Biodiversidad

Forestación y plantas de celulosa

Casi inexistente, el diálogo entre el gobierno uruguayo y las organizaciones ambientalistas se estancó con la agudización del conflicto con Argentina por la planta de Botnia, pero el tema fundamental sigue siendo la forestación y sus impactos, cuya negación es cada vez más insostenible.

Por Víctor L. Bacchetta

Casi inexistente, el diálogo entre el gobierno uruguayo y las organizaciones ambientalistas se estancó con la agudización del conflicto con Argentina por la planta de Botnia, pero el tema fundamental sigue siendo la forestación y sus impactos, cuya negación es cada vez más insostenible.

Ricardo Carrere: "Un modelo calcado país a país"


El grupo Guayubira nuclea a personas y organizaciones preocupadas por la conservación del monte indígena y por los impactos socioambientales del modelo forestal vigente en Uruguay. Guayubira procura fomentar la información y la investigación sobre estos temas y no realiza acciones espectaculares de ningún tipo, pero algunos lo señalan como el grupo más radical en contra de la forestación y dedican artículos enteros con el objetivo de descalificarlo.

El técnico forestal Ricardo Carrere fue uno de los fundadores de Guayubira en 1997 y cuenta con una larga experiencia sobre esta problemática en Uruguay y en el resto del mundo, ya que desde 1996 se desempeña como Coordinador Internacional del World Rainforest Movement / Movimiento Mundial por los Bosques, una red de personas y grupos presente en 131 países.

– Luego del triunfo del Frente Amplio, Guayubira le pidió una entrevista al presidente electo que nunca se concretó. No obstante, las nuevas autoridades de la Dinama se mostraron abiertas inicialmente a reunirse con las organizaciones ambientalistas, aunque esto se fue modificando después. ¿Cómo es actualmente la relación de ustedes con el gobierno?

Ricardo Carrere- Quizás puede haber culpa de ambas partes, pero de hecho hay una ruptura del diálogo. Un diálogo que, en realidad, nunca existió. El Estado en conjunto no ha entendido aún que el futuro bienestar de nuestro pueblo depende de la cuestión ambiental. Sigue anteponiendo la inversión y el empleo al cuidado ambiental. Las organizaciones mal llamadas -a mi entender- ambientalistas son vistas como un problema; su voz debe ser escuchada, porque no hay más remedio, pero sus opiniones no son tenidas en cuenta. Es una especie de diálogo de sordos. Venimos planteando desde hace años los impactos del modelo forestal, pero no se escucha, se sigue aplicando básicamente el mismo modelo. El problema central de nuestra relación con el Estado es que para ellos es una pérdida de tiempo y se sienten atacados por nosotros. Y para nosotros también es una pérdida de tiempo porque no se logra prácticamente nada.

– ¿En qué sentido puede haber responsabilidad de ambos lados?

R C- Por ejemplo, cuando nos reuníamos con la Dinama sacábamos un comunicado planteando lo que había pasado en la reunión. Creo que esto fue percibido como un ataque; dar a luz pública lo discutido en un ámbito supuestamente privado. Para nosotros, nuestra función y la función del Estado también es la transparencia, lo que se discuta y se diga es motivo de difusión pública. Quizás fue un error si fue percibido por la otra parte como un ataque solapado, pero también depende de la óptica con que se mire. Para nosotros la transparencia es importante y lo que se maneja en el Estado debe ser conocido por la opinión pública, incluyendo las opiniones sobre lo que se está haciendo y lo que no se está haciendo.

– ¿Cómo influyó la agudización del conflicto con Argentina en las actividades de Guayubira, tanto en la relación con el gobierno como con la prensa en general?

R C- Influyó enormemente, porque un problema interno del Uruguay, el modelo de desarrollo que incluye la forestación y las fábricas de celulosa, que debería ser discutido sobre todo en el ámbito interno, se convirtió en un conflicto externo en el cual, supuestamente, todos los uruguayos bien nacidos debían apoyar al gobierno contra los argentinos. Nosotros quedamos aislados en todo sentido. La prensa, en particular la televisión, ha estado trasmitiendo casi a diario información sobre las fábricas de celulosa, pero a nosotros no se nos brinda acceso. Accedíamos al principio, sobre todo en Canal 5, pero a partir del conflicto con Argentina se cerraron todos los canales. La información sobre las fábricas de celulosa ha sido siempre en un solo sentido. Lo mismo ocurre en gran parte de la prensa escrita, con muy pequeños espacios para otros planteos.

– ¿Hubo cambios en las organizaciones sociales?

R C- También, pero aquí se dieron tres posiciones diferentes. Algunos pocos que se manifestaron en contra del corte de los puentes. Otros se colocaron en el extremo opuesto, el apoyo irrestricto a Gualeguaychú. Y nosotros no nos manifestamos ni a favor ni en contra del corte de los puentes porque entendemos que la instalación de las plantas de celulosa es un problema que debemos discutir internamente en Uruguay. O sea que hubo separaciones entre quienes nos oponemos al modelo forestal por tener estrategias diferentes sobre este tema. En definitiva, el corte de los puentes fue un desastre para nosotros, pero no nos pronunciamos públicamente porque es una medida que toma un pueblo hermano en defensa de lo que ellos consideran sus intereses.

– Ustedes tienen relaciones con organizaciones de otros países con modelos de forestación similares. ¿Cuáles son las coincidencias y diferencias entre estos procesos?

