y lo político e incluso de los cambios socio-políticos pueden preveerse. En los últimos años el debate sobre la ciudadanía ha renacido y nos encontramos con una serie de adjetivaciones que tienen su origen en el problema de la sostenibilidad y que van desde el denominado "ciudadano Kioto" hasta "ciudadano sostenible" o "ciudadano de la Tierra", pero todos esos términos tienen que ver en mayor o menor grado con el concepto de "ciudadano ecológico".

La ciudadanía ecológica implicaría simultáneamente cinco elementos: i) extender la comunidad moral mas allá de los humanos o dicho de otro modo ampliar los espacios éticos actuales a la Naturaleza en su conjunto; ii) contemplar responsabilidades hacia los seres de los que no podemos esperar reciprocidad ya sea por motivos biológicos o sociales; iii) reconfigurar el espacio de la ciudadanía a partir del marco de la biosfera, es decir adaptar la vida humana a la biosfera y no pretender adaptar la naturaleza a la vida humana; iv) tener en cuenta la repercusiones, consecuencias y subconsecuencias de nuestras acciones sobre las generaciones venideras y v) rechazar la concepción puramente instrumental de la Naturaleza, abandonando el rancio antropocentrismo en el que estamos instalados.

Las preguntas hoy día básicas desde el punto de vista político y sociológico son sí verdaderamente existe ese tipo de ciudadano, que nuevos elementos cosmovisionales puede aportar y hasta donde está dispuesto a actuar y sacrificarse para conseguir sus fines. Para todo ello, el ciudadano ecológico necesita asociarse a otros ciudadanos ecológicos para distanciarse de la superficialidad de aquel ciudadano moderno que solo se preocupa por su bienestar y comodidad y que da la espalda a los graves riesgos que implican el consumismo y sus negativas consecuencias en la biodiversidad, el agotamiento de los recursos y la contaminación de aguas, atmósfera y suelos. La pasividad y falta de criterio ecológico que ha caracterizado al ciudadano del siglo XX se denuncian y empiezan a ser abandonadas para entrar en una nueva sociedad sostenible.

El ciudadano ecológico se da cuenta del valor que tiene la Naturaleza que le rodea y opta por hacer sacrificios y renunciar a comodidades para que su vida sea sostenible. En consecuencia la ciudadanía ecológica puede definirse desde una perspectiva operacional como el conjunto de individuos que están dispuestos a hacer sacrificios en aras del medio ambiente y la sostenibilidad. Esta disposición o predisposición necesariamente se traducirá en una acción política que puede de forma variable integrarse o no en las denominadas políticas verdes o ecologistas. Las diferencias fundamentales entre el ciudadano ecológico y el ciudadano tradicional son básicamente tres: 1) Para empezar, la ciudadanía ecológica no es únicamente una cuestión pública (como lo es la ciudadania tradicional) si no que incorpora la esfera de lo privado en el ámbito de lo público, en el sentido de que sus actos privados tienen consecuencias directas en el dominio público. 2) El espacio político del ciudadano político no es su estado o territorio, si no que su actuación como ciudadano afecta de manera más o menos directa a otros territorios y naciones y en el límite las consecuencias de esas acciones son globales. Es decir que uno de sus objetivos es minimitzar las consecuencias ecologicas negativas de los actos de los ciudadanos sobre otros individuos. 3) El ciudadano ecológico considera que es su responsabilidad minimizar el impacto ecológico negativo que sus acciones tienen sobre los demás, sin esperar derechos o contrapartidas a cambio, como así asume el ciudadano tradicional republicado o liberal.

El ciudadano ecológico busca un poder político que permita desactivar la violación que el consumismo de la sociedad actual ejerce sobre la Naturaleza. Pretende además que a ese poder político se llegue a través de la concertación, pues considera que si se hiciese a través de la violencia, esa propia violencia también se expresaría contra la Naturaleza.

