Agua

El asesinato ceremonial del Río Sinú: Una catástrofe ambiental en Córdoba, Colombia

El Bocachico, el pez migratorio que antes llenaba el río Sinú y sus ciénagas, ahora escasea tanto que nuestro chofer casi sacrifica su trabajo por buscar unos pocos. ¡En apenas dos años del taponamiento del río con su dique de 73 metros de altura, el Proyecto Urrá ha logrado aniquilar toda la población de Bocachico sinuano!.

Por Kashyapa A. S. Yapa

El Bocachico, el pez migratorio que antes llenaba el río Sinú y sus ciénagas, ahora escasea tanto que nuestro chofer casi sacrifica su trabajo por buscar unos pocos. ¡En apenas dos años del taponamiento del río con su dique de 73 metros de altura, el Proyecto Urrá ha logrado aniquilar toda la población de Bocachico sinuano!

El sol candente hierve el aire pesado. Buscando alivio, escondí mi cabeza entre las matas de banano junto al Caño Grande, un cauce antiguo del río Sinú. Los costeños pasan esta hora arrullándose en sus hamacas, sin embargo, no disponemos de tanto lujo, recién comenzamos este recorrido investigativo por el Sinú delta. ‘Peep, peeeep, peeeeeep?’ nuestro líder, Iván, balancea su peso sobre el timón; pero no hay ninguna señal de Carlos, el chofer. Don Jesús, nuestro anfitrión, palanquea su canoa aguas abajo para rastrearlo. Yo contemplaba, en serio, una alternativa a este baño Turco involuntario. ¿Un salto al agua lodosa del caño? Por fin…, viene corriendo Carlos, bien agarrado de un paquete en su axila. No importaba que ese tesoro le haya costado una sudorosa corrida de media hora, y quién sabe cuántos miles de pesos, le toco compartir su ‘oro’ para aplacar la furia de Iván. ¿Y qué mismo era? ¡Unos cuatro Bocachiquitos!
El Bocachico, el pez migratorio que antes llenaba el río Sinú y sus ciénagas, ahora escasea tanto que nuestro chofer casi sacrifica su trabajo por buscar unos pocos. ¡En apenas dos años del taponamiento del río con su dique de 73 metros de altura, el Proyecto Urrá ha logrado aniquilar toda la población de Bocachico sinuano!

Don José, un pescador del Bajo Sinú, evocaba con nostalgia el pasado, "En las épocas de la Navidad, nosotros pasábamos bebiendo y el agua, pariendo." En esa temporada el Bocachico remontaba el río buscando sitios donde el agua cristalina corre sobre lecho rocoso, sus preferidas salas de partos. En Abril, las primeras lluvias recargaban las ciénagas con millones de alevines junto con los nutrientes. Unos meses después, los pescadores podían llenar sus canoas en pocas horas de trabajo. No es que esto les convirtiera en millonarios, los intermediarios les explotaban despiadadamente; pero ellos vivían tranquilos, porque el río nunca les fallaba.

Mientras los Bocachicos salían río arriba para reproducirse, el pescador se aprovechaba de otra riqueza: la nutrida planicie de inundación, a lo largo del río y alrededor de las ciénagas. Cuando retrocede el espejo de agua, estos playones sin dueños se visten de las patillas (sandias) que florecían y engrosaban.

Por eso, me sorprendí con las palabras de Don Andrés de San Sebastián, en la orilla de la Ciénaga Grande de Lorica, cuando dijo; "Nunca fuimos pescadores, peor agricultores, de profesión." Históricamente, ellos han practicado la tradición milenaria zenú de la alfarería. Ciertamente, ellos pescaban y sembraban maíz para comer, pero nadie se preocupaba de venderlo. Nadie quería comprarlo tampoco, el Sinú producía suficiente para todos.

Todo esto cambió, con la llegada de la carretera Montería-Lorica en los años cincuenta. La vía taponó muchos caños que unían la Ciénaga Grande con el río, lo que disminuyó drásticamente el nivel de la ciénaga, despejando grandes extensiones de tierras. Estas, antes ocupadas por los campesinos por temporadas, ahora fueron apropiadas por los ganaderos poderosos, quienes invadieron la zona, detrás de la maquinaría vial. La carretera también permitió otra entrada, esta por lo menos beneficiosa, la de los compradores de pescado. De la noche a la mañana, los alfareros abandonaron su ocupación tradicional, y saltaron de cabeza a la ciénaga, repleta de peces.

Los 2400 indígenas Embera-Katio, quienes habitan el Alto Sinú en una parte considerable del Parque Nacional Paramillo, consideran el Río como su madre de creación. En su cabecera, el Sinú corre apuradísimo, espumando, saltando entre las rocas verdosas, para escapar de su oscuro túnel tropical. Y entre las chozas Embera, cambia a un trote suave, sobre su lecho ancho de cantos rodados resplandecientes; un paraíso en la tierra. Los animales, los pájaros, los peces, las frutas y cereales… todo lo que provee al bienestar de sus familias, los Embera se los deben al Río. Su red de comunicación interna y externa, dependía totalmente del Sinú. Ellos navegaban por días enteros, en balsas o en canoas, e intercambiaban sus productos en los puertos del Bajo Sinú, o por algunas comidas esenciales, o por cuentas coloridas para la elaboración de sus famosos collares. Últimamente, cuando las invasiones de los colonos y madereros exterminaron la caza, ellos dependían exclusivamente de los peces migratorios, especialmente del Bocachico, para complementar su dieta de carbohidratos.

Proyecto Urrá: la maldición del Sinú

Así, todos los nativos del valle del Sinú, vivieron intrínsecamente ligados con el río y sus ciénagas. No sin razón, ellos ven con desdén al Proyecto Multipropósito Urrá, lo tratan como una trampa multimillonaria que poco a poco los atrapará y ahogará a todos. El Proyecto destruyó completamente la pesquería artesanal de la zona; desplazó, por fuerza, cientos de familias de colonos y de indígenas, y amenaza a cientos más con epidemias peligrosas; eliminó para siempre la navegación fluvial Embera; convirtió las ciénagas en pozos tenebrosos y contaminados, y en focos de enfermedades infecciosas; agravó los problemas de salinidad en el delta arrocero y de mangle, aumentando la amenaza de los camaroneros; en resumen, ¡el Proyecto Urrá rápidamente ganó la fama de ser la maldición del Sinú!

