Contaminación

Agrotóxicos a la vista (y paciencia)

Los restos de agrotóxicos, con que los laboratorios hacen sus pingües negocios, se ven cada vez más en las cuencas de arroyos y ríos, y se los verifica con los miles de peces panza arriba, demasiado a menudo se los puede rastrear en los mismos alimentos, en los daños, generalmente irreversibles, sobre quienes operan y trajinan con tales productos, en la merma apreciable de abejas y otros insectos (las mayoría benéficos para la naturaleza y por ende para la humanidad), en las malformaciones congénitas que los habitantes de las zonas rurales deben enfrentar entre sus animales domésticos y en sus propios hijos…

Por Luis E. Sabini Fernández

Los restos de agrotóxicos, con que los laboratorios hacen sus pingües negocios, se ven cada vez más en las cuencas de arroyos y ríos, y se los verifica con los miles de peces panza arriba, demasiado a menudo se los puede rastrear en los mismos alimentos, en los daños, generalmente irreversibles, sobre quienes operan y trajinan con tales productos, en la merma apreciable de abejas y otros insectos (las mayoría benéficos para la naturaleza y por ende para la humanidad), en las malformaciones congénitas que los habitantes de las zonas rurales deben enfrentar entre sus animales domésticos y en sus propios hijos…


Parece que la “conspiración de silencio” sobre la presencia de agrotóxicos en “los campos de la patria” empieza a resquebrajarse.

Una invisibilización de décadas está llegando a su fin.

La socialización de una cuestión tan escabrosa como la contaminación llega, lenta, pero a paso firme. Es muy probable que este cambio en los imaginarios sociales revista también, como muchos fenómenos que afectan a la salud ambiental, el “efecto ketchup”, eso de que uno machaca y machaca y no parece rendir y de pronto sale a borbotones cuando uno todavía no se lo esperaba…

La “crisis del campo” de 2008 no fue ajena a esta problematización. Cuando la “opinión pública”, la “sociedad”, empezó a ver al lado de los entusiasmantes rindes de la soja sus no tan entusiasmantes resultados sanitarios. Los restos de agrotóxicos, con que los laboratorios hacen sus pingües negocios, se ven cada vez más en las cuencas de arroyos y ríos, y se los verifica con los miles de peces panza arriba, demasiado a menudo se los puede rastrear en los mismos alimentos, en los daños, generalmente irreversibles, sobre quienes operan y trajinan con tales productos, en la merma apreciable de abejas y otros insectos (las mayoría benéficos para la naturaleza y por ende para la humanidad), en las malformaciones congénitas que los habitantes de las zonas rurales deben enfrentar entre sus animales domésticos y en sus propios hijos…

Frente a este imparable proceso de concientización o concienciación como dicen los hispanos, quienes se privilegian con la expansión de agrotóxicos están reaccionando procurando “limitar” los daños, achicar el rumbo abierto antes de que se les vaya tan exitoso barco a pique…

Y los organismos e instancias reguladoras salen al paso con proyectos, como dice la prensa, para ‘proteger la salud de la población’.

El planteo de quienes a la vez están interesados en el actual sistema de producción y conscientes de la mencionada problematización es de tipo gatopardiano: cambiemos algo para que el sistema, y hasta el modelo, sigan como están.

Claro que se trata de hacerlo como si se cambiara todo de raíz.

En la provincia de Santa Fe su cámara legislativa ha decidido abordar la cuestión y ha aprobado un proyecto de ley “que regula el manejo de los agrotóxicos en la provincia en todas sus etapas” (Página 12, 17 octubre 2009).

El autor del proyecto procura atar dos moscas por el rabo: “que la aplicación del producto en los campos y en la agricultura se haga en las mejores condiciones posibles” Veníamos tan bien con las mejores condiciones (que faltaba precisar), pero el remate “posible” nos arroja prácticamente al punto de partida. Porque “lo mejor posible” podría llegar a ser altamente insatisfactorio.

‘Seamos realistas: pidamos lo posible’… ¿qué es esto? La industria tiene un concepto que se esconde detrás de la sigla ALARA (As Low as Reasonably Achievable, tan bajo como resulte posible) para legitimar el uso de venenos y tóxicos en la industria alimentaria; toda la selva química que se esconde bajo la denominación de “aditivos”, aditivos alimentarios.


¿Cómo funciona el establecimiento de ALARA? La rama de la industria que lidie con tales productos le informa a los reguladores públicos hasta dónde puede prescindir de tóxicos para una comercialización rentable de sus productos, y el gobierno, asesorado técnicamente (por órganos e instituciones entrelazados con la industria) fija esos límites como “los buenos” para la presencia de tales tóxicos en los alimentos.

