Desarrollo Sustentable

¿Hacia dónde vamos?

Estamos en el umbral del tercer milenio. Todo parece indicar que ingresamos en uno de los tramos más turbulentos, convulsivos y fulminantes de nuestro recorrido colectivo.

Por Ing. Lucio Capalbo Director de la revista Eco

Estamos en el umbral del tercer milenio. Pocas decenas de meses nos separan del siglo XXI. Las fechas numéricas por sí mismas no significan nada.La asociación de grandes acontecimientos con años de número redondo, o el mileniarismo, no tienen razón de ser.Sin embargo, si la mayoría de las mentes humanas visualizan que un drástico punto de inflexión en la historia se avecina, eso mismo, por sí solo, puede favorecer los hechos, al estilo de la profecía auto cumplida. Pero más allá de una relación causal o casual entre hechos y fechas, lo cierto es que todo parece indicar que ingresamos en uno de los tramos más turbulentos, convulsivos y fulminantes de nuestro recorrido colectivo.

El fin del materialismo
La visión que impulsó el devenir de la especie humana durante los últimos siglos, forjada en occidente, adoptada por todos los estamentos superestructurales del planeta y que ha invadido sus más recónditos rincones, está agotada.

La idea de progreso, entendido como desarrollo material y crecimiento económico, y la esperanza de que una tecnología hipertrofiada nos redima, hoy no es sostenida explícitamente ni siquiera en el discurso de los gobiernos, generalmente las entidades más renuentes al cambio, después de la empresa privada.

Si la maquinaria produccionista -consumista echa a andar sus ciegos y dantescos mecanismos, es mucho más por la absurda ambición de unos pocos, que persiguen sus oscuras lucubraciones partidarias, -a costa del hambre y la sangre de muchos-, sumada a la incapacidad de esos muchos para articular un sistema alternativa, que por un espíritu vital intrínseco al sistema mismo.

Los mastodónticos emprendimientos cotidianos, se nutren de las últimas reservas de energía –física, psíquica, social- remanente en células aisladas y dispersas, pero no en el todo orgánico. Nos recuerdan los movimientos eléctricos del ave de corral decapitada, o el cabello que aún crece en la cabeza de los muertos.

La brecha entre ricos y pobres es abismal, la distancia tecnológica intolerable. Mientras que a través de las hacinadas pero desoladas oficinas de los centros megalopolitanos, las microondas y otros pulsos minan los tejidos neuronales de quienes aún no han sido vomitados del sistema, obligan a escupir papel a los faxes, hacen sonar los celulares y pueblan las memorias magnéticas de e-mail –una miríada de mensajes sin sentimiento y en última instancia sin sentido-, la UNESCO nos advierte que todavía hoy la mitad de los seres humanos mueren sin haber hecho una sola llamada telefónica convencional.

Los bolsones de marginación, como los agujeros negros en el espacio social, se engrasan hasta el límite de lo inverosímil. Las villas miseria se multiplican, los neuropsiquiátricos se repletan, pululan los geriátricos, y así, cada vez más seres humanos quedan reducidos a despojos de esta gran bestia, arrojados a los umbrales de mendicidad, intemperie y desolación.

La periferia se vuelve abrumadoramente pesada para un centro cada vez más minúsculo. Sin embargo ese centro logra mantener bajo control la autoconciencia del sistema y con ella el espejismo de estar constituido por lo habitual y mayoritario, al igual que la televisión logra mostrarnos un mundo donde la mayoría de los hombres son norteamericanos y europeos, pulcros y bien alimentados.

Los que aún logran mantener el ritmo que impone la parafernalia produccioncita consumista, no parecen ser más felices que la amplia mayoría marginada. El bienestar físico, material y aún social en países ricos y sectores ricos de los países pobres, no escapa a la tragedia cotidiana del aislamiento y la enajenación.

Soledad entre multitudes, incomunicación angustiosa que no se alivia con celulares en el bolsillo, ni siquiera navegando por Internet.

Mil artificios producen anestesia, y palian precariamente el dolor de esta ausencia profunda del sentido.

Ya no existe ninguna ideología creíble, sostenible, que justifique esta dinámica.

El materialismo subyacente, hasta hace poco ostentaba sobre su erguido cuello, dos cabezas que intentaban fagocitarse una a la otra. Y ahora que una de ellas fue devorada, la cabeza remanente del capitalismo gira loca, en su vorágine de lucha y enfrentamiento, sin poder ya morder enemigo alguno, pues la enfermedad le estalla desde adentro.

El capital cae malherido, presa de sus propias contradicciones. Su volumen estático, abultado, no queda satisfecho con los estrangulados flujos que circulan: es necesario entonces expulsar más mujeres y hombres del sistema, reduciendo aún más al sector privilegiado y concentrando aún más los recursos, para poder seguir funcionando.

