Salud

Los efectos de las crisis económicas en la salud mental de los individuos

Abordar el tema de los efectos de las crisis económicas en la salud mental es abordar, simultáneamente, el carácter de las relaciones socio-económicas de producción dominantes en cada momento histórico. Primer Congreso Internacional de Salud Mental y Derechos Humanos.

Por Oscar Natalichio

Abordar el tema de los efectos de las crisis económicas en la salud mental es abordar, simultáneamente, el carácter de las relaciones socio-económicas de producción dominantes en cada momento histórico.


Es también destacar el papel del trabajo en la formación del carácter, del trabajo entendido como actividad del hombre dirigida a un fin, que actúa sobre los objetos de trabajo, objetos que tienen su origen en la naturaleza; del trabajo que actúa sobre esos objetos utilizando para ello una batería de medios, que definimos como medios de trabajo, constituidos por instrumentos tales como herramientas, maquinarias, instalaciones y cualquier otro tipo de dispositivos. Y también por la tierra.

Tomemos por ejemplo tres productos que pueden encontrarse frente a nosotros: Un escritorio metálico, un libro, una cartera, y preguntémonos: ¿Qué tienen de común?

El escritorio requiere minerales para llegar a ser escritorio, el libro requiere madera para llegar a ser libro y la cartera requiere un animal, una vaca por ejemplo, para ser cartera.

Minerales, vegetales y animales son elementos diferentes que sólo muestran de común que todos ellos tienen su origen en la naturaleza. Muestran un origen común, pero no tienen nada de común, son bien distintos y también lo son sus propiedades físicas.

Pero para que un mineral se convierta en escritorio metálico, para que un árbol termine siendo libro y para que una vaca se convierta en cartera se requiere, sobre cada uno de esos elementos primarios, aplicar una fuerza que sí es común a todos ellos, esa fuerza aplicada es trabajo, es trabajo humano, directo o indirecto, físico o intelectual, es el elemento común que poseen los distintos productos, es la fuerza de trabajo humano aplicada sobre los objetos de trabajo, aplicada sobre la naturaleza.

Fuerza de trabajo, que deriva de la capacidad del hombre para trabajar, que contiene las fuerzas físicas y espirituales de que el hombre dispone y utiliza en el proceso de producción de bienes materiales, en el proceso de producción de escritorios, de libros, de carteras y de infinidad de productos más.

Escritorios, libros y carteras que nosotros estamos dispuesto a pagar para obtenerlos. A pagar un precio. Precio que es la expresión en dinero del valor de la mercancía. Valor que solo puede otorgarle el trabajo aplicado a ese material, bruto en su origen.

Seleccionen ustedes cualquier producto, cualquier bien, y todos sin ninguna excepción contienen esas dos características: Tienen su origen común en la naturaleza y tienen como elemento común la aplicación de fuerza de trabajo humano.

Los bienes de la naturaleza existen desde el origen del planeta, millones de años anteriores al surgimiento de la vida animal y a la aparición del hombre. No tienen valor, allí están, hay que recogerlos, procesarlos y acabarlos, hay que cosecharlos, consumirlos y volver a utilizar la tierra para sembrarlos.

Pero recoger esos productos originales, acumularlos, transportarlos, procesarlos y darles un acabado final requiere del trabajo humano. Y precisamente es ese trabajo humano el que le da valor a los productos naturales que carecen, por su origen, de él.

Las cosas que el trabajo humano produce deben satisfacer necesidades humanas, deben contener lo que se define como un valor de uso. Si no tuviesen ese valor de uso no se podrían producir. Un ejemplo concreto: si hoy quisiéramos poner una línea de producción automática, robotizada, con la más alta tecnología, para producir diligencias, sería un rotundo fracaso. Puede a algún coleccionista interesarle una diligencia, pero no a la sociedad. Ese producto no posee valor de uso. Ese producto, por lo tanto, no se produce.