Ese concepto de seguridad no está referido a la salud, obviamente, está referido a la rentabilidad.

Así funciona “el mundo”, o al menos el mercado, no embromen.

El autor del mencionado proyecto y ahora todos los diputados santafesinos pretenden un “control de prácticas que aseguren en forma preventiva la no contaminación o hechos que después hay que lamentar”. Digamos las cosas por su nombre: la no contaminación se logra con la supresión de agrotóxicos. Con su regulación, limitación y ajustes en el manejo lo que se logra es que haya menos “accidentes”, menos casos de intoxicación aguda y menos, en concreto, casos que nos sacudan mediáticamente. Porque enterarnos de las denuncias de médicos conscientes como Darío Gianfelici o Hugo Gómez Demaio es un fenómeno cada vez más imparable y un cierto refrenamiento en el uso de agrotóxicos, bajará su visibilidad. Pero no elimina el problema, ni mucho menos.

Por eso toda la fraseología y el discurso de estos reguladores tiene bases falsas.

Habrá “sanciones que serán muy duras para episodios que […] atenten contra la salud de la población.”

La ley, al admitir el uso de agrotóxicos, únicamente logrará (si logra) que los ‘atentados contra la salud de la población’ sean menos visibles, tengan menos impacto.

El actual sistema productivo, basado en agrotóxicos elimina biodiversidad en cantidades ingentes y, las más de las veces, irreversible. Y los pececitos, ranas y sapos, insectos en sus cientos de miles de especies, pulgones, coleópteros, lepidópteros, toda la fauna de invertebrados, pequeños roedores, pájaros, hierbas de todo tipo y función arrumbadas por la modernidad bajo el nombre despreciativo de yuyos, no suelen tener, salvo alguna excepción, más bien bípeda, prensa… agentes de prensa que nos adviertan de su desaparición masiva. (1)

Y ese empobrecimiento progresivo de nuestra biosfera continuará con el uso de agrotóxicos ya sea medido como nos promete la legislatura santafesina, o desmedido como es en la actualidad.

Esa afectación de la biosfera no es indiferente para la salud humana. Los tóxicos que lleguen por mera decantación a las napas de donde la humanidad extrae agua para sí, seguirán llegando… un poco menos. En lugar de intoxicaciones repentinas, agudas, por usar (indebidamente) un recipiente plástico (2) que contenía “remedio” [sic] para hormigas o un herbicida, para portar agua que luego se usa para cocinar, por ejemplo, tendremos “sólo” intoxicaciones a diez años plazo por la acción de los mismos productos químicos menos brutalmente manipulados…

Esa contaminación ambiental ahora desmedida será a lo sumo, medida. Seamos al menos conscientes y no le planteemos a “la sociedad” que el manejo de agrotóxicos resuelve el problema de la contaminación.

El “manejo de los contaminantes” sólo “maneja” la contaminación. El vocabulario nos ayuda.

La supresión de los contaminantes, permitirá, muy a la larga, recuperar un ambiente saludable. Donde las alergias, las enfermedades autoinmunes, las asmas, las malformaciones congénitas, los cánceres y tantas otras enfermedades de los humanos cedan su empuje de la última década (que coincide “demasiado” con la industrialización galopante de los campos, es decir con el modelo de agricultura de alto rendimiento mediante agrotóxicos).

Sabemos del cáustico comentario de los mejorativistas a nuestro planteo: no se puede cambiar todo de golpe, es un paso, etcétera. Para que esto fuera cierto y la medida no fuera apenas un maquillaje de adaptación a “los tiempos” habría que usar las palabras correspondientes: esta ley proclama suprimir la enfermedad dejando en pie su agente patógeno. Eso es lo inaceptable. www.ecoportal.net

Luis E. Sabini Fernández – Docente del área de ecología de la Cátedra Libre de Derechos Humanos, Facultad de Filosofia y Letras de la Universidad de Buenos Aires, periodista, editor de la revista futuros <revistafuturos.com.ar>.

Notas:

1- Lo podemos advertir de forma indirecta sin siquiera llegar a frecuentar zonas rurales, apenas de paso por carreteras que las surquen: hace pocas décadas los radiadores y parabrisas de los autos solían llenarse de pequeños animalitos atropellados; hoy en día con mayor velocidad promedio, que hace menos propicio que la fauna pequeña y mínima logre sustraerse al impacto, podemos transitar cientos de kilómetros y apenas “atropellar” a algún insecto…

2- Es imposible limpiar a fondo los envases plásticos (a diferencia de los de vidrio, p. ej.).

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