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Apropiación y producción socioecológica para un nuevo modelo socialista
23-02-09 Por Joel Sangronis Padrón

El ecosocialismo del siglo XXI deberá basar su propuesta en nuevas formas de conciencia productiva. La fuerza productiva no ha de residir ya ni en la tierra, ni en el capital y ni siquiera en el trabajo, sino en el grado de conciencia colectiva, ecológica y social de los trabajadores. Una conciencia planetaria y de especie además de la de clase. Para construir esta nueva racionalidad socioambiental es necesario como dice Enrique Leff “desenterrar las condiciones ecológicas de sustentabilidad y descongelar en tiempo en el que han quedado adormecidos los sentidos culturales, negados y desconocidos por el egocentrismo y la megalomanía de la racionalidad económica capitalista” (Leff Enrique, Ídem).

Dado que el modelo occidental ha demostrado
Su concluyente insostenibilidad a largo plazo,
Podría llegar a decirse que el subdesarrollo es
El estado de los países que todavía no se han
Acercado lo bastante a la insostenibilidad desarrollista.
Ramón Folch

La revolución bolivariana está generando en Venezuela formas desiguales de producción, desarrollo, acumulación y especialización del trabajo y del capital.

Coexisten de manera paralela y muchas veces contradictoria, formas corporativas de capitalismo tales como compañías anónimas nacionales y transnacionales, entidades dedicadas a la especulación financiera y casas de bolsa, con empresas de producción social de propiedad comunitaria, estatal o mixta, formas asociativas de pequeña propiedad de carácter nominalmente cooperativo e inclusive algunas formas experimentales de comunas socialistas. Pareciera que el socialismo del siglo XXI que el gobierno del presidente Chávez aspira construir contempla la coexistencia “pacífica y armónica” de estas formas productivas, por lo menos durante una etapa de transición del modelo capitalista hacia ese socialismo.

Esta coexistencia, dentro de un contexto casi totalmente copado por las condiciones, normas, reglas y leyes del mercado liberal, pareciera poco venturosa para las formas no capitalistas de producción y distribución que alienta el proceso bolivariano.

En el socialismo la finalidad de la producción no es generar ganancias a particulares sino producir lo necesario a los integrantes de la sociedad y hacerlos participar de manera justa y equitativa en la distribución de esos bienes y servicios, exactamente lo opuesto a las reglas del mercado liberal-capitalista en donde la competencia, el ánimo de lucro y la supervivencia del más apto son las fuerzas principales que lo mueven.

Es obvio que en el medio del fragor de la lucha política (a muerte, literalmente hablando) en que está envuelto el proceso bolivariano no es posible aplicar el principio de dar “a cada uno según sus necesidades, de cada uno según sus capacidades”, por ello, las políticas reformistas y redistributivas del gobierno del presidente Chávez han buscado paliar y aliviar las carencias más apremiantes de las clases históricamente excluidas y marginadas mientras se exploran caminos de transición y construcción hacia el socialismo.

Todas las formas mencionadas al principio comparten un mismo modelo de adquisición de los bienes que se sustraen del entorno natural, es decir, el modelo capitalista de apropiación y producción económica.

Este tipo de superposición traumática de modos de producción y de apropiación de la naturaleza no es nueva en nuestros países, españoles y portugueses en un primer momento e ingleses y estadounidenses en los últimos 150 años introdujeron modos de producción extraños a nuestros ecosistemas y culturas autóctonas que produjeron violentas fracturas en sus ritmos, ciclos y procesos.

En Venezuela la intervención, y en muchos casos destrucción de ecosistemas se produjo como resultado de la inserción de su economía en el sistema capitalista mundial de mano de las grandes corporaciones petroleras tales como la Standard Oil of New Jersey y la Royal Ducht Shell. Estas grandes transnacionales incorporaron tecnológicamente al proceso productivo capitalista a bienes naturales, fuerza de trabajo humana y modelos socioculturales autóctonos y ancestrales, modificándolos y en muchos casos dislocándolos y/o destruyéndolos.

La mayoría de las comunidades rurales de la Venezuela de principios del siglo XX (85% de la población) presentaban formaciones económico-sociales no capitalistas (comunitarias, semifeudales y de pequeña propiedad familiar). Estos modos de producción, con sus limitados medios tecnológicos para apropiarse de la naturaleza, generaban pocos daños en ella.