Sin embargo, el Proyecto no surgió de la noche a la mañana, sino que hace parte de un esquema de largo plazo, esbozado por la poderosa mafia cordobesa: los terratenientes, los paramilitares y los corruptos comerciantes y políticos. En la época gloriosa de las grandes represas, fue diseñado para el río Sinú un inmenso complejo hidroeléctrico, que consistía en un dique monstruoso en el Alto Sinú (Urrá II) que hubiera inundado casi todo el resguardo indígena Embera, inclusive gran parte del Parque Nacional Paramillo, y otro dique pequeño y complementario, más abajo (Urrá I). Cuando, en los años ochenta, el Gobierno Colombiano logró su financiamiento, con la ayuda del Banco Mundial, América Latina también se había enterado de las nefastas consecuencias ambientales de las represas grandes. Después de una pelea fuerte contra los ambientalistas, el Banco retiró su apoyo, y el Proyecto colapso. Los mismos planos fueron desempolvados en 1992, después de un apagón a escala nacional, causado por la expansión económica mal-planificada. Las astutas y poderosas familias cordobesas, de ascendencia árabe (‘los turcos’) ya se habían apoderado de una buena parte de la torta política en Bogotá, y ellas urdieron un gran plan energético alrededor del Sinú para ‘salvar la nación’.

También les ayudaba en sus planes siniestros, el comportamiento del río. La alta sedimentación en su lecho, causado por la continua tala de la cobertura forestal, obligaba al río a rebasar sus orillas anualmente, cada vez con mayor destrucción económica. Mientras tanto, las incesantes olas migratorias -campesinos desplazados por la violencia política, fomentada despiadadamente por los terratenientes- seguían asentándose en los terrenos baldíos, casi siempre humedales, alrededor de las ciudades como Montería, la Capital cordobesa. En estos asentamientos anegadizos, con cada inundación se repetían las escenas de familias enteras, congregadas en sus techos, suplicando que les salven sus vidas. Los que promovían la necesidad de controlar las ‘inundaciones devastadoras’ del Sinú nunca desperdiciaron estas escenas.

Los nuevos promotores del Proyecto Urrá, aprendieron una lección valiosa del primer intento. Sabiendo la dificultad de conseguir financiamiento localmente para el proyecto completo, ellos optaron por construir solamente Urrá I, el dique auxiliar del plan original. (Los ambientalistas internacionales, quienes vieron como positivo el abandono de la represa más grande, no se dieron cuenta de la serie de desastres que desencadenaría el plan nuevo.) Simultáneamente, estos poderosos cordobeses alistaron sus cañones políticos, propagandísticos y también paramilitares, con los que iban a silenciar cualquier oposición que surgiera contra ‘su’ proyecto.

El paramilitarismo colombiano nunca tuvo muchas diferencias con los militares oficiales en Córdoba. Una vez, durante la marcha fluvial Embera, Do-Wabura, nos hospedamos por la noche en una comunidad, ubicada al frente de una finca de Fidel Castaño, el sanguinario líder paramilitar. La comunidad no disponía agua potable, se la suministraba desde el club de Castaño. Los organizadores de la marcha, recurrieron al pelotón militar que nos acompañaba, para que les ayuden a conseguir agua para los marchistas. Me quedé asombrado de las relaciones cordiales entre los ‘para’ y los militares, que permitió que se nos entregue todo el agua que se necesitaba, gratis.

La estrategia cordobesa para Urrá funcionó. En 1993, el INDERENA, la entidad gubernamental encargada del medioambiente, entre las tinieblas de la discreción y la corrupción, cometió un acto de hipocresía al dividir la licencia ambiental en dos, una para la construcción y otra para la operación, y restando importancia a los errores horrorosos cometidos en sus estudios ambientales, otorgó el permiso para la construcción del dique.

La constructora, la Asociación Skanska-Conciviles (sueco-colombiana), se instaló rápidamente en el sitio, a unos 30 kilómetros aguas arriba de Tierralta, sin que se haya presentado alguna protesta, por parte de las victimas inmediatas -las familias de colonos y de indígenas, quienes serían desplazadas por el reservorio. Durante el intento anterior para la construcción del proyecto, los colonos que habitaban en el área se alzaron con protestas ruidosas. Esta vez, los promotores del proyecto tomaron las debidas precauciones. Sus milicias peinaron la zona, aún antes de que se emita el permiso de construcción, silenciando sin misericordia cualquier voz de descontento.

Do-Wabura – Adiós Río

Los Embera-Katio, sin embargo, no fueron tan fáciles de silenciar. Su lengua nativa y sus arraigadas tradiciones culturales los mantienen unidos. Este es un resguardo impenetrable para las fuerzas oscuras. Pero, los medios de comunicación, controlados por los mismos políticos, no dieron oídos a esta única voz de protesta. Los grupos indígenas habían logrado ciertos beneficios especiales, como lo de la inafectabilidad de sus territorios comunales, por la Constitución Colombiana de 1991, auspiciada principalmente por los ex guerrillero-políticos. Pero la tradicional oligarquía política no ha permitido hacer efectiva estos cambios, a través de la legislación. Viendo que no llegaba el apoyo de ningún grupo, civil, político o legal para sus justos reclamos, los Embera lanzaron una protesta genial: la llamaron Do-Wabura Dai Bia Ozhirada (Adiós Río, que tanto bien nos hiciste), porque después del dique, el Sinú no sería el mismo. La protesta aparecía no como una confrontación, sino como una celebración, una oportunidad para decir "Gracias" al Río por todos los productos que ellos habían disfrutado por siglos y siglos, lo que les permitió que se les apoye hasta con recursos provenientes de la compañía dueña del Proyecto Urrá.

