Minería

Expulsan a minera de las montañas ecuatorianas

En Intag, al expulsar a los mercenarios de la transnacional Ascendant Copper, sus habitantes defendieron también sus economías regionales, la exportación de café orgánico que colocan en los mercados de oriente con notable valor agregado, y muchos otros cultivos de los que se valen para su diaria subsistencia.

Por Javier Rodríguez Pardo

En Intag, al expulsar a los mercenarios de la transnacional Ascendant Copper, sus habitantes defendieron también sus economías regionales, la exportación de café orgánico que colocan en los mercados de oriente con notable valor agregado, y muchos otros cultivos de los que se valen para su diaria subsistencia.


Ecuador es un espeso manto verde sobre una imponente cuenca de agua y su biodiversidad un gran enigma. Es difícil imaginar a medio centenar de transnacionales mineras derribando sierras, selva y cordillera, canjeando agua inmaculada por soluciones cianuradas o sulfúricas, devastando milenios en cuestión de minutos y, al mismo tiempo, justificar progreso y desarrollo. No se conciben ecuatorianos que permitan que volúmenes de metales pesados asciendan en partículas diminutas que luego habrán de precipitarse sobre fauna, flora y etnias, en voladuras diarias que sólo buscan oro, petróleo y cualquier otro mineral crítico y estratégico removido por explosiones y orugas metálicas destructivas. Sobre los acuíferos impactará el arsénico pero también los reactivos químicos con los que riegan los minerales. Arrasar es el verbo minero y despojar es el infinitivo que aprendieron los nuevos cruzados del norte que arribaron con arcas renovadas de dádivas multicolores para robar los últimos bienes comunes que quedan en el planeta: los metales de baja ley.

Se ha calculado con criterio conservacionista que cada árbol que ronda los cincuenta años de edad produce más de treinta mil dólares en oxígeno, treinta y siete mil por reciclado de agua y ciento veinticinco mil dólares por control de erosión, fertilización, purificación de aire y refugio de fauna. Al mismo tiempo, nos molesta pensar que se pueda contabilizar en cifras económicas que los casi doscientos mil dólares, valor de cada árbol conforme a las cifras expuestas, no incluyan el costo de la madera, ni la belleza, ni el impacto global eco sistémico, puesto que cada árbol significa menos del uno por ciento de la diversidad biológica de la selva nativa, ignorándose aún millones de especies que conviven en ella. Mientras tanto, las explosiones mineras sacuden a Latinoamérica con voracidad de rapiña: así ocurre también en Perú, Bolivia, Chile, Brasil, Argentina y en los pueblos del sur que contienen el 75% de la diversidad biológica del planeta. En Perú se cultivan ciento ochenta y dos especies de “plantas nativas domésticas, con centenares y hasta miles de variedades, de las que ciento setenta y cuatro son de origen andino, amazónico y costero” y podríamos decir lo mismo de cualquier otro país sudamericano, como Ecuador.

En Intag, al expulsar a los mercenarios de la transnacional Ascendant Copper, sus habitantes defendieron también sus economías regionales, la exportación de café orgánico que colocan en los mercados de oriente con notable valor agregado, y muchos otros cultivos de los que se valen para su diaria subsistencia, además del turismo comunitario de Junín, las artesanías de cabuya, el jabón con extractos de hierbas naturales y la eco tienda solidaria Toisán que promueve la economía del trueque. Intag es un valle que ya se transformó en leyenda por su heroica lucha contra la devastación minera. Está ubicado en la cordillera de Toisán, al oeste del cantón Cotacachi, cuna de la mayor biodiversidad y fuentes de agua en la provincia de Imbabura, pero también contiene yacimientos diseminados de oro, plata, cobre, molibdeno que despertaron la maldición minera.