Aumenta el desempleo, la pobreza, como requisitos estructurales para la supervivencia – o prolongación post-mortem de la bestia.

Para mantener encendida su hoguera, se arroja a las llamas mobiliario cada vez más central, indispensable, el ecosistema planetario se destruye.

Hacia mediados del siglo XXI –si todo pudiera seguir así- una ridícula isla del 12% de los humanos se alumbrará y calentará con el océano de fuego que arderá sobre las cabezas de 9.000 millones de sus semejantes.

La impotencia de los gobiernos

Ante este panorama, los gobiernos nacionales resultan penosa, grotescamente anacrónicos para dominar esta acelerada vorágine.

Muchos son los que han querido ver en ellos- como en otras estructuras de pode- una planificada perversidad.

Es probable, en cambio, que muchos estadistas están deseosos de resolver este problema que se les escapa de las manos.

Pero no encuentran soluciones, porque las estructuras fragmentadas, rígidas y verticalistas a través de las cuales tratan de operar, son tan ineficaces para controlar las nuevas variables en juego, como puede serlo una tenaza para atrapar una sustancia que se ha licuado y esparcido por doquier.

Es la visión materialista fragmentaria y mecanista, consolidada con el renacimiento científico europeo, aunque hoy largamente superada por las teorías cuánticas, sistémicas y oolíticas y el nuevo paradigma científico en formación, continúa instalada en el medio político y social.

El marco teórico sociopolítico comienza lentamente a modificarse, pero el ojo con que se mira la realidad, continúa fuertemente condicionado por una especie de “sentido común” que no es propio del hombre en sí sino hijo del viejo paradigma.

De lo que sí puede acusarse a los gobiernos , es de no dar elementales pero enérgicos pasos hacia el desarrollo de un orden supranacional, mundialmente representativo, flexible, descentralizado, cuyo control trascienda a cualquiera de sus partes individuales.

La razón de este trágico letargo es sencilla: los políticos convencionales desean no perder el control, o ceder siquiera parcialmente, su soberanía y poder.

Paradójicamente lo están perdiendo más que nunca, en manos del terrorismo, el narcotráfico y otras empresas multinacionales, que han aprendido a trabajar en red y desplazarse ubicuamente burlando fronteras.

Las Naciones Unidas, loables en su propósito, han sido diseñadas hace más de medio siglo, cuando el rol de los gobiernos era mucho más preponderante y la red circulatoria mundial de información era aún embrionaria.

En su estado actual constituyen apenas un escenario de declamación consciente de lo que debería hacerse, sin inserción profunda y real en los procesos mundiales.

La integración regional se realiza a un ritmo increíblemente lento. La Unión Europea y en nuestro continente el Mercosur no son esfuerzos conscientes en pos del beneficio global, más bien parecen ser expresión de intereses económicos y políticos- el capital que busca su expansión, en el caso del Mercosur- todavía nacidos de la visión sectorial y partidista.

A pesar de ello, por su carácter integrativo, colaboran- sin proponérselo- con otras fuerzas de la época que ejercen su creciente influencia sobre el territorio liberado por los vientos de la devastación.

El control económico pasó, especialmente el multinacional. Los grandes capitalistas, cada vez más concentrados, desplazan a través de las fronteras masas virtuales de dinero, con locales llamados telefónicos o pulsando las teclas de una inhallable lap-top.

Los gobiernos, especialmente en los países pobres, imposibilitados de imponer medidas de control al capitalismo, y con las arcas exhaustas por las magras recaudaciones debidas a las empresas evasoras, la corrupción de funcionarios y la pobreza del pueblo, apelan al camino facilista de ceder más patrimonio al sector privado para obtener efímeros recursos, y ajustan cada vez más severamente en el ingreso de los ya afligidos pobres.

También pierden el control social como ha ocurrido ya hasta en un tercio del sur peruano, en el interior de las favelas o en Calí y Medellín.

Los analistas gubernamentales –y también los transnacionales-examinan las condiciones sociales básicas y envían alivios temporarios allí donde el estallido es inminente, en forma de bolsas de harina, disfrazadas de caridad.

Los satélites fotografían las áreas cultivables, predicen el volumen de las cosechas, anticipan en varios meses la extrema miseria y el hambre.

En base a estos datos, los decidores políticos distienden o reprimen en la región afectada, según convenga.

Sin embargo, parece poco probable que estos mecanismos logren mantener el control por mucho tiempo. Aparecen revueltas salvajes, pavorosas. Son incomprensibles y brutales hasta lo inverosímil. La ex Yugoslavia y en especial Ruanda, dejan cientos de miles de cadáveres pudriéndose al sol ante las cámaras de las cadenas internacionales de TV.

Las protestas e insurgencias se vuelven agónicas, feroces, espasmódicas.

Las revoluciones pierden su carácter romántico e ideológico. Ya no nacen de las creencias de filósofos y líderes, sino de la urgencia de necesidades elementales, organizadas por las bases.

