El feminismo y la ecología son luchas que el capital no digiere 

Adriana Marcus* sobre el experimento con las vacunas, el miedo de quedarse fuera del rebaño humano y el rol de la muerte.

Desde mi casita de barro y madera en el bosque andino, me pongo a pensar en la postpandemia, y me vienen muchas preguntas. Es que estos dos años han generado muchas incertidumbres, dudas y confusiones creadas por información contradictoria o ausente, datos de fuentes desconocidas, disrupciones en nuestras vidas cotidianas, y cada cual ha reaccionado de diferentes maneras, como pudo. 

Personalmente me fascinó poder estar en mi casa, trabajar en la huerta compartida con mi vecina, charlar y matear con los vecinos sin miedo a un posible contagio, tejer, escribir y leer frente a la estufa a leña, cocinar sin tiempos ni apuros, coser libros artesanales.

Sé que la mayoría de la gente la pasó muy mal, hacinada, presionada por el teletrabajo, encerrada en viviendas ínfimas. Hubo muchos femicidios, depresiones, crisis de pánico, abandono de ancianos y enfermos, y muchas personas que desatendieron su salud por no poder realizar los seguimientos de sus condiciones de enfermedad. Y quienes sostuvieron gran parte del metabolismo social en las ciudades fueron los sectores más vulnerables: empleadas domésticas y trabajadores de delivery totalmente precarizados, cuidaron las vidas de las clases medias y altas, al menos en mi país, en el que la desocupación, la inflación y las pujas de la clase política dejaron a la población pauperizada.

Tal vez el sufrimiento vivido lleve a poner en cuestión la vida urbana. La eco-feminista Yayo Herrero, de España, dice que las grandes ciudades no producen nada que sirva a la sostenibilidad de la vida. Pero desde ellas se toman decisiones para todos.

Les comparto mis preguntas, en vista a la postpandemia, aunque las respuestas lleguen dentro de mucho tiempo, o cuando se abran los archivos treinta años después (si es que aún estamos aquí y la sexta extinción todavía no ocurre) o nunca.

Acerca de la pandemia: ¿Por qué la OMS cambió los criterios preexistentes para definir “pandemia”? ¿El hambre no es una pandemia? Esto me recuerda que en los últimos decenios la medicina biotecnofarmacológica, hegemónica, viene modificando los valores de laboratorio según los cuales determinar diversas patologías a ser medicadas farmacológicamente o confirmadas mediante alta (y cara) tecnología biomédica. 

Acerca del aislamiento social preventivo obligatorio, ¿por qué las personas sanas debían realizar “cuarentena”? En la historia conocida de la humanidad es la primera vez que esto ocurre. Desde el punto de vista sanitario, tiene sentido indicar a las personas afectadas el reposo que necesitan para su recuperación, y el evitar la cercanía con personas sanas que podrían contagiarse. Esta decisión -altamente costosa en términos de salud mental colectiva, economía, trabajo, descuido de personas mayores y de necesidades de los infantes y jóvenes- ¿fue más política que sanitaria? ¿A qué nivel se gestó, nacional o internacional?

¿Saben qué recuerdo me viene? La historia de las Islas Malvinas, Argentina. Les cuento, que a siete años del golpe militar argentino, un 30 de marzo de 1982 la CGT (central de trabajadores) organizó una enorme movilización nacional “por paz, pan y trabajo”, objetivos más que atendibles, ¿no? No solo se deslegitimó la protesta, sino que le siguió inmediatamente una feroz represión. Y tres días después el gobierno mandó a las fuerzas armadas y conscriptos a invadir las Malvinas, territorio que consideramos argentino. Parece que este evento estaba planificado para el 9 de julio, día de la independencia, fecha significativa que indicaría una segunda independencia y recuperación de las islas.

Este hecho invisibilizó la movilización popular que jaqueaba a la dictadura genocida (1976-1982) ya en cuestionamiento y, extrañamente, avivó el fuego xenófobo que -sabemos muy bien- une a gentes más allá de todo razonamiento. Es una gran enseñanza de los fascismos: crear una enorme amenaza generalizada una “invasión” de migrantes expulsados de sus territorios, el peligro comunista o terrorista y otros cucos para disciplinar por un lado y unificar al pueblo por otro, logrando su adhesión y el olvido de sus sentipensares previos. Un enemigo externo o interno nos une.

Este fue el caso de Malvinas, que duró poco tiempo y fue sumamente traumático. El delirio eufórico colectivo de los primeros días trocó a indignación al descubrir el fraude, y en indiferencia culposa cuando los soldados sobrevivientes empezaron a contar lo vivido.

Y ahora: ¿El virus es el enemigo invisible y universal que nos cohesiona, nos hace olvidar la crisis civilizatoria, la inviabilidad del sistema neoliberal exterminador y suicida, la crisis del 2008 y permite ocultar el despertar popular los estallidos sociales del pueblo ecuatoriano y chileno en 2019 con sus represiones brutales y la ola feminista que plantea poner en el centro a la vida y no al mercado, como parte de su propuesta antipatriarcal, anticapitalista, anticolonialista?

Dejo ahí esta analogía, y sigo con las vacunas, o sea:  les comparto los motivos de mi decisión de no vacunarme, respetando las decisiones de los demás, ya que son optativas, y esto es porque en realidad aún están en fase experimental (ver protocolo de Nüremberg). Esto significa que al participar de un estudio experimental, se le debe informar a las personas voluntarias cuáles son los riesgos de la inoculación y a dónde concurrir en caso de padecer un efecto secundario, así como hacerle firmar un consentimiento informado.  

