16/07/2002

Cuando las economías desarrolladas se enfrían, los pobres estornudan

Según ha reconocido el propio Director Ejecutivo del FMI, Horst Köhler, la globalización ha incrementado significativamente la sensibilidad de unas economías respecto de las otras y ha reducido el tiempo de contagio.

El enfriamiento de la economía norteamericana y su impacto potencial sobre el resto del mundo fue uno de los temas dominantes de la reunión de ministros de finanzas y presidentes de bancos centrales que ha comenzado este fin de semana en Washington, con motivo de las reuniones de primavera del Banco Mundial y el FMI.
Según ha reconocido el propio Director Ejecutivo del FMI, Horst Köhler, la globalización ha incrementado significativamente la sensibilidad de unas economías respecto de las otras y ha reducido el tiempo de contagio. Así, países como Indonesia, Turquía o Argentina aparecen en todos los pronósticos como algunos de los que, en el caso de que empeoren las expectativas actuales, se van a ver claramente afectados y van a tener aún más complicada la salida de sus crisis respectivas. Por su parte, las grandes potencias se han apresurado también a ajustar sus previsiones de crecimiento, déficit público e inflación.

Pero... ¿qué pasa con los países más pobres y endeudados del planeta? Hasta el momento, nadie ha hablado de los efectos que este enfriamiento va a tener sobre un grupo de países en los que más de la mitad de la población sobrevive con menos de un dólar diario, mientras el total de su deuda con el mundo desarrollado supera el 100% de su Producto Nacional Bruto.

Debemos tener en cuenta que, frente a unas previsiones de crecimiento global que acaban de descender del 3,4% al 3,2%, África Subsahariana en su conjunto presentó un crecimiento combinado de tan sólo un 0,4% entre los años 1990 y 1997 –fruto, entre otras cuestiones, del fracaso combinado de las políticas nacionales y de los sucesivos programas de ajuste estructural impuestos desde los organismos financieros internacionales-. Por poner un ejemplo, Zambia -uno de los países más pobres del planeta- apenas creció en un 0.2% entre 1998 y 1999. Sus 10 millones de habitantes se reparten un PNB per cápita de apenas 320 dólares, y han visto reducida su esperanza de vida a tan sólo 40 años, con motivo del impacto del SIDA. Según ONUSIDA, las perspectivas de crecimiento económico del país pueden reducir por este motivo en más de un 2% adicional.

Sin embargo, más allá del efecto directo que el enfriamiento económico internacional pueda tener sobre estos países -precisamente el hecho de encontrarse aislados del circuito financiero internacional puede hacer que el efecto contagio no sea tan inmediato ni tan dramático-, existen otras muchas vías indirectas que pueden llevar a los más pobres a padecer con mayor virulencia el efecto de esta desaceleración.

En primer lugar, porque la preocupante tendencia de los flujos de Ayuda Oficial al Desarrollo, que han caído de manera vertiginosa como porcentaje del Producto Nacional Bruto a lo largo de la década de los 90, puede verse reforzada (y lo que es peor, justificada) en un contexto de enfriamiento económico. 28 de los 41 países más pobres y endeudados del mundo tienen una dependencia de la ayuda que supera el 10% de su PIB y se encuentran en una situación extremadamente vulnerable ante las fluctuaciones de la ayuda.

Pero la ayuda no constituye ni el único ni el más relevante factor de dependencia para estos países. La exigua participación del conjunto de países menos avanzados en el comercio mundial se ha ido reduciendo progresivamente en los últimos años -pasando de representar el 0,8% del total en 1980 al 0,4% en 1995-. Una participación que sin embargo para ellos representa un recurso vital. Así, la venta de materias primas supone aproximadamente tres cuartas partes de los ingresos por exportación en el continente africano; 16 de los 41 países más pobres y endeudados del planeta dependen de una sola mercancía para más del 50% de sus ganancias por exportaciones y 28 de ellos han sufrido la volatilidad de sus ventas a los mercados exteriores. El caso de las relaciones comerciales con la Unión Europea es igualmente significativo, dado que ésta representa, con un 56%, el mayor mercado para las exportaciones de los países menos avanzados, un volumen que apenas significa un 1% en el total de las importaciones de los países miembros de la Unión.

Pero si hay un aspecto que, en estas mismas fechas de discusión en Washington, destaca sobre el resto en cuanto a los efectos inmediatos del enfriamiento económico internacional, es precisamente el de los niveles de sostenibilidad de la deuda externa para los países incluidos en la iniciativa para los Países Pobres Muy Endeudados (PPME) auspiciada por los organismos financieros internacionales. A pesar del efecto beneficioso que pueda tener para estos países la bajada de los tipos de interés asociada con el enfriamiento económico, un contexto como el actual puede poner en entredicho algunas de las más optimistas valoraciones en cuanto al éxito de dicha iniciativa.

En ella se incluye como criterio fundamental para calcular la sostenibilidad de la deuda la relación entre el stock acumulado y los ingresos por exportaciones obtenidos por el país. Una caída significativa en los términos de intercambio amenaza con desestabilizar su frágil situación financiera, tal y como ya sucedió con Uganda, el país estrella de la iniciativa, que tras beneficiarse del alivio de la deuda proporcionado por la primera fase de la misma, volvió a una situación de insostenibilidad cuando los precios del café -producto del que depende el 50% de sus ingresos por exportaciones- cayeron en un 25% entre 1998 y 1999.

Por otra parte, y ante la insistente presión de observadores externos y organizaciones no gubernamentales (que consideran que la relación con las exportaciones no es criterio apropiado de sostenibilidad, al no dar una medida real de las necesidades de financiación del país y su capacidad para pagar), el Banco Mundial y el FMI han comenzado a incorporar en todos sus documentos el índice que compara el servicio de la deuda con los ingresos fiscales previstos por el gobierno. Para calcular dichos ingresos, los técnicos de estas instituciones se basan en unas proyecciones de crecimiento económico y aumento de las exportaciones que, en el mejor de los casos, parecen excesivamente ambiciosas y en el peor totalmente irrealizables. En conjunto, se ha calculado un crecimiento de los ingresos fiscales para los 22 países que ya han entrado en la iniciativa que pasa de los 12.000 millones de dólares en 1999 hasta los 22.000 en 2005. En términos porcentuales y por poner sólo un ejemplo, los cálculos de Honduras y Tanzania prevén un crecimiento económico anual del 6%, a pesar de que la media entre 1990 y 1998 se situó en el 1.4% en el primer caso y en el 0.4% en el segundo. Tratándose como decimos de las economías más vulnerables del mundo, la tendencia que se está confirmando en estos días supone el primer gran test de realidad para estas proyecciones. El único problema es que lo que está en juego es algo más que el prestigio de un puñado de economistas.

  * Departamento de Estudios de INTERMÓN OXFAM / marias@intermon.org (+34) 902 330 331 www.IntermonOxfam.org  info@intermon.org

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