Pueblos Indígenas

Los Afromestizos en América

Al mismo tiempo que la población nativa americana disminuía, las diversas empresas económicas de los colonizadores prosperaban y demandaban de manera creciente mano de obra. Autoridades y colonos no encontraron otra salida para contar con suficientes trabajadores que importarlos de África: a partir de 1517 se inició el tráfico masivo de esclavos africanos.

Por Araceli Reynoso Medina

Al mismo tiempo que la población nativa americana disminuía, las diversas empresas económicas de los colonizadores prosperaban y demandaban de manera creciente mano de obra. Autoridades y colonos no encontraron otra salida para contar con suficientes trabajadores que importarlos de África: a partir de 1517 se inició el tráfico masivo de esclavos africanos.
 

La colonización de América, luego de su descubrimiento ocurrido en 1492 y de los procesos de conquista ocurridos entre esa fecha y 1550, hizo necesario contar con una gran fuerza de trabajo que las poblaciones aborígenes no pudieron suministrar. En efecto producto de las guerras de conquista, de la violencia física y psicológica, de los trabajos forzados y sobre todo de las terribles enfermedades epidémicas que se desarrollaron en suelo americano, miles de indios murieron al punto que para finales del siglo XVI poblaciones enteras habían desaparecido o quedaron dramáticamente reducidas.

Al mismo tiempo que la población disminuía, las diversas empresas económicas de los colonizadores prosperaban y demandaban de manera creciente mano de obra. Autoridades y colonos no encontraron otra salida para contar con suficientes trabajadores que importarlos de África: a partir de 1517 se inició el tráfico masivo de esclavos africanos.

La trata esclavista fue una actividad sumamente lucrativa para las naciones europeas y no cesó sino hasta entrado el siglo XIX. El comercio negrero estuvo en manos de portugueses, genoveses, franceses, holandeses, ingleses y daneses, quienes a través de mercedes, licencias, asientos, contratos y contrabando introdujeron a América no menos de 14 millones de africanos, según las últimas investigaciones al respecto. Los españoles se mantuvieron fuera de la trata, porque la Corona prohibió a sus súbditos dedicarse a la introducción de esclavos aduciendo razones morales y religiosas, pero no les impidió comprarlos.

Fueron diversos los lugares de donde se extrajeron esclavos: inicialmente provinieron de los reinos, aldeas, y tribus establecidas al sur de los ríos Níger y Senegal, zona conocida como la Costa de los Esclavos y que hoy comprende entre otras naciones a Senegal, Guinea, Sierra leona, Liberia, Costa de Marfil, Gahana, Togo, Dahomey y Nigeria. Más tarde, el desarrollo económico de las colonias americanas incrementó la demanda de africanos, por lo cual la captura y venta de los esclavos se extendió al Congo y Angola e incluso a pueblos del interior del continente, donde se tiene noticia de las incursiones de cazadores de esclavos.

El traslado de los esclavos de las costas africanas a los puertos americanos autorizados como La Habana, Veracruz, Portobello y Cartagena, se llevaba a cabo alrededor de doce semanas en condiciones infrahumanas, pues en los barcos negreros los esclavos ocupaban apenas el espacio semejante al de un cuerpo en un ataúd.

Ya en América, los esclavos eran trasladados a las zonas de mayor explotación. Además de las minas de oro, plata y diamantes, los cultivos de haciendas y plantaciones recibieron a gran número de esclavos. Productos tropicales como el azúcar, cacao, índigo, tabaco, algodón y café provocaron la concentración del negro en ciertas regiones isleñas y continentales. Los puntos geográficos que recibieron los mayores contingentes de esclavos fueron sobre todo aquellas zonas situadas en la costa atlántica desde los Estados Unidos hasta Argentina; entraron de manera masiva en las Antillas y Brasil, mientras que en las costas de Pacífico la presencia del esclavo africano se localizó al occidente de México, Ecuador y Perú.

Los esclavos africanos fueron utilizados en los lavaderos de oro y diamantes, en las minas de plata en todo lugar donde se hallaron, en los obrajes (antecedentes de las fábricas textiles), las estancias ganaderas como vaqueros y caporales, en la arriería en la construcción y los servicios domésticos.

Sin duda fue la producción de azúcar la que acaparó la mayor fuerza productiva esclava, pues desde los más grandes ingenios hasta los pequeños la utilizaron: en la siembra y cortes de la caña, la molienda, como maestros del azúcar. También fueron herreros y carpinteros destinados al mantenimiento de las máquinas del ingenio.
Junto con el trabajo azucarero la otra actividad donde más se ocuparon negros esclavos fue en el servicios doméstico, pues no hubo casa, hacienda, hospital, iglesia y convento que no contaran con lacayos, mayordomos, cocheros, mozos, jardineros, lavanderas, cocineras, doncellas, nanas o criadas negros (as). Su amplia utilización se explica por las exigencias de la vida elegante y el deseo de prestigio social. De esta manera, el negro, el indio y el sirviente blanco contratado, formaron la base laboral en la que se apoyó el desarrollo económico de las colonias americanas.

El trabajo despiadado al que fueron sometidos los africanos, generó innumerables rebeliones y huidas, práctica constante durante todo el período colonial y a lo largo del continente. Convertidos en cimarrones (nombre dado a los esclavos fugitivos), se refugiaron en montañas, pantanos y selvas, áreas de difícil acceso donde intentaron vivir en libertad. Estos lugares conocidos como palenques, quilombos o cumbés, albergaron temporalmente a pequeños y grandes núcleos, que fueron por su sola existencia un reto permanente a la supremacía de los blancos.

