Economía

Libre Comercio y Desarrollo Urbano: se está imponiendo el Desarrollo Urbano del capitalismo salvaje

Todos los pueblos del mundo, no solo el de Colombia, se están empobreciendo con el libre comercio. En el desarrollo urbano se exacerban las desigualdades. El capitalismo, y planteémoslo desde ya para el desarrollo de la ciudad, tiende a exacerbar la segregación. La ciudad es por definición un hecho cultural fuertemente segregado, de grandes desigualdades, y si el desarrollo urbano se les deja más suelto a las fuerzas del mercado, con mayor razón se segrega.

Por Jorge Enrique Robledo

Todos los pueblos del mundo, no solo el de Colombia, se están empobreciendo con el libre comercio. En el desarrollo urbano se exacerban las desigualdades. El capitalismo, y planteémoslo desde ya para el desarrollo de la ciudad, tiende a exacerbar la segregación. La ciudad es por definición un hecho cultural fuertemente segregado, de grandes desigualdades, y si el desarrollo urbano se les deja más suelto a las fuerzas del mercado, con mayor razón se segrega.

Les doy mis agradecimientos por permitirme estar hoy aquí con ustedes y por darme la posibilidad de hablar sobre la ciudad y las fronteras, el propósito de este evento. Y lo agradezco también de otra manera, porque, como se dijo, me he pasado buena parte de mi vida como profesor de tiempo completo en la Universidad Nacional de Colombia, sede Manizales, y me complace muchísimo cuando me invitan a las universidades, porque finalmente lo que a veces digo es que soy un profesor extraviado en el Congreso. Y créanme, es muchísimo mejor estar aquí que allá. Le decía a Saúl Rugeles que estos trabajos de universidad y de profesor universitario son los únicos que se han inventado medianamente decentes.


La charla va a estar partida en dos. En la primera parte haré algunos planteamientos gruesos de cómo entiendo yo este asunto de la globalización, porque la idea es que hablemos del tema específico, pero en el contexto de la globalización o el libre comercio o el neoliberalismo, o en el contexto del Consenso de Washington, términos que al final quieren decir más o menos lo mismo. Voy a hacer entonces un planteamiento sobre qué pienso yo que terminará sucediendo en la economía de un país como Colombia. Y en segundo término, también en ese contexto, cómo pienso que se afectan el desarrollo urbano y la arquitectura, insistiendo en que lo que al final termina definiendo es la primera parte. La suerte de la ciudad que se va a construir o que se está construyendo en Colombia se ve muy afectada en buena medida por esa primera parte del análisis. No será por supuesto la versión oficial, sino la visión de una persona contradictora de las políticas que se vienen desarrollando.

Relaciones con el mundo, sí, pero no así

Para que no se preste a confusión, empiezo aclarando que quienes mantenemos una contradicción de fondo, antagónica, diría yo, con las políticas del libre comercio no debemos ser interpretadas como personas que nos oponemos a que Colombia se relacione con el mundo. No es esto lo que está en discusión. Es más, en cierto sentido hablar de globalización como un fenómeno reciente tiene una carga ideológica, porque, estrictamente hablando, la historia de la humanidad es la historia de la globalización, en el sentido estricto del término. Por el propio crecimiento demográfico, desde los primeros seres humanos, lo único que hemos hecho es globalizarnos cada vez más. Quienes piensan que empezó no sé cuando sufren entonces una confusión grande.

No nos oponemos a que Colombia se relacione con el mundo, esa no es la discusión. Estamos relacionándonos con el mundo desde hace quinientos años, por decir lo menos. Lo que estamos discutiendo, y es un debate clave, es cómo nos debemos relacionar. Una tribu que está en la mitad del Amazonas y que no ha abierto relaciones con nadie no tiene para qué discutir este tema. En cambio, quienes estamos en un mundo en que nos relacionamos de mil maneras y nos vamos a seguir relacionando estamos obligados a discutir a fondo sobre cómo creemos que nos debemos relacionar.

Parto de una primera pregunta: ¿hay solo una manera de relacionarse? El mundo fue muy global en la época del colonialismo español y, en general, de los colonialismos europeos, y sin embargo, aquí nadie ha acusado ni a Bolívar ni a Santander de dinosaurios por haber afirmado que esa globalización no les gustaba. ¿Cuál fue el gran debate de la Independencia americana hace doscientos años? Fue decir que a los nativos de América no nos interesaba esa manera de relacionarnos con el mundo. Pero nadie planteó nunca en esos días que la relación se acabara. Es lo mismo que estamos discutiendo ahora, cómo relacionarnos con el mundo. ¿Hay una sola manera de relacionarnos con el mundo? ¿Hay un pensamiento único al cual todos debemos someternos y quien no se someta es enemigo del progreso, una persona que no entiende las realidades el mundo? Por supuesto que no.

Lo ilustro de una manera tal vez más sencilla o menos abstracta. Si a mí me dicen que hay que importar tractores o computadores, que no producimos y que necesitamos para el desarrollo, de inmediato respondo, dónde hay que firmar el sí. Pero si me dicen que hay que importar maíz, yo replico: eso me lo tienen que explicar más despacio. Lo resumo de esta manera, relaciones con el mundo, sí, negocios con el mundo, sí. Con Estados Unidos incluido, también debo aclararlo, porque dicen que al senador Robledo no le gustan los gringos y que por eso no le gustan los TLC con Estados Unidos. No. Con Estados Unidos también debemos relacionarnos y con Estados Unidos también se pueden firmar acuerdos económicos. ¿Pero cuáles? Volvemos al mismo punto.

