Salud

Industrialismo científico y desbarajuste planetario

Tenemos decenas de miles, tal vez cientos de miles de productos químicos en nuestras viviendas, en nuestros campos, en nuestros alimentos, en nuestro hábitat, en nuestros cuerpos. Los únicos contentos con semejante despliegue son los laboratorios que los producen. No tenemos muchas opciones: seguir en la noria, brillante, de colores atractivos “mientras el planeta aguante” o resistir y buscar otro destino.

Por Luis E. Sabini Fernández

Tenemos decenas de miles, tal vez cientos de miles de productos químicos en nuestras viviendas, en nuestros campos, en nuestros alimentos, en nuestro hábitat, en nuestros cuerpos. Los únicos contentos con semejante despliegue son los laboratorios que los producen. No tenemos muchas opciones: seguir en la noria, brillante, de colores atractivos “mientras el planeta aguante” o resistir y buscar otro destino.


El alud comienza con una piedrita.

Todo movimiento se transforma en su opuesto.

Un viejo refrán y una afirmación dialéctica, no necesariamente sintética.

La modernidad ha consistido en el abandono ríspido de la sociedad tradicional y sus insuficiencias, ignorancias y presupuestos en aras de andamiajes culturales e intelectuales generalmente opuestos.

A la creencia fundada en la tradición, se enfrentó una creencia basada en el conocimiento.

La fe religiosa fue criticada y se terminó sustituyéndola por una fe en la ciencia.

La autoridad investida en lo viejo y conocido fue reemplazada por una nueva autoridad basada en la razón.

Con lo cual algunos creen que se ha cambiado radicalmente.

Y otros consideramos que el cambio ha sido engañoso o por lo menos no tan radical como parece. Porque el que siguió siendo el mismo es uno, lo humano.

(Por eso, ahora, hay nuevos pujos, un nuevo paso en el camino de la ciencia, con la ingeniería genética, para cambiarnos a nosotros mismos.)

Y a las insuficiencias manifiestas de la forma de pensar y sentir tradicional, que daba por buenas –o malas– demasiadas cosas no probadas, sobrevino una nueva insuficiencia, basada ahora en el saber racional y científico, que consistió en “cambiar el mundo”, avanzar en una presunta senda de progreso sobre la base de pequeños pasos, parciales, de indubitable incidencia en la realidad humana, en nuestras vidas cotidianas.

Así, fuimos incorporando, por ejemplo, elementos químicos a nuestro hábitat y a nuestras comidas, basados, no en una visión holística, que nos permitiera percibir vinculaciones de lo nuevo con lo ya existente, sino sencillamente basados en un conocimiento parcial, puntual. Por ejemplo, se descubre que el dióxido de azufre tiene llamativas propiedad de conservación de un alimento para consumo humano, digamos jugos de frutas, cervezas o vinos. El peso de la investigación recae entonces, en la inmensa mayoría de los casos, en percibir, mediante ensayo y error, cuánto se mantiene fresco ese alimento en estado “natural”, y cuánto con una determinada dosis del mencionado dióxido, qué dosis ejerce una conservación mayor, menor, óptima, cuál altera o no sus propiedades organolépticas. Muy poco se atiende en ese proceso a la toxicidad del aditivo, salvo los gruesamente venenosos, que son obviamente descartados de antemano (por mejor conservante que fuera).

El caso tal vez más patente y penoso de tal tipo de adelantos sobrevino con la hidrogenación de las grasas, vigente durante 70 años como panacea en relación con la comodidad en el manejo del producto (fuerte incidencia, por lo tanto, de lo comercial). Cuando se inventa el procedimiento, en Alemania en 1915, pareció una solución maravillosa para la conservación segura de la grasa y un adiós a la ranciedad. Estudios llevados a cabo a mediados de los ’80 verifican que las grasas hidrogenadas son cancerígenas. Lo que la humanidad moderna creyó durante casi un siglo que era la solución se reveló abruptamente como un problema. ¡Y qué problema! De remate, un problema inventado, creado por el mismísimo humano, en el intento de solucionar otro problema.