El objetivo del ciudadano ecológico es adaptarse a la Naturaleza como lo hizo el hombre anterior a la revolución industrial y no pretender domeñarla y ponerla a su disposición amparándose en la tecnociencia como así lo pretende el ciudadano moderno de nuestros días. El ciudadano ecológico se considera capaz de interpretar y saber lo que la Naturaleza necesita, o le favorece o perjudica. De alguna manera se erige en representante, defensor y protector de un ente al que por otra parte no puede interrogar, ni con el que puede conversar ni debatir. Lo que al ciudadano ecológico le hace sentirse legitimado en su papel de valedor de la Naturaleza es por un lado la palmatoria evidencia de que su vida y su mundo externo dependen absolutamente de la Naturaleza. Pero este reconocimiento egoísta y antropocéntrico no le impide por otro lado que su vivencia axiológica ante la Naturaleza, le dé a entender que está ante un ente de valor estético y ético.

Para que el ciudadano ecológico pueda erigirse en juez y a la vez garante de la sostenibilidad debe dar prioridad al derecho a saber lo que se consume, lo que se destruye, al estado cuantitativo y cualitativo de las reservas de los recursos, los riesgos y beneficios que aporta la tecnociencia vigente y quienes son los responsables directos e indirectos de las situaciones medioambientales. El ciudadano ecológico hereda de este modo el legado ancestral de la cultura de Oriente que en palabras de Rabindranath Tagore "encarece a los hombres a buscar en su interior la auténtica riqueza y el verdadero poder, que les permite dominarse ante la pérdida y el peligro, que les lleva a sacrificarse sin tener en cuenta los costes ni la esperanza de obtener beneficios, a desafiar a la muerte o aceptar las innumerables obligaciones que nos impone nuestra naturaleza social".

Para el ciudadano ecológico es mas urgente evitar que el planeta se convierta en un acúmulo invivible de residuos y tóxicos, que fabricar nuevos artilugios que nos hagan la vida más fácil y cómoda. Es más importante y transcendental reducir el despilfarro y el consumismo de energía, agua y recursos naturales que conseguir que sean más baratos. Estas actitudes han quedado recientemente reflejadas en la frase de Judt y Snyder "Es menos urgente imaginar mundos mejores que evitar peores". Es imprescindible que dejemos de creer que por tener mas posesiones y riqueza somos mejores, para pasar a entender que el valor de las personas radica en lo que son y en los valores que defienden, en ser más cuidadosos con lo que poseemos y más responsables reflexivos y razonables con nuestros planteamientos y actuaciones sociales y ecológicas.

Para el ciudadano ecológico la Naturaleza es su modus vivendi, imprescindible e insustituible que existe como única condición de posibilidad para ser ciudadano. El poder legislativo constituido es la Naturaleza y sus representantes humanos tienen como misión interpretarla y aplicar sus leyes en el respeto de las futuras generaciones, los otros seres vivos y la Naturaleza en su totalidad. Para el ciudadano ecológico, la Naturaleza es la suma de las leyes eternas que no han sido establecidas por el hombre, pero que el hombre debe respetar no solo por necesidad si no también por formar parte de su propia esencia. De alguna manera el ciudadano ecológico considera que hay que ser intolerante con determinadas situaciones, comportamientos, normas, leyes e incluso con determinadas formas de tolerancia cuya función social es la de mantener un orden de consumo y explotación de recursos que van en contra de la sostenibilidad y de que las generaciones futuras puedan gozar de esos recursos.

La política en general y de modo muy especial la política ecológica tiene un primer objetivo e interés a nivel local. Los electores de cualquier país o región votan en primera instancia de acuerdo con sus intereses locales y en segundo término lo hacen pensando en el mundo global. En consecuencia el éxito de los políticos depende de su capacidad (y la de sus equipos) para captar cuales son los intereses y preocupaciones cotidianas de sus electores, para acto seguido prometerles soluciones (que en contados casos se satisfacen), a través de la actuación política del representante elegido. Obviamente una de las tareas de cara al futuro es concienciar al ciudadano y en particular al ciudadano ecológico de que lo que pasa mas allá de las fronteras de su municipio, región o país afecta de manera cada vez más importante a sus actividades locales y a lo que sucede en su familia y hogar. Es decir, nos encontramos ante la necesidad de globalizar cada vez más nuestras políticas locales y por otro lado hacer más locales las políticas globales. Se trata indudablemente de una cuestión extremadamente difícil que todavía no sabemos como podremos resolver, básicamente debido a que los recursos (humanos, dinerarios y materiales) en contadas ocasiones están disponibles localmente.