He planteado, muy brevemente, algunas premisas que tienden a mostrar y demostrar el valor del trabajo humano, tanto físico como intelectual. El trabajo es lo que hace posible la existencia misma de la humanidad y ha permitido que el hombre se despegue del mundo animal. El trabajo es hacedor de las riquezas que hoy posee nuestro planeta; de las grandes y pequeñas obras, de las bellas y no tan bellas obras, de los avances científicos y técnicos, del pensamiento y de la cultura.

El trabajo otorga valor a las cosas (a los objetos de trabajo) que no tienen por sí valor y que lo adquieren en función del tiempo, directo o indirecto, de la fuerza de trabajo que se les aplica, del trabajo que cada cosa requiere para tener un valor de uso.

El valor es el trabajo social de los productores materializado en las mercancías. Valor que, como decía, se va a reflejar monetariamente en el precio, precio que individualmente no va a reflejar, necesariamente, ese valor, pues otras leyes de mercado actúan sobre él modificándolo, entre ellas la de oferta y demanda. Pero en escala de la sociedad, la suma de los precios de toda la masa de mercancías es igual a la suma de los valores. Es una premisa, pero luego viene la lucha de los precios, la competencia. "El precio -señalaba Lenin- es la manifestación de la ley del valor. El valor es la ley de los precios, es decir, la expresión generalizada del fenómeno del precio".

Observen ustedes cuál es el rol protagónico del trabajo humano, qué importante y trascendental papel juega en el desarrollo de la humanidad. ¡Cómo no va a constituir, el trabajo, un componente fundamental en la formación del carácter del hombre social!

Ahora bien. Debemos abordar la cuestión de la salud mental en su conexión con las relaciones de producción. Esto nos obliga a avanzar un poco más sobre el razonamiento anterior, a completar ese enfoque, y para ello es necesario mencionar que esos objetos de trabajo que provienen originariamente de la naturaleza y esos medios de trabajo constituidos por los instrumentos de trabajo, es decir, por herramientas, maquinarias, edificios, comunicaciones, etc, juntos, constituyen lo que se denomina medios de producción.

Y aquí estamos ingresando en la esencia del problema, que radica en la titularidad de esos medios de producción. En poder de quien o quienes están.

Pero antes de ingresar en el tema de la propiedad continuaremos con el análisis. Cuando nos referimos a medios de trabajo, es decir a los instrumentos, debemos señalar que esos instrumentos fueron, antes de serlos, también material extraído de la naturaleza y transformados, en ese tipo de bien, mediante el trabajo humano, mediante la aplicación de la fuerza de trabajo. De tal manera, podemos afirmar, que todo producto convertido en un bien para producir bienes contiene los dos elementos esenciales y únicos: material originario y trabajo. Ese trabajo en los instrumentos es un trabajo ya incorporado, antes, es por lo tanto trabajo pasado o pretérito y ahora se utiliza para que el trabajo presente o vivo cree nuevos bienes, sean estos bienes para consumir o bienes para producir bienes, es decir, nuevos instrumentos.

Medios de producción por un lado, constituido por materia primas e instrumentos, y fuerza de trabajo por otro lado, que se encargará de transformar esas materias primas utilizando para ello esos instrumentos que trabajadores anteriores construyeron, sería la síntesis.

Y resulta que los medios de producción son privados y la fuerza de trabajo es social. Y resulta que los medios de trabajo incorporan (materializan) el valor que la fuerza de trabajo le otorga, quedando ese valor en manos de los que son "propietarios" de esos medios y nosotros, los trabajadores, solo percibimos unas migajas, un pequeño porcentaje del valor que generamos, calculado para que, quienes participan en el proceso productivo, puedan recuperar parte o toda la energía consumida. Trabajadores que generan plusvalía. Que es la diferencia entre el valor creado por el trabajo con el salario que el trabajador percibe por haber creado ese valor.

Y esa conjunción, de medios de producción por un lado y los hombres que los emplean para producir bienes, recurriendo al trabajo vivo, constituyen lo que se denomina las fuerzas productivas. La principal fuerza productiva, no cabe duda, es el hombre, aún cuando la ciencia en sí constituya una fuerza productiva, el papel principal lo juega el hombre. Podemos entonces señalar que la fuerza productiva principal la constituyen los trabajadores, que crean los instrumentos de producción, que los ponen en movimiento, que poseen hábitos de trabajo y experiencias que acumulan y trasmiten.