El TLC es una manera específica de relacionarse con el mundo, pero Brasil no se lo quiere firmar a los gringos, no se lo va a firmar, así alguien salga a argüir que Brasil está por aislarse. Japón no tiene TLC con Estados Unidos, como tampoco Europa. ¿Y entonces nadie en Europa quiere relaciones con Estados Unidos? No, lo que están diciendo los japoneses y los europeos y los brasileños es que nosotros sí queremos relacionarnos con Estados Unidos, pero de una manera que proteja los intereses de cada uno de los países. Lo resumo de otra manera: alianzas, negocios internacionales, sí, pero no de mula y jinete, y menos todavía si nosotros somos la mula. Así de simple. Recordemos a Stiglitz: es mejor no tener tratado que tener un mal tratado. Es mejor no hacer negocios que hacer un mal negocio.

Agrego que no es cierto que estos sean acuerdos diseñados en una lógica respetuosa de los intereses de las partes. No son acuerdos de beneficio recíproco, como lo deben ser los negocios internacionales y todos los negocios. Ni siquiera son decisiones soberanas o establecidas por nosotros mismos. En lo primero que yo escribí sobre estos temas por allá en los noventa cité a un ilustre bumangués, el doctor Abdón Espinosa Valderrama, una persona a la que nadie puede criticar por ser del Polo ni de izquierda, quien afirmaba: este tratado es una imposición del Banco Mundial y nos va a desbaratar la economía.

Ayer le decía al ministro de Agricultura, en un debate en la Comisión Quinta: ministro, es un absurdo importar leche cuando hay excedente. Me respondió: esos son los acuerdos de la OMC. Le dije, ministro, por qué el Estado no hace en el mercado interno compras masivas de arroz para evitar que los precios se caigan y almacena, como antes del 90. Y me responde lo mismo, eso tampoco lo permite la OMC. Estamos hablando de una manera de relacionarnos con el mundo que nos la imponen desde afuera ciertos poderes que no utilizan para ellos ese mismo tipo de lógicas, porque tienen intereses distintos a los nuestros.

Cuando a uno le dicen que hay que convertir el mundo en un solo mercado de envergadura global, ¿de qué se trata en últimas, qué es lo que nos están diciendo? Y ojo, este punto tiene una carga tan fuerte como una bomba atómica. Que quieren un mundo al servicio de los capitales de envergadura global. Es que hasta la última forma económica hecha en los confines de la Tierra que no se ponga al servicio del capitalismo de envergadura global, o sea, de monopolios y trasnacionales, será perseguida. Hasta a un páramo perdido de Colombia le llega la trasnacional al señor que hace kumis con un molinillo, le parquea un camión refrigerado, le vende un kumis empacado y le encima además un Pokemón, con lo que lo acaba de sacar de la competencia.

El sino trágico de los bocadillos veleños, lo puse como ejemplo en un libro, es o ser reemplazados por otro tipo de dulces, de Kraft o de cualquiera otra de las trasnacionales, o ser tomados por Kraft u otra trasnacional. La idea del bocadillo veleño como un negocio de pequeños o medianos empresarios no cabe en la globalización neoliberal.

¿Qué quiere esto decir? Que se están exacerbando las diferencias entre los países y entre los individuos dentro de cada país. El capitalismo es un sistema de desigualdades, no un sistema de solidaridades, y de lo que estamos hablando es de llevar el capitalismo monopolista hasta el último confín de la Tierra, lo que inexorablemente va a exacerbar cada vez más las diferencias entre los países.

Hay países que empezamos a funcionar casi como colonias, cada vez más avasallados por las grandes potencias que terminan predominando y, particularmente, por Estados Unidos, sobre todo en el caso de América Latina, aunque en otras partes podrá ser Japón, o Francia, u otro de los grandes imperios. Pero además se van a exacerbar las desigualdades dentro de cada país. Ustedes miran la economía norteamericana y lo que ha sucedido es que se polarizan cada vez más la extrema pobreza y la extrema riqueza. El pueblo norteamericano también está sufriendo con el libre comercio, como los demás pueblos del mundo. Ganan en cada país ciertos sectores minoritarios de sus oligarquías económicas y pierden los demás. Las clases medias tienden a contraerse cada vez con mayores dificultades para funcionar y sobrevivir, uno de los fenómenos más recientes en el capitalismo. No son solo los sectores populares de Colombia los que se empobrecen. No, el empobrecimiento es global.

En el desarrollo urbano se exacerban las desigualdades

El capitalismo, y planteémoslo desde ya para el desarrollo de la ciudad, tiende a exacerbar la segregación. La ciudad es por definición un hecho cultural fuertemente segregado, de grandes desigualdades, y si el desarrollo urbano se les deja más suelto a las fuerzas del mercado, con mayor razón se segrega. Si la gente se empobrece, se segrega de manera casi inevitable. Si algunos concentran más riqueza que nadie, por supuesto que esto también segrega. En Colombia, y cada país hay que analizarlo por aparte, nos está yendo particularmente mal en esto de segregarnos y extremar las desigualdades. Colombia es hoy el país número siete en desigualdad social en el mundo. Apenas nos ganan, si a esto se puede llamar ganancia, seis. Supongo que si el doctor Uribe tiene éxito en reelegirse, vamos a quedar con medalla de oro en desigualdad social.

¿Cuál es la experiencia de Colombia? Porque hasta aquí van teorías que falta por ver si sean ciertas. En Colombia llevamos en este asunto desde 1990, casi veinte años, bastante tiempo para saber qué pasa con las teorías. En 1990 unos se pararon y dijeron: van a destruir el país, Abdón Espinosa entre ellos, no me cito a mí mismo, sino a Abdón Espinosa, menos sospechoso.