Aún cuando las autoridades coloniales castigaban duramente a los fugitivos, imponiéndoles penas que iban desde los azotes hasta la mutilación, la castración o la muerte, estos movimientos no desaparecieron sino hasta el momento de las luchas independentistas, en las que por cierto encontramos la participación decidida de negros y afromestizos dentro de las filas de los ejércitos libertadores.

La mezcla de grupos étnicos provenientes de Europa, África con los existentes en América dieron origen a las sociedades americanas. El mestizaje se originó desde los comienzos de la colonización y se dio no por la visión humanista de considerar conveniente o sin prejuicio alguno la mezcla, sino más bien debido al impulso irrefrenable de la sexualidad; de esta manera las culturas distintas, opuestas incluso, se sintetizaron admirablemente en una nueva identidad que pronto adquirió caracteres propios y perdurables.

Sin embargo, el proceso biológico en principio no liberó al negro de su condición estigmática e inferior; tampoco lo integró de manera natural a las poblaciones nacionales, pues aunque tomaba parte de la sociedad, su presencia sirvió para justificar un sistema de castas cuyos nombres estigmatizaron al negro y a sus descendientes, de manera que los productos de mezcla entre indios y negros o negros y blancos por el hecho de contener ?la mala raza? estaban en el orden de las castas estigmatizadas: mulato, pardo, lobo, coyote, albarazado, zambo, cuarterón, cambujo, salta pa?tras, tente en el aire, etcétera.

La mezcla entre los tres grupos y sus variantes estuvo tan difundida que resultó imposible clasificar a las personas dentro de una casta definitiva. Además es el mestizaje una razón para explicarnos la ?desaparición? del africano, pues fue absorbido en la sociedad mayoritaria.

Junto con el proceso de integración racial de los africanos a las sociedades americanas también se efectuó la asimilación cultural. Efectivamente, los negros africanos, pese a su estatus de esclavo, consiguieron retener, recrear y trasmitir muchos de sus valores culturales a las sociedades coloniales, ya que su bagaje cultural estaba sostenido en representaciones colectivas y no precisamente en soportes materiales. Las sociedades africanas son por excelencia sociedades en las que la trasmisión oral conserva la historia, la religión, la estética, la rítmica, las tradiciones, las costumbres, etcétera.

Es por esto que las manifestaciones culturales de ascendencia africana de mayor fuerza y alcance están en la cultura americana no material como la religión, la literatura oral, de las más bellas dentro de los pueblos ágrafos (representada en refranes, cuentos, leyendas, historias, mitos), en el habla popular con la creación de lenguas criollas como el cróele haitiano y jamaiquino, el sranang surinamés, el patois guyanés, el papiamento de Curazao. Lenguas todas resultado de la mezcla del inglés, francés u holandés con las diversas lenguas africanas de origen yoruba, fon, mendé, twi, fanti, mandinga y las lenguas nativas. En el caso del español y el portugués, el esclavo africano aprendió la lengua de los amos haciéndolas suyas, pero condimentándolas con sus vocablos y expresiones de origen como modificando su fonética y morfología.

Es dentro del campo de la música, la danza y la religión donde la presencia africana se denota con mayor facilidad. Su ritmo musical utilizado lo mismo para la liturgia que para el placer del baile religioso o profano, para sus cantos y danzas, colonizó culturalmente a toda América, engendrando nuevas formas artísticas en estos campos que en forma vigorosa encontramos en diferentes regiones del continente. Entre los mejores ejemplos tenemos: la bomba, la plena, el calypso, el merengue, la rumba, el son, el guaguancó, el mozambiqué, el regueé, la samba, el tango, el goodspeel, el blues, el soul, el jazz. Todos estos ritmos tuvieron su origen en los campos de trabajo, de donde pasaron a las zonas urbanas, transformándose y evolucionando.

De igual importancia la música y la danza es la religión. Si en la vida española era un factor determinante que pasó a América con los conquistadores, en los pueblos africanos constituía el centro de toda la cultura, condicionando la organización política, social y cultural. De hecho el elemento religioso ha desempeñado un rol importante en la creación de muchas manifestaciones del folclore nacional. Religiones como el vudú, el palo monte, la macumba, el candomblé, la umbanda o la santería son las recreaciones religiosas que cuentan con mayores adeptos en América.

Otras de las influencias africanas inmersas en la identidad de las diferentes sociedades americanas, están la preferencia por ciertos colores, la extroversión de algunos pueblos, en las actividades vitales frente a la realidad, su concepción del mundo, su mentalidad sensual ?en contraste con la del español y el indio- las formas de estar y aceptar la vida, la muerte, el nacimiento y una empecinada lucha por sobrevivir, por encauzar el derecho a existir y a ser aceptado. Lo que explica el surgimiento de movimientos ideológicos de fuerte impacto social, reivindicando los derechos de las poblaciones afroamericanas como lo hicieron el garveysmo, la negritud y el black-power.

Resulta evidente que el tráfico negrero es un capítulo oscuro dentro de la historia de la humanidad: esos millones de africanos que fueron arrebatados de sus pueblos en edad productiva, causó enormes pérdidas demográficas económicas y culturales al continente negro. Deportados masivamente y reducidos a mercancías y a motores de sangre, los esclavos africanos produjeron a Europa fabulosas ganancias y en América participaron obligadamente en el crecimiento de las fuerzas productivas como en el fortalecimiento de nuevas industrias. Sin embargo, en medio de este trágico cuadro, los africanos también consiguieron participar definitivamente en la constitución de las sociedades americanas; a través del mestizaje biológico y cultural aportaron sus valores ancestrales para la conformación de una cultura nacional y continental.

 
  * Araceli Reynoso Medina
Pueblos De América
www.worldvillages.net

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