Esas fuerzas productivas expresan, históricamente (la economía política es una ciencia histórica), la relación existente entre el hombre y los objetos y fuerzas de la naturaleza. Expresan el grado en que éste domina la naturaleza.

Pero también, como no podía ser de otra manera, se establecen relaciones entre los hombres. Y a ellas las denominamos, siguiendo a Marx, relaciones de producción, que la podemos definir como el conjunto de relaciones económicas que se establecen entre los hombres, independientemente de su conciencia y de su voluntad, en el proceso de producción, cambio, distribución y consumo de los bienes.

Fuerzas productivas por una parte, más las relaciones de producción que se generan por la otra, conforman lo que se denomina un modo de producción, que no es otra cosa que el modo de obtener los bienes materiales necesarios al hombre para el consumo productivo y personal.

Agreguémosle a ese modo de producción una superestructura política y jurídica y las formas de conciencia social, que derivan del modo de producción, y nos encontraremos con una Formación económica social determinada.

El capitalismo es, por ejemplo, una formación económica-social. No es un "modelo", es un sistema. Como lo fue la sociedad primitiva, el esclavismo, el feudalismo, y como lo es el socialismo. De las dos grandes formas de propiedad que existen sobre los medios de producción, la privada y la social, la privada y por ende la explotación del hombre por el hombre, constituyen los rasgos comunes de tres de las formaciones económicas sociales señaladas, el esclavismo, el feudalismo y el capitalismo. Pero en las cuatro, incluyo ahora el socialismo, lo que determina el valor, lo que determina la riqueza, lo que determina el crecimiento y el futuro es el trabajo.

Sin embargo, en esas tres formaciones, la dignidad que surge del trabajo, de ser partícipe de la construcción del mundo, del dominio del hombre sobre las inclemencias, de la construcción de la historia y del futuro, le es arrebatado al trabajador.

Trabajador que solo posee su fuerza de trabajo y que debe ofrecerla como una mercancía más, para poder sobrevivir cada vez más en peores condiciones. Fuerzas físicas y espirituales aplicadas, con experiencias y hábitos adquiridos en años, se convierten en una mercancía.

Carencia de medios de producción por un lado y la posibilidad de disponer de su fuerza de trabajo por otro lo conducen a ese camino de pérdida constante. No sólo le roban gran parte de su trabajo, le ocultan a la vez de qué es él el que produce la riqueza y convierten una actividad que refuerza la autoestima en una pesada carga, tan sacrificada como necesaria.

Se refuerza así la idea de que es el "capital" y no el trabajo el que genera el valor, de que es el "empresario" y no el trabajador, el productor de los bienes. ¿Y qué es el capital si no trabajo acumulado, más específicamente, trabajo robado acumulado? ¿Y qué es el empresario? Si trabaja, un trabajador más. Y si no trabaja un parásito.

En las sociedades donde rige la explotación del hombre por el hombre, lo que más y mejor se moderniza es, precisamente, la explotación. La explotación del trabajo, basada en que en cada paso que da la ciencia y la técnica aplicada a la producción, es cada vez menor la parte que el trabajador recibe sobre el valor que genera.

Esa es la forma más generalizada de la modernidad y de la pos-modernidad, la explotación del hombre cada vez mayor. La otra, esta basada en la capacidad que tiene el sistema capitalista, la formación económico-social capitalista de hacernos creer que no es así.

La primera, sustentada en la posesión de los medios de producción, en la propiedad privada de los medios de producción, es el dominio económico.

La segunda, basada en la posesión de nuestras mentes, es el dominio cultural. Este último es tan nefasto, tan grave y a la vez tan eficiente al sistema, que lleva a los explotados a sostener a sus explotadores.