Dijimos, van a destruir a Colombia. Bueno, han pasado veinte años, ¿qué ocurrió? En 1990 Colombia era ya un país sometido a la férula del FMI, al interés de las transnacionales, pero digamos que ahí íbamos, más o menos. Creo que es facilísimo demostrar, no me voy a detener a dar números para no hacerme largo, que los problemas de desempleo y pobreza se han agravado en este periodo. El empleo y la calidad del empleo han sufrido un deterioro bárbaro. Colombia se está moviendo con tasas de desempleo mayores a las que teníamos antes de 1990 y estamos viviendo un deterioro espantoso de la calidad del empleo: del 13% de subempleo pasamos a casi 40%, es decir, una sociedad dedicada al rebusque.

Y esto corre parejo para las ciudades. Si ustedes miran todo el primer piso de las ciudades colombianas, observarán que es un gran ventorrillo donde laboran trabajadores por cuenta propia, que no se sacan ni el mínimo, así los más entusiastas se llamen a sí mismos empresarios. Pienso que no lo son, aun cuando tengan, por supuesto, la honorabilidad de sentirse empresarios. Esta es la dura realidad a la que estamos asistiendo.

Estamos en una crisis casi permanente, que también habíamos anunciado. Se hace la apertura del 90, el libre comercio del 90 –repito, es básicamente lo mismo– y en el año 1999 la economía colombiana se colapsa. Empezamos a medio salir en el 2002. En el 2003 y años siguientes hay un crecimiento importante de la economía, pero ya hoy otra vez estamos hundiéndonos.

El modelo económico que se está aplicando es entonces un modelo de tiempos relativamente cortos y buenos, no de maravilla, pero digamos que ahí, pero fuertemente concentrados en beneficio de unos pocos. Crece 7% la economía, ¿pero en beneficio de quiénes? Y con crisis. Hoy estamos en una crisis. Este año se está diciendo que vamos a crecer al cero por ciento, y eso si sumamos todo, porque si miramos la industria, estamos colapsando. O sea, una situación casi permanente de crisis y esta de ahora puede ser bastante complicada, porque coinciden la nuestra, que empezó en el 2007, y la crisis mundial. Vamos para tiempos difíciles.

Seis características de un país plutocrático

Digamos algunas características del país que se ha venido construyendo en estos últimos veinte años. El sector productivo está en quiebra, porque el país se ha desindustrializado. Un país que no era ningún dechado de desarrollo industrial ha perdido mucho, y lo poco que va quedando es, en general, la industria de los monopolios y las transnacionales.

El país, y esto es casi inconcebible, ha perdido producción rural en proporciones descomunales, Colombia era prácticamente autosuficiente en productos agrícolas al año de 1990. Y el año pasado, me lo certificó el Ministerio de Agricultura, hubo importaciones por 9,8 millones de toneladas de productos del agro. Inaudito. Hay seis millones de hectáreas de tierra con vocación agrícola, con productores, con agua, que podríamos utilizar para el desarrollo del agro y estamos importando diez millones de toneladas de productos del agro.

Si uno tiene un modelo económico que le golpea la industria y el agro, está en el peor de los mundos, porque todo lo demás vive de eso. Es allí donde se crea la riqueza. Los demás sectores, en cierto sentido, lo que hacen es moverla, especular con ella, tantas cosas que suceden, pero es allí donde está el fundamento de la economía.

Segunda característica, que afecta a la ciudad en materia gravísima, las privatizaciones. Este es otro paradigma del momento: todo debe ser privado. Nos dijeron que había que privatizar porque el monopolio del Estado y la corrupción del Estado son muy malos y vamos a perseguirlos. ¿Y qué hicieron? Que volvieron privados los monopolios públicos, y los privados son peores que los públicos, porque el monopolio público algún control puede tener. El monopolio privado tiende por definición a aprovecharse de la posición dominante para esquilmar al ciudadano y no hay control que valga. ¿Ustedes creen que doña Eva María Uribe controla a las empresas de servicios públicos en Colombia? Suena hasta chistoso creer que un funcionario con un sueldito va a controlar a Telefónica de España o a Telmex.

Desnacionalización de la economía nacional, otra característica. Prácticamente todas nuestras principales empresas han ido pasando una tras otra a manos del capital extranjero. Todavía nos quedan algunas, pero tienen los días contados.

Los neoliberales nos arguyen que eso no importa, que viene siendo lo mismo, porque el que compra la hidroeléctrica no se la va a llevar para Estados Unidos empacada en una caja de cartón. Nos tratan como a mensos. Claro, no se llevan las electrificadoras, pero sí las ganancias, la riqueza que permite acumular y generar más desarrollo. ¿Qué es un país más desarrollado que otro? Uno que ha acumulado más riquezas en su propio territorio. Es así de simple. ¿Por qué Estados Unidos es más desarrollado que Colombia? Porque ha logrado acumular mayor riqueza convertida en puentes, carreteras, hospitales, aviones, fábricas, edificios.

¿Se puede hablar de soberanía nacional en un país cuyo capital pasa a manos del capital extranjero? ¿No es la autodeterminación el derecho de los colombianos a decidir nuestro destino? Pero aquí cómo, si todos los ricos del país son extranjeros. No pueden hacerle estos desafíos a la inteligencia. Ahí anda el doctor Uribe tratando de vender toda la Orinoquia, toda. Se trajo hasta a Bill Gates, y ahí salió la foto en el periódico, el doctor Uribe mostrándole a Gates la Orinoquia. El único periódico nacional, en cierto sentido, es del capital español. Entonces ya se reunieron todos los cacaos españoles en Madrid y dijeron que había que reelegir al presidente Uribe, obvio, porque además no hay privatización que no se haga a menos precio.