Considero que la ciencia desarrollada en Occidente desde una lógica instrumental, propia del paradigma mecanicista, se ha convertido en una nueva religión. Confiamos ciegamente en ella, tercerizamos sus servicios y esperamos que nos cuenten los resultados fantásticos de sus actividades. Actividad humana que ha perdido la espiritualidad con la que nuestros ancestros se relacionaban con la naturaleza y sus otros seres convivientes. Esta desacralización del mundo por parte del pensamiento científico de nuestra sociedad actual logra transformar a los sujetos (todo lo vivo) en objetos, manipulando a la naturaleza a través de intervenciones que interfieren y alteran gravemente su fisiología y metabolismo- ante nuestros ojos ingenuos y confiados, o ciegos e indiferentes.

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La ciencia “juega con cosas que no tienen repuesto” al decir del músico catalan Joan Manuel Serrat, y se saltean las vías naturales, haciéndoles trampa a los cuerpos y sus sistemas originales. Porque naturalmente un virus que ingresa al cuerpo genera una afluencia de células NK (natural killer), y ellas se ocupan de neutralizar al virus. Los anticuerpos resultantes tienen poco tiempo de duración, porque -y eso se sabe- que los virus (paquetes de información) mutan permanentemente y no será necesario retener información por largo tiempo como sí ocurre en casos de varicela, sarampión o rubéola, que se padecen una sola vez en la vida, porque los anticuerpos que generan nuestros organismos son de larga duración.

Las intervenciones que desarrollamos los humanos para nuestro supuesto beneficio suelen interferir los procesos fisiológicos y generar nuevos problemas. Para los cuales nos devanamos los sesos buscando soluciones tecnológicas rebuscadas que vuelven a generar nuevos desórdenes, en una espiral sin fin de complicaciones. De esto hablaba la dramaturga británica Mary Shelley (1797-1851) en “Frankenstein”, en su original denuncia, mercantilizada y distorsionada a través del cine de terror. 

Siento que la vacuna nos alivia, es un acto psicomágico que nos autoriza a volver a nuestra naturaleza gregaria, social, comunitaria que tanta falta nos viene haciendo. No lo pensamos mucho. Si para poder llevar la vida de antes -viajar, ir a recitales, a la cancha, a la plaza, a la escuela o la universidad, a trabajar en un empleo- basta con vacunarme, me vacuno y listo. Solo pongo el cuerpo. No se pone en duda la validez de una vacuna que, se dice desde los ministerios de salud, disminuye la mortalidad pero no evita los contagios, no evita padecer la enfermedad y no provee inmunidad por lo cual hace falta repetir la vacunación varias veces.

También hay gente que prefiere no indagar mucho y confía en el estado, se siente cuidada por sus gobernantes, erigiéndolos en papás que toman decisiones por los demás y se desentiende de su propia vida, porque reconoce que no conoce del tema y decide tercerizar el cuidado de su existencia. ¿O será comodidad, pereza intelectual, imposibilidad de crear pensamiento propio, miedo a quedar fuera del rebaño humano? 

En el fondo el miedo a la muerte, tan propio de la mirada occidental, juega un papel importante. Los pueblos originarios tienen al respecto otra mirada, y saben que la muerte forma parte de la vida, que necesitamos hacer lugar para quienes nos siguen, que la vida necesita el morir para continuar su rueda, tal como observamos que ocurre en la naturaleza, de la cual formamos parte. Para ello, los rituales colectivos pueden incluso dar lugar a eventos festivos, como el día de los muertos en México. 

En fin, que cada cual hace lo que puede, cree en lo que elige creer, busca y bucea para seguir caminando con conciencia y responsabilidad, o bien se apoltrona en el sillón de la comodidad, de lo ya conocido, delegando en otras y otros nuestros destinos, como nos enseña la democracia representativa y los superhéroes de la TV. 

Ante todo, respeto, empatía y solidaridad, también con quienes piensan y sienten distinto, con nuestra especie y todas las demás.  

Mi fantasía, durante el 2020, fue que tal vez Fidel Castro tuviera razón, y “sólo aprendemos frente a una catástrofe”. Soñé con que la urbanidad tomara conciencia de su condición de parásito, que reconociera al campesinado que le da de comer, que aprendiéramos a vivir austeramente, a cuidar el agua, a consumir responsablemente, a hacernos cargo de los residuos que generamos, a decrecer en consumo, a solidarizarnos con quienes necesitan ayuda, a alimentarnos conscientemente para ganar en salud, en lugar de llenarnos de fármacos para beneficio de la industria de la enfermedad, a ser más humildes frente a otras formas en que se expresa la vida: animales, plantas, aguas, montañas, a reconocer que formamos parte de la gran trama de la vida, a asumir que somos vulnerables, interdependientes, ecodependientes, solo “una hebra en el gran tejido existencial”. Creí que saldríamos mejores. 

Honro lo vivido porque trajo mucho aprendizaje, y deseo de corazón que hayamos ganado en conciencia y responsabilidad, en respeto a nuestra madre, Ñuke Mapu, porque formamos parte de la naturaleza. Sólo somos sus hijos. ¡Humildad y gratitud por formar parte, por favor!

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*Adriana Marcus es médico generalista jubilada y ha ejercido en Argentina, principalmente en el campo. Ex presa durante la dictadura militar argentina (1976-1982), es autora de varios libros sobre salud holística y forma parte de una editorial de libros autogestionada (“Apuntes para la ciudadanía”). Vive en la Patagonia, Argentina.

Fotografias: Daniela Beltran
Edición y producción: Martu Lasso & Romano Paganini

Ecoportal.net

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