Sigmund Freud escribió, en 1915, algunas reflexiones sobre la guerra y la muerte. "…Nos decíamos, desde luego, que las guerras no podrían terminar mientras los pueblos vivieran en tan distintas condiciones de existencia, en tanto que la valoración de la vida individual difiera tantos de unos a otros y los odios que los separan representaran fuerzas instintivas anímicas tan poderosas. Estábamos, pues, preparados a que la Humanidad se viera aún, por mucho tiempo, envuelta en guerra entre los pueblos primitivos y los civilizados, entre las razas diferenciadas por el color de la piel e incluso entre los pueblos menos evolucionados o involucionados de Europa" y Sigmund Freud, sorprendido, agrega: "Pero de las grandes naciones de raza blanca, señoras del mundo, a las que ha correspondido la dirección de la Humanidad, a las que se sabía al cuidado de los intereses mundiales y a las cuales se deben los progresos técnicos realizados en el dominio de la Naturaleza, tanto como los más altos valores culturales, artísticos y científicos; de estos pueblos se esperaban que sabrían resolver de otro modo sus diferencias y sus conflictos de intereses". Y continúa con indignación: "Dentro de cada una de estas naciones se habían prescripto al individuo elevadas normas morales, a las cuales debía ajustar su conducta si quería participar en la comunidad cultural. Tales preceptos, rigurosísimos a veces, le planteaban cumplidas exigencias, una amplia auto limitación y una acentuada renuncia a la satisfacción de sus instintos. Ante todo, le estaba prohibido servirse de las extraordinarias ventajas que la mentira y el engaño procuran en la competencia con los demás".

Nos podríamos preguntar por qué una de las grandes mentes de la humanidad "esperó" una conducta distinta de "los progresos técnicos", de los "valores culturales", "de las grandes naciones de raza blanca".

En 1930, en un artículo denominado "El malestar en la cultura", luego de la Primera Guerra Mundial, con el surgimiento del Socialismo al poder y en víspera de la Segunda Guerra Mundial, Freud se refiere al "instinto agresivo", innato en el hombre, como él más fuerte de todos, al menos más fuerte que la hostilidad que produce la existencia de la propiedad privada. "El instinto agresivo no es una consecuencia de la propiedad, sino que regía casi sin restricciones en épocas primitivas, cuando la propiedad aún era bien poca cosa; ya se manifestaba en el niño, apenas la propiedad ha perdido su primitiva forma anal; constituye el sedimento de todos los vínculos cariñosos y amorosos entre los hombres, quizá con la única excepción del amor que la madre siente por su hijo varón. Si se eliminara el derecho personal a poseer bienes materiales, aún subsistirían los privilegios derivados de las relaciones sexuales, que necesariamente deben convertirse en fuente de la más intensa envidia y de la más violenta hostilidad entre los seres humanos, equiparados en todo lo restante. Si también se aboliera ese privilegio, decretando la completa libertad de la vida sexual, suprimiendo, pues, la familia, célula germinal de la cultura, entonces, es verdad, sería imposible predecir qué nuevos caminos seguiría la evolución de ésta; pero cualesquiera que ellos fueren, podemos aceptar que las inagotables tendencias intrínsecas de la naturaleza humana tampoco dejarían de seguirlos. Evidentemente, al hombre no le resulta fácil renunciar a la satisfacción de esas tendencias agresivas suyas; no se siente nada a gusto sin esa satisfacción.

Voy a incursionar en un terreno anegadizo, con una afirmación desde ya muy polémica, muy compleja a la vez: si la colonización cultural se derramara solamente sobre las mentes más atrasadas, aunque fuesen muchas, no tendría tanto valor como cuando irrumpe en las mentes brillantes, en la intelectualidad. Porque es desde ese lugar donde se reproduce, se extiende, se consolida y le otorga un halo de legalidad.

Cuando el desarrollo de la ciencia y de la técnica se traslada a los medios de comunicación masiva y esos medios informan y dan a conocer el papel de los intelectuales seleccionados, éstos pasan a ser conocidos y respetados por el conjunto de la población.

