Economía

Los siervos del TLCAN: De la esclavitud salarial a la esclavitud por deudas

Regidas esencialmente por las reglas que estableció en TLCAN y otros acuerdos comerciales, las vidas de las clases medias y trabajadoras de Estados Unidos y México se han visto moldeadas por los mismos inversores, prestamistas, logreros, acaparadores, mercachifles y jugadores políticos de ambos lados de la frontera

Por Kent Paterson

Regidas esencialmente por las reglas que estableció en TLCAN y otros acuerdos comerciales, las vidas de las clases medias y trabajadoras de Estados Unidos y México se han visto moldeadas por los mismos inversores, prestamistas, logreros, acaparadores, mercachifles y jugadores políticos de ambos lados de la frontera


Hoy de edad mediana y con una familia que sostener, el empleado gubernamental Gerardo González González ha seguido una estrategia económica personal que se ha vuelto familiar para incontables mexicanos. Recurriendo a las tarjetas de crédito para compensar los salaries estancados, González ha hecho malabares con múltiples cuentas, ha dejado pasar un par de pagos e incluso ha ido a caer en el Buró de Crédito. Pero el habitante de la ciudad de Aguascalientes insistió en que él no es ninguna persona frívola que use tarjetas de crédito para irse de farra por las noches o volar a un centro turístico playero a crédito a seis meses sin intereses. El dinero plástico se destina a gastos como cuentas de teléfono celular, equipo para sus cámaras, computadoras para sus hijos y urgencias médicas. "Nunca sabes cuándo las necesitarás (las tarjetas de crédito)" observa González.

Otrora un símbolo de estatus para las capas superiores de la clase media, en los últimos años las tarjetas de crédito se han vuelto extremadamente fáciles de conseguir en México. De acuerdo con la Comisión Nacional para la Defensa de los Usuarios de Servicios Financieros (Condusef), el número de tarjetas de crédito emitidas por bancos saltó de 6.1 millones a 26.1 millones de 2001 a 2008.

La mayor parte de estas deudas termina en los cofres de bancos de propiedad extranjera que, dice la Condusef, cargaron tasas de interés anual, en promedio, de entre 47% y 113% a principios de 2009. Los analistas estiman que corporaciones financieras con sede en Estados Unidos, España, Reino Unido, Holanda y otros países, controlan efectivamente del 80% al 90% del capital bancario mexicano.

En un artículo publicado en 2008 por el Programa de las Américas, el investigador y activista Peter Cervantes-Gautschi, codirector de la firma no lucrativa de Oregon Enlace, describió cómo el gobierno de Clinton y el Fondo Monetario Internacional sentaron las bases y el terreno para la adquisición por extranjeros de la banca mexicana como parte de la operación de rescate de la economía mexicana en 1994-95.

Actualmente, Banamex (perteneciente a Citigroup), Santander, HSBC y otras organizaciones con base en el extranjero son los Señores de las finanzas mexicanas. México, inclusive, les sirve de trampolín para la expansión de estas corporaciones financieras extranjeras a otros países latinoamericanos. En 2008, Banamex adquirió Grupo Cuscutlán, institución financiera que operaba en Guatemala, Honduras, El Salvador y Costa Rica.

Dos acontecimientos señeros acompañaron el boom de las tarjetas de crédito, transformando drásticamente el panorama económico en México en años recientes. Primero, los bancos se extendieron a prácticamente todos los rincones de la nación. Según la Asociación Mexicana de la Banca, había unos 10,800 bancos en el país a fines de 2008. Con más de 31,800 cajeros automáticos y 427,000 terminales de venta (sucursales), los bancos están llenando virtualmente cada resquicio de la vida económica de México. Ya se adelantan planes para establecer banca por internet en cada OXXO y Seven-Eleven, cadenas de "tiendas de conveniencia" que suplantan velozmente el folclórico changarro, la tienda familiar de abarrotes, alguna vez ensalzado por el ex presidente Fox como la respuesta empresarial al desempleo.

