Biodiversidad

Los Cristianos y el Medio Ambiente

Cuando llegaron los navegantes europeos a las costas de nuestra América indígena entre los siglos 15 y 17, encontraron fuentes de agua cristalinas y saludables en los ríos, lagos y mares; los campos eran fértiles, los múltiples frutos de la tierra atendían las necesidades nutricionales de la población, los aires eran límpidos, los bosques y la biodiversidad surgía por doquier

Por Ricardo Quiñones Aranda

Cuando llegaron los navegantes europeos a las costas de nuestra América indígena entre los siglos 15 y 17, encontraron fuentes de agua cristalinas y saludables en los ríos, lagos y mares; los campos eran fértiles, los múltiples frutos de la tierra atendían las necesidades nutricionales de la población, los aires eran límpidos, los bosques y la biodiversidad surgía por doquier.


Ahora que se habla de la creación del nuevo Ministerio del Ambiente, ¿debemos los cristianos pensar en la protección y cuidado de nuestro entorno o simplemente soslayarlo, como cualquier tema mundano o impropio de la sana doctrina?.

Para salir de dudas nos remitiremos a las Sagradas Escrituras, el Salmo 104:5 nos dice que “Jehová fundó la tierra desde sus cimientos y no será jamás removida”; en Génesis 1 vemos que “Jehová creó los cielos, la tierra y todo cuanto en ellos hay”. La Creación, pues, no fue un procedimiento rápido, rutinario, ni secuencial como podemos suponer; por el contrario demandó de mucha sabiduría, paciencia y amor del Todopoderoso, quien hace todas las cosas perfectas. Debemos recordar también que “el ser humano fue puesto en el huerto del Edén, para que lo labrara y lo cuidara”, tal como dice Génesis 2:15.

En los primeros tiempos no tenía lugar el hambre, la enfermedad ni la muerte; el hombre vivía en armonía con su Dios y la naturaleza que El creó. A partir de Adán, las numerosas civilizaciones que han poblado el planeta, viviendo en muchos casos alejados de Dios y sus leyes, utilizaron y trataron los recursos naturales a su manera, sin preocuparse de cuidarlos para las futuras generaciones, vale decir que no tomaron en consideración el valor del agua, el aire, las tierras, los bosques, y la biodiversidad, en resumen la preservación de la vida.

Cuando llegaron los navegantes europeos a las costas de nuestra América indígena entre los siglos 15 y 17, encontraron fuentes de agua cristalinas y saludables en los ríos, lagos y mares; los campos eran fértiles, los múltiples frutos de la tierra atendían las necesidades nutricionales de la población, los aires eran límpidos, los bosques y la biodiversidad surgía por doquier, tal como la dispuso el Creador. A pesar de las limitadas muestras de conocimiento, el modus operandi y la tecnología de los nativos era simple y sencilla, sobre todo, no contaminante ni degenerativa, siendo respetuosos y agradecidos a la Pacha Mama proveedora.

Llegado el año 2008, los grandes avances de la ciencia y los adelantos que trae la globalización, nos han dejado un país con más del 51% de pobreza y 20% en extrema pobreza, donde la anemia y la desnutrición afectan a una gran mayoría de familias y las enfermedades endémicas no detienen su mortal accionar, por referirnos a la salud pública que no interesa al Estado. Los aires en la atmósfera ya no son transparentes, sino que muestran neblinas de siniestros colores que oscurecen la luz del día y exhalan el desagradable olor de los residuos industriales, la emisión interminable de los gases de escape de los aviones, barcos, automóviles y los motores de petróleo, más las emisiones de fábricas e industrias. La capa protectora del ozono ha sido vulnerada por los aviones de guerra, los satélites, los cohetes, las armas atómicas y los experimentos tecnológicos como los proyectiles con uranio empobrecido utilizados en la invasión de Irak y Afganistán. El Efecto Invernadero, que ha generado un impredecible cambio climático, sigue avanzando a pasos agigantados, sin que haya alguien capaz de detenerlo o tenga voluntad y poder de controlarlo.