El intercambio mercantil, las nuevas formas de división del trabajo y la reorganización capitalista produjeron severas modificaciones en las formas en que las personas se relacionaban con su entorno, con sus semejantes y consigo mismos, porque, hay que recordarlo, según sea el modo de producción y las relaciones sociales que de él se deriven, así será la estructura social que se forme. H.J. Hardborth escribió a este respecto: “La modernización imitativa en las sociedades periféricas ha significado un progreso muy reducido y ha conllevado, al mismo tiempo, la destrucción de sistemas de economía de subsistencia que tenían la enorme ventaja de estar bien adaptados a medios ecológicamente precarios (1).

La irrupción del modelo capitalista, encarnado en las grandes transnacionales petroleras en Venezuela, fruteras en Centroamérica, estancieras, ferrocarrileras y financieras en la Argentina, mineras en Bolivia, Chile y Perú, agroexportadoras en Brasil y otros países de la región, impusieron un modo de producción únicamente interesado en multiplicar y maximizar sus ganancias, utilizando para ello la apropiación de los bienes naturales y el trabajo humano. La naturaleza (incluyendo aquí al trabajo humano) fue transformada en un objeto del que el capital se apropió para maximizar beneficios. Se cumplía cabalmente lo anunciado por el pensamiento de Marx; a medida que el modo y las formas de producción avanzan en un sentido, el desarrollo de las fuerzas productivas acaba transformando las relaciones del hombre con el medio ambiente, con lo cual aumenta el impacto de la actividad económica sobre la naturaleza.

Hay que acotar que los procesos biológicos de producción y reproducción de los ecosistemas son sobredeterminados por el modo de producción que se instale o se aplique en ellos, por ello, estos se convierten así en objeto de procesos de trabajo y acumulación de capital.

Este modelo cortoplacista, depredador e insolidario fue impuesto por la clase dominante al resto de la sociedad que terminó por asumirlo como propio. Esto produjo catástrofes socioecológicas como la del lago de Maracaibo en donde la explotación petrolera, pero más aun, la imposición de lo que el antropólogo venezolano Rodolfo Quintero ha llamado “la cultura del petróleo”, produjo una “ruptura del metabolismo entre las sociedades humanas y la naturaleza”. Ruptura que se mantiene hoy en día.

Las ideas, conductas, valores y tendencias ecodepredadoras o ecoindiferentes no están insertas en la sociedad por arte de magia o por designios divinos sino que son producidas por determinadas relaciones histórico-sociales y específicos modos de producción. No puede modificarse la ecosuicida tendencia del capitalismo sin modificar este tipo de relaciones y modos de producción.

El socialismo del siglo XXI debe superar el modo de apropiación de bienes naturales y producción y desecho del sistema capitalista si aspira construir otro tipo de relaciones sociales. Debe intentar recuperar y restablecer la relación metabólica de la especie humana con la naturaleza, rota por el capitalismo.

Nada se logrará con el simple control obrero del aparato fabril y productivo (sin menospreciar en lo más mínimo este logro) si quienes lo toman se asumen a si mismos en el papel de nuevos “propietarios”, de potentados, de capitalistas; tampoco se avanzará si los modos de apropiación de los bienes naturales y las relaciones de producción, comercialización y desecho no trascienden y superan la lógica del sistema capitalista.

Las preguntas del ecosocialismo del siglo XXI deben ser:

¿Qué se producirá?
¿Cómo se producirá?
¿Cuánto se producirá?
¿Cómo y cuanto se consumirá?
¿Cómo y cuanto se desechará?

Si la producción, consumo y desecho siguen siendo regidas y determinadas por las potentes fuerzas del mercado capitalista, no podrá superarse el orden que establece este modo de producción.

La apropiación, producción, consumo y desecho de bienes deben estar controlados por un orden que privilegie la cooperación, la complementariedad, la solidaridad, y en definitiva, una preeminencia del valor de uso frente al actual predominio del valor de cambio de los bienes. La naturaleza debe ser percibida y tratada en consecuencia como un ente generador de procesos sinérgicos, holísticos e integradores y no como un simple depósito de bienes y materias primas a ser apropiadas.