En segundo lugar, la mayor disponibilidad de tarjetas de crédito encajaba en un modelo de venta al menudeo favorecido por el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Bien versadas en transacciones con dinero plástico, las cadenas de supermercados de enormes dimensiones brotaron casi en todos lados sobre suelo mexicano. Para 2005, Wal-Mart controlaba el 44.8 por ciento del mercado de tiendas departamentales y era el mayor patrón privado de la nación. Tal vez sin asombro para nadie, el gigante con sede en Tejas se insertó acto seguido en el mercado de servicios financieros mexicanos con su Banco Wal-Mart Adelante.

A primera vista, parecía que la proliferación de bancos y tarjetas de crédito volvería obsoleto el tipo de crédito tan conocido a los mexicanos en problemas económicos: el agiotista, o tiburón prestamista de barrio. Empero el creciente endeudamiento de los usuarios mexicanos de tarjetas de crédito abrió de hecho una nueva oportunidad al prestamista usurero de manejos dudosos. Para saldar sus tarjetas de crédito de intereses altos, algunos deudores buscan de nuevo a los agiotistas.

"Ahora hasta hay gente que recurre a ellos (los usureros) porque tienen un problema enorme con los bancos", dijo Gerardo González.

El auge de las tarjetas de crédito en México se complementó con una explosión en la disponibilidad de otras formas de crédito, sea con el automóvil en garantía, casas de empeño, préstamos de pago recurrente (de "día de pago"). Incluso créditos a estudiantes de escuelas privadas pasaron a formar parte de la costosa mezcla monetaria.

En 1996, dentro de su impulso para liberalizar los bienes y servicios de todas clases, el gobierno mexicano abrió el mercado de las casas de empeño o montepíos. Para 2006, se habían constituido y funcionaban alrededor de 4,500 sucursales de montepíos privados, que incluyen negocios afiliados a First Cash Financial Services y EZCorp, corporaciones estadounidenses. Citando reportajes, el Senador por Texas Eliot Shapleigh, prominente crítico de las prácticas depredadoras crediticias, señaló en una declaración que EZCorp –que hoy es trasnacional- se embolsó un ingreso neto de $52 millones de dólares a partir de $457 millones de dólares de ganancias obtenidas durante 2008.

Con música ensordecedora en las calles, "especiales" del Día del Amor y la Amistad, y en ocasiones, bailarines disfrazados que las promueven danzando a sus puertas, las casas de empeño son hoy un agregado llamativo y de dudoso gusto en el escenario de negocios mexicano. Una empresa llegó incluso a crear un personaje de historieta, "Super Billete", para rescatar a los consumidores "en esta época de crisis". Más de dos millones de mexicanos están oficialmente desempleados, y los que están ávidos de efectivo pueden ir a caer en la sucursal local de Prendamex o Prendalana para empeñar la alianza de matrimonio de la abuelita a una tasa de interés de 130% hasta 156%.

Con personal y recursos limitados, el gobierno mexicano encuentra difícil regular la plétora de nuevos montepíos y microfinancieras.

En una entrevista a principios de este año, Enrique José Castro Soto, director de la oficina estatal de Guerrero de la Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco), estimó que sólo en la ciudad de Acapulco, existían 150 casas de empeño. Castro informó que inspectores de la Profeco habían visitado 60 de estos negocios para asegurar que cumplieran con la normatividad, por ejemplo, tener registrados y al corriente todos los cargos de los consumidores, pólizas de seguro y los contratos requeridos por la ley. El personal de la Profeco descubrió irregularidades en 32 de los 60 establecimientos inspeccionados, reconoció Castro. Los montepíos de Acapulco cargaban tasas de interés anual de entre 60% y 300%, de acuerdo con el funcionario federal.

"Algunos se conducen en forma responsable, otros no tanto", comentó Castro.

A diferencia de las casas de empeño, las microfinancieras, o "prestamistas de día de pago" existen en una especie de agujero negro entre los montepíos que regula la Profeco y los bancos que regula la Condusef, y no están sujetos a supervisión gubernamental. Hay quienes se preguntan sobre el origen del capital de inversion necesario para abrir todos estos nuevos negocios.

Parte de la primera generación de mexicanos que creció en la economía de las tarjetas de crédito, la residente en Aguascalientes y recién licenciada universitaria Angélica Barba recibió su primera tarjeta de crédito gracias al patrocinio de la institución de enseñanza superior a la que asistía. Dueña de un amplio conocimiento sobre las ventajas y desventajas de las tarjetas de crédito, hasta ella se asombraba del auge de las casas de empeño.