En un mundo globalizado la falta de actitudes y prácticas sostenibles a nivel global afecta profundamente a las sociedades que si las asumen. No tiene ni sentido ni utilidad cumplir con las praxis sostenibles a nivel nacional, si transnacionalmente no se hace lo propio. Por ejemplo, en el contexto del cambio climático o la destrucción de la capa de ozono, insistir en el dogmatismo de la inviolabilidad de la soberanía nacional constituye un claro cinismo cuando las actividades tienen un impacto que va mas allá de las fronteras de los países que violan los principios de la sostenibilidad. Entrados en el siglo XXI, parece evidente que ya no podemos anular la globalización, está aquí para quedarse. La cuestión por tanto es cómo hacerla funcionar y utilizarla para resolver los problemas los ecológicos.

El ciudadano ecológico se auto exige y practica deberes en mayor medida que reclama derechos, pero lógicamente, esta autoexigencia solo puede plantearse ante una situación en la que los derechos básicos de libertad, trabajo y una vida digna estén reconocidos y satisfechos. La paradoja de que la gran mayoría de hombres y mujeres hasta finales del siglo XIX practicaban la sostenibilidad sin ser conscientes de ello, se debía al simple motivo de que tanto la población mundial como el consumo medio per cápita eran muy inferiores a los de la actualidad, siendo entonces el impacto medioambiental mínimo cuando no inapreciable.

De la época en que sobrevivir en la naturaleza era difícil, arriesgado y penoso y que la lucha contra el hambre y el frío ocupaban todo el tiempo y la energía, hemos pasado al confort fácil del sistema consumista actual con la gran ayuda de la tecnociencia que hace fácil no solo el consumo si no el despilfarro. Se hace por tanto necesario, considerar que debemos abolir los privilegios ecológicos, es decir el acceso fácil y barato a la energía no renovable; el consumo irresponsable del agua, su contaminación difícilmente recuperable, la producción incontrolada de residuos, los comportamientos egoístas olvidando las generaciones futuras y la insolidaridad con las sociedades coetáneas que sueñan con nuestro confort.

El ciudadano ecológico es consciente del sentimiento de valor que tiene ante la Naturaleza al menos en dos situaciones. Una, cuando adoptando una actitud básicamente utilitarista, cae en la cuenta de que le es imprescindible para subsistir y realizarse biológicamente. La validez y el nivel de este sentimiento de este valor pueden ser arbitrarios pero en cualquier caso subyace en todo ser humano de manera más o menos patente. La otra situación se da cuando contempla la Naturaleza, se identifica con ella y goza de su estética y monumentalidad, lo que constituye de por si un valor apriorístico. Tanto en un caso como en el otro, esos sentimientos de valor no son conocimiento intelectual si no emocional e intuitivo. Desafortunadamente, los valores ecológicos solo pueden florecer cuando se han cubierto los valores vitales básicos. En consecuencia, las políticas ecologistas solo pueden consolidarse en el terreno de la prosperidad y cuando el bienestar social haya alcanzado unos ciertos niveles.

José Vives Rego
Departamento de Microbiologia, Facultad de Biología, Universidad de Barcelona. Avda. Diagonal 643, 08028 Barcelona.

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Esta nota proviene del artículo : J. Vives-Rego. 2013. El ciudadano ecológico: reflexiones sobre algunos contextos sociales y elementos cosmovisionales. Sociología y Tecnología nº 3, vol. 1, pags 83-104. https://sites.google.com/site/sociologiaytecnociencia/home/no-3-vol-1-2013.

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