Invitado por la ONIC, la Organización Nacional Indígena de Colombia, visité el resguardo Embera, a vísperas de Do-Wabura, para explicarles los impactos que causaría el proyecto hidroeléctrico. A pesar de mis constantes esfuerzos para simplificar los detalles de ingeniería, los Embera fijaron más su atención en este moreno descalzo, que hablaba en Castellano agringado. Pronto se desbordó su curiosidad, y de allí en adelante, ocupé gran parte de mi tiempo dibujándoles las complicadas letras redondas de mi lengua materna, Sinhala, y demostrándoles los millones de usos del árbol de coco.

Al regresar una semana después, me encontré con una sorpresa total, parecía que todos los Embera querían bajar por el río. Ellos habían ensamblado 42 balsas, casi todas parecían mansiones flotantes, equipadas con cabañitas de cocina y cubiertas con hojas de platanillo. Salieron del bosque unas 660 personas, hombres y mujeres, mayores y jóvenes, inclusive con bebés lactantes, todos con sus grandes ojos bien abiertos, que registraban todo lo extraño del Mundo mestizo.

Cuando anclaba esta inmensa flota por la noche en Tierralta, la primera ciudad después del resguardo, se alborotó la zona: "¡Ya vienen los indios!" La mañana siguiente, toda la ciudad se amontonaba en la playa, los mestizos mirando de reojo a las bellas mujeres Embera, envueltas solamente de una tela colorida desde la cadera hasta la rodilla, y ellas, a su vez, viendo con compasión a las otras, que peleaban frenéticamente con el sudor que rebosaba de sus ‘forrados de civilización.’

No había ningún medio de comunicación, que pudiera resistir la noticia de una marcha tan numerosa, colorida e inédita, y todos rodeaban las balsas como pirañas. Mientras, las autoridades locales, como no podían parar a los Embera, en un intento de unírseles, enviaron una lancha de militares para ‘salvaguardar’ la marcha. En el inicio, los indígenas decoraron las balsas con enormes banderas que consagraban la fauna del río, pero ahora, alentados por la atención que recibían, colocaron en sus alrededores numerosas pancartas de protesta.

La protesta flotante entró a Montería en el cuarto día, entre los aplausos de miles que abarrotaban el puente y las orillas del río. Envalentonados por el recibimiento abrumador, los Embera marcharon hacia el palacio del Gobernador Provincial y exigieron que se les escuche. Los descalzos niños Embera, con sus ojos sin parpadear ante el asombro de ver edificios nunca antes vistos, ni carros, ni vías pavimentadas, lideraban la demostración clamorosa que iba por el centro de la ciudad. Temerosos de quedar ante las lamparillas, sin respuestas a las preguntas mordaces de los Embera, las autoridades se desparramaron. Sin desanimarse, la flotilla continuó su marcha hacia Lorica, el tradicional mercado regional para los productos del río.

Una semana antes de la Do-Wabura, estuve recorriendo la región del Bajo Sinú, para medir el nivel de conocimiento que tenían los pescadores y los agricultores sobre el Proyecto Urrá, porque ellos también eran sujetos de sus impactos directos. Qué extraño, ¡nadie hablaba nada contra el Urrá! Tal vez, conociendo a los que promovían el Proyecto, no creían todo lo que les pintaban, pero tampoco querían arriesgarse. Los pobres y desprotegidos estaban atemorizados por las fuerzas obscuras que reinaban en la zona. Quienquiera que sopla una palabra de protesta, sería declarado simpatizante de la guerrilla, y todos conocían las consecuencias. Con la ayuda de algunos profesores valientes, me presenté en los colegios y en las escuelas, bajo el pretexto de apoyar a la educación ambiental. En las asambleas y en las aulas hablé directamente con los alumnos, cuyos familias dependían del Río Sinú para su sustento diario. Les expliqué los impactos negativos de Urrá I, y les convoqué a recibir a los Embera, junto con sus padres, cuando llegue Do-Wabura a Lorica.

Aún esta actividad educativa llevaba sus riesgos, y debía movilizarme discretamente y constantemente para no atraer atención. Dentro del resguardo indígena Zenú, donde, más de una docena de líderes comunitarios han pagado con sus vidas en un enfrentamiento prolongado con hacendados, tomé la precaución de no hospedarme en la misma casa dos noches. Un día, en mi búsqueda de un amigo de otro amigo, un joven me detuvo en su puerta para interrogarme por unos 15 minutos, antes de darme la mano y decirme; "Soy él que buscas. Me disculparás por estos procedimientos penosos de precaución."

La muchedumbre, que se aglomeraba en el histórico desembarcadero de Lorica, les regaló a los Embera lo que ellos buscaban, la publicidad. Frente a las luces y micrófonos de la Televisión, los Embera retaron a las autoridades para que escuchen su voz, cara a cara: "No vamos a volver al resguardo sin encontrarnos con usted, Señor Presidente, ¡le esperaremos hasta que venga usted acá!" Esta amenaza nos cogió a nosotros, el grupo de apoyo logístico de Do-Wabura, desprevenido. La dotación de seguridad, hospedaje, alimentación y facilidades para la salud e higiene de 660 personas no es nada fácil; peor, cuando la gente desconoce totalmente la vida citadina. A duras penas, y con la ayuda de unos cuantos profesores y líderes comunitarios, logramos encontrar unas instalaciones rústicas. La dieta monótona, el calor intenso, la humedad insoportable y el agua contaminada comenzaron a causar serios problemas de salud entre los Embera, pero su férrea voluntad no se resquebrajó.

El Gobierno Central ya no podía ignorar el pedido de los Embera, sin embargo, los políticos cordobeses le presionaron para que no debilite ‘su proyecto.’ Finalmente, el Presidente Samper les tendió a los indígenas una trampa: les mandó un avión para que llevaran a Bogotá a los 19 jefes de los cabildos comunales Embera, para negociar. Una vez separados de sus bulliciosos seguidores y también del enfoque de atención, los Embera se encontraron sin fuerzas para negociar, y tuvieron que firmar un acuerdo para ‘estudiar los impactos’ simultáneamente con la construcción del dique, a cambio de unas cuantas pelotas de fútbol y unos motores para sus canoas.

