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El protocolo de Kyoto: un alegato por la razón

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Revista National Geographic publica resultados de estudios sobre el calentamiento global. La edición de setiembre de la prestigiosa revista National Geographic confirma algo que veníamos escuchando a sotto voce: la Tierra agoniza como consecuencia de la excesiva emisión de los gases que producen el fenómeno invernadero.

A finales de octubre las playas de Villa se vuelven un caos: miles de visitantes empiezan a llegar a sus orillas de arena para repetir un ciclo milenario y mágico que se inicia cada año en Norteamérica para prolongarse hasta el mes de marzo, cuando los últimos rayos del sol del verano se apagan por estas latitudes. La migración aviar es un fenómeno fascinante que responde a patrones únicos y muchas veces insondables. ¿Cómo explicar la resistencia en el aire del Playerito blanco, aviador de 50 gramos capaz de cubrir distancias de más de tres mil kilómetros de un solo tirón?, ¿cómo entender la elección en el itinerario migratorio de la gaviota gris que aterriza exactamente en el mismo lugar donde llegó el año anterior?.

La ciencia aún no tiene respuestas absolutas para detalles tan nimios y tantas veces reportados por los observadores de aves. Sin embargo, los que hemos hecho de Villa el escenario natural para el fisgoneo aviar, este año esperaremos con más angustia que antes el arribo de tan apasionantes viajeros emplumados. El clima de la Tierra ha cambiado y los ciclos de vida también. Una modificación en la temperatura del continente -o del planeta, que es el caso- puede acarrear impresionantes modificaciones en la ruta migratoria: desde el agotamiento de las despensas alimentarias hasta el cambio de velocidad en las corrientes áreas. En conclusión, la muerte para miles de avecillas que no podrán modificar sus patrones de comportamiento tan rápidamente (y si lo hacen, al fin y al cabo la selección natural existe, será al costo de la desaparición de otras especies o la pérdida irreparable de hábitats)

De estos temas se habla en estos días en Moscú y en las grandes capitales del mundo industrializado. El calentamiento global es una realidad, ya no una mera especulación científica o un logrado relato de ciencia ficción. La edición de setiembre de la prestigiosa revista National Geographic confirma algo que veníamos escuchando a sotto voce: la Tierra agoniza como consecuencia de la excesiva emisión de los gases que producen el fenómeno invernadero; vale decir, por la contaminación que los países industrializados -los grandes emisores de dióxido de carbono, metano, óxido nitroso y tres venenos más- producen en cantidades alucinantes. Esa es la triste realidad: nunca antes, ni en la era de las grandes glaciaciones, el clima había cambiado tan apuradamente. Vivimos una época inédita, impensada, los cambios (en el clima) que estamos padeciendo en el corto lapso de veinte o treinta años hubieran tomado miles en producirse. La Tierra, como lo dice de vez en cuando Marco Aurelio Denegri, vive sus estertores. Acaso la nuestra sea una especie en extinción.

Ese desgarrador final fue advertido por los que propusieron en 1997 el protocolo de Kyoto (de la convención marco cobre cambio climático de la ONU), un ulterior esfuerzo por reducir las emisiones de los seis gases de efecto invernadero producidos por el hombre y así evitar el aumento progresivo de la temperatura media del planeta. Ese es el tratado que acaba de firmar el gobierno de Rusia y que aún se abstiene de rubricar los Estados Unidos, el mayor productor de veneno de la Tierra, aduciendo un problema de costos.

El protocolo intenta definir las cuotas de emisión de sustancias contaminantes para el año 2020 a un nivel cercano al que se tuvo en 1990. Titánica tarea para los habitantes de una aldea global incapacitada de pensar en términos distintos a los de la industrialización típica, aquella que se basa en el consumo brutal de energías fósiles (petróleo, carbón y gas) y en la destrucción de los recursos naturales. Los países signatarios, si seguimos los postulados de Kyoto, deberán, además, condicionar su progreso al aumento de la eficiencia energética y el desarrollo de energías renovables (como la eólica y la solar). Una plana en chino para los que gobiernan la nación más poderosa de la Tierra y gobiernan también las multinacionales del petróleo y la guerra en Irak.

Pero ese el reto. No hay otro camino. Así lo han advertido los activistas de Greenpeace y los científicos que patrocinan este novedoso -y vital- desarme industrial (aunque por allí afirmen, como lo ha dicho Jerry Mahlman, del Centro Nacional para la Investigación Atmosférica de los Estados Unidos, que tomaría 40 Kyotos controlar el efecto invernadero). Y ese es el camino que ha tomado Putin al rubricar el protocolo, aunque la derecha más reaccionaria de España -opuesta por cierto a su firma- diga que el líder ruso ha dado ese paso tan solo para crear una densa cortina de humo que impida ver a la comunidad internacional las masacres en Chechenia y su política estalinista en relación a los derechos humanos.

Planeta loco este. Nos preocupamos más de las correrías de Osama bin Laden y los entuertos de Bush que en la llegada de los playeritos blancos a las playas de Villa. No nos damos cuenta que estos últimos nos están hablando de la pureza de los ecosistemas y de la vida en nuestro planeta, de la supervivencia de la especie humana en la única casa que ha podido construir. Urgen más medidas radicales como la de Kyoto, apuran en decir los investigadores de la National Geographic y no dejan de tener razón. Pero es urgente también más mañanitas de octubre en nuestra agenda vital. De esas que nos permiten ver en una solitaria playa limeña -que puede ser también el jardín de la casa o el parque público- la sencilla trama de la vida que se formó, lentamente, durante millones de años sobre el planeta y que lo absurdo de nuestra condición humana se empecina en hacer explotar por los aires como un castillo de luces infinito. Universal y mortalmente infinito.

* Por Guillermo Reaño Vargas
Director de la revista Viajeros y del Instituto Conservación y Culturas, Lima
VIAJEROS Noticias, noviembre 3, 2004

 

 

 

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