La entrada en vigor este primero de enero último del capítulo agrario del Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos, Canadá y México (TLCAN), suscrito en 1994, se convierte en un golpe mortal al campo mexicano y a sus millones de productores en lo que algunos académicos y políticos califican de “agrocidio”.
La entrada en vigor este primero de enero último del capítulo agrario del Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos, Canadá y México (TLCAN), suscrito en 1994, se convierte en un golpe mortal al campo mexicano y a sus millones de productores en lo que algunos académicos y políticos califican de “agrocidio”.
Al imprescindible maíz (dieta básica del pueblo) se sumarán los granos, la leche y el azúcar de caña, según estaba previsto, productos en los cuales les será imposible soportar la competencia de los agricultores estadounidenses a quienes el Estado les entrega anualmente más de 20 000 dólares en subsidios. El mexicano, en cambio, cuando lo recibe no supera los 700 dólares.
Si a ello se añade la elevación del precio de los combustibles como el diesel, de los fertilizantes y la energía eléctrica, no es difícil constatar que los campesinos mexicanos se enfrentan a un futuro lleno de incertidumbres y de sombríos presagios.
Las grandes movilizaciones contra la apertura indiscriminada del TLCAN han tenido lugar en diversas ciudades de la geografía mexicana y fueron particularmente nutridas en el Distrito Federal, hacía donde marcharon decenas de miles de trabajadores del campo, quienes se concentraron en el Zócalo para manifestar su protesta y reclamar la inmediata revisión del capítulo agrícola del Tratado, a lo que se oponen los gobiernos de Estados Unidos, Canadá y también de México.
Los reclamos campesinos han trascendido, lógicamente, al escenario político y al de las instituciones sociales e incluso religiosas, como la Conferencia de Obispos Católicos, que ha pedido públicamente la renegociación del TLCAN. Gobernadores y parlamentarios han expresado igualmente preocupación, tanto del PRI como del PRD, mientras el gobierno, por boca del secretario de Agricultura Alberto Cárdenas afirmó: “yo me preguntaría antes como mexicano y como campesino, ¿nos conviene? (renegociar el Tratado) y digo: no, no nos conviene, mejor no lo intentemos. Mejor utilicemos los mecanismos que tiene el TLC para que veamos problema por problema y los podamos resolver de manera más rápida y ágil”.
Según buena parte de la prensa mexicana, las crecientes protestas del sector campesino y otras organizaciones no vienen sino a confirmar muchos de los señalamientos que desde su firma, —hace casi 14 años—, han visto la luz sobre el TLCAN, incluida una sorprendente evaluación del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos que dice: “Uno de los principales logros del Tratado fue impedir a México recurrir a políticas proteccionistas durante la crisis de 1995. El Tratado se convirtió en el candado que cierra la puerta”.
Es oportuno recordar que se vivía en la “época dorada” del llamado Consenso de Washington, que apostaba por la liberación de los mercados, las aperturas comerciales y la retirada definitiva del Estado como palancas del crecimiento sostenido. Como afirmaron algunos estudiosos del tema, era el “sueño americano” de los tecnócratas y los políticos que hablaban en español pero pensaban en inglés.
Las consecuencias negativas del TLCAN para el pueblo mexicano se han acumulado desde sus comienzos, aunque con la apertura del capítulo agrícola pueden hacerse más evidentes y dramáticas. Estaba claro que los sectores económicos orientados hacia el mercado interno, la industria mediana y pequeña y, —desde entonces—, una parte de la agricultura, serían los más dañados por esa pieza del neoliberalismo y que estos eran, precisamente, los que generaban más empleos y aportaban más al ingreso popular.
Los “expertos” calificaron a todo eso como inevitables daños colaterales que, a la larga, se convertirían en sacrificios temporales para lograr el crecimiento sostenido e impetuoso de la economía y del bienestar social, como consecuencia del obligado “goteo” de la riqueza recién adquirida poco a poco.
Todo hace indicar que los mexicanos aguardan aún por el anunciado “goteo” y la falaz teoría de “hacer el pastel para después repartirlo” no fue sino un engaño más de la tecnocracia neoliberal, aliada a políticos inescrupulosos e intereses de los Estados Unidos, para armar el engendro siniestro que hoy destruye al campo y se extiende peligrosamente hacia otros sectores productivos de la nación.
Ni siquiera en la macroeconomía los resultados llegaron a ser como anunciaban los optimistas voceros del TLCAN. El previsto crecimiento de la economía no llegó, y mientras entre 1960 y 1980 la economía mexicana se expandió a un promedio anual de 6,5%, ese crecimiento se redujo brutalmente a partir de las recetas neoliberales y, entre 1982 y 2003, la expansión anual promedio fue de apenas 2,2%.
Un estudio reciente del Fondo Monetario Internacional (FMI) asegura que desde cuatro años se agotó la expansión del comercio exterior mexicano que, supuestamente propiciaba el Tratado, pues mientras en el 2000 los intercambios externos representaron la mitad del Producto Interno Bruto (PIB), en 2004 representaron sólo el 40%, con la consiguiente quiebra del factor externo y el estancamiento del crecimiento per cápita.
El propio FMI reconoció, además, que el TLCAN dejó de ser útil a la economía mexicana porque los gobiernos descuidaron las palancas internas de la producción y el particular las inversiones en infraestructura.
Mientras tanto, aunque resulta paradójico, el propio Banco Mundial llegó a calificar como “decepcionante” los efectos de la liberalización sobre el campo mexicano pues se perdió la competitividad externa y aumentó la pobreza, de manera que allí se concentran las cuatro quintas partes de la pobreza extrema en México, según reconoce esa institución financiera.
Parejamente a todo lo anterior, —y como consecuencia de ese trágico cuadro y sus perspectivas—, el movimiento campesino comenzó a recuperar fuerzas y las organizaciones del campo resurgieron a nivel local, regional y nacional en incontables agrupamientos que reúnen, indistintamente a agricultores comerciales, de autoabasto, exportadores, asociaciones de créditos y deudores; maiceros, cafetaleros y silvicultores, indios y mestizos, hombres y mujeres.
Hoy resurgen con fuerza y han sido capaces de realizar las masivas concentraciones contra la fatídica apertura agrícola del TLCAN y demandar la renegociación de una legislación a través de la cual el poderoso y voraz vecino del Norte los condena a una muerte anunciada. www.ecoportal.net
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