No pocas veces, esos medios, también propiedad privada, consultan a los grandes hombres que se sumergen en su especificidad para brillar en ella y efectuar grandes aportes a la humanidad, para consultarlos sobre otras disciplinas en la que no están tan preparados, utilizándoles el prestigio obtenido en las que sí están. Honestos, o no. Buscando satisfacer egos o creyendo que aportan consejos útiles, sus buenos ganados prestigios son sutilmente utilizados como un aporte más al dominio cultural.

Pero a la vez, el dominio cultural actúa silenciando la voz de aquellos que han desentrañado la esencia y la naturaleza del interés que los mueve.

Las voces de Marx, Engels y muchos dirigentes y militantes obreros se manifestaron en 1848 a través del "Manifiesto del Partido Comunista". En una parte, referido a la burguesía, esa misma burguesía cuya guerra sorprendió al Freud de 1916, expresa lo siguiente: "Dondequiera que se instauró, echó por tierra a todas las instituciones feudales, patriarcales e idílicas. Desgarró implacablemente los abigarrados lazos feudales que unían al hombre con sus superiores naturales y no dejó en pie más vínculo que el del interés escueto, el del dinero constante y sonante, que no tiene entrañas. Echó por encima del santo temor de Dios, de la devoción mística y piadosa, del ardor caballeresco y la tímida melancolía del buen burgués, el jarro de agua helada de sus cálculos egoístas. Enterró la dignidad personal bajo el dinero, y redujo todas las innumeras libertades escrituradas y bien adquiridas a una única libertad: la libertad ilimitada de comerciar. Sustituyó, para decirlo de una vez, a un régimen de explotación velado por los cendales de las ilusiones políticas y religiosas, por un régimen franco, descarado, directo, escueto, de explotación".

Y en ese año, 1916, el más grande revolucionario y estadista de todos los tiempos, Vladimir Lenín, hoy ocultado hasta por partidos de izquierda, escribe "El imperialismo, etapa superior del capitalismo" y el propio Lenin comenta sobre este libro en 1920: "En el folleto se demuestra que la guerra 1914-1918 fue, por ambos lados, una guerra imperialista (esto es, una guerra de conquista, pillaje y rapiña), una guerra por el reparto del mundo, por la distribución y redistribución de colonias, "esferas de influencia" del capital financiero, etc. La prueba del verdadero carácter de clase de la guerra no se encontrará, claro está, en la historia diplomática de la guerra, sino en un análisis de la situación objetiva de las clases dirigentes en todos los países beligerantes. Para describir esa situación objetiva no hay que tomar ejemplos y datos sueltos (dada la extrema complejidad de los fenómenos de la vida social, siempre se pueden encontrar cualquier cantidad de ejemplos o datos sueltos para confirmar cualquier tesis), sino el conjunto de datos sobre la base de la vida económica de todos los países beligerantes y del mundo entero".

Un ejemplo reciente de cómo se estructura el dominio cultural: los sectores progresistas suelen leer Página 12, no Ámbito Financiero. Pues bien, se realizó el XVI congreso del Partido Comunista Chino. ¿Cómo se informa de este evento en Página 12? A la primera nota, del 9 de noviembre, la subtitula "China deja oficialmente el comunismo" y con título catástrofe "PARTIDO CAPITALISTA". A la segunda nota, también escrita por Georgina Higueras, del 15 de noviembre la subtitulan "Hombres de negocios, el nuevo sujeto social en Pekín" y con título catástrofe "SURGE EL PARTIDO CAPITALISTA CHINO". Razonemos juntos, se ha afirmado, desde los centros formadores de opinión, que el socialismo ha sido derrotado, que la experiencia del socialismo "real" demuestra la inviabilidad del mismo. Pero resulta que China Comunista ha crecido 20 veces desde 1980 y lo continúa haciendo. Dicho ritmo de crecimiento indica que en el 2020 China Comunista y recalco lo de Comunista, superará en PBI, o sea en producción anual de riqueza, a los EEUU.