Una catástrofe ambiental

Negociado el silencio del único grupo que podía oponerse públicamente al Proyecto, las autoridades continuaron con la obra. En Enero de 1996, el contratista desvió el río por dos túneles para poder completar la cimentación del dique. Ya bloqueada su ruta regular, los Bocachicos que venían subiendo el río se enfrentaban la ardua tarea de remontar estos toboganes de alta velocidad para llegar a sus únicos lugares de desove, más arriba del dique, dentro del territorio Embera. Don Andrés de San Sebastián, un pescador experimentado, entendía bien el dilema del Bocachico: "El no es un nadador fuerte, nada en zigzag para no enfrentar directamente la corriente del río. ¿Cómo él iba a remontar ese chorro del túnel?" La gente aún recuerda las patéticas escenas que se producían cerca de los túneles. Cantidades de peces seguían saltando desesperadamente sobre las salidas de los túneles, y la fuerza de agua les empujaba abajo, una y otra vez; era un acto de suicidio comunal. Miles de Bocachicos comenzaron a flotar, muertos. La palabra voló a la velocidad de sonido, y la gente se precipitó hacia el sitio para llevar los pescados muertos, en sacos. Los responsables actuaron rápidamente para encubrir este desastre ecológico: Atraparon los peces muertos con mallas grandes, y con retroexcavadoras, los enterraron en fosas comunes en la misma orilla del río.

Sin embargo, las autoridades fallaron, miserablemente, en su intento de tapar con los dedos la desnudez de sus informes ambientales favorables al Proyecto, porque todavía, lo peor estaba por llegar. En 1992, la empresa CORELCA, antecesora de Urrá S.A., dueña de la planta hidroeléctrica, publicó, en su informe de evaluación ambiental del proyecto, que Urrá I no causaría significativos cambios biológicos ni hidrológicos en las ciénagas del Río Sinú. Después, en 1993, la CVS, la autoridad regional ambiental, otorgó a CORELCA la concesión del uso de agua para la planta hidroeléctrica, indicando allí que la liberación de un cierto caudal desde la represa, en los meses de Mayo y Junio, sería suficiente para sostener la reproducción de los peces migratorios. La verdad fue totalmente opuesta. Después de 1996, el Bocachico nunca más regresó, a ninguna de las ciénagas sinuanas. La aniquilación de la pesca en el río Sinú, desencadenó un desastre regional. La sobrepesca acabó con todo este recurso vital; ahora, en la cuenca baja de los ríos San Jorge y Cauca, que antes era una mina de oro en cuanto a la pesca, los pescadores no pueden recuperar ni sus gastos de combustible. La famosa y cercana ciudad turística, Cartagena, hoy recibe el Bocachico vía aérea, ¡desde Argentina!

No solamente a la pesca, Urrá I amenaza también a la propia existencia de las ciénagas. A pesar de que no se disponía de un permiso para llenar la represa, el contratista la comenzó en Enero de 1999, bajo el pretexto de que necesitaba hacer pruebas de las turbinas con agua. Desde allí, la vida de cada cienaguero ha sido un salto al vacío. Los asolvados y abandonados caños alimentadores no lograron desviar, desde el río casi seco, caudales suficientes a las ciénagas. Sus propias cuencas pequeñas ya no cuentan con árboles sino con cultivos agro-pastoriles, y les aportan, si es que lo hacen, aguas contaminadas solamente. Cuando retrocede el espejo de agua de las ciénagas, los ganaderos y agricultores inmediatamente emprenden sus actividades en estos suelos frescos y húmedos, aumentando más la contaminación. Las inundaciones anuales del Sinú, que antes las limpiaban y recargaban, ahora están controladas por la represa de Urrá I, por lo tanto, estos adorables cuerpos de agua que ayer albergaban vida abundante, hoy enfrentan la desgracia, la humillación y su eventual extinción. De sus aguas estancadas, suben nubes de mosquitos que fomentan epidemias nunca antes conocidas por los campesinos. Como decía Don Andrés de Ciénaga Grande de Lorica, "Aquí, después del Sol, ¡hasta los burros piden mosquiteros!" Una situación similar prevalece en las orillas de la represa Urrá donde la biomasa tropical se descompone en aguas muertas, y los niños Embera suelen enfermarse fácilmente por epidemias, que no pueden controlar por no disponer de defensas naturales.

La operadora de la represa sigue soltando un caudal mínimo de agua aún durante la sequía, pero el río ya ha perdido su vitalidad. Muy pocas de las comunidades vecinas al río disponen de sistemas de agua potable, y las otras siempre aprovechaban el río para sus necesidades domésticas -beber, bañar, lavar y hasta regar. Pero nunca más, después del dique. Don José de Playón, cerca de Lorica, dice, "El agua del río se ve con un color como de Cobre, no me da ganas ni de bañarme. Imagínate, que antes uno solo echaba un balde al río…" Ahora la gente no tiene opciones, o toma el agua verdosa del río o la de la ciénaga convertida en una poza tenebrosa. Aparentemente, la biomasa tropical, rica en nutrientes, esta descomponiéndose sin oxígeno, en el fondo de la represa, y el río debajo del dique recibe esta agua estéril, nula en oxígeno y rica en sulfuro. En muchos reservorios tropicales, como el vecino Lago Bayano de Panamá, Brokopondo de Suriname o Curuá Una de Brasil, las aguas superficiales ricas en oxígeno no llegan al fondo porque sus cuerpos de agua sufren de estratificación termal: la formación de capas desde la superficie hasta el fondo que varían de temperatura. Las aguas de la represa Urrá I, que es más angosta, profunda y pequeña en superficie, tiene menos posibilidades de mezclarse, aún con la ayuda del viento. A pesar de décadas de experiencias con tales reservorios defectuosos, los planificadores de Urrá nunca se preocuparon de este problema tropical, y simplemente copiaron los diseños que vienen de climas templados, donde los cambios estacionales de temperatura, imponen un intercambio obligatorio de las capas termales en sus cuerpos de agua.