"He visto un número increíble de ellas en los últimos dos meses. Vivo en un fraccionamiento de clase media y la cantidad de casas de empeño es impresionante", comentó Angélica. Una amiga mía trabaja en una de ellas y la cantidad de dinero que ganan con los intereses de la gente que no quiere perder sus pertenencias es impresionante."


Modelo Made in USA

La moderna economía basada en el crédito que se forma en México se perfeccionó en Estados Unidos hace mucho tiempo. Al ir declinando los sindicatos, subir la inflación y empeorar los salarios, los trabajadores de Estados Unidos compensaron la pérdida de ingreso salarial recurriendo a diversos instrumentos de crédito que les ofrecía el floreciente sector financiero. Los préstamos sobre inmuebles, adelantos en efectivo, de "día de pago", tarjetas de crédito, préstamos sobre el automóvil y para estudios, y más tarde las hipotecas subprime, todos ellos se convirtieron en los parámetros que definían un estilo de vida estadounidense individual. En contraste con los incrementos de salarios y prestaciones negociados colectivamente, los niveles de vida de los trabajadores eran determinados cada vez más por negociaciones individuales con una hueste de prestamistas. Y el costo de la nueva relación económica no era bajo.

Un momento decisivo y crucial ocurrió en 1978, cuando la resolución de la Suprema Corte de E.U. Marquette National Bank vs. First of Omaha Service Corp quitó a cada estado la facultad de limitar las tasas de interés de tarjetas de crédito emitidas por bancos de otros estados. A ello siguió la desregulación de las instituciones financieras por los sucesivos gobiernos demócratas y republicanos.

A nivel estatal, el ramo crediticio depredador floreció gracias a estructuras normativas débiles y políticos amigables en busca de efectivo. En algunos casos, las tasas de interés en préstamos de pago recurrente ("día de pago") alcanzaron el nivel inaudito de 1,100%.

"La ley contra la usura existía desde los tiempos del Imperio Babilónico, y ahora la hemos desmantelado", escribió hace poco en Harper’s Magazine el autor Thomas Geoghegan.

Como con otros indicadores sociales en Estados Unidos, las deudas en tarjetas de crédito y las de otros tipos no son ciegas al color del usuario. Como informa el Consejo Nacional de la Raza, a 13% de usuarios latinos se les aplican tasas de interés mayores al 20%, contra sólo un 7% de usuarios anglosajones sujetos a la misma elevada tasa.

En todo Estados Unidos, proveedores de crédito de pago recurrente (de día de pago) se establecen alrededor de bases militares, barrios de bajos ingresos y comunidades de inmigrantes y personas de color. Un estudio realizado en 2003 por el Centro del Sudoeste para la Integridad Económica (Southwest Center for Economic Integrity) encontró que el 37% de los establecimientos de crédito "de día de pago" en el condado de Pima en Arizona se ubica a unos 400 metros de las comunidades latinas.

De acuerdo con el Dr. Richard Wolff, profesor de economía en la Universidad de Massachusetts-Amherst, la clase capitalista casi alcanzó su nirvana en la economía política que predóminó en la década de los setentas. Los salarios cayeron o se estancaron, las horas de trabajo aumentaron y la productividad subió. Los capitalistas que enfrentaban una posible crisis de poder adquisitivo en la clase consumidora hallaron el remedio perfecto: "Está en su cartera. Se llama tarjeta de crédito", dijo Wolff hace poco en el programa Alternative Radio (Radio Alternativa) con base en Boulder.

De acuerdo con recientes reportajes en la prensa de E.U., el año pasado circularon 700 millones de tarjetas de crédito. La deuda en tarjetas de crédito saltó 25% durante la última década, acumulando casi la mitad de una carga de deudas personales de 2.5 billones de dólares en 2008. La cifra excluye hipotecas sobre viviendas. La morosidad en pagos a cuentas de tarjetas de crédito en Estados Unidos llegó a cinco por ciento a fines del año pasado, con tasas de incumplimiento todavía en ascenso durante los primeros meses de 2009.