Los EEUU lo saben, por eso están en Afganistán, por eso el interés por el Golfo, que incluye sin duda al petróleo, pero que más incluye a China Comunista, lo que le lleva a decir al Pentágono que "un competidor militar con una formidable base de recursos emergerá de la región".

El enemigo sabe, al amigo hay que confundirlo, no es tarea de los diarios identificados directamente con las transnacionales, que informan que en el congreso del PC Chino se ratificó la línea del marxismo-leninismo y el maoísmo; si lo es de Página 12. Se podrá alegar que el falaz artículo es de la que lo firma, Higueras. Lo que es cierto. Pero los subtítulos y los títulos son colocados por el periódico, uno de cuyos dueños, Fernando Sokolowicz no tuvo problemas de asociarse con Daniel Hadad en una nueva demostración que el periodismo, ese tipo de periodismo, también es mercancía.

Mercancía que contiene plusvalía. Pues el dominio cultural es también negocio para el imperialismo. Y no un pequeño negocio, uno de los más grandes. El investigador cubano Quintero Gómez escribe al respecto: "La propiedad intelectual brinda jugosas ganancias a la economía norteamericana, y solo en la industria de Derechos de Autor las ganancias son millonarias. Según el informe Derechos de Autor en la Economía de Estados Unidos: Informe 2000 de la Alianza Internacional de la Propiedad Intelectual (IIPA), las principales industrias de derecho de autor representaron 457.200 millones de dólares en valor añadido a la economía norteamericana, o aproximadamente el 4,9% del PBI en 1999".

Les pagamos demasiado bien para que nos mantengan violados, embotados y colonizados, les pagamos demasiado bien por mediocretizarnos.

José Ingenieros, con relación al carácter del hombre mediocre escribía: "En las mediocracias todo conspira contra las virtudes civiles: los hombres se corrompen los unos a los otros, se imitan en lo intérpole, se estimulan en lo turbio, se justifican recíprocamente. Para las sombras no hay rehabilitación; prefieren excusar las desviaciones leves, sin advertir que ellas preparan las hondas. Los remordimientos de la primera culpa ceden a la necesidad de ocultarla con otras."

Y José Martí resaltaba el valor de la educación afirmando: "El pueblo más feliz es el que tenga mejor educado a sus hijos, en la instrucción del pensamiento, y en la dirección de los sentimientos."… "Un pueblo instruido ama el trabajo y sabe sacar provecho de él. Un pueblo virtuoso vivirá más feliz y más rico que otros lleno de vicios, y se defenderá mejor de todo ataque." Para Martí, "ser culto es el único modo de ser libre".

Recordar a los héroes y mártires y continuar sus obras era para Martí un deber de obligatorio cumplimiento, por ello afirmaba: "Corre peligro de perder fuerzas para actos heroicos nuevos aquel que pierde, o no guarda bastante, la memoria de los actos heroicos antiguos."

Y la Revolución Cubana se refugió en ellos, en especial en Martí. Menciono a continuación parte del discurso de Fidel Castro pronunciado en el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela, el 3 de febrero de 1999. Expresaba el DR. Castro Ruz: "Fueron las leyes revolucionarias las que más contribuyeron a crear en nuestro país una conciencia socialista, y fue ese mismo pueblo, inicialmente analfabeto o semianalfabeto, que tuvo que empezar por enseñar a leer y a escribir a muchos de sus hijos, el que por puros sentimientos de amor a la libertad y anhelo de justicia derrocó a la tiranía y llevó a cabo y defendió con heroísmo la más profunda revolución social de este hemisferio. Apenas dos años después del triunfo, en 1961, logramos alfabetizar alrededor de un millón de personas, con el apoyo de jóvenes estudiantes que se convirtieron en maestros; fueron a los campos, a las montañas, a los lugares más apartados, y allí enseñaron a leer y a escribir hasta a personas que tenían 80 años. Después se realizaron los cursos de seguimiento y se dieron los pasos necesarios, en incesante esfuerzo para alcanzar lo que tenemos hoy. Una revolución solo puede ser hija de la cultura y las ideas."