Desde que comenzaron a llenar la represa, la escasez del caudal en el río ha permitido que penetre con venganza la cuña salina, más de 20 kilómetros aguas arriba desde la desembocadura, destruyendo los campos agrícolas y los manglares que sostenían unas 2500 familias en el Sinú delta. En su concesión de agua, el CVS ordenó al operador del dique que no debe permitir la penetración de agua salada más allá de 7.3 km desde la costa, sin embargo, estas ordenes se limitan al papel impreso. Ha salinizado hasta la toma de la estación de bombeo en el distrito de riego La Doctrina, que necesita bombeo continuo para regar sus 3000 hectáreas de arroz y otros cultivos. Río abajo, floreció sal, en vez de arroz, en las 3500 hectáreas alimentadas por los caños Sicará y Grande, lo que forzó a gran cantidad de familias campesinas a desplazarse hacia los cordones de miseria en Montería. Con el cambio del curso del río desde Caño Grande hacia la bahía de Tinajones, en los años cuarenta, inició la entrada de agua salobre en esta zona. Por los años ochenta, este delta antiguo recobró un equilibrio saludable entre las aguas frescas y saladas; y sus ciénagas abundaban con peces, de nuevo. Después de la debacle causada por Urrá I, por la presión vigorosa de los campesinos quienes decidieron seguir luchando, las autoridades comenzaron a limpiar y profundizar los caños para desviar más aguas frescas hacia la zona; pero, los poderosos camaroneros, quienes ya han usurpado una parte de la zona, tienen otros planes.

La industria camaronera desea salinizar el delta entero, paso previo que condenara a la tierra y le dividiera en piscinas; y para esto, el proyecto Urrá, manejado por la misma clase corrupta, le proporciona la mejor oportunidad. Los camaroneros lograron frenar la restitución de los caños, y ahora manipulan a la viciada burocracia gubernamental, para intimidar a los pobres campesinos para que entreguen sus parcelas a precio de gallina robada.

La Tutela Constitucional – ¡invalidada!

Mientras subía el nivel de agua detrás del dique, las autoridades convocaron a audiencias públicas, un requisito previo a la emisión de la licencia ambiental para la operación de la represa por Urrá S.A. Ya saboreada las consecuencias amargas del cierre del río, se levantó en contra del Proyecto la opinión pública, encabezadas por grupos ambientalistas de Bogotá, algunos valientes intelectuales locales y unas organizaciones campesinas, que optaron por luchar para sobrevivir. Desde la Do-Wabura, los Embera intentaron en vano convencer al Gobierno Central, a que acate las recomendaciones de sus estudios de impactos ambientales, y ellos también se unieron a la pelea. Sin embargo, las audiencias eran puras formalidades, porque el asunto ya estaba resuelto en las reuniones secretas en Bogotá. Los Embera se percataron del inminente despeje del último obstáculo para que entre en vigencia el Proyecto Urrá, y jugaron su última carta: presentaron una tutela constitucional, contra el Proyecto, por no consultarles antes de causar impactos graves en su resguardo. La Corte Constitucional, después de una larga audiencia, en Septiembre de 1999, aceptó los cargos y ordenó al Gobierno que suspenda la licencia ambiental, hasta que Urrá S.A. negocie con los Embera y cumpla con todas las medidas compensatorias acordadas mutuamente.

La decisión de la Corte causó un caos entre las filas de los polítiqueros cordobeses. Gritaban al Gobierno Central, "… ¿Cómo ustedes van a dejar perder una inversión de 900 millones de dólares, simplemente porque no les conviene a unos indiecitos?" Intentaron sobornar a los líderes indígenas (y lograron comprar un grupo minúsculo de los Embera.) Finalmente, los que siempre manejan la última palabra, los paramilitares, mandaron una carta al Gobierno, acusando a los Embera como simpatizantes de la guerrilla. En menos de una semana, el 5 de Octubre de 1999, el Ministro de Medioambiente, el auto-denominado primer ambientalista del país Juan Mayr Maldonado, emitió la licencia ambiental para operar la represa, dejando la Tutela Constitucional sin validez.

Urrá S.A. entrega las compensaciones según le convenga. Los indígenas quienes suscribieron un convenio apoyando el Proyecto, recibieron dinero mensualmente, que acabó con sus vivencias tradicionales; ellos se mudaron a la ciudad, consumieron alcohol, frecuentaron las prostitutas, y prostituyeron hasta su propia cultura. Los que retaron al Proyecto, tuvieron que escapar a tierras altas, para salvarse, cuando las aguas de la represa les alcanzaron; el reasentamiento de estas familias se quedó como en un cuento de hadas. Un subsidio a todos los Embera, negociado como compensación, a los graves impactos causados por Urrá I a su alimentación y a su modo de transporte, ha desatado un escandaloso acto de corrupción que involucra algunos funcionarios de Urrá S.A., en la desaparición de más de un millón de dólares. Y, ¿qué recibieron los indígenas del resguardo Zenú como compensación a sus ingresos perdidos a causa del Proyecto? ¡Un camión de gallinas y chanchos!

A pesar de su culpa en la exterminación de la pesca en el Sinú, Urrá S.A. no tiene vergüenza en jactarse de su gran plan de reordenamiento pesquero de la zona. Habla de repoblar de peces la cuenca, pero nadie conoce el paradero de estos peces. Los desesperados pescadores cavaron piscinas de criaderos por toda la cuenca baja del Sinú, pero las promesas de Urrá S.A. en suministrarles los alevines, se han limitado a nada más que palabras bonitas. Como el Bocachico nunca se reproduce en piscinas, la piscicultura no se puede sostener sin una reintroducción constante de alevines.

¿Qué hay de los beneficios del Proyecto?

