Política

Parques Nacionales, Áreas Protegidas y Políticas Territoriales: Un paso adelante, dos para atrás

Hablar de naturaleza, por más jerga científica que se use, no tiene nada de neutral o de inocente. Y menos aún en la etapa en la que grandes capitales buscan desesperadamente sostenerse competitivos controlando trabajo, territorios o bienes naturales utilizando guerras, corrupción, deudas financieras e incluso hambre como métodos de extorsión en todo el mundo.

Por Andrés Dimitriu

Hablar de naturaleza, por más jerga científica que se use, no tiene nada de neutral o de inocente. Y menos aún en la etapa en la que grandes capitales buscan desesperadamente sostenerse competitivos controlando trabajo, territorios o bienes naturales utilizando guerras, corrupción, deudas financieras e incluso hambre como métodos de extorsión en todo el mundo.

"Cualquier pronóstico a largo plazo sobre el desarrollo de la humanidad se funda en una visión del mundo basada en un sistema de valores y en una ideología concreta. Suponer que la estructura del mundo actual y el sistema de valores que la sustenta pueden ser proyectados sin cambios hacia el futuro, no es una visión "objetiva" de la realidad, como a veces se sostiene, sino que implica también una toma de posición ideológica."

Amílcar Herrera et al. "¿ Catástrofe o Nueva Sociedad? Modelo Mundial Latinoamericano", IDRC, Ottawa, 1976, disponible en línea en: http://www.idrc.ca/es/ev-84542-201-1-DO_TOPIC.html


El II Congreso Latinoamericano de Parques Nacionales y otras Áreas Protegidas que se desarrolla en Bariloche está cruzado, por lo menos, por cuatro líneas ideológicas que conviene distinguir: 1) el proteccionismo tradicional, un corralito especialmente diseñado para ocupar a quienes ofrezcan –aunque no siempre con éxito- una imagen científica “neutral” que avale las políticas del sistema; 2) las tácticas ambientalistas del empresariado (entremezclado con instituciones financieras internacionales, agencias de desarrollo, consultoras, fundaciones y ONGs dedicadas a la militancia privatizada para la protección de inversiones) como expresión tangible de un estado benefactor de intereses particulares; 3) una línea “de fondo” más reaccionaria y también velada, que por ahora llamaremos el núcleo neo-maltusiano y 4), con participación dispersa, pero sobre todo como atentas observadoras externas, fuerzas sociales y comunidades que rechazan de plano al sistema. Ocasionalmente hay tensiones y “debates” entre las tres primeras, pero son peloteras domésticas pues corresponden, como círculos concéntricos (la ciencia subordinada como cara externa, el estado-empresario en el medio y un vidrioso riñón estratégico en el centro), a la competencia de posiciones entre actores del mismo campo. ¿Algo nuevo bajo el sol? Para nada: cuando hace más de 30 años la Fundación Bariloche, como un ejemplo entre varios, respondía con el Modelo Mundial Latinoamericano al Reporte Meadows/MIT, “ Los límites al crecimiento”, quedó en evidencia, aunque hoy tenemos más elementos para juzgarlas, lo esencial de las mismas tendencias.

Hablar de naturaleza, por más jerga científica que se use, no tiene nada de neutral o de inocente. Y menos aún en la etapa en la que grandes capitales buscan desesperadamente sostenerse competitivos controlando trabajo, territorios o bienes naturales utilizando guerras, corrupción, deudas financieras e incluso hambre como métodos de extorsión en todo el mundo. ¿Por qué hay tantos auspicios, ostentosas maniobras de seducción “experta” y relaciones públicas por parte de grandes corporaciones, agencias internacionales de “desarrollo sustentable” y ONGs asociadas a estos intereses en este congreso, como en el recientemente denunciado encuentro de las Sociedades de Ecología de Chile y Argentina? No es necesario ser especialista en lectura entre líneas para entender lo que está en juego y cuales son los objetivos de estos “auspicios” y “colaboraciones”.

Para no poner en riesgo las relaciones de poder, los grandes intereses particulares ofrecen un recetario que se renueva permanentemente en la apariencia pero no abandona sus premisas centrales: la línea de fondo maltusiana (el problema son los pobres y la superpoblación), el darwinismo social (la competencia desenfrenada, mezclada con el individualismo, es “natural” e inevitable), la tecnocracia (fe en la combinación entre tecnología y capital como solución de los problemas del mundo), la propiedad privada y la posesión individual como único incentivo y motivo para la existencia, el mercado como único espacio social reconocido y el precio como única forma de valorar las cosas, lo que implica que prácticamente todo se puede (y debe) comprar y vender. Para que se entienda: valorar a la madre no es lo mismo que ponerle precio. Ponerle precio a Pachamama o Mapu, casualmente, es lo que con obsesiva persistencia intentan los fundamentalistas del sistema cuando invitan a comunidades indígenas a sus “cumbres” económicas o tecnocráticas. Aunque muy pocas veces les salga bien, el objetivo es diluir sus cosmovisiones en las relaciones del mercado y el mundo del dinero, y si llevan plumas y danzas mejor porque eso demuestra que el mercado no discrimina, no tiene fronteras y es tan “multicolor” como las publicidades de Benetton. Algo parecido ocurre con los nuevos indígenas del sistema, los trabajadores, que no son ninguneados “por carecer de alma” como hace 500 años sino como estadísticas e inestables receptores de salarios (un destino que pocos sindicatos cuestionan) pero jamás a cargo de sus propios medios de producción, como Fasinpat/ex Zanon.

