Biodiversidad

Había una vez un bosque

Donde había una vez un bosque, hoy el desarrollo y la avaricia se funden en un abrazo macabro, donde lo único que vale son los precios internacionales de los “commodities” (materias primas) que allí producen.

Por Manuel Alfredo Martí

Donde había una vez un bosque, hoy el desarrollo y la avaricia se funden en un abrazo macabro, donde lo único que vale son los precios internacionales de los “commodities” (materias primas) que allí producen.


Me gustaría recordar aquel lugar que existía a nuestro alrededor donde añosas arboledas cobijaban una innumerable variedad de animales que vivían en armonía y libertad, aquel intenso verdor que desde el filo de la sierra transportaba a las mentes hacia la contemplación sagrada de la vida misma, sus senderos zigzagueantes entre la espesura más profunda, sus aromas penetrantes, etéreos y medicinales que envolvían el aire y colmaban de sensaciones a los seres que lo visitaban o a quienes respetuosos los habitaban desde antaño, sus sabios árboles erguidos como guardianes de la vida, transformando el dióxido de carbono en oxigeno y dando vida permanente al increíble Valle del Conlara.

Me gustaría volver a verlo extendiéndose en la inmensidad como una alfombra verde de protección fraternal, como un refugio mágico y natural para quienes tuvieron la suerte de conocerlo y vivirlo, abrigando en sus brazos a innumerables especies de animales que vivían en su interior.

Me gustaría tener nuevamente la posibilidad de oír y escuchar aquellos infinitos cantos de pájaros, que adornaban y llenaban de música del alma el espacio primal que el bosque ofrecía, sus amaneceres eran emocionantes por la cantidad de melodías que se oían, combinándose en una armonía celestial, cual s info nía eterna sin igual, un cántico a la existencia, un abrazo a la madre natura.

Me gustaría volar hacia la época donde el espinal era tal, con sus algarrobos blancos y negros, sus caldenes, quebrachos blancos, chañares, espinillos, talas, pejes, moradillos, cocos, tuscas, maitenes, molles y piquillines.

Me gustaría tener la oportunidad de retroceder en el tiempo para volver a ver a los naturales habitantes silvestres del monte, las sachacabras, los pecaríes, los zorros, los pumas, las vizcachas, iguanas y tantos otros, andar, correr, retozar y vivir armoniosamente en él.

Qué hermoso era el bosque, lleno de vida y naturaleza…

Pero un día llegó el hombre con sus maquinas y lo taló, toda la inteligencia y la tecnología moderna al servicio de la destrucción de la naturaleza, topadoras y motosierras perpetrando una catástrofe irreparable, un sacrilegio ambiental, una depredación total, un desarrollo suicida que implicó a todos los habitantes de la región, un progreso de retroceso.

Hoy miramos el horizonte pelado, sin vegetación, sin vida, pura mentira y nada por hacer…

Hace unos años era una locura pensar que esto podía acontecer, nadie imaginó semejante desastre, todos pensaban que esto jamás sucedería, las personas que habitaban la zona ni se percataron de lo que estaba ocurriendo, las autoridades responsables lo permitieron sin dudar, los que lo hicieron sabían lo que estaban haciendo, …y así fue como el bosque desapareció…

Hoy, los habitantes que hemos tomado conciencia de la desaparición del Bosque Nativo del Valle del Conlara en San Luis, le preguntamos a las autoridades de gobierno, a las autoridades legislativas y a la sociedad toda:

¿Quiénes lo hicieron?

¿Por qué lo hicieron?

¿Para qué lo hicieron

¿Quiénes lo permitieron?

¿Quienes deberían reparar el daño realizado y resarcir, además, a todas las comunidades de la región por el perjuicio que esto trae y traerá para el ambiente y la vida?

Quienes vinimos a este lugar escapando de las grandes ciudades y buscando un lugar natural para vivir, nos encontramos con una situación ambiental alarmante, un clima que era seco hoy es húmedo, un aire que era puro hoy está polucionado, el agua límpida y cristalina que brotaba de la tierra ya no se puede beber, la huertas y los frutales ya no están, aquellos tranquilos y apacibles pueblos enclavados entre paisajes naturales, ahora son ciudades que crecen a un ritmo descontrolado y sin previsión alguna, donde la contaminación se percibe a simple vista, mientras tanto…, los responsables directos niegan la situación y silban mirando para otro lado, los responsables indirectos, los vecinos en su mayoría, siguen sin comprometerse, siendo cómplices de este modo de una realidad que los tiene como principales perjudicados, como víctimas de su propia indiferencia, como damnificados de su falta de percepción, como actores involuntarios de una circunstancia donde la realidad, nuevamente ha superado a la ficción.

Donde había una vez un bosque, hoy el desarrollo y la avaricia se funden en un abrazo macabro, donde lo único que vale son los precios internacionales de los “commodities” (materias primas) que allí producen.


Recientemente sobre este importante tema, el conocido ambientalista Miguel Grinbergme comentaba: … como si estuviéramos en el mejor de los mundos, nuestros emprendedores caníbales, nuestros funcionarios eco-analfabetos y nuestros incomunicadotes sociales cantan loas a la producción de biocombustibles como si fuéramos un país miembro del G-8, mientras el desmonte de masas boscosas se acentúa más y más, a la par de la expansión de las fatídicas fronteras sojeras.

A nivel nacional las talas de bosques están a la orden del día. La situación es muy grave, hay que tener en cuenta que por año se desmontan aproximadamente unas 250.000 hectáreas, lo que equivale a 1 ha. cada dos minutos, si bien hoy la mayor parte de esta deforestación se produce en el norte de Argentina, la provincia de San Luis a través del tiempo, no ha permanecido ajena a esta triste realidad, ya que según un censo forestal del año 1935, nuestra provincia contaba con 60.000 km2 de zonas boscosas, mientras que hoy solo quedan 9150 km2, habiéndose perdido en 70 años, nada menos que 50850 km2 de bosques, algo así como 5.085.000 de hectáreas, una cifra que conmueve hasta al más insensible…

En la actualidad vemos que los gobiernos no prestan atención a esta situación, algunos funcionarios o gobernantes se jactan de cuidar el ambiente, pero siguen promoviendo la sojización transgénica y nuestro país continúa su camino hacia la desertificación y la contaminación total, lamentablemente en esto no se salva ninguna provincia, ya no hay protocolo de Kyoto que valga, ni nada, pues el bosque nativo ya no está…

Recientemente fue sancionada la Ley Nacional de Bosques, la cual esperamos frene definitivamente los desmontes en nuestro país.

Mientras tanto nuestros hijos crecen entre la contaminación y la mentira, entre la mediocridad y la hipocresía, en un futuro cercano solo nos quedará lamentarnos de lo que el destino nos deparó o podríamos decir, lo que nosotros generamos?.

¿Qué podemos hacer?

Educar, difundir la verdad, plantar árboles, sembrar conciencia, cuidar la naturaleza, dejar de contaminar, proteger la naturaleza y sobre todo, tener esperanzas, tal vez nuestros hijos sean más inteligentes que nosotros. www.ecoportal.net

* Manuel Alfredo Martí es periodista, escritor, defensor ambiental, creador y fundador de EcoMerlo www.ecomerlo.org.ar una agrupación dedicada al cuidado del ambiente y de Merlo Despierta http://merlodespierta.blogspot.com/– Enviado por UVA

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