Mientras los glaciares andinos se van derritiendo de prisa, los ríos como el Rímac, anterior hábitat del plankton, micro algas, peces, moluscos y crustáceos, hoy reciben el desecho líquido y sólido de las ciudades, de las fábricas, las industrias, los letales relaves de las minas, los agroquímicos y otras sustancias; haciendo cada vez más difícil y costoso el abastecimiento de agua potable de buena calidad para las urbes, afectando el agua de riego y la reserva para el ganado. Hay varios ríos como el Mantaro, cuya calidad de aguas será difícil de mejorar por la sobrecarga de elementos extraños. Las consecuencias de la contaminación por cianuro, mercurio y otras sustancias que se beben o que se han depositado en los alimentos, son las dolencias de difícil curación, como la diabetes o el cáncer; mientas que el negocio para la poderosa industria farmoquímica, mayormente transnacional, ha resultado inmejorable. La ciudad de Cerro de Pasco es un ejemplo de lo que la minería sin control puede destruir irreversiblemente.

Debemos anotar que los patrones de alimentación han sido cambiados y se promueven y gobiernan por las proyecciones de las importadoras y transformadoras foráneas y nacionales, de modo que el peruano en lugar de consumir sus ancestrales alimentos como la papa, el maíz, la quinua, el camote, el tarwi, las frutas de costa, sierra y selva, más la abundancia de peces y productos ictiológicos, ahora consume fideos, hamburguesas, pollo engordado y cocinado artificialmente, leche evaporada, bebidas gaseosas, café instantáneo, aparte de los saborizantes, colorantes y preservantes químicos. Desde hace algunos años, se consume alimentos transgénicos, aunque muchos lo ignoran, porque los adquieren sin notar las especificaciones precisas de origen, ya que no es obligatoria su especificación. Según los entendidos, los alimentos transgénicos podrían causar enfermedades oncológicas o producir resistencia del organismo a los antibióticos. (Perú 21, 10.01.08); aunque los organismos pertinentes no se pronuncian.


Como si se tratara de recursos interminables o renovables, los valiosos bosques de vocación maderera, industrial y medicinal, han sido talados o quemados en la costa, sierra y selva, a través de cuestionables contratos a grandes compañías dedicadas a extraer y comercializar la caoba, el cedro y otras especies. El afán de fabricar casas, muebles, máquinas, armas, utensilios y herramientas, ha provocado no sólo alteraciones climáticas, sino perjuicios a la biodiversidad (flora, fauna, fuentes de agua (protección de las cuencas) además de la irremplazable microbiología. El delicado suelo amazónico ha sido alterado profundamente al cortar los árboles para sembrar especies de pan llevar, sin embargo, reponerlo es un proceso que llevará muchos años y la reforestación es aún muy remota.

Las tierras de cultivo, tradicionalmente fertilizadas con guano de las islas costeras y elementos orgánicos, ahora demandan de fertilizantes y agroquímicos (importados), que dejan residuos tóxicos perjudiciales que son drenados a los ríos, los lagos o el mar, advirtiéndose además la disminución de la fertilidad agrícola. Las emisiones provenientes de la producción de drogas a partir de la hoja de coca, crean graves alteraciones a los ecosistemas, siendo su control muy complejo. En la actualidad se está promocionando la siembra de caña de azúcar y otras especies para obtener etanol como “agro combustible”, lo que significa que lejos de alimentar a nuestro pueblo, se obtendrá etanol para los automotores. La construcción y equipamiento de gasoductos (Camisea) y oleoductos (Perupetro) en la Selva han dejado daños irreversibles a los suelos y a los cauces. para algunos es una actividad rentable con un buen índice beneficio/costo, pero en términos sociales representa menores posibilidades de trabajo, nutrición y desarrollo de la tradicional actividad agropecuaria.

A partir de estas sencillas definiciones, los cristianos deberíamos asumir una postura de oración y defensa por la vida de las próximas generaciones, que se halla seriamente amenazada por los diversos factores de polución en el aire, las aguas, las tierras, los bosques y nuestra invalorable biodiversidad. En el Protocolo de Kioto se señalan los peligros del calentamiento global y se plantea reducir las emisiones tóxicas, pero los países poderosos se niegan a firmar y cumplir, no obstante los mensajes de alerta en todas partes para proteger nuestro planeta, que viene a ser espacio vital. En Colosenses 1:19-20 encontramos: “Porque al Padre agradó que en El habitara toda la plenitud y por medio de El, reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz”. www.ecoportal.net

* Ricardo Quiñones Aranda es Ingeniero Agrícola

Estos artículos también podrían interesarte

Agrega un Comentario

Pulsa aquí para hacer un comentario

Busca en EcoPortal

Te invito

TU APOYO ES IMPORTANTE!!!