R C- Es un modelo calcado país por país. Uno va a Chile, a Argentina, a Ecuador, a Colombia, en todos es el mismo modelo, la diferencia solamente está en si hay más o menos represión. En el caso de Chile hay una represión brutal, aplican la ley antiterrorista contra los mapuches que están tratando de recuperar sus territorios ocupados por unas empresas forestales que están invirtiendo también en Uruguay. En Colombia, la represión es mucho mayor que en Chile, porque ahí operan grupos paramilitares. En Misiones y Corrientes, en Argentina, es el mismo modelo. En Ecuador es igual. En Brasil, en Espíritu Santo, Bahía, Minas Gerais, Río Grande del Sur también. Y tiene los mismos impactos en todos lados. También he estado en Sudáfrica, en Swazilandia, en Tailandia, en Indonesia y es exactamente igual. Yo voy a estos países y tengo una serie de preguntas para hacer, pero ya conozco las respuestas de antemano. Les pregunto a los campesinos en Tailandia si la forestación con eucaliptos afectó el agua y la respuesta es "sí, terminó con el agua". Les pregunto si pueden cazar y me responden "no, la caza desapareció".

– En los países donde se inició más tempranamente la forestación con monocultivos, ¿se han reconocido esos impactos y se han tomado medidas al respecto?


R C- El problema es que es un modelo excluyente. Por ejemplo, en Chile se ha forestado en la Octava y la Novena Región. La Octava Región estaba ocupada por unos latifundios de tipo feudal, con campesinos en su interior como medianeros, que producían parte para el dueño del fundo y parte para sí mismos. Llegan las empresas forestales y los expulsan, la Octava Región está hoy tapada de forestación, pero sin gente. No hay resistencia porque la población se tuvo que ir del lugar. Lo mismo ocurrió en Sudáfrica, hace años que echaron a la gente de las zonas forestadas. En Chile, en la Novena Región es diferente porque la habitan los mapuches, que están luchando por su territorio y no se quieren ir. Lo que sucede con la forestación es que, como expulsa a las poblaciones, a la larga, los que quedan no pueden resistir.

– ¿En Sudáfrica no se tomaron algunas medidas de limitación de la forestación?

R C- Sí y no. Sudáfrica es un país muy grande con distintos ecosistemas en donde la principal limitante es el agua. La forestación se instaló en donde hay más agua y empezó a impactar sobre el agua. Dentro del sector dominante sudafricano había distintos actores, por ejemplo cultivadores de caña de azúcar, que necesitaban el agua. Se generó entonces un conflicto por el agua entre la forestación y otras actividades de los grupos dominantes. Finalmente, el país hizo un estudio que demostró fehacientemente el impacto de la forestación sobre el agua. La legislación sudafricana estableció entonces que en una parte del país no se puede forestar porque el agua es insuficiente, que en otra parte se puede forestar hasta un límite en que el agua disminuya un 5% y en el resto del país se admite que el agua disminuya hasta un 10%. Esta legislación está siendo criticada hoy porque la forestación cambió, los árboles de ahora han sido seleccionados para crecer más rápido y si crecen más rápido consumen más agua. Entonces hoy existen nuevos conflictos por el agua porque, si bien se está forestando de acuerdo con la ley, la ley está perimida y se está luchando por modificarla. Sudáfrica es el único país del mundo que reconoce, en base a sus estudios de décadas, que la forestación impacta sobre el agua.

– Todo indica que se pretende llegar a los cuatro millones de hectáreas forestadas, alimentando a cinco o seis plantas de celulosa. ¿Qué significa esta perspectiva para el Uruguay?

R C- Nosotros participamos en una iniciativa para la suspensión de la forestación y exigimos que se hagan los estudios correspondientes para realizar un balance de este proceso. Ya tenemos alrededor de un millón de hectáreas forestadas y hay cosas que es imposible no ver. Uno puede discutir las cifras del empleo en el sector forestal, pero lo que no se puede discutir es que esos empleos, cuando existen, no existen en el campo. Esa gente es contratada en los suburbios de las ciudades o en los pequeños pueblos, no vive en el campo. El vaciamiento del campo es uno de los procesos que rompen los ojos. No caben dudas de que hay un proceso de concentración de la tierra en dimensiones nunca vistas, habría que remontarse a la Colonia para encontrar estancias de 180.000 hectáreas. Y sigue avanzando un modelo de concentración y, en muchos casos, de extranjerización de la tierra. Después hay unos impactos mal llamados ambientales, porque son sociales, como la desaparición del agua. El agua es un bien social, no es un impacto ambiental aislado, priva a la gente del campo que vive del agua e impide otras producciones y, otra vez, obliga a la gente a irse. No puede ser que el Estado siga negando esta realidad. Hay que hablar también de la desaparición de flora y fauna, de la aparición de plagas. El paisaje desaparece como valor cultural y como recurso turístico. Frente a estos impactos, vamos a parar. Olvidemos los suelos de prioridad forestal, es un criterio basado en un estudio de décadas atrás. No son suelos improductivos, pero además son suelos criadores, que tienen agua para cuando viene la sequía. Se está rompiendo también el ciclo ganadero que es una de las producciones principales del país. No puede ser que se siga con ese criterio del suelo, que ignora el tema agua, cuando hay estudios científicos que advierten sobre los riesgos de desertificación. Una producción que genera todos estos impactos, obviamente no le sirve al país presente y menos al país futuro. www.ecoportal.net

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* Fragmento del libro "El fraude de la celulosa", de Víctor L. Bacchetta, publicado en setiembre de 2008 en Montevideo por. Doble Clic Editoras. Por mayor información sobre el libro y la forma de adquirirlo, dirigirse a: vbacchet@yahoo.com.ar

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