Esto se ha repetido ya tantas, tantas veces, que podemos rastrear algunas legalidades en nuestros comportamientos, en los de los objetos tratados fraccionadamente, en el manejo de las especializaciones, etcétera.

La gente en las sociedades tradicionales también se envenenaba, también se contaminaba. Lo hacía empero, más accidentalmente, menos sistémicamente que en nuestras sociedades modernas. En las sociedades tradicionales tales problemas, accidentes, errores más o menos trágicos constituían una experiencia colectiva de la cual se sacaba una experiencia para comportamientos futuros. La sociedad, a veces, con el costo de una vida perdida, de una observación tardía, sacaba conclusiones: no comer hongos o peces de colores brillantes (hagamos lo que hacen nuestros prójimos más cercanos, mamíferos o aves).

Esos aprendizajes se entretejían en una relación de respeto y hasta veneración hacia lo natural. Un miedo comprensible.

Los miedos de las sociedades tradicionales aplastaban la cabeza de sus habitantes; como bien decía Karl Marx: “La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos.” Contra semejante servidumbre intelectual se levantó la modernidad. Sólo que, en un movimiento mil veces repetido por el hombre, tiramos el bebito con el agua sucia. Se nos escapó. No lo vimos. Perdimos la visión global, que en el hombre tradicional existía, aunque sea para respetar a todo, tener miedo de todo. Concentrados en una percepción nueva, formidable; en un conservante de los no tradicionales (sal, azúcar, hielo, aire) como el mencionado dióxido de azufre, en un motor a explosión, en un elemento plástico sin parangón en la naturaleza, no nos preocupamos ni echamos de ver sus potenciales peligros, sus contracaras.

Brian Tokar nos ha informado que cuando surge la ingeniería genética aplicada a vegetales, en la década de los ’90 (se venía usando desde un par de décadas atrás, pero sólo con microorganismos [1]), que constituyó toda una revolución, propiamente, en lo agrícola, los fondos dedicados a encontrar diferentes transgénesis constituían el 99% de la inversión; los dedicados a evaluar impactos indeseados, potenciales secuelas, se llevaban el 1% restante… difícil pensar un ejemplo más nítido de optimismo tecnológico.

Advirtamos que el principio precautorio que sería el fundamento metodológico para agrandar este 1% o achicar aquel 99 %, está seriamente reñido con la actividad militar, “naturalmente” de riesgo (sobre todo ajeno). La ingeniería genética fue entrevista por los militares de EE.UU. como un arma formidable: “La ingeniería genética empuja el potencial de crear patógenos nuevos hasta el infinito”, estremecedora aclaración de un informe del Ministerio de “Defensa” [sic: una licencia poética del neohabla imperial]. [2] No hay que extrañarse que adueñándose de semejante arma –construcción, ya que no creación, de agentes patógenos que puedan discriminar étnicamente a sus objetivos– el director de la CIA de entonces, fines de los ’80, William Webster pudiera afirmar que “la barrera moral para la guerra biológica ha sido franqueada” (ibídem). Claro que nuestro buen William ponía como ejemplo a Saddam Hussein bombardeando químicamente a kurdos… Con la ventaja de los casi veinte años que han pasado habría que precisar quién suministraba armas biológicas a Hussein entonces –EE.UU.– y qué estado ha seguido descargando sobre diversas poblaciones estos castigos bíblicos; EE.UU.

Muchas tecnologías de última generación, en conservación de alimentos, ingeniería genética, comunicaciones, han sido promovidas y desarrolladas con fines bélicos; los métodos destinados a cuidar y asegurar los pasos se sacrifican a la importancia de alcanzar el objetivo. Podríamos hablar de una verdadera deformación profesional.

