Política

Colombia, ese triste virreinato

Nos hemos convertido en un país castrado, en un protectorado melancólico, donde los embajadores unas veces castigan y regañan en público al gobernante de turno, y otras le dan palmaditas en la espalda al que se portó bien.

Por Daniel Samper Pizano

Nos hemos convertido en un país castrado, en un protectorado melancólico, donde los embajadores unas veces castigan y regañan en público al gobernante de turno, y otras le dan palmaditas en la espalda al que se portó bien.

La embajadora de E.U. acaba de presentar su plan de gobierno sin que nadie se mosquee. En ceremonia anual llamada "Colombia a los ojos de Wall Street", la embajadora de Estados Unidos, Anne Patterson, presentó el pasado 25 de julio en Bogotá su programa de gobierno para nuestro país. Entre las conminaciones que formuló la representante diplomática figuran las siguientes: 

* Colombia debe convocar a sus reservas y a los militares en retiro.

* Hay que fijar nuevos requisitos para el servicio militar. (Presumo que empezar el reclutamiento en edad más temprana y prolongar el tiempo de cuartel.)

* Colombia tiene que aumentar el porcentaje del PIB dedicado a seguridad y defensa, pues Estados Unidos lo considera muy bajo. 

* Hay que emprender urgentes reformas en leyes penales y estructura judicial. 

* La embajadora reconoció que se necesita inversión en salud, educación y vivienda social, y anunció nuevos impuestos para alimentar esos fondos. Pero advirtió que, pese a todo, "la principal prioridad es restaurar la seguridad". 

* Prometió avances en la lucha contra cultivos ilícitos: "Este año vamos (sic) a erradicar más hectáreas de las que se van a sembrar". 

* Reveló una decisión que no sé si el llamado a aplicarla, que es el gobierno colombiano, ya conoce: "Vamos (sic) a reiniciar el programa de interceptación aérea en los próximos meses". 

Tras algunas consideraciones optimistas sobre el futuro nacional, la embajadora otorgó medalla de oro en docilidad al presidente Pastrana, y lo puso de ejemplo ante el nuevo gobierno: "Ha dejado -dijo- un pujante legado para la próxima administración". 

Desde hace muchos años, Washington intenta torcerles el brazo a los países de este Continente (y a todos los que se dejen). Pero, terminada la época de las invasiones, un mínimo de elegancia lo impelía a hacerlo en privado. Se acabó. Ahora esto hace de manera abierta y en medio de aplausos.

Dice mucho de la decadencia de este pobre país que el representante de Estados Unidos le dicte públicamente la tabla de lo que debe y no debe hacer, y no haya voces que se indignen o, por lo menos, que se sorprendan. Quiero pensar que hace un par de décadas las cosas habrían sido distintas: algún estudiante habría pintado grafitis altivos en las paredes; algún comentarista habría protestado; algún directorio político habría dicho "sí pero no" o "no pero sí"; algún filósofo político habría insinuado que ni siquiera lo bueno, cuando es impuesto por la fuerza, se vuelve recomendable. 

Ya no. Nos hemos convertido en un país castrado, en un protectorado melancólico, donde los embajadores unas veces castigan y regañan en público al gobernante de turno, y otras le dan palmaditas en la espalda al que se portó bien, advierten al que llega que sería un error apartarse de su "legado" y presentan sus programas de gobierno. Ya veremos cómo seguramente subirán los impuestos, se ampliará el reclutamiento, aumentará el gasto militar, caerán otra vez narcoavionetas y serán reformados el Código Penal y la justicia. 

Lo más grave es que tamaña dejación de soberanía no garantiza, por supuesto, que acabará el conflicto que nos desangra. Hace unos años, Estados Unidos decidió que la lucha contra el narcotráfico iba a hacerse tal como Washington dijera, y hoy vemos que hay más consumo y producción de droga que antes. Después, Estados Unidos indicó a los países del planeta, y sobre todo del Tercer Mundo, cuál era el camino obligatorio para la economía global, y el resultado es que aumentó la diferencia entre ricos y pobres y naciones de mediana prosperidad, como Argentina y Venezuela, están en ruinas. ¿Quién nos dice que el camino que nos fijan ahora, el del aumento del gasto bélico y el aplazamiento de la inversión social, no acabará por conducirnos a un fracaso parecido? 

Lo curioso es que el que dicta las pautas es un gobierno imperial profundamente cuestionado por su hipocresía y por la corrupción del sistema que pretende vendernos. Estados Unidos es un gran país al que la humanidad debe grandes cosas, pero su gobierno constituye vergüenza universal. Es un declarado enemigo del tribunal que juzgará a los autores de crímenes atroces, y que -en bochornoso momento- logró del Consejo de Seguridad de la ONU una licencia temporal de inmunidad. Es un gobierno mezquino y arbitrario que retiene sus aportes a los planes de apoyo familiar de las Naciones Unidas so pretexto de que ayudan al aborto, acusación que ha sido plenamente desvirtuada. Es un gobierno que se niega a firmar tratados para proteger la naturaleza y que ha dado muerte por error a más de 400 civiles afganos sin que nadie se escandalice. 

Es, finalmente, un gobierno dirigido por dos hombres de negocios -George W. Bush y Dick Cheney- que, cuando eran socios de poderosas firmas, incurrieron en prácticas de corrupción administrativa similares a las que hoy censuran. 

¿No es propicia la época para decir, más bien, cómo vemos desde Colombia la podredumbre de Wall Street?

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