Especialización del país en productos mineros, cuarta característica. Este es uno de los asuntos más dramáticos y más gráficos para ilustrar cómo vamos hacia atrás. El país está en buena medida sobreviviendo por la minería, como en la Corona española. El que haya estudiado algo de economía sabe del alcance de lo que estoy diciendo. Pensar que un país se puede desarrollar si se especializa en la exportación de materias primas, agrícolas y mineras, las mismas de siempre, es ilusorio. Subimos las importaciones a diez millones de toneladas de alimentos y no hemos aumentado la exportación agraria en nada. Obvio, no hay a quién clavarle un banano más en el mundo. Los países ricos están hasta el cuello de bananos. El doctor Arias nos dice que vamos a progresar exportando uchuvas. Un neoliberal amigo mío me decía: eso, si a uno con la uchuva le enciman la Milanta, para la agriera. Esas son las genialidades del exministro de Agricultura, que dizque ahora se quiere ir para presidente de la República.

Impuestos bajos o inexistentes, otra característica. Nos aducen que no se les puede cobrar impuestos a las transnacionales, porque entonces no vienen a salvarnos. La renta nominal en Colombia era del 38 y la bajaron al 33. Y si uno está en zona franca es del 15, como en la de los negocios de los hijos del presidente, pero si pesca otra gabela, se le baja al 9 por ciento. Es inaudito que en Colombia haya trasnacionales pagando impuesto de renta del 9 por ciento, cuando el IVA para la gente del común es del 16. ¿Creen ustedes que se puede desarrollar un país donde los grandes capitales, los ricos del mundo y las trasnacionales no pagan impuestos? Porque, ojo, los impuestos que ellos no pagan nos los cobran a los demás. El Estado no hace lo que debiera hacer y por esta vía tampoco hay desarrollo.

Mano de obra barata, bien barata, otra de las características del modelo que se viene implantando. Barata en salarios, en pensiones, en cesantías, en salud, en tiempos. Ay de aquel trabajador que a las ocho horas se atreva a apagar la máquina y se vaya. Hay que echarlo, porque le falta sentido de pertenencia con la empresa. Sin mano de obra barata no habrá neoliberalismo que valga. Aquí nos repiten hasta el cansancio que el capital extranjero nos va a salvar y viajan a China, a Arabia y a todas partes a intentar atraerlo. Y ese capital extranjero no hace sino una sola pregunta: ¿y allá cuánto gano? Entonces, para que ese capital extranjero venga hay que ofrecerle todo, hay que venderle baratas las empresas del Estado, hay que regalarle las minas y el sector minero, no cobrarle impuestos, garantizarle que van a conseguir mano de obra barata, o si no, no viene, porque esto es una competencia feroz. Todos los pobres del mundo compitiendo a ver quién vende su país más barato. Y quien logre feriarlo más barato dizque es el ganador.


Las estrategias del presidente Uribe

Al final lo que se está montando es un régimen plutocrático, y quiero insistir en que esto es muy grave para el funcionamiento de la ciudad. La ciudad es, por definición, diría uno, casi que la obra más compleja de los seres humanos, porque juntar ocho o veinte millones de personas en un mismo sitio es un hecho complicadísimo. Plutocracia significa gobierno de los ricos. Manda no el que tenga el respaldo popular, sino el que tenga plata. Y la teoría es muy sencilla: los pobres serán felices si hacen felices a los ricos. Los colombianos seremos felices si primero hacemos felices a los gringos. Dediquémonos a hacerlos felices y cuando ellos sean bien felices, algo de felicidad caerá sobre nosotros. Esta es la plutocracia, el régimen bajo el que estamos.

Veníamos conversando con el profesor Saúl Rugeles que parte del lío actual en los debates es que asuntos que se habían aclarado en el siglo XVIII ó XIX hay que volverlos a poner en el orden del día. Esas teorías plutocráticas ya han sido derrotadas teórica y prácticamente desde hace mucho rato. No es verdad que si los hacemos felices a ellos, después la felicidad caerá sobre nosotros. Eso ya se ensayó hace un siglo. Y al gobierno del presidente Uribe uno le tiene que reconocer que tiene un encanto, algún encanto debería tener, y es que uno le puede descifrar con claridad lo que piensa. Aquí hay otros que son más confusos.

Primera consigna del actual gobierno: confianza inversionista, que es todo lo que he estado explicando: salarios bajos, privatizaciones, gabelas al capital extranjero. El presidente Uribe sería más preciso si dijera “confianza para ciertos inversionistas”, porque a los de DMG, cero confianza inversionista. Esos se quebraron sin pena ni lágrimas. Y a los pequeños y medianos capitales, ninguna confianza inversionista.

Me decía un empresario, senador, yo qué hago si el que se me pone al frente en una zona franca paga renta del 9 por ciento y yo del 33 y la empresa es la misma, cómo le compito. Ahí están dedicados los mayoristas de la gasolina, como lo denuncié estos días en un debate, a sacar del negocio a los distribuidores minoristas, a los dueños de las estaciones de servicio o bombas de gasolina, que llamábamos antes. ¿Cuál es la confianza inversionista para ellos? Entonces Uribe promete hacer de Colombia un país de propietarios, pero no nos dice de cuántos. Porque lo que sucede con el neoliberalismo es que la propiedad privada no crece, sino que decrece en número de propietarios.