El martes 5 de noviembre, en esta Universidad producto de la lucha inclaudicable de las Madres, tuvimos el alto honor de contar con la presencia de Hart Dávalos, aquel Ministro de Educación que a los 28 años encaró la gran tarea de la alfabetización. Y entre tantas cosa bellas y enseñanzas que nos dejó su intervención, nos pidió que reflexionáramos sobre un punto, el principal componente de la cultura, dijo, es la JUSTICIA.
En esta primera parte he querido acercarme a demostrar dos aspectos: el papel importante del trabajo social en la construcción del ser humano y el papel fundamental que juega el dominio cultural como la principal herramienta del sistema capitalista para consolidar su dominio económico de saqueo de recursos y explotación humana.

La formación económica-social capitalista no ha cambiado. Propiedad privada de los medios de producción, explotación del trabajo humano, maximización de las ganancias, competencia descarnada entre sí y expropiación continua de la propiedad privada, son sus rasgos vertebrales. Pero el capitalismo es, como cualquier otra formación, un proceso histórico que adquiere, en el transcurrir de los tiempos, características nuevas, que no cambian su esencia, pero que se expresan actuando de formas diferentes a las anteriores, cambios que producen efectos sobre las conductas de los seres humanos.

Enrique Carpintero, que también participa en este Congreso, afirma que "La precariedad del trabajo y la fragilidad de los soportes de protección social traen como consecuencia la sensación de inestabilidad y vulnerabilidad social, ya que el trabajo es más que trabajo y por lo tanto la desocupación no es solamente falta de empleo."

Voy a referirme a una anécdota que me toca muy de cerca. Mi padre, que era obrero mosaísta y comunista, vivía en una ciudad del interior de la provincia, San Pedro. No había podido finalizar el primario por empezar a trabajar, pero sabía leer y escribir; leía todo lo que en sus manos cayera y participaba en todos los eventos políticos y sociales llegando a fundar y a ser presidente de un club muy popular, con un sugestivo nombre: "Independencia". En el pueblo había un cura muy conservador, folclóricamente conservador diría, era el Padre Celeste, así se llamaba. Y la Iglesia era, es, una hermosa construcción que se levanta señorial en la misma zona donde también se ubican la Intendencia, el Banco Nación y la Liga Deportiva. Mi padre fabricaba los mosaicos en una vieja prensa tracción a sangre, y hacía buenos mosaicos, en particular los que contenían dibujos con distintos colores.

Un cura conservador y un obrero comunista, en un pueblo chico, no son precisamente condiciones para fomentar una amistad y así lo era. Resulta que una vez hubo que reponer unos mosaicos que se cambiaron en la iglesia y había que hacerlos igual, no solo el complejo dibujo, sino el color gastado por los años y los fieles. Menudo problema para el Padre Celeste, le habían dicho que el único que podía hacerlo era el comunista. Quizá consultó con Dios y él le dio la autorización. Pero faltaba la otra punta: ¿aceptaría el comunista ese?. Vía tercera persona, no podía ser de otra manera, le piden a mi padre hacer el trabajo. Y dice que sí. Copió el dibujo, analizó los colores cientos de veces hasta lograrlo y se puso a fabricar los mosaicos. Cuando estuvieron listos no había casi diferencia con los originales. Nunca lo vi tan contento ni tan orgulloso. Eso sí, continuó sin hablar con el Padre Celeste, y el Padre Celeste sin hablar con el comunista.

Pero el ejemplo vale. El trabajo dignifica y enaltece. En San Pedro miles de ciudadanos aún transitan sobre los mosaicos que fabricó durante sus 66 años de obrero. El reconocimiento que recibió de la sociedad capitalista fue una jubilación mínima, de 140 pesos, el reconocimiento que recibió de la vida no tiene precio.

