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¿Qué pasaría si a partir de ahora solo compráramos cosas de segunda mano?

Discutimos con dos expertos en economía colaborativa sobre un hipotético futuro sin productos nuevos.

¿Cuánto tiempo podremos seguir así? Nuestra sociedad hiperconsumista nos está llevando al agotamiento de los recursos del planeta, algo que en su última consecuencia implicaría la extinción de nuestra especie. Visto lo visto, parece haber un consenso bastante amplio de que el sistema necesita un replanteamiento, un giro de 180º que ya están aplicando las nuevas iniciativas de economía colaborativa que han surgido en los últimos años.

En un momento de crisis, tanto social como económica, este tipo de iniciativas son una respuesta natural a esta tendencia destructiva. Los modelos colaborativos —que ya existían antes del boom tecnológico en forma de huertos y mercadillos urbanos, por ejemplo— defienden una sociedad que aprovecha mejor todos los recursos disponibles y que trata de compartirlos a gran escala gracias al uso de las nuevas tecnologías.

Para reflexionar sobre el potencial de la economía colaborativa y un hipotético futuro basado en el reciclaje, la reutilización y el intercambio de bienes hemos hablado con dos referentes del entorno colaborativo: Luís Tamayo, sociólogo, profesor de la UOC y miembro del medio especializado Consumo Colaborativo, y Javier Creus, fundador de Ideas for Change y creador de Pentagrowth, una iniciativa que analiza el crecimiento acelerado.

VICE: ¿Qué creéis que pasaría si a partir de ahora solo compráramos cosas de segunda mano?

Luís: Cambiaría la economía radicalmente, para empezar cambiaría nuestra percepción del mundo. Seguramente seríamos una civilización más sostenible y respetuosa con el medio ambiente, tendríamos más sentido común y desecharíamos la cultura de usar y tirar. 
Javier: Haríamos mucho más con mucho menos, seríamos capaces de utilizar todos los recursos disponibles, como sociedad podríamos aspirar a cosas diferentes.

¿Y podríamos vivir mucho tiempo sin producir cosas nuevas? 

Luís: A ver, no se trataría de dejar de producir, se trataría de aplicar más sentido común. No podríamos reciclar eternamente, pero sí hacer un uso más razonable de las cosas. 

Javier: Claro, lo nuevo tiene un magnetismo especial y sin ello no hubiéramos explorado el mundo, pero se trata de reciclar y reutilizar determinados objetos, también de empezar a pensar en cosas que en vez de caducar con el tiempo, mejoran con el tiempo.

La economía colaborativa se relaciona más con productos como la ropa o la tecnología ¿se podría aplicar a otros productos más finitos como la comida, por ejemplo?

Luís: Por supuesto. Hay muchos proyectos que intentan cambiar el uso que damos a toda la comida que tiramos en casa, en los supermercados o los restaurantes. Es lo mismo que cuando hablamos de coches o pisos: un taxi vacío es basura, una habitación vacía también, y el tomate de la nevera que nadie se come, lo mismo.

Javier: Hay camiones de transporte que van llenos y vuelven vacíos. Si al volver les haces recoger alimentos sobrantes de los supermercados y que lo repartan a restaurantes, aprovechas todo el trayecto, esa es la esencia de la lógica colaborativa.

¿Hasta qué punto cambiar el modelo de consumo rápido por uno colaborativo afectaría a la industria capitalista?

Javier: Las empresas más inteligentes ya se han dado cuenta de que si ellos no se ponen a hacer más con menos van a tener competidores capaces de hacerlo. Si alguien desplaza la estructura de costes dejas de ser competitivo, así que tienes que adaptarte.

Luís: Piensa que los dos modelos ya están conviviendo, no tiene por qué ser un problema. Yo hoy viajo a Badajoz en BlaBlaCar y vuelvo en bus.

Parece que estamos ante un auge de este tipo de economía, sobre todo a partir de los avances en tecnología. ¿Los millennials y la generación Z somos más afines a este modelo?

Luís: La generación de nuestros padres y abuelos se basaban en la posesión, cuanto más tenías más rico eras. Ahora importa el acceso y no la propiedad, las nuevas generaciones quieren vivir la experiencia y no quieren el coche, quieren el viaje.

¿Es España un país donde la economía colaborativa tiene mucho peso?

Javier: No nos damos cuenta, pero somos uno de los países más plásticos del mundo. La velocidad a la que los españoles cambiamos de valores, estructuras y prioridades es acojonante. Piensa en la transformación de la sociedad desde la muerte de Franco hasta los noventa: aborto, divorcio, ejército, empleo, autoridad… todo ha cambiado de manera radical. Ahora que ha llegado la crisis hemos vuelto a cambiar. Somos una sociedad donde la familia ha parado el impacto de la crisis, así que estamos acostumbrados a prestarnos favores y colaborar.

El sistema actual contribuye a la construcción de una sociedad ultraindividualista, pero la economía colaborativa parece basarse en lo contrario, ¿Cambiaríamos mucho si se generaliza este nuevo modelo?

Luís:  En nuestra esencia conviven tanto el gen colaborativo como el competitivo. El consumo colaborativo genera más conciencia de lo común, de lo compartido. Lo que pasaba hasta ahora es que teníamos superdesarrollado el gen competitivo y habíamos desterrado el colaborativo. Si encendemos de nuevo este segundo motor nos irá mejor en la vida.

¿Este tipo de economía nos daría un mayor sentimiento de comunidad?

Javier: No necesariamente. Ten en cuenta que la motivación de fondo muchas veces es económica y no se establecen lazos personales. Ahora bien, si que hace más ciudad. Si la ciudad es el lugar de encuentro casual, se densifican las relaciones aleatorias y por lo tanto se crea una red de confianza base muy interesante.

¿Hay algún límite en la aplicación de la economía colaborativa en nuestro día a día?

Javier: Esto es un shock, porque irrumpe en industria inesperadas y fuera del control del estado en términos laborales, fiscales… Cuanto más organizado está un sector, más shock. Los hoteleros o los taxistas piden tiempo. Nuestras instituciones tienen un reto muy grande por delante, están en crisis. Hay tres pilares en duda: la propiedad, ya que ahora se ha visto que para muchas cosas es mejor el acceso que la propiedad; el trabajo, ya que parece que el único ingreso legítimo sea el que da el trabajo, y si te quitas la venda ves que un 40% de la sociedad vive de rentas o asistencia social. Todo el mundo necesita ingresos, pero no hay trabajo para todos, así que toca disociar trabajo e ingresos; la tercera es la representación, para según que decisiones tenemos fórmulas alternativas y más participativas a tener el voto de un representante.

Luís: La economía colaborativa está aquí y está para quedarse. Más allá de si va a salvar o destruir el planeta, nos da unas posibilidades que antes no teníamos.

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