Chiapas, y hasta algunos levantamientos en provincias argentinas podrían interpretarse como brotes de un nuevo tipo de contienda, la de aquellos que creen que ya no tienen nada que perder, luego de haber sido ultrajados hasta lo impensable.

Bajo esta perspectiva, una reacción en cadena de incontrolables estallidos sociales, parece una posibilidad no poco probable.

En este contexto , además, cabe preguntarse si China, con sus 1200 millones de personas, un aparato productivo que no cesa de robustecerse y una anacrónica pero monolítica organización en torno a una ideología obsoleta, no emergerá, al menos transitoriamente, sobre los restos descompuestos de Occidente.

La cultura en descomposición

Los seres humanos parecen dividirse entre los que buscan alguna respuesta, los que escapan y los que ya no tienen fuerza ni para preguntar ni para huir. A su vez, algunos seres humanos se debaten intermitentemente en su interior, entre estos estados alternativos.

Las discotecas y los estadios rugen ensordecedores, ondulando muchedumbres reducidas a los niveles más bajos de creatividad, mientras millones de congéneres pierden su mirada desolada en las paredes de un hospicio, en las nauseabundas montañas de los basurales, en el océano de la desesperanza.

Mientras las grandes ciudades de los países ricos han detenido su crecimiento físico, y parece observarse un fenómeno de descentralización gracias a la tecnología de las comunicaciones, en Asia, África y América Latina gigantescas urbes de diez, quince y hasta más de veinte millones de almas, continúan creciendo descontroladamente según patrones anárquicos, generando problemas de hacinamiento, delincuencia, insalubridad y contaminación, en una espiral cuyo fin aún no se avizora.

Estos antiestéticos y contaminados laberintos de asfalto y cemento, se convierten así en trampas mortales para millones de personas, en caso de un colapso del sistema global.

Los medios masivos-medios de incomunicación- aturden con noticias que como las olas del mar parecen cambiar y son, sin embargo, siempre lo mismo.

El enajenamiento más profundo, la gran división de un alma para con otra, se ha tornado realidad, y los más son presa del sopor y las ociosas fantasías.

Para muchos el núcleo familiar es el último reducto con cierto sentido; otros se entregan a absurdas creencias paralizantes, se afearan a supuestos mágicos que abrían de sacarlos repentinamente del dolor –se trate de visitantes intergalácticos en sus arcas de Noé espaciales, pastores electrónicos o gemas vibratorias-.

Todas estas creencias pseudoespirituales tienen un rasgo en común: no movilizan a la transformación social ni a la solidaridad con los semejantes.

Las grandes religiones del pasado son pesados cuerpos sin espíritu. Profundamente desacreditadas entre los intelectuales, alejadas del espíritu visionario de sus fundadores, contribuyen hoy más al adormecimiento y a la división de los humanos que a su transformación.

Incapaces de dar cuenta del mundo actual, concentran sus armas en retener feligreses a partir de estados sentimentales primitivos, apelando a la culpa y a una pretendida espiritualidad ritualista, individualista y enajente.

Sus líderes, como siempre y hoy más que nunca, parecen dispuestos a recurrir al llamado de atávicas pulsiones de la naturaleza más baja del hombre, y enardecer masas fanáticas, si fuera necesario, para combatir cualquier amenaza a su poder o evitar que sus mentiras queden expuestas.

A este conjunto de graves aflicciones económicas, sociales, psicológicas y espirituales, se le deben sumar ahora los estragos medioambientales que esta fracasada idea de progreso y desarrollo provoca desde hace siglos, pero cuya magnitud los torna inocultablemente insostenibles desde las últimas décadas.

La crisis de la civilización humana se manifiesta ahora en el plano físico del ecosistema planetario. El aire, las aguas y la tierra se envenenan, el cielo arde, los basurales expanden su hediondez, los bosques se derrumban, la radiación y los campos electromagnéticos invaden los últimos resquicios del planeta, los animales perecen, las especies se extinguen.

…..

Conclusión

Así como es en lo mas profundo de la noche, cuando despunta la alborada, los confusos y convulsivos episodios de este fin de milenio no son necesariamente el preludio de un final absoluto, sino del final de la era de la division y el materialismo. Termina la infancia colectiva del género humano y adviene la madurez, signada por la conciencia de unidad mundial en la diversidad.
La sociedad civil organizada y sus ONGs, aparecen como la proa de la evolucion social y el sector candidato a liderar la construccion del nuevo orden mundial.
Los vientos de la historia renacida soplan a su favor.
Sin embargo, si el sentimiento regresivo y partidista llegara a prevalecer sobre el espíritu de la nueva era, corrompiendo los procesos de emergencia de la sociedad civil, la paz – que de todos modos llegará inevitablemente – advendrá mas tarde, y luego de mayores sufrimientos.

* Artículo publicado en Revista Eco Año 5 Nº 13

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