Los promotores resucitaron el Proyecto Urrá I comprometiendo suministrar energía a la red nacional en las épocas de escasez. Sin embargo, Urrá no ha logrado jugar un papel importante como proveedor de energía, ni al nivel regional, peor al nivel nacional. La capacidad instalada del Proyecto alcanza apenas 3% del total nacional y su producción real, un porcentaje mucho menor. En Córdoba, Urrá no ayudó a solucionar los frecuentes racionamientos ni los problemas de la inestabilidad del suministro. Los datos muestran que el periodo de alta producción energética del Urrá I (durante los caudales picos del Río Sinú) coincide con la época de la producción de mayores cantidades de energía, a mucho menos costo, en otras plantas del país, por lo tanto, Urrá no puede vender su producción. El problema principal radica en el diseño original del Proyecto: diseñaron Urrá I para que opere únicamente como un auxiliar a una represa principal mucho más grande, y así, esta auxiliar no dispone un volumen suficiente, para almacenar los caudales picos y prolongar en tiempo su producción de energía. Además, la baja presión de agua en las turbinas de Urrá I y el alto volumen del agua necesaria para operar las mismas, encarece mucho su costo de producción de energía. Los políticos Cordobenses ignoraron este dato técnico cuando promocionaron construir solamente Urrá I (o quizás… ellos conspiraron a forzar la mano del Gobierno Central para construir Urrá II después, para salvar la inversión del primer dique.) Ahora, en apenas dos años de operación, Urrá I ha creado una enorme brecha fiscal en las arcas públicas. Y esta, sin considerar los verdaderos costos ecológicos y sociales del Proyecto, que llegan a miles de millones de dólares. Entonces, ¿cómo lograron que aprueben los economistas el Proyecto? La palabra clave: ¡multipropósito! Sus promotores exageraron los beneficios del Proyecto con la posible ‘recuperación’ de 300.000 hectáreas de tierra para agricultura y con el ‘control de las inundaciones.’

Hoy día, Urrá S.A. convenientemente diluye sus muy promocionadas proclamaciones iniciales, de controlar las inundaciones del Sinú a través de su represa, a la de ‘control parcial.’ Porque ella no puede hacer más. Su pequeño volumen apenas le permite atenuar los pequeños caudales picos que vuelven año tras año. Estas inundaciones anuales solían traer muchos beneficios; limpiaba el río de basura y contaminantes, recargaba las ciénagas con peces y nutrientes, alimentaba los acuíferos, lavaba las sales en el delta, etc. Eso sí, últimamente, tales inundaciones también causaban molestias a los que habitaban en las tierras anegadizas inmediatas al río. El ‘control’ que ejerce Urrá I crearía en esos habitantes un sentido de seguridad, pero ¡será un sentido de seguridad falso! Más gente invertirán en ‘recuperar’ tierras más y más cerca de las orillas, hasta el día que vuelva una inundación como la de El Niño. ¡La devastación consecuente será peor, como jamás se haya conocido!

La ‘recuperación’ de tierras por el Proyecto Urrá se ha convertido en otro mito. Es verdad, al impedir la recarga de las ciénagas se libera una gran cantidad de tierras para la agricultura. Sin embargo, para cultivar en ellas, año tras año, se requiere de una infraestructura costosísima de riego y de drenaje, y una inyección continua de fertilizantes. El Distrito de riego La Doctrina en el Sinú delta provee un buen ejemplo. Esta necesita tres veces más agua para lavar el suelo que para regar las plantas. Y Urrá S.A. no ha asignado ni un centavo para tales obras. Además, antes de Urrá I, en cada estiaje, estas mismas tierras producían para los campesinos, cultivos de ciclo-corto y pasto. Estas tierras, ahora ‘recuperadas,’ pasarán a manos de los terratenientes voraces, quienes tienen el poder para manipular los fondos públicos en beneficio propio.

¿Se necesita semejante calamidad, como la que resultó Urrá I, simplemente para controlar las inundaciones y para cultivar en las tierras anegadizas? Los antecesores de los indígena Zenú, hace más de un milenio, ¡demostraron claramente que no! Desde los primeros siglos de la época Cristiana, ellos establecieron un maravilloso sistema de ingeniería hidráulica, modificando el paisaje de unos 150.000 ha en el Bajo Sinú y otros 500.000 ha en el Bajo San Jorge, cavando un sin número de canales y construyendo plataformas de cultivos y de vivienda, solamente con su mano de obra y sus herramientas rústicas, y lograron un verdadero sistema multipropósito. Canales anchos y largos, que conectaban el río y los caños a las ciénagas permanentes, permitían evacuar rápidamente las aguas de las inundaciones a las zonas bajas; mientras, otros canales, cortos y perpendiculares a los primeros, dispersaron esas aguas, que dejaban en sus lechos sus cargas de sedimentos, ricos en nutrientes. En pantanos de poca profundidad, donde el agua fluye sin una dirección definida, construyeron canales cortos en grupos densos, unos perpendiculares a los otros, que facilitaban la sedimentación y la retención de la humedad. Con el material que excavaban de los canales, en el inicio y en la limpieza anual de sus lechos, elevaban sobre el nivel de agua las plataformas entre los canales, convirtiéndolas en lugares propicios para los cultivos, asegurados contra las inundaciones y abonados con los nutrientes naturales. En los canales abundaba la fauna acuática, y los canales de aguas permanentes permitían fácil acceso en canoas a los campos de cultivo. En esa época, no hubo ningún dique que ‘controlaba’ el río, más bien, era una convivencia con la naturaleza. Sin embargo, los siglos de abandono y la ‘modernización’ han borrado del valle del Sinú casi todos los vestigios de este sistema, que repartía sus beneficios igual a todos.

Los que realmente se benefician de Urrá

Cuando uno viaja por la cuenca baja del Sinú, se puede visualizar a un grupo de beneficiarios fácilmente, los dueños de las inmensas fincas comerciales de algodón, maíz, soja… Avionetas que arrojan veneno zumban apenas por encima de la cabeza, como que también quisieran fumigar y eliminar a sus pobres vecinos. A estos ricos agricultores no les preocupa la perdida de abonamiento natural del río; toneladas de otros venenos ‘abonarán’ sus plantas. Tampoco se preocupan del hundimiento de la capa freática; bombas más poderosas succionarán las aguas subterráneas para sus plantas, sin importar lo que piensan sus vecinos. ¿Convivencia con la naturaleza? ¡Un cuento de pobres campesinos! Solamente quieren que el Gobierno ‘controle’ la naturaleza, el río, para que ellos chupen de la misma la máxima riqueza que pueda, antes que sea demasiado tarde.