Cuando aquí en Bucaramanga se instalan Macro o Carrefour o cualquiera de estas marcas, mucha gente sonríe porque va a comprar diez pesos más barato. Pero pregúntense cuántos comerciantes se quebraron en el momento en que se instaló uno de estos hipermercados. ¿Y qué sucede con estas transnacionales cuando alcanzan el monopolio y cuando quiebran a sus competidores, qué pasa con los precios? ¿Permanecerán bajos? ¿O, por el contrario, las trasnacionales se aprovecharán de la ausencia de competidores para quitarnos hasta las calzas de las muelas? Esa es la confianza inversionista.

Segunda propuesta del doctor Uribe: cohesión social. O en otros términos, embobar a los pobres para que todos ellos sonrían, así estén en la miseria. “Maluco también es bueno”, se dice en Manizales. En Colombia, de cuarenta millones de ciudadanos, hay 20 millones en la pobreza, 8 millones en la indigencia, 30 millones en el Sisben, todos pobres e incluso miserables. Y que dizque hay que sonreír y todos los pobres felices. A esto es a lo que llaman la cohesión social, una especie de lavado cerebral, de alienar a la gente para que viva pobre pero feliz. No hay educación, no hay empleo, no hay salud, no hay salarios, no hay nada, pero de todos modos, sonría. Hay que reconocerle al doctor Uribe que es un mago sin duda en eso, aun cuando las limosnitas que les dan a los pobres para que sean felices tampoco se las inventó él. Es una política del Banco Mundial. En todos los países existen familias en acción, lo que pasa es que se llaman diferente.

Y la seguridad democrática en qué consiste. Un aspecto es el de la lucha contra la guerrilla, pero hay otros, y es que en Colombia es más fácil crear una banda de asaltantes de bancos que un sindicato, no solo porque matan a los sindicalistas, sino porque el Ministerio de la desprotección social los persigue. Si los estudiantes protestan, sobran las tanquetas de la policía. A los indígenas que salen a protestar les echan bala. Todo esto hace parte de la seguridad democrática para montar este país que han venido montando. La cohesión social es: si no me creen en la zanahoria, les muestro el garrote.

Resumo lo que he dicho hasta aquí. El libre comercio condena a estos países a una desigualdad social brutal. El contraste entre la extrema riqueza y la extrema pobreza se agiganta, se exacerba. Pero en el libre comercio hay un asunto a mi juicio peor, y es que nos arrebata la potencialidad de crear riqueza. Porque uno puede ser pobre como persona o como país, pero si mantiene la potencialidad, de pronto algún día resuelve el problema. Pero si se la arrebatan, por ejemplo, en la medida en que avanza la privatización de la educación superior y media y de todos los tipos, ¿qué es lo que se está haciendo con los pobres? Quitarles la potencialidad de dejar de serlo. Si al país lo desindustrializan y le eliminan buena parte de su producción agropecuaria, lo dejan sin la posibilidad de un desarrollo científico y tecnológico. Lo que le están diciendo a Colombia es que tendrá que quedarse en el subdesarrollo para siempre, así tenga aguas, tierras, gente, territorio. No importa lo que tenga, jamás podrá salir del subdesarrollo.

Esto no es nuevo en la historia de los imperios. El imperio español perseguía con el ejército a todo aquel americano que intentara construir fábricas. Si alguien ponía en San Gil una fábrica de destornilladores o alicates, el alcalde llegaba y lo metía a la cárcel. Y la cosa era muy sencilla: señor de San Gil, si usted quiere un alicate, me lo trae de España. Porque el negocio de los españoles, además de robarnos el oro y las piedras preciosas, es vender los alicates.

El libre comercio es igual: no nos permite fabricar nada. No hay una norma que diga explícitamente “prohíbase cultivar trigo y cebada en Colombia”, pero las condiciones que nos imponen son tales, que aquel que siembre trigo o cebada se quiebra, y ni se diga si se atreve a fabricar un celular o un televisor, porque ahí sí que se lo llevan para el manicomio. Eso es lo que hace la desprotección del mercado interno y de la economía nacional, quitarnos a los colombianos la potencialidad de crear riqueza. A quien quiera estudiarlo le recomiendo un libro de Federico Lizt, uno de los padres del capitalismo norteamericano, en los debates con Adam Smith, llamado Sistema nacional de economía política, donde detalla esto de la potencialidad.

Y en lo político, estamos ante un proceso que uno puede llamar de recolonización imperialista. Nuestras relaciones con Estados Unidos tienden a parecerse cada vez más a las que tuvimos con España. Lo de las bases no es casual. Las ponen para no dejarnos sembrar ni trigo ni cebada, a la manera de hoy. Es un aspecto fundamental de la política. No son inventos de la izquierda. Son realidades que están sucediendo.

Va a imponerse el urbanismo del capitalismo salvaje

Dentro de ese marco general, ¿qué va a terminar sucediendo cada vez más en las ciudades colombianas, qué tipo de urbanismo y de arquitectura es el que se está desarrollando? Comencemos por aclarar que la globalización y el libre comercio hacen parte del capitalismo, y en tal sentido, lo que está sucediendo en Colombia no es nuevo. Se empeora o adquiere ciertas facetas particulares, pero al final se remonta a la historia propia del desarrollo de un país como este, tradicionalmente con una lógica de desarrollo urbano muy de capitalismo salvaje.