Entendemos lógico inferir que la carrera tecnocientífica y sus tendales provienen en no baja medida de la matriz militar de muchos “adelantos”.

Y esto nos introduce en una contradicción pesadísima: si algo no nos autoriza la problemática planetaria actual, forjada sobre la base viva, actuante, de la modernidad, que nos acerca, sin embargo, cada vez más a un planeta en despojos –por no decir a los despojos del planeta que todavía habitamos– es a ser negligentes u optimistas y a despreciar métodos precautorios, porque el “desarrollo” científico, mejor dicho tecnocientífico, ha sido sistemáticamente ciego al entorno. Al cual ya ni respetamos ni tememos, sólo ignoramos, porque el conocimiento nuevo nos ha hecho mucho más soberbios; el reverso dialéctico de la independencia conceptual propia de la modernidad.

Porque “avanzando” de ese modo lo hemos hecho en la mayor de las penumbras. Disparando reacciones que ni imaginábamos. Es como si una avanzadilla de una guerrilla se internara por un sendero desconocido y se preocupara exclusivamente por llegar a un objetivo, una posición, un sitio con provisiones, un lugar de pertrechamiento, lo que sea, pero lo hiciera prescindiendo de fijarse lo que hay a la vera del camino. Lo más probable es que no llegue a destino.

Algo así ha ido haciendo el hombre moderno con hidrófugos, estabilizadores, lubricantes, ignífugos, envases, conservantes, herbicidas, insecticidas, nematicidas, detonantes, organofosforados, organoclorados, ablandadores, edulcorantes, fenoles, leudantes, colorantes, tranquilizantes, ¡y todos los “-antes” e “icidas” imaginables!

El mundo tecnocientífico se ha limitado a conocer, a veces muy concienzudamente, el uso directo del producto. En medio de un deslumbramiento más o menos generalizado y promovido rentísticamente. Con los apoyos “culturales” debidos, que procuramos señalar al principio. Otra vez podemos invocar a un fuerte pensador de la modernidad, Marx, con su perspicaz frase: “Las ideas dominantes son las ideas de la clase dominante”, aunque mucho haya contribuido él mismo a esta problemática.

Y fuimos sumando, la modernidad industrialista fue sumando, agregando, incorporando, un mundo químico a nuestra realidad social y cotidiana, sin darnos cuenta de que se “comía” esa misma realidad (y por lo tanto, a nosotros mismos).


Como pasa con el PADI, una estudiada norma de la modernísima industria del envase, con la cual estos industriales sostienen que nos protegen de indebidas intoxicaciones. PADI es la sigla inglesa para Packaging Admisible Daily Intake, la cantidad admisible de ingestión diaria de envase. Con la cual, terminamos comiéndonos, literalmente, esa impensada realidad.

La cantidad señalada no tiene porque ser cero, es cierto. Porque cuando envasamos vino en roble, aspiramos a que algunos taninos u otros oligoelementos pasen al vino, mejorándolo.

Esto está bien, muy bien, con humitas, con helados en cucurucho, con agua contenida en piedras silicatadas…pero no es eso, lamentablemente, a lo que se refiere el PADI. Porque para esa relación entre envase y alimento no se necesitaba PADI alguno.

El PADI fue concebido cuando el envase se convierte en un problema; es la dimensión de una ingestión no deseable, tóxica. En tal caso, el PADI debería ser cero. Pero allí está la gracia. O, diríamos con lenguaje rioplatense, la avivada de la modernidad: como los envasadores quieren/necesitan usar envases tóxicos, hay que inventar un límite de toxicidad para regular su uso.