Si sólo se privilegia el control, la propiedad de los medios de producción pero no se repiensa y reconstituye el sistema de relaciones sociales y económicas del capitalismo, ningún modelo socialista podrá ser viable; peor aun, empresas de propiedad social, autogestionarias, cooperativas y comunitarias puestas a competir con consorcios capitalistas con las reglas de juego del capitalismo, están condenadas de antemano a ser devoradas por la naturaleza monopólica y excluyente de éste o destinadas inexorablemente a convertirse en clones de estas últimas.

¿Cómo hacer para que los integrantes de estas empresas de producción social, que verán rápidamente incrementados sus estándares y niveles de vida, que en el capitalismo es sinónimo de mayor consumo de cosas, de objetos, la mayor parte de las veces superfluos y con valor de cambio, no terminen siendo furiosos defensores de la ideología capitalista? Porque en el capitalismo, hay que recordarlo, mientras la persona más consume más cree acercarse al modelo o estilo de vida que la clase dominante y su gran industria publicitaria y cultural han creado como sinónimo de felicidad y belleza, es decir , más se identifica con la ideología de la clase dominante.

El enfoque marxista es la guía para transitar el camino desde el capitalismo a un nuevo orden socialista, esto a pesar de que Marx no estableció expresamente una teoría de las formas de transición de un modo de producción a otro modo de producción, sino tan sólo indicaciones y bocetos. Aquí los venezolanos y latinoamericanos tendremos que apelar a nuestras propias raíces, tradiciones y experiencias para construir un modelo más humano, más justo y no ecológicamente suicida como el capitalismo. Pero en ningún caso este nuevo modelo a crear podrá mantener las bases y las contradicciones ecológicas y sociales que el capitalismo conlleva en su propia naturaleza.

Autores latinoamericanos han adelantado estudios sobre este punto, destacándose entre ellos los siguientes: “La Racionalidad Ecológica de las Prácticas Productivas Arraigadas al Estilo de Desarrollo Prehispánico” de Gligo, N y J Morello en Estilos de Desarrollo y Medio Ambiente en la América Latina FCE, México. 1.998. El Modo de Producción Campesino de Toledo, V.M y A. Argueta. En Naturaleza, Producción y Cultura en Una Región Indígena de México: Las Lecciones de Pátzcuro. En Leff/Carabias. pp. 413-443. La Teoría de la Complementariedad Vertical Eco-Simbiótica de Cardaco, R y J Murra. Hisbol, La Paz, 1987. Y La Utopía Andina de Burgos, M. y A. Flores Galindo en Allpanchis. Vol 20, 1.982. Cepal/Pnuma: Sobrevivencia Campesina en Ecosistemas de Altura, 2 Vols, Santiago de Chile, 1.983. Citados por Leff Enrique: Espacio, Lugar y Tiempo: La Reapropiación Social de la Naturaleza y la Construcción Local de la Racionalidad Ambiental. Revista Nueva Sociedad, Número 175. Septiembre-Octubre 2001, pp 28-42.

El ecosocialismo del siglo XXI deberá basar su propuesta en nuevas formas de conciencia productiva. La fuerza productiva no ha de residir ya ni en la tierra, ni en el capital y ni siquiera en el trabajo, sino en el grado de conciencia colectiva, ecológica y social de los trabajadores. Una conciencia planetaria y de especie además de la de clase. Para construir esta nueva racionalidad socioambiental es necesario como dice Enrique Leff “desenterrar las condiciones ecológicas de sustentabilidad y descongelar en tiempo en el que han quedado adormecidos los sentidos culturales, negados y desconocidos por el egocentrismo y la megalomanía de la racionalidad económica capitalista” (Leff Enrique, Ídem).

Este nivel de conciencia debe extenderse especialmente a las formas de apropiación de los bienes que sustraemos de nuestro entorno y de la forma en que lanzamos nuestros desechos en él. www.ecoportal.net

Joel Sangronis Padrón es Profesor UNERMB - Venezuela

(1) Harborth H.J.: Debate Ecológico y Teoría del Desarrollo. En Teoría y Praxis del Desarrollo. Un Balance Crítico. Icaria. Barcelona.1.989. pp. 119


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