La intervención del Estado, pensaría que en toda la América Latina, no ha sido tan rigurosa o tan seria, no sé qué palabra usar, como en Estados Unidos o en Europa. Aquí el especulador inmobiliario del suelo urbano ha estado siempre obstaculizando la mejor planificación de las ciudades, y el fenómeno se ha agravado. Y no viene de ahora. Si uno mira cualquier cuadra del Bucaramanga o del Ibagué viejo, puede encontrar tres o cuatro normas distintas aplicadas en la misma calle, normas que en buena medida corresponden al vaivén de la especulación con el suelo urbano. Por ejemplo, en donde la idea de concebir la ciudad como un espacio relacionado con argumentos de tipo estético es una cosa relativamente nueva. Lo que nos vino con el libre comercio no es entonces absolutamente nuevo, porque seguimos en el marco de una economía capitalista.

Varias características de las que está sufriendo Colombia, como el fortalecimiento de los flujos migratorios hacia las ciudades, en parte por la ruina agraria, vienen desde antes, pero se han visto agravadas por el crimen y la violencia rural, un asunto tan complicado. Nuestras ciudades, muchas de ellas, están recibiendo una carga inmensa de colombianos, que genera un estrés sobre las ciudades muy complejo de manejar, como lo ha sido a lo largo de la historia del siglo XX, pero ahora agravado, insisto.

Es una población rural que llega a las ciudades con bajísima capacitación, pero además a unas ciudades en crisis productiva, sin desarrollo industrial, hecho que complica aún más esta realidad. Lo que termina sucediendo es que crece la economía del rebusque, cada colombiano bregando a ver cómo se gana la vida. He dicho que Colombia es el país con más malabaristas del mundo, uno por cada semáforo, y el país con más estudiantes con posgrado. Aquí todo el mundo tiene posgrado, porque piensan que les falta un título para conseguir empleo. Este es un país lleno de deformaciones de todos los tipos. Pero quiero enfatizar en una, que para el desarrollo urbano cuenta mucho, porque hace muy difíciles las cosas e impacta mucho, y es que todo el primer piso, todo el zócalo urbano, es un ventorrillo.

Un segundo aspecto, tampoco estrictamente nuevo, es el de la especulación inmobiliaria. Colombia siempre ha sido un país de especuladores. Cuando me refiero a especulador de la tierra, señalo a esa persona que hace una ganancia, no por su trabajo, sino por el trabajo de la sociedad. Lo que él hace es aprovecharse de un monopolio para cobrarle una especie de peaje a la sociedad por el derecho de utilizar el suelo, no por la actividad de un industrial o de un agricultor, digamos, sino por una cosa distinta. Lo anterior agravado por un asunto, como me lo explicaba en estos días un empresario de esos emprendedores que compra y compra tierra, y yo le pregunté: por qué compra y compra tierra, y me contestó: porque nada da más que lo que da la tierra.

Uno de los problemas graves de arrebatarnos la potencialidad de crear riqueza en la industria o en el agro o en otros sectores es que especular con el suelo empieza a volverse casi la única actividad rentable para la aplicación del capital. El hecho es de una gravedad inaudita. Colombia está teniendo una de las tierras rurales más caras del mundo. Así, ningún negocio agrícola da, salvo que sea de un mafioso, porque si la tierra vale 20 millones de pesos la hectárea, por decir algo, la vaca tendría que dar, en vez de leche, champaña de primera calidad para que fuera rentable, y esto se vuelve una especie de círculo vicioso que genera una mentalidad profundamente reaccionaria, la del especulador apoltronado viendo a ver cómo influye en las decisiones públicas para que lleguen y le hagan un puente a su finca o le pasen una carretera por no sé dónde, o le cambien una reglamentación para poder ganarse una plata.

Y he visto que el gobierno de Uribe está reviviendo algo que se había quedado más o menos quieto en las ciudades: los grandes proyectos de renovación urbana. A esto hay que echarle ojo. Ahora se inventaron que en Colombia no hay suelo urbano, y como no lo hay, búsquense entonces a un pobre que sea dueño de un lotecito y llamen al DAS para ver cómo lo desalojan. En Manizales están por sacar a 2.700 personas. Su crimen, vivir a cinco cuadras de la Plaza de Bolívar, en la zona más plana de la ciudad, la comuna de San José, doctor Emilio Padilla, usted que la conoce. Y es una gavilla lo que le tienen montado a esa gente y todo a nombre del progreso y del amor y de lo mucho que quiere a los pobres este régimen plutocrático.

Con un desparpajo y un descaro tenaz se ha venido también profundizando la segregación urbana propia del capitalismo. Es un propósito deliberado por hacer ciudades llamadas por ellos con todo desparpajo ciudades para la globalización, para el mercado mundial. Una parte de Bucaramanga, de Manizales o de Bogotá debe parecerse a Miami y el resto, escondámoslo para que nadie lo vea. En Bogotá ya ver un pobre se volvió casi imposible. Si ustedes salen de Bucaramanga, aterrizan en El Dorado y cogen por la avenida treinta hacia el norte, los únicos pobres que verán son los meseros y las empleadas del servicio.

Unas ciudades de tipo enclave colonial, pedacitos de la ciudad de lujo, ostentosos, en acero inoxidable al máximo, en Colombia y en todo el mundo. Todos los pisos enchapados, no sé en México cómo será, pero aquí no puede haber piso al que no le pongan un enchape. Un piso en concreto simple o en un mortero de cemento, ¡qué horror! Se enchapan hasta las vías por donde pasan los buses. Les ponen un enchape de baldosín, pasa un bus de 50 toneladas y destruye el baldosín, pero no importa, tiene que ser enchapado.