Wolff se cuenta entre los analistas que creen que la clase trabajadora está económicamente en los huesos. " Es una población que ha alcanzado sus límites; no puede asumir más deuda ni tampoco trabajar más", opinó Wolff.

Los consumidores de E.U. que antes recibían por correo montañas de ofertas de tarjetas de crédito ahora más bien reciben "llamadas robot" de "Jessica", "Ambar" o "John Stevens" que prometen tasas de interés menores en tarjetas de crédito o supuestos créditos libres de intereses.

En México la morosidad superó el 10% durante el primer trimester de este año, con algunos informes de que la tasa real era del doble de las cifras oficiales. La crisis literalmente rebasó las fronteras. Los mexicanos de clase media con tarjetas de crédito acostumbrados a hacer sus compras en las ciudades fronterizas de E.U. se encontraron en un brete en otoño pasado luego de que el peso comenzó a devaluarse gradualmente en 40%-50% al mismo tiempo que las tasas de interés de las tarjetas de crédito se dispararon. Los centros comerciales de El Paso, Texas, dependientes de la clientela mexicana, resintieron el pellizco. "No obtenemos tanto negocio como de costumbre", se lamentó Ana González, gerente de la tienda Shine de prendas para dama en el Sunland Park Mall de El Paso.

Regidas esencialmente por las reglas que estableció en TLCAN y otros acuerdos comerciales, las vidas de las clases medias y trabajadoras de Estados Unidos y México se han visto moldeadas por los mismos inversores, prestamistas, logreros, acaparadores, mercachifles y jugadores políticos de ambos lados de la frontera.

¿Se está frenando a los Señores del crédito?

Tanto en México como en E.U., iniciativas ciudadanas y gubernamentales han buscado frenar los peores abusos del sistema crediticio. Cuando los intereses de las tarjetas de crédito empezaron a trepar el año pasado, grupos de ambos países comenzaron a protestar contra las políticas crediticias bancarias. México atravesó un conflicto similar durante la crisis económica de 1994-95, cuando las tasas de interés se dispararon de manera exorbitante, provocando la movilización de El Barzón, que representó y, muchas veces con éxito, defendió a los deudores.

Pero las últimas protestas en México han sido más fragmentarias, desde blogs que condenan la usura ruidosamente hasta manifestaciones frente a bancos organizadas por maestros, por seguidores del dirigente de oposición Andrés Manuel López Obrador, y otros. Llamados dispersos a una huelga de pagos a tarjetas de crédito o un boicot a las tarjetas de crédito Banamex atrajeron escasa respuesta del público. Los bancos compraron tiempo con algunos deudores, accediendo a reestructurar adeudos privados con la bendición de la Condusef.

El año pasado, algunos congresistas mexicanos comenzaron a proclamar la necesidad de topar las tasas de interés; el resultado final fue que este año se aprobó una ley bastante débil que otorgó al central Banco de México mayor libertad para hacer públicas las tasas de interés como estrategia para fomentar la competencia; asimismo, a los bancos que se desviaran de las prácticas de veracidad en sus créditos podría imponérseles multas relativamente leves en el futuro.

En Estados Unidos se siguió una trayectoria similar, cuando la ira popular fue atizada por el rescate del Congreso y la Reserva Federal estadounidenses de las instituciones financieras en trance de derrumbe.

De la coalición pacifista ANSWER a "A New Way Forward" (o "Nuevo Avance"), diferentes grupos se manifestaron exigiendo diversas medidas como imponer un límite a las tasas de interés, o nacionalizar y escindir los bancos. La organización de Oregon Enlace, que colabora con trabajadores inmigrantes, propuso gravar el dinero federal destinado al rescate, para ayudar a pagar los servicios médicos de emergencia amenazados por reducciones en recursos. Entre tanto, un nuevo movimiento contra la usura y la consolidación y venta de deuda surgió en las iglesias, basado también parcialmente en comunidades inmigrantes y afiliado a la Fundación de Áreas Industriales (Industrial Areas Foundation) inspirada por Saul Alinsky.

Más de unas cuantas voces respetadas respaldaron el espíritu del naciente movimiento.

