África

La agricultura contra el paludismo en tierras altas africanas

Sesenta y cinco años después de la histórica cumbre internacional sobre la malaria (paludismo) realizada en Uganda, la enfermedad sigue siendo un flagelo y su incidencia podría aumentar en zonas de África subsahariana por los efectos combinados del cambio climático, las prácticas agrícolas y el desplazamiento de personas.

Casi la mitad de la población mundial está en riesgo de contraer la enfermedad, transmitida al ser humano por el mosquito Aedes aegyptis. Además, se estima que 214 millones de personas se contagiarán este año y casi 500.000 morirán.

 “La malaria es el problema de salud número uno en nuestro país”, subrayó Babria Babiler El-Sayed, directora del Instituto de Investigación en Medicina Tropical de Sudán.

Con ayuda de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), ese país comenzó a liberar mosquitos machos esterilizados para desplazar a sus congéneres fértiles y reducir así la población de mosquitos.

La FAO y la AIEA utilizaron la técnica “nuclear” (utilizando bajas dosis de radiación) con éxito contra la letal mosca tsetse y la mosca de la fruta.

El paludismo es una nueva área y ambas agencias experimentan en África oriental con la Técnica de los Insectos Estériles (TIE) para el control demográfico de plagas.

Además, está probado que el paludismo es una enfermedad que puede prevenirse, y que se menciona explícitamente en el tercero de los nuevos Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), que deberán cumplirse para 2030.

Para ese año, una de las metas busca “poner fin a las epidemias del sida, la tuberculosis, la malaria y las enfermedades tropicales desatendidas y combatir la hepatitis, las enfermedades transmitidas por el agua y otras enfermedades transmisibles”.

La clave está en no depender de un solo método o herramienta, sino en integrar los distintos esfuerzos para controlar la enfermedad, observó El-Sayed.

Ese es un cambio respecto de 1950, cuando la conferencia de la Organización Mundial de la Salud (OMS), realizada en Kampala, resolvió apoyar la utilización de diclordifeniltricloroetano (DDT) para erradicar la enfermedad. A golpes se aprendió que aun un químico tan potente no puede por sí solo resolver el problema.

De hecho, en el emblemático caso del valle de Tennessee, en Estados Unidos, se logró la desaparición del paludismo en los años 30 sin usar químicos, mediante una masiva campaña contra la pobreza, combinada con un vasto programa de creación de empleo en una central hidroeléctrica.

El clima más cálido eleva el vuelo de los insectos

Lo más alarmante es el ascenso literal del paludismo hacia las tierras altas, densamente pobladas, de África oriental. Las poblaciones del sudoeste de Uganda y zonas de Zambia y Ruanda suelen carecer de la resistencia genética que los protege de la enfermedad, que sí han desarrollado agricultores de zonas propensas a su existencia.

El cambio climático causa todo tipo de variaciones en el ambiente. Por ejemplo, cada vez más zambianos pierden la vida por culpa de cocodrilos, leones y búfalos porque se ven obligados a recorrer mayores en busca de agua por la sequía. Por no mencionar el número récord de migrantes, muchos de los cuales no abandonan su país, sino que buscan nuevos ecosistemas.

A eso se suma el sostenido aumento de la temperatura, que eleva el posible hábitat de los vectores de la malaria, que “se relaciona con la altitud, más que con la latitud”, según una investigación del Instituto Internacional de Investigación de Políticas Alimentarias sobre las causas del drástico aumento de la incidencia de la malaria en zonas altas de Uganda.

Eso también significan riesgos especiales para las elevaciones superiores a los 2.000 metros en Kenia, Etiopía y Burundi.

Estrategias locales e integradas

Métodos integrados, técnicas agrícolas, los propios cultivos y las prácticas humanas como el uso de mosquiteros, forman parte de los logros en la lucha contra el paludismo.

Con apoyo internacional, el Instituto de la Malaria de Zambia, prácticamente eliminó el paludismo en los distritos del sur, principalmente gracias a un esfuerzo combinado, según el médico Phil Thuma, uno de los pilares y defensor de lo que él llamó “un intenso esfuerzo” para luchar contra la epidemia.

Hace tiempo que la FAO incorporó la distribución de mosquiteros a sus programas, una herramienta sencilla, pero fundamental.

De hecho, actualmente, un proyecto promueve en Kenia el uso de mosquiteros tratados con insecticidas en los cobertizos donde están los animales, y logró un aumento pronunciado en la producción láctea, pues tanto humanos como animales se encuentran más sanos.

A pesar de las críticas de que muchos pescadores zambianos terminaron usando los mosquiteros para mejorar su captura o que en Uganda se usaban para hacer vestidos de novia, el hecho es que se usan mucho en África oriental y que muchas personas compran otra, confirmando su utilidad, según un estudio realizado en Tanzania.

El verdadero problema es que muchos agricultores se levantan antes del amanecer o se quedan hasta tarde, lo que los obliga a abandonar la protección durante las horas en que pican los mosquitos.

Casi todas las personas tienen conocimientos básicos sobre el paludismo, pero muy pocas escucharon hablar del cambio climático.

Los estudios empíricos muestran claramente que donde las prácticas de cultivo reducen la cobertura vegetal, las temperaturas aumentan en zonas de reproducción del mosquito. Es decir que el uso de la tierra y los esfuerzos de reforestación deben formar parte de las políticas combinadas que se llevan adelante a escala comunitaria.

Las escuelas de campo para agricultores, desde hace tiempo una prioridad de la FAO, son clave para difundir conocimiento útil a escala local.

El desarrollo de programas que contemplan la lucha contra la malaria deben tener eso en cuenta, en especial en el marco de los esfuerzos para aumentar la infraestructura de irrigación para mejorar la producción agrícola en África subsahariana.

Una encuesta en Etiopía concluyó que la incidencia de la malaria entre niños y niñas era siete veces mayor en pueblos ubicados a tres kilómetros de una micro-represa para irrigación, que entre los menores que residían a ocho kilómetros de distancia.

El cultivo de maíz, una fuerza enorme en la región, también podría elevar la incidencia del paludismo debido a que las variedades híbridas de mayor rendimiento se polinizan más avanzado el año, lo que ayuda a engordar las larvas del mosquito y se traduce en más adultos, más grandes y que viven más.

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IPS Venezuela

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