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La protección de la biodiversidad agrícola en Panamá
28-11-05, Por Pedro Rivera Ramos

La certeza cada vez más extendida de que los modelos de desarrollo vigentes son insostenibles, nos impulsa a repensar desde la perspectiva de otra óptica y otra visión, el mundo actual y del futuro. Estamos obligados, si pretendemos sobrevivir como especie, a gestar una forma de vida diferente.

La agricultura –esa invención cultural de más de 12,000 años de existencia—en sus inicios se fue desarrollando como un largo proceso de interacción del hombre con su medio natural y en una cosmovisión de que no existe separación alguna entre lo humano, lo natural, las plantas y los animales. En esas primeras etapas todo el mejoramiento y selección de semillas y animales descansó enteramente en el trabajo de los agricultores, que fundado en una relación no conflictiva hombre-naturaleza fueron aprovechando los recursos de los ecosistemas para su beneficio. Sin embargo, al imponerse el paradigma N-P-K+P de la mal llamada agricultura moderna o industrial, ésta ha pasado a transformarse en una actividad que degrada y destruye el equilibrio de los ecosistemas y atenta contra los mismos recursos naturales que la han sustentado hasta ahora. Esta situación que ya empieza a convertirse en una profunda e irreversible crisis ecológica de alcance universal, es la que nos obliga a valorar la inconmensurable riqueza biológica con que cuenta Panamá y la necesidad de iniciar un proceso auténtico de protección de su biodiversidad agrícola, gestando con ello, una conciencia y cultura agroecológica y ambiental que una y vincule a los sectores campesinos, indígenas y obreros.

Pese a que la biodiversidad agrícola es la base de la seguridad alimentaria de países como el nuestro, hay la tendencia de subestimarla, concentrando las preocupaciones y esfuerzos por la diversidad biológica, únicamente en las exuberantes selvas y en la fauna salvaje. Este proceder ha venido ocasionando no sólo que los agricultores paulatinamente abandonen sus semillas tradicionales o criollas, sino que terminen por adoptar en su lugar las semillas mejoradas, híbridas y ahora transgénicas, diseñadas dentro de un paquete tecnológico que los hará más dependientes y a la larga, más pobres. Porque la tecnología de altos insumos creada bajo criterios estrictamente de rentabilidad, no podrá promover un desarrollo sostenible ni en lo social, ni en lo ecológico y mucho menos en lo agrícola. Seguirá ostentando éxitos pasajeros, pero en el actual contexto político, social, económico y ético en que se desenvuelve y aplica, donde el afán desmedido del lucro es la guía y el Norte que prevalece, no cesará el inocultable deterioro de los ecosistemas. Por el contrario, se acentuarán los procesos perjudiciales de erosión de los suelos, salinización, desertificación, erosión genética y contaminación ambiental por plaguicidas.

La certeza cada vez más extendida de que los modelos de desarrollo vigentes son insostenibles, nos impulsa a repensar desde la perspectiva de otra óptica y otra visión, el mundo actual y del futuro. Estamos obligados, si pretendemos sobrevivir como especie, a gestar una forma de vida diferente; a generar un cambio en las determinantes socioeconómicas que gobiernan la producción de alimentos; a desarrollar una actitud y un comportamiento menos agresivo y destructivo hacia los recursos naturales y a forjar en definitiva, una cultura agroecológica y ambiental donde la salud del planeta y de todos los que lo habitamos, esté por encima del estrecho criterio mercantil o de rentabilidad.

La biodiversidad agrícola ha sido, es y será la base de toda la agricultura, constituyendo además, la clave de la seguridad alimentaria en el mundo. En la actualidad este componente esencial de los recursos genéticos del planeta, se encuentra seriamente amenazado por una serie de instrumentos, políticas e intereses, orientados directamente a minar sus fundamentos ecológicos y profundizar su deterioro a un ritmo sin precedentes. Los TLCs, el Plan Puebla-Panamá, el Corredor Biológico Mesoamericano, son sólo algunas de las estrategias que han sido diseñadas para mirar como mercancías nuestra biodiversidad, sobre todo la agrícola y terminar apoderándose de ellas. A esto se le añade el contrasentido prevaleciente, principalmente en las instituciones públicas relacionadas con estos temas, de impulsar, por un lado, aunque con mucha frialdad, programas de preservación de germoplasma y, por la otra, mantener programas de mejora vegetal que favorecen la erosión genética y la vulnerabilidad de los cultivos. La situación es tan alarmante cuando se estima que un poco más del 75% de la diversidad genética agrícola se perdió en los últimos 100 años; no como consecuencia de las acciones de las comunidades agrícolas que nos legaron y cultivaron esos recursos, sino como resultado del impacto de tecnologías y visiones contrapuestas a la conservación de la Naturaleza.

Nuestro país, que forma parte de una de las regiones de mayor diversidad biológica del planeta, debe desarrollar cuanto antes una estrategia real y efectiva, que no sólo esté dirigida a la protección, conservación y mantenimiento de su agrobiodiversidad, sino que a su vez, sirva de base para el estímulo y crecimiento de una práctica agrícola que, sin renunciar a la eficiencia, sea menos nociva y agresiva con el entorno. De igual modo, necesitamos difundir una cultura ambiental, que beneficiando a todos los ciudadanos del país, les permita conocer y actuar sobre las graves implicaciones potenciales que para el ambiente, la alimentación y la salud humana, tienen las tecnologías diseñadas y controladas por las grandes transnacionales. www.ecoportal.net

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