Creo que ya están comprando por kilómetros los vidrios templados. Dicen, deme diez kilómetros de vidrio templado. Claro, para que Bogotá se parezca a Miami. Lo que se les olvida es que el ingreso per cápita aquí es de 4 mil dólares y allá es 40 ó 50 mil dólares. Se vive despilfarrando para generar una falsa apariencia de progreso y aquí la gente se termina comiéndose el cuento, particularmente en las facultades de arquitectura, lo digo con todo cariño. Ya no hay un proyecto de arborización de vivienda en Colombia que no sea con palmas, así no den sombra y donde haya 44 grados de temperatura, pero como la palma es la que trae el Autocad, entonces pongan la palma.

Nos estamos gastando años enteros diseñando pisos para dar una falsa apariencia de progreso y si uno no es cuidadoso, se come el cuento de que Colombia está progresando y no nos damos cuenta de que ese progreso es todo importado. Aquí ya no producimos nada, ni los plátanos, creo. Y las zonas paupérrimas cada vez más escondidas.

Quiero llamar la atención sobre lo que está sucediendo: tres de cada diez habitantes del campo, 33 de cada cien, están en la indigencia. Es gente que todas las noches se acuesta a dormir con dolor de estómago, no porque comió mucho, sino porque no comió nada.

Las prostitutas de las zonas pobres de Colombia compran los anticonceptivos de a uno cada día, porque no les alcanza para comprar las 30 pepitas del mes. Y los barrios populares se nos llenaron de tiendas donde a uno le venden de a pastilla de chocolate, de a cucharada de aceite. Aquí hay gentes que a la hora del almuerzo hacen una vaca entre toda la familia, cada quien pone unas monedas y alguien sale a la tienda y compra un huevo, una taza de arroz, una cucharada de aceite y un pedacito de panela y con eso almuerza la familia. Pero eso sí, hay zonas de la ciudad, las llamadas zonas rosas, donde no se ve sino derroche. Tantas cosas buenas que tienen los mejicanos para enseñarnos y, preciso, escogemos lo de las zonas rosas.

Lo de los servicios públicos, parte de la política central, parte de la extorsión, es escalofriante. La gente está dejando de comer para pagar los servicios públicos. La participación en gastos de servicios públicos de las familias es del orden del 30%, altísima. Esas medidas que se están regulando en las ciudades colombianas es una manera del Estado de subsidiar a los pobres para que puedan pagar los servicios públicos. Pero hago otra pregunta de fondo: ¿cómo se planifica una ciudad cuyos servicios públicos son privados y están calculados para el negocio y hay todo un juego de especulación inmobiliaria? Aquí se ha llegado al punto de que las Curadurías Urbanas son privadas. La ciudad es un hecho terriblemente complejo para ponerlo a funcionar todo detrás de la lombriz de la ganancia. Siempre ha sido un lío, insisto, pero cómo puede planificarse así ningún desarrollo urbano.

Otra cosa que se está exacerbando es la producción de vivienda, relacionada con el negocio financiero de la producción de vivienda, de las corporaciones de ahorro y vivienda. Y hay algo que me llama la atención y creo que se le debería echar harto ojo, porque guarda estrecha relación con lo que he dicho de la potencialidad. En Colombia, en el año 1970, en el gobierno de Misael Pastrana, huyéndole a que las importaciones no permitían el desarrollo nacional, se inventaron la estrategia de la construcción, una estrategia fallida pero que tenía cierta racionalidad porque decía: generemos un nicho económico en el cual el capitalismo colombiano pueda desarrollarse en torno a un sector que no compite con las importaciones ni el contrabando.

Por supuesto, no era capaz de desarrollar el país, pero tenía esa racionalidad. Hagamos hartos lavamanos, inodoros, tubos, los ladrillos son de aquí, la tierra también, hay fábricas de cemento, y ahí nos ganamos una plata y le generamos a esto cierta potencialidad de desarrollo. Hoy, uno de los fenómenos que viene presentándose, y aún no lo he estudiado en detalle, es cuánto están pesando los bienes importados en el negocio de la construcción. Es importante, porque tiene que ver con la potencialidad. Aquí nos llenamos de estructuras importadas de acero y de vidrios importados. Hoy gran parte de las instalaciones son importadas, más las cosas viejas importadas de antes. Cuando yo veo esos letreros de Tapetes Bokaras, Tapetes Saharas, persas, que valen no sé cuánto el metro cuadrado, siempre me he hecho la pregunta: ¿Colombia no podrá pasarse la vida sin Bokaras? Aquí hay un hecho económico que se nos olvida y es que cuando Colombia exporta es un milagro.

Aquí lo que se exporta es hambre. Los campesinos cafeteros no exportan café. Lo que exportan es hambre. Si todos esos compatriotas se ganaran el salario mínimo, no podríamos exportar café. Nos están derrotando los campesinos vietnamitas, no porque sean más inteligentes o más trabajadores, sino porque si los nuestros tienen un pregrado en aguantar hambre, los de allá tienen un doctorado. Aquí cogemos esos dolarcitos de las exportaciones y nos los gastamos en whisky de algún color, para poderle subir el precio. Hay whisky de todos los colores, como el arco iris, cada uno más caro que el otro.

El último cambio tiene que ver con la concepción de la política estatal. Aquí sí hay una regresión mayúscula. Aquí tuvimos una entidad, los jóvenes ni deben acordarse, que se llamaba el ICT, Instituto de Crédito Territorial. Se creó por allá en los años treinta. Lo que se soñó, por lo menos en el discurso, era que el Estado produjera vivienda para pobres, pero con una racionalidad de país moderno. El Estado compraba lotes en grande, materiales de construcción en grande, hacía diseños masivos y se hacía vivienda en altura.