Hace unos meses participé de una de las hermosas charlas que organiza Hernán Schiller, esta vez sobre "Historia del movimiento obrero" Uno de los panelistas invitados, no recuerdo su nombre, contó lo siguiente. Relató que cuando era niño fue con su padre a una reunión de los obreros de un astillero que se efectuaba en la Boca. En plena Asamblea, donde se debatía cómo eliminar al capitalismo de la faz de la tierra, donde se denunciaba la explotación a la que eran sometidos los trabajadores del mundo, donde se hablaba de que había que tomar el poder y aplicar la dictadura del proletariado, observó, inquieto, que ingresaron tres personas con traje y corbata y maletines de moda en la época y se quedaron escuchando hasta que el acto finalizó con La Internacional. El niño pensó que eran policía, o de Investigaciones que buscaban extranjeros para expulsarlos. Nada de eso, cuando el acto finalizó, los hombres bien vestidos dejaron a los organizadores una lista: Necesitaban calderistas y soldadores.

¿Qué cambió? Eso cambió. Entre otras muchas cosas.

Richard Sennett, en su libro "La corrosión del carácter: las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo" se refiere a un cambio cuyo efecto sobre el carácter, a su criterio, es fundamental. Se refiere al "capitalismo flexible" como una nueva forma de capitalismo. Aclaro que esa definición corre por cuenta del autor. Si es por colocar adjetivos calificativos al capitalismo tenemos cientos de ejemplos, desde salvaje" hasta el capitalismo "humano" y "transparente" que nos propone, quizá sinceramente, Elisa Carrió.

Sennett estudió esos cambios y es un aporte importante. Expresa: "Es totalmente natural que la flexibilidad cree ansiedad -afirma- la gente no sabe qué le reportarán los riesgos asumidos ni qué caminos seguir." Y comenta: En el pasado, quitarle la connotación maldita a la expresión "sistema capitalista" dio lugar a muchas circunlocuciones como sistema de "libre empresa" o de "empresa privada". En la actualidad, el término flexibilidad se usa para suavizar la opresión que ejerce el capitalismo."

Basado en que el carácter, considerado éste como el valor ético que atribuimos a nuestros deseos y a nuestras relaciones con los demás, se centra en particular en el aspecto duradero, es decir, de "largo plazo", Sennett se pregunta: "¿Cómo decidimos lo que es de valor duradero en nosotros en una sociedad impaciente y centrada en lo inmediato? ¿Cómo perseguir metas a largo plazo en una economía entregada al corto plazo? ¿Cómo sostener la lealtad y el compromiso recíproco en instituciones que están en continua desintegración o reorganización?"

Al "capitalismo flexible" le podríamos dar una definición más aproximada: en principio se trata del Imperialismo, que adquiere, cierto es, características distintivas en esta etapa que estamos atravesando con relación a anteriores y que adquirirá en el futuro, de no ser derrotado, características distintivas a la actual. El filósofo cubano Rubén Zardoya alertaba que: "Las fuerzas políticas de izquierda y los movimientos populares no pueden formular su estrategia y sus tácticas de lucha sobre la base del diagnóstico que el imperialismo hace de sí mismo, ni asumir seudoteorías puestas en boga por los "tanques pensantes" que defienden los intereses de los monopolios transnacionales, o por quienes consideran posible eliminar los males inherentes a la sociedad capitalista sin abolirla." Ese nuevo capitalismo "flexible" es el capitalismo monopolista transnacional, es el imperialismo unicéntrico producto de su desarrollo y de la derrota del socialismo real, es el imperialismo que se sustenta en las transnacionales financieras y en la especulación financiera. Para aquello que deseen profundizar esta cuestión les recomiendo lean el libro "Transnacionalización y Desnacionalización" que escribiera Zardoya junto a Felipe Gil Chamiso, Roberto Regalado y Rafael Cervantes.

Cuando aplicamos la palabra "flexibilidad" al trabajo, podríamos bien reemplazarla por "precariedad". Porque los trabajos se han precarizado, es decir, son esencialmente precarios. Es cierto que hoy es imposible pensar a "largo plazo" y que ello produce incertidumbre y temor. Mi padre, orgulloso con los mosaicos que indirectamente solicitara el cura Celeste, trabajó