Otros han logrado convertir, a su beneficio, la deforestación irrecuperable que ocasionó Urrá S.A., dentro y alrededor de su represa. En vez de reforestar el Alto Sinú, desvían los recursos para su mitigación, hacia las inmensas plantaciones comerciales en el Bajo Sinú. Un ejemplo: el ex Ministro de ambiente, José Vicente Mogollón, ha adquirido, a precios irrisorios, miles de hectáreas de tierra en las lomas de la Cuchilla de Cispatá, las últimas parcelas de bosque nativo en todo el Bajo Sinú. Reconociendo su ‘magnifica gestión ecológica’ de sembrar plantas allí, el Gobierno le desembolsará el 80% de sus gastos. Y, él se embolsará, además, el ingreso total de la venta de los árboles.

Las famosas ‘Eco Tours’ representan el esquema más patético de esta élite. Traen a los ricos citadinos y los llevan por los angostos caños del Sinú delta en lanchas motorizadas hasta las últimas ciénagas sobrevivientes, justo al lado de las inmensas piscinas camaroneras. Tradicionalmente, los agricultores del delta bloquean el avance de la cuña salina con barreras rústicas en los caños. Ahora, estos operadores de ‘Tours,’ empleando los poderes obscuros de sus jefes, hostigan a los pobres campesinos y destruyen las barreras para que sus clientes fotografíen las mejores tomas de la naturaleza. Si los camaroneros, liderados por el mismo Mogollón, logran imponer sus planes siniestros en el delta, pronto, el único fondo disponible para estas ‘tomas naturales’ serán sus ‘mares cuadrados.’

Los codiciosos intereses económicos cordobeses han forjado un paquete de mega proyectos alrededor de Urrá. Ahora están buscando financiamiento para una Carretera Costera, desde el corazón bananero, Urabá, hasta un Puerto de Aguas Profundas, planificado para San Antero en Sinú delta. También están avanzando sus planes para unos 15 distritos de riego, a lo largo del río Sinú, que serán financiados por el dinero público. CVS ya otorgó la licencia ambiental para uno de ellos, cerca de Cereté, que cubre 18.000 hectáreas. Las autoridades no han convocado a ninguna audiencia pública sobre ninguno de estos proyectos, tampoco han publicado ninguna evaluación ambiental. ¿El asalto más grande a los fondos públicos? Urrá II, el reservorio 10 veces más grande que Urrá I, que quieren implantar en el corazón del resguardo Embera, dentro del Parque Nacional Paramillo.

El beso de la muerte

Astutos estrategas cordobeses, como el jefe paramilitar Castaño, planificaron desde muy temprano a dónde dirigir las fortunas económicas de Urrá, y también cómo apaciguar sus graves consecuencias sociales. Castaño hábilmente ordenó a sus esbirros armados que reciban bien a los Embera, en su marcha fluvial Do-Wabura. En nuestra posada para la noche, frente a su finca, nos regaló cuatro cabezas de ganado para nuestro consumo.

El profesor Alberto Alzate Patiño de la Universidad de Córdoba, también, percibió para dónde se dirige el viento, mucho antes de su tiempo. Él publicó una investigación bien detallada sobre los impactos del plan original de Urrá en 1987, y desde la marcha Do-Wabura, resurgió como un opositor principal del Proyecto. Tal vez él conocía demasiado y demasiado bien; lo asesinaron en 1998. Mario Calderón, un investigador social de CINEP, una colectiva de pensadores Jesuitas en Bogotá, dirigía la agitación de la conciencia social contra Urrá, desde la Capital; y también cayo por ‘la boca chica’ de los sicarios, junto con su familia. Cuando los Embera llevaban sus peleas a la Corte Constitucional, los paramilitares lanzaron su campaña de intimidación dentro del resguardo, asesinando a sangre fría a Lucindo Dómico, un joven profesor y el vocero Embera durante Do-Wabura. En el año 2000, después de una gira internacional para promocionar la causa Embera, raptaron al principal líder Embera, Kimy Pernia, en Tierralta, sin que hasta hoy se sepa de su paradero.

Hay muchos más héroes, no nombrados ni cantados, quienes fueron llevados por el mismo camino del terror para despejar la vía al enriquecimiento de la cruel mafia cordobesa. Durante mi retorno a Colombia a finales del 2001, llamé a mi amigo Armando en Montería, un profesor quien me apoyó incansablemente, en mi rápida campaña informativa en el Bajo Sinú, antes de la Do-Wabura. Su madre, al contestar el teléfono, estalló en llanto, "No, mijo, Armando ya no esta. Hace unos seis meses, ¡lo mandaron a matar!"

Una esperanza para el futuro

No todo esta perdido aún. A pesar del terrorismo sin piedad vigente en el valle del Sinú, o tal vez, por eso mismo -porque cuando está acorralada, la gente no tiene otra opción más que defenderse- más y más organizaciones de base están confrontando estos proyectos de ‘desarrollo,’ que la élite cordobesa quiera que trague el público. Las nuevas generaciones de los indígenas Embera y Zenú, están preparándose con avanzadas herramientas educativas y tecnológicas, para liderar sus comunidades en sus tareas arduas de supervivencia, sin caer en las trampas, como sus antecesores. Muchos educadores visionarios, manipulan la apertura en el currículo a la educación ambiental, para inculcar en sus alumnos, de cómo observar e investigar los impactos de Urrá y otros proyectos similares, en vez de aceptar las mentiras oficiales. Cada año, más profesionales locales, se dedican a apoyar técnicamente a las organizaciones comunitarias, sin buscar el camino de esclavizarse para el beneficio de los ricos y poderosos. El resurgimiento del activismo comunitario parece lo más prometedor, y ahora, el Bajo Sinú lidera el movimiento, donde, hace una década, no hubo más que unas pocas organizaciones campesinas muy débiles.