Los barrios del ICT, en cierto sentido, modelaban el desarrollo en una forma digamos más o menos civilizada, con mil problemas, claro, pero digamos que civilizada, con el Estado interviniendo en cada parte del proceso para recortar ganancias privadas. Y era así como, un poco en la medida en que había menos ganancias privadas, se lo podía ofrecer a los pobres un tris mejor. Esto daría para una charla entera. Hoy otra vez se impone el capitalismo salvaje. ¿Qué es lo que viene propiciando el Estado? Que unos pocos ganen y especulen con la casa de los pobres. Financiación, las corporaciones de ahorro y vivienda; materiales de construcción, los monopolios; constructores, los monopolistas; servicios públicos, la empresa privada. O sea, todo el mundo cae sobre la casita del pobre. Entonces la casita del pobre lo único que puede es irse reduciendo como una especie de caja de bocadillos de caucho y ya no va en casi nada.

Después, cuando el pobre logra habitar en ella, empieza un proceso de autoconstrucción complicadísimo, dolorosísimo, costosísimo, que deja al país desprotegido en la lógica de la sismorresistencia. Colombia es una bomba de tiempo. El día que en Colombia haya un terremoto que le pegue en grande a una ciudad, aquí va a haber la matanza del siglo. Invito a los arquitectos a ir a las zonas de autoconstrucción y a buscar los hierritos y verán cómo brillan por su ausencia. Todo eso es en lo que hoy estamos. Es la regresión, es echar hacia atrás. Cosas que estaban conocidas se terminan perdiendo.

Y hemos llegado hasta el absurdo. Hace quince días, el ministro de Vivienda me certificó que en Bogotá hay ochenta mil subsidios para vivienda sin reclamar. Porque si la persona quiere el subsidio, entonces le dicen, señor, tiene que demostrar primero que es bien pobre para poder darle el subsidio. El señor muestra que es bien pobre, cosa no muy difícil. Pero después, cuando va a la corporación de ahorro y vivienda, le dicen, aquí lo que tiene que demostrar es que es bien rico, porque aquí los pobres, ni para guachimanes.

Ocurre así como lo digo, tanto que los analistas se inventaron una clasificación: ya se habla de los subsidios adjudicados y los movilizados. Se adjudican, así nadie acceda a ellos. Pero en la estadística sí salen y le sirven al gobierno para sacar pecho. Y los movilizados son del orden de la mitad de los otorgados. Es el absurdo total del sistema, y sin embargo, el gobierno no lo modifica ni interviene el mercado de la tierra. Siguen absolutamente en lo mismo, en cierto sentido porque están felices. Además de otros subterfugios que se han venido inventando, pasaron el número de subsidios de 400 mil a 800 mil del primero al segundo gobierno del presidente Uribe. ¡Cómo! Me puse a mirar, y resulta que se inventaron unos subsidios de 80 mil pesos de legalización de títulos al lado de los de seis y diez millones, sumando papayas con aguacates, como si nada. Y le pregunto al ministro Juan Lozano: y esto, ministro, qué es, y me responde: ¡ay! senador, no nos habíamos dado cuenta. La falta de seriedad y de rigor, total. Le decía en el debate a Juan Lozano: la lógica de ustedes es la de las gallinas que ofrecen poner diez huevos, ponen dos y cacarean cincuenta.

La política de vivienda y el país todo son un desastre, y el desarrollo urbano es un desastre, repito, si uno es capaz de ver más allá de las cosas de relumbrón que nos están mostrando. Las ciudades colombianas siempre han tenido sitios donde las cosas son más o menos civilizadas, pero en eso no está habiendo un avance de fondo. No puede haberlo, porque en esta estructura no es posible.

Hago referencia por último a algo que ya dije en el debate de renovación urbana. Me decía el ministro, senador, es que con la renovación urbana resolvemos el problema social. No, tampoco es así. Ese fue un debate del siglo XIX. Si usted resuelve el problema económico y social, resuelve también el problema urbano, porque atender con seriedad el problema urbano es una tarea que exige grandes recursos, un problema supremamente difícil de resolver.

La vivienda es el bien de consumo más costoso que exige una sociedad. Entonces se necesita una sociedad pujante, rica, desarrollándose en serio, acumulando riqueza, para que pueda generar todo lo necesario, incluidos subsidios inmensos para poder hacer una ciudad más o menos civilizada. Entonces decir que un país que se está hundiendo, el país de la miseria, el de la pobreza, el del subdesarrollo, el del atraso, es el que cuenta con la potencialidad de tener ciudad, no es posible. Va a haber unas islitas, unas lombricitas en el mapa donde los que tenemos algunos centavos dentro del bolsillo medio vivimos. Otros pedazos se ven medio bonitos, pero pregúntense ustedes cómo viven adentro, cómo está viviendo la clase media entre esos apartamentos que son microalcancías donde está prohibido estornudar. Bueno, y hay cada vez viviendas más pequeñas. Esto es parte del truco.

Termino señalando que el país a mi juicio está muy mal y que hay que hacer un esfuerzo de fondo para cambiarlo. www.ecoportal.net

Ponencia del senador Jorge Enrique Robledo en el IV Seminario Internacional de Arquitectura “Ciudad y fronteras”, Universidad Santo Tomás, Bucaramanga, Colombia, 24 de septiembre de 2009.

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