Un buen día, desechos y aguas servidas comenzaron a bajar hacia las poblaciones que inmediatamente se sublevaron a pesar de la oposición de las autoridades que negaban el daño, y el 15 de mayo de 1997, doscientas personas de siete comunidades de Íntag destruyeron el campamento de la minera que no tuvo más remedio que abandonar la zona. Fue el comienzo, porque muy pronto habría de ingresar en escena la empresa canadiense Ascendant Copper Corporation S.A. que a su vez pertenece a Ascendant Holdings con sede en las islas Turks y Caicos del Caribe, paraísos fiscales de la mafia transnacional extractiva.


Esta empresa adquirió las viejas concesiones mineras de Bishimetals en abril de 2004, sin importarle que Cotacachi, donde se halla Íntag, fuera declarado cantón ecológico en septiembre de 1997. Ascendant recoge la experiencia anterior y envía a la zona a mercenarios, suerte combinada de trabajadores mineros y paramilitares, que perpetraron agresiones y maltratos físicos a los pobladores, amenazas de muerte e intimidaciones con armas de fuego, persecuciones, calumnias, acciones judiciales a dirigentes mediante testimonios falsos, invasión de fincas, tráfico de tierras y múltiples violaciones a los derechos humanos. Hubo decenas de enfrentamientos pero el pueblo ecuatoriano de Íntag no bajó jamás los brazos e impidió con decisión el ingreso de la empresa al área de explotación, que se vio obligada a comprar las tierras a precios hasta veinte veces más altos, provocando divisiones en la población y en la economía regional. La mayor parte de las hectáreas adquiridas fue ilegal, ejerciendo presiones y coerción. El pueblo respondió incendiando el campamento de Ascendant y los enfrentamientos recrudecieron con intervención de funcionarios de gobierno, acciones legales de uno y otro lado. Por entonces, el pueblo de Intag contó con el alcalde de Cotacachi y los presidentes de las juntas parroquiales que manifestaron ante el Ministerio de Energía y Minas de Ecuador al frente de unos ochocientos pobladores, donde comuneros y comuneras terminaron triunfando pero, tal como ocurre en el resto de Latinoamérica, apenas es un capítulo de batallas semejantes. Por eso ante la aparición de otras empresas mineras, las comunidades de Íntag crearon una radio y un periódico comunitarios que mantienen informadas a las diversas parroquias de la zona, difundiendo los impactos sociales y ambientales de esta minería. Los pobladores también crearon a DECOIN, Defensa para la Conservación de Íntag, una organización ambientalista de base que trabaja para proteger el ambiente y los bienes comunes de la región y que promueve –dice en sus estatutos- el desarrollo sostenible. Fue a través de ésta y otras organizaciones de los derechos humanos, tanto locales como canadienses, que pudieron denunciar a Ascendant Copper ante el sector de inversiones en la bolsa de Toronto Stock Exchange de Canadá, provocando fuerte depreciación en su capital.

Pero claro, inmediatamente apareció otro gigante transnacional minero en su ayuda, Río Tinto Zinc., de quien el pueblo de Íntag aguarda nuevas embestidas. Esta política minera, el impacto social que produce y la legislación que la ampara, se denunciará en la Asamblea Constituyente de Montecristi, en un documento elaborado en Ibarra -del que fuimos testigos a mediados de noviembre pasado- con el objeto de restituirle al pueblo ecuatoriano todos sus derechos y la capacidad de elegir libremente el futuro que quiere. Relaciono la fuerza del pueblo ecuatoriano con algunas de nuestras asambleas: no creo que esta minería logre penetrar en el pueblo que "descubrió" la Amazonía. www.ecoportal.net


* Javier Rodríguez Pardo
Desde Ibarra, norte de Ecuador, noviembre de 2007.
Movimiento Antinuclear de Chubut (MACH)
Sistemas Ecológicos Patagónicos (SEPA)
Red Nacional de Acción Ecologista (RENACE)
Unión de Asambleas Ciudadanas (UAC)

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