Se trata, por ejemplo, de envases plásticos que ceden algo de sus materias al alimento que contiene. El ser humano, y todos los seres vivos, no sólo no se alimentan con plásticos, sino que además, se envenenan con ellos. Las tortugas oceánicas tienen como una de sus causas principales de muerte la ingestión de bolsas plásticas flotantes que confunden con medusas. Pero más allá de errores que en términos humanos calificaríamos de gruesos, muchos componentes de los materiales plásticos son cancerígenos. Para ellos el PADI. Invocando la noción de “límite de seguridad”, curioso artilugio mediante el cual, por ejemplo, 0,6 mg. por kilo (de un no-alimento) está permitido, sería inocuo y 0,8 mg. por kilo está prohibido, es intoxicante…

Tenemos ahora decenas de miles, tal vez cientos de miles de productos químicos en nuestras viviendas, en nuestros campos, en nuestros alimentos, en nuestro hábitat, en nuestros cuerpos. Y fichas técnicas donde se haya investigado no sólo sus evidentes pros sino sus potenciales contras tiene apenas el 10% de semejante maraña química.

Los únicos contentos con semejante despliegue son los laboratorios que los producen. Y podríamos agregar a los médicos si fueran suficientemente mezquinos para desear enfermedades (ajenas) como fuente laboral.

Hablamos de la presencia de sustancias químicas sintéticas, no naturales, hasta en nuestros cuerpos. Autopsias hechas a nuestros abuelos o bisabuelos, muertos a principios del siglo XX y autopsias hechas sobre nuestros contemporáneos muertos a fines del mismo siglo revelan que estos últimos tienen algunos centenares de elementos químicos que aquellos cuerpos de hace cien años no tenían. Que la humanidad durante miles, cientos de miles, millones de años, no tuvo. Y que la humanidad moderna ha incorporado, en medio de la más alegre, supina y docta ignorancia, en los últimos cien años.

Con lo cual tendríamos que volver a la cuestión de la ignorancia: ¿quién es más ignorante, el que poco sabe de ciencia moderna y se fija en los ritmos naturales para seguir adelante con su vida –lo característico de los pueblos originarios en todos los continentes– o el que sabe mucha técnica y la aplica prescindiendo de tener una mirada hacia lo sistémico porque tiene la mirada fija en la eficiencia, lo pragmático?

¿El uso de la naturaleza, observando sus movimientos, su fuerza, o el uso de la naturaleza sin consideración alguna a sus ritmos, es decir el abuso de la naturaleza?

El uso y abuso de la naturaleza es el utendi y abutendi del milenario derecho romano, que constituye la definición más fuerte de propiedad.

El hombre de la modernidad se apropió de la naturaleza. Es su dueño. Su propietario. Confrontando con esa actitud, reconocemos la insistencia de tantas sociedades “tradicionales” en aclarar que no somos los propietarios de la naturaleza; allí están las sabias palabras de Ted Perry, convertido en “autor fantasma” de palabras atribuidas al cacique Seattle en contestación al presidente de EE.UU. en 1855: “Ni el frescor del aire, ni el brillo del agua son nuestros. ¿Cómo podría alguien comprarlos? Si nadie puede poseer la frescura del viento ni el fulgor del agua, ¿cómo es posible que usted se proponga comprarlos?” Aquí, cada día, están nuestros hermanos los mapuches, los ava guaraníes, los wichíes, que nos lo recuerdan.

Y con esta confrontación llegamos a un aspecto crucial por el cual estamos en este brete planetario: la mercantilización creciente, la mercantilización de todo; de la naturaleza, la vida, la salud, los afectos, los alimentos…

No tenemos muchas opciones: seguir en la noria, brillante, de colores atractivos “mientras el planeta aguante” o resistir y buscar otro destino. www.ecoportal.net


* Docente del área de Ecología y DD.HH. de la Cátedra Libre de Derechos Humanos de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, periodista y editor de Futuros.

Notas:

[1] Con fines médicos y fundamentalmente con fines militares.

[2] Vicki Haddock, “Test-tube warfare” [Guerra de tubos de ensayo], San Francisco Chronicle, 6/3/1989.

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