"Necesitamos escindir los bancos (que son) demasiado grandes para quebrar," escribió el Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz. "No hay evidencia de que estos monstruos produzcan beneficios sociales proporcionales a los costos que han impuesto."

En el Capitolio, el senador independiente Bernie Sanders propuso legislación que habría topado a 15% el interés en tarjetas de crédito en la mayoría de los casos. La propuesta de Sanders fue derrotada el pasado abril con una votación de 33 a 60 en un Senado dominado por los demócratas. Veintidós demócratas se unieron a los Republicanos para acabar con la medida.

"Creemos que si estamos dando préstamos y fondos a bajo o ningún interés a todos esos bancos, no debería permitírseles voltearse y cargar tasas de interés exorbitantes, afirmó tras la votación el asistente de Sanders, Will Wilquist.

En lugar de topar las tasas de interés, el Congreso de E.U. y el Presidente Barack Obama firmó una nueva ley conocida como Carta de Derechos de los Tenedores de Tarjetas de Crédito (Credit Cardholders Bill of Rights). En general, los medios de comunicación y comentaristas liberales vieron la aprobación de la ley como un triunfo de los derechos de los consumidores.. Un reportaje de la Associated Press se aventuró incluso a decir que la ley "revolucionará" la industria de las tarjetas de crédito.

Un más atento examen de la ley revela que, aunque pondrá fin a algunos de los abusos más atroces, como subir las tasas de interés a un cliente que se ha retrasado en pagar una cuenta totalmente diferente, y prohibir alzas retroactivas de tasas de interés sobre saldos existentes, esta legislación no hace realmente nada por evitar que los bancos impongan tasas estratosféricas por compras con tarjetas de crédito. Parecida a reglas cuya aplicación ya estaba pendiente de todos modos en la Reserva Federal de E.U., la Carta de Derechos de los Tenedores de Tarjetas de Crédito se aplicará desde el año 2010, dando así a los bancos tiempo más que suficiente para estafar a los clientes si así quieren.

En México al igual que en Estados Unidos, la industria financiera alegó que poner un tope a las tasas de interés afectaría la capacidad de los bancos de extender crédito al mayor número de personas posible, sobre todo a gente de bajos ingresos que eran las más urgentemente necesitadas de ingreso adicional. Los políticos a ambos lados de la frontera no sólo compraron este argumento, sino otros muchos presentados por los bancos.

En Estados Unidos, cualquier desafío al poderío bancario se estrella de inmediato con la puerta revolvente entre los ex empleados del congreso y los "reguladores" federales que actúan como cabilderos de la industria de servicios financieros, así como con las montañas de efectivo para las campañas que los bancos y empresas aseguradoras derraman sobre senadores y representantes.

Tal vez la cita que más escuetamente captura la realidad política de los tiempos fue la del senador por Illinois Dick Durbin, quien dijo recientemente que los bancos "poseen" el Capitolio. A nivel estatal la situación no es muy distinta.

Crítico del reciente nombramiento por el gobernador del ex vicepresidente de Cash America William White a presidente del Comité Financiero de Texas, el Senador de ese estado Eliot Shapleigh no se anduvo por las ramas. "En Texas, el zorro no está en el gallinero. El zorro es dueño del gallinero", declaró Shapleigh.

No obstante el escarnio público por sus altas tasas de interés y la humillación generalizada por el desastre de las hipotecas subprime, los bancos han detenido retos potencialmente graves a su poder. Pero para millones de personas a un lado y otro de la frontera, la crisis de tarjetas de crédito, y la más amplia de adeudos, ésas no desaparecerán.

Como los movimientos históricos para erradicar el trabajo infantil y para ganar la jornada laboral de ocho horas, el de liberación de la servidumbre por deudas está surgiendo como pleno de los problemas sociales más candentes del siglo veintiuno. Y en una época en la que los servicios financieros están globalizados, cualquier movilización para derrocar a los Señores del Crédito ha de trascender fronteras si quiere salir triunfante. www.ecoportal.net

Kent Paterson es un periodista independiente que cubre la parte sudoccidental de Estados Unidos, además de México y Latinoamérica, y es analista para el Programa de las Américas. Publicado en www.ircamericas.org – 30 de junio de 2009
Traducción por: María Soledad Cervantes Ramírez

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