Habitat Urbano

Agricultura urbana en Rosario

En Argentina, las huertas urbanas comenzaron a aparecer hacia la década de 1980, de la mano de la revolución verde y en contraposición al comienzo de la agresiva producción con agroquímicos. Numerosas personas empezaron a sembrar el fondo de su casa, en espacios comunitarios o en terrenos abandonados, con la simple idea de vincularse a la tierra y autogestionar su sustento, y con la convicción de generar alimentos sanos, frescos y naturales, libres de venenos.

En Argentina, las huertas urbanas comenzaron a aparecer hacia la década de 1980, de la mano de la revolución verde y en contraposición al comienzo de la agresiva producción con agroquímicos. Numerosas personas empezaron a sembrar el fondo de su casa, en espacios comunitarios o en terrenos abandonados, con la simple idea de vincularse a la tierra y autogestionar su sustento, y con la convicción de generar alimentos sanos, frescos y naturales, libres de venenos.


Rosario es una de las ciudades argentinas con mayor presencia de huertas urbanas y lleva la vanguardia en su difusión y desarrollo. La gran metrópoli santafesina cuenta actualmente con 800 huertas urbanas comunitarias. Y Más de 10.000 personas están involucradas en los diversos procesos que cubre la actividad, los cuales incluyen desde la siembra hasta la venta de los productos en ferias que se organizan en seis puntos de la ciudad con el apoyo de la Municipalidad. Las huertas representan una fuente de empleo y constituyen un camino para paliar las necesidades económicas. A su vez, los consumidores destacan la calidad de los productos por su mayor sabor, conservación y presentación.

No es un fenómeno nuevo. Se trata de un largo proceso de transformación y adaptación a los nuevos contextos del país.

En Argentina, las huertas urbanas comenzaron a aparecer hacia la década de 1980, de la mano de la revolución verde y en contraposición al comienzo de la agresiva producción con agroquímicos. Numerosas personas empezaron a sembrar el fondo de su casa, en espacios comunitarios o en terrenos abandonados, con la simple idea de vincularse a la tierra y autogestionar su sustento, y con la convicción de generar alimentos sanos, frescos y naturales, libres de venenos.

Rosario es el polo productivo más importante de la provincia, y en esa condición fue severamente golpeado por la recesión económica de los ’90. El quiebre de numerosas empresas y el cierre de otras tantas fábricas provocaron la desaparición de miles de puestos de trabajo e incrementaron la cantidad de familias con las necesidades básicas instatisfechas. Ante esta situación, el INTA puso en marcha el programa nacional Pro-Huerta, destinado a paliar la situación de los sectores más vulnerables de la población, mediante la distribución de insumos y recursos necesarios para facilitar el comienzo del emprendimiento. Así fueron surgiendo huertas comunitarias en diversos espacios, generalmente tierras no construibles.

En los años sucesivos, la situación del país se fue agudizando y Rosario reveló una drástica tendencia de pauperización y emergencia social. Luego del tensionante 2001 y el consecuente estallido social, la situación se hizo insostenible. Fue entonces, en febrero de 2002, cuando la presión popular obligó a implementar nuevos planes de integración y la Secretaría de Promoción Social de la Municipalidad debió instrumentar, en convenio con el Centro de Estudios de Producciones Agroecológicas (CEPAR) y el Programa Pro-Huerta del INTA, el Programa de Agricultura Urbana, con el propósito de implementar y promover formas participativas e incluyentes de producción y comercialización de alimentos sanos. Este plan dio un considerable impulso a una actividad que ya se encontraba en creciente aumento. La Municipalidad comenzó a repartir materiales para que las personas pudiesen iniciar emprendimientos de huertas urbanas, y además ofrecía cursos de capacitación sobre agricultura orgánica, cuyos cursantes transmitían los conocimientos entre los vecinos.


Durante la profunda crisis económica de 2002, numerosas familias vieron en la huerta un recurso que les permitiría autosustentarse y paliar la situación. Ese año la ciudad de Rosario alcanzó el número de 450 huertas comunitarias, las cuales incluían a 6000 familias. Pero la actividad siguió creciendo. Con la devaluación y el retorno de la competitividad de los precios nacionales en el mercado mundial, el campo se reactivó y muchos empresarios que antes utilizaban los olvidados latifundios para especulaciones financieras, se volcaron a la producción agrícola y avanzaron coercitivamente sobre los trabajadores rurales. Los campesinos se vieron acosados por diversos frentes: mafias privadas y públicas presionaron para que se vayan, y las familias que no pudieron resistir el desalojo en el campo, al llegar a la ciudad intentaron conservar la única forma que conocían de proveerse el alimento. Armaron la huerta y desarrollaron su propio emprendimiento de agricultura urbana.
En la actualidad, las huertas urbanas de Rosario continúan su expansión y constituyen un recurso fundamental para miles de personas que las sostienen con gran esfuerzo. La mayor proporción de beneficiarios son desocupados, el 15% son mujeres a cargo del hogar, mientras que el 12 % son jubilados. El 68% de las huertas son urbanas o suburbanas, y sólo el 32 % son rurales.

En sólo cinco años, el programa pasó de ser un proyecto piloto a convertirse en una actividad destacada capaz de demostrar que si hay voluntad política los gobiernos municipales pueden integrar la agricultura urbana al planeamiento urbano.

Los talleres de difusión y capacitación continúan asesorando a quien desee comenzar un emprendimiento propio. Y en ocasiones se expropian terrenos que no pagan impuestos para desarrollar en el lugar proyectos de agricultura urbana.

Una hectárea utilizable es capaz de sustentar a tres familias, y puede generar incluso un excedente comercializable. Además, los agricultores urbanos reciben del INTA frutales, gallinas y otros animales de granja para complementar y diversificar la producción. Los huerteros también cultivan flores y plantas medicinales que pueden redituar cierta ganancia. Algunos también elaboran cosméticos con aloe, bardana y ortiga, ingredientes naturales que cultivan en sus huertas.

El área crece y logra convocar a cada vez más gente, mediante planes de inclusión social y la promoción de la tenencia segura de terrenos fiscales vacantes para su uso productivo. Además se está poniendo en marcha uno de los proyectos soñados: el primer parque huerta "Molino Blanco", ubicado en un barrio sureño. Éste es uno de los seis parques huerta previstos por el Programa de Agricultura Urbana, que consta de una atractiva propuesta consistente en integrar la huerta a reservas, parques y barrios de la ciudad. En este caso, Molino Blanco dispone de 3 hectáreas y ha renovado la urbanidad del barrio en un plan de mejoramiento que incluye la remodelación de espacios verdes, construcción de viviendas y el reacondicionamiento colectivo de espacios productivos. Allí, 45 familias trabajan la tierra, junto a otras organizaciones sociales.

Debido a la demanda de sus productos, los horticultores urbanos han aumentado la producción y el Programa de Agricultura Urbana amplió su alcance.

La ONU (Organización de Naciones Unidas) ha reconocido esta política urbano-ambiental entre las "diez mejores prácticas del mundo para mejorar las condiciones de vida". www.ecoportal.net

Enviado por
Ana Sofía Quintana
www.latitudbarrilete.blogspot.com

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