ASPROCIG, antes una alianza de algunas corporativas pesqueras alrededor de la Ciénaga Grande de Lorica, ahora ha aglutinado a un centenar de organizaciones comunitarias, inclusive muchas del Sinú delta. En 1994, la Do-Wabura despertó la mentalidad indiferente de los habitantes del valle, y la consiguiente pérdida del Bocachico les motivó a levantarse. Ellos se reagruparon detrás de la organización, para luchar por sobrevivir, en vez de encararse a la segura y lenta muerte, bajo sometimiento de los poderosos.

Como una meta inmediata, ASPROCIG se concentra en mejorar la precaria situación económica de la población local, golpeada por Urrá I. Los pescadores se organizaron para reglamentar la pesca en los pocos lugares restantes que quedan, y distribuir equitativamente el ingreso. Presionaron a Urrá S.A. a que dé su apoyo financiero, para construir piscinas en las comunidades para paliar el impacto económico negativo, y también exigieron larvas para poblarlas. Con la ayuda de algunas ONGs, ASPROCIG organizó un fondo rotativo para préstamos agrícolas campesinas. Empujaron a las autoridades para que comiencen a limpiar los caños, especialmente los del delta. Sin embargo, estas medidas tienen sus limitaciones: Urrá S.A. raramente cumple su palabra, en suministrar las larvas y otros apoyos logísticos para las piscinas; los repentinos e irregulares cambios de caudal en el río, frecuentemente destruyen toda la inversión agrícola de los campesinos en los playones; y ahora, los camaroneros frenaron la recuperación de los arrozales salinizados en el delta.

Como una estrategia a mediano plazo, ASPROCIG trabaja en los frentes legales y políticos, para exigir a las autoridades, que declaren las importantes y aún salvables ciénagas y humedales, como reservas naturales. Algunas ya han recibido la designación, pero la legislación correspondiente y las actividades de control llevan su tiempo. Estos pasos fortalecerán sus campañas, contra las incursiones de la industria camaronera en el delta, y también contra los intentos de transformar el bosque natural de la Cuchilla de Cispatá en plantaciones comerciales.

Pero, todos ya se dieron cuenta, de que mientras éste intacto la razón madre de todos estos problemas, ninguna de las medidas traerá la paz y prosperidad a la región. Y, en Noviembre de 2002, junto con muchas otras organizaciones luchadoras, ASPROCIG lanzó la campaña hacia su meta final: ¡Desmantelar a Urrá I!.-EcoPortal.net

Agradecimientos:

Desde 1994, he estado ansioso en contar esta historia, pero varias circunstancias no me permitieron hacerlo como deseaba, hasta ahora. Mucha gente, no solamente los que fueron nombrados en el artículo, participó y esta participando activamente en esta historia, y también me ayudó a tejerla. Desearía agradecer, especialmente, a los amigos y miembros de las comunidades Embera-Katio y Zenú en el valle del Sinú, y a los amigos de ONIC, ASPROCIG y de la tertulia de ‘Urrá’ en CINEP. Dedicaré este trabajo a los afectuosos y valientes Cordobeses y Colombianos en general, vivos y muertos, quienes abrieron sus puertas y sus corazones a este ‘loco’ de Sri Lanka.

Bibliografía para Informarse:

Alzate Patiño, Alberto y otros (1987) "Impactos sociales del Proyecto Hidroeléctrico de Urrá" Fundación del Caribe, Montería, Colombia.
ASPROCIG (2002) "Aumenta rechazo público hacia Urrá I" Boletín, Lorica, Noviembre.
ASPROCIG (2002) "Identificación y caracterización de megaproyectos en la cuenca hidrográfica del río Sinú" Boletín, Lorica, Octubre.
ASPROCIG (2001) "Cuchilla de Cispatá: Plantaciones Comerciales" Boletín, Lorica, Julio.
ASPROCIG (2001) "Talleres de divulgación, sensibilización y concertación sobre reglamentación pesquera", Santa Cruz de Lorica, Colombia.
Calderón, Mario (1995) "Urrá: otro elefante blanco" en Cien días visto por CINEP, vol 7, #28, pp. 24-25, Bogotá.
CORELCA (1992) "Las ciénagas del Sinú en el contexto del proyecto Urrá I" en En busca del desarrollo: Memorias del taller nuestras ciénagas, Ed: Victor Negrete B., Fundación del Sinú, Montería, pp. 69-79, Abr.
CVS (1994) "La concesión de agua" en En busca del desarrollo, Boletín 9: Memoria de la campaña el reencuentro con el río Sinú, Ed: Victor Negrete B., Montería, pp 59-63.
Guzmán Arteaga, Ramiro (2001) "Urrá: ¿Desarrollo o fracaso?" El Tiempo, 27 de Agosto, Bogotá.
Negrete B., Victor (1994) "La expedición del reencuentro" en En busca del desarrollo, Boletín 9: Memoria de la campaña el reencuentro con el río Sinú, Ed: Victor Negrete B., Montería, pp. 48-58.
ONIC (1994) "Construir la represa Urrá I es insistir en el caos" Informe preparado en vísperas de Do-Wabura, despedida del río Sinú, Bogotá, Colombia.
Plazas, Clemencia y Ana Maria Falchetti de Sanez (1981) "Asentamientos prehispánicos en el bajo Río San Jorge" Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales, vol 11, Banco de la Republica, Bogotá.
Pernia Domico, Kimi (2000) "El proyecto Urrá, según lo hemos visto los Embera" en Para dónde va Urrá, Ed: Gloria Amparo Rodríguez, Universidad Nacional de Colombia, Bogota, pp. 21-31, Agosto.
Urrá S.A. (2001?) "Urrá", Montería, Colombia.

* Kashyapa A. S. Yapa
Riobamba, Ecuador.
Abril 2003.
http://kyapa.tripod.com

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