El principal y más antiguo truco del sistema, si embargo, es el de ocultar o minimizar las causas y las inconmensurables consecuencias sociales y ambientales de sus efímeros y bursátiles éxitos, incluyendo en esta categorización (y en la proporción que les toque) sus fieles competidores y en definitiva aliados “progresistas” soviéticos, chinos, latinoamericanos (Bachelet, Lula, Kirchner, Tabaré) u otros. Que haya ganadores, afirman, es el resultado del empeño y capacidad innovadora de quienes se suben al carro de la globalización. Los que no, lamentan informar sin inmutarse, son perdedores. Eventualmente hay que “ayudar” a “los pobres”, pero jamás dejar de explotarlos o saquear sus territorios pues eso permitiría que desplieguen su creatividad productiva autónoma. Propongo distinguir entonces tres planos que se constituyen y modifican mutuamente en la ecología (hoy más que nunca, ¡final y definitivamente!, asociada a la economía y la política): el empírico (un río con metales pesados es un río con metales pesados), el político-ideológico (definir cual es el umbral “aceptable” de contaminación de un río depende de las relaciones sociales y políticas de una sociedad) y finalmente el plano filosófico o de cosmovisión: cuando el ser humano o una comunidad se concibe a sí misma como parte de la naturaleza le “duelen”, literalmente, tanto los daños a la misma como a las personas y otros seres, incluyendo espacios y prácticas con valor simbólico no canjeables por dinero.


Las “reservas naturales”, “parques” y zonas rurales exclusivas están asociadas a estrategias de poder anteriores a la era colonial. Gran Bretaña, antes de proponer parques en sus colonias en África y Asia, también fue progresivamente cercada por una aristocracia que descubrió que el negocio de la lana era más lucrativo y menos riesgoso que salir a esquilmar a sus campesinos, quienes fueron entonces forzados a competir por el sustento cotidiano en los centros industriales, u ofrecer con lealtad sus cuerpos como carne de cañón en las guerras imperiales o, en el mejor de los casos, ser emigrantes “pioneros”. La “explosión demográfica” (el control poblacional, el miedo a las multitudes) es, desde entonces, uno de los cucos que se esconde detrás de las políticas de las “reservas”. La segunda etapa, a partir de Yellowstone pero principalmente a partir de la Convención para la Protección de la Fauna, de la Flora y de las Bellezas Escénicas Naturales de los Países de América, redactada en los EEUU en 1940, combinó nuevos objetivos, estrategias y metáforas: frontera viviente, lo salvaje controlado, la superioridad eurocéntrica y tecnológica “demostrada” en museos y parques temáticos, el control de la población (en eso lleva la delantera la Fundación Rockefeller, para quien trabajaba William Vogt, autor de Road to Survival -el camino a la sobrevivencia- quien en 1943 dirigía la Sección de Conservación de la Oficina de Cooperación Agrícola de la Unión Panamericana) y, finalmente, el estratégico control sobre la biodiversidad y el agua.

La principal objeción a esa forma de organizar territorios es que permitió crear una geografía diferenciada por clases sociales y una inadmisible división nacional e internacional del trabajo (por lo tanto del control sobre el conocimiento instrumental o cientificista, transformado en mercancía). Crear mapas con regiones naturalmente (para Hitler también “racialmente”) “puras” implica inventar otras zonas “destinadas” a ser destruidas y contaminadas, sea por guerras, saqueo planificado, migraciones forzosas, industrias extractivas, agricultura industrializada –es decir sin agricultores-, aglomeraciones urbanas insostenibles e inseguras, la siempre lucrativa denominación de países “riesgo” y diferentes formas de genocidio. Este tipo de zonificaciones, sean “reservas” indígenas, interminables barrios sociales para desarrollar clientelismo estatal o privado, zonas francas o maquilas ubicadas “del otro lado de la frontera”, no sólo alejan cada vez más a la población del control sobre los medios de producción y una vida digna en su territorio sino que agravan exponencialmente las diferencias sociales, los conflictos y la devastación ambiental.

En la Patagonia actual, sin ir demasiado lejos, aparte de negar o limitar a expresiones mínimas o meramente comerciales a los pueblos mapuche-tehuelche y pretender agregar a la población actual y las generaciones futuras como nuevas víctimas de las políticas neo-coloniales con otras “conquistas” de un “desierto”, las zonificaciones del estado son utilizadas por un lado para “determinar”, con inconsultas estimaciones costo-beneficio, en qué lugar se promueve, por ejemplo, el negocio de la minería contaminante (por supuesto re-bautizada minería “responsable”) y, por el otro, para crear espacios exclusivos y “reservas” que terminan atravesados por un inevitable frenesí especulativo tan “verde” como socialmente excluyente. www.ecoportal.net


* Docente e investigador de la Universidad Nacional del Comahue, miembro de Theomai, red internacional de Estudios de Sociedad, Naturaleza y Desarrollo ( http://theomai.unq.edu.ar ) e integrante de la Asamblea Patagónica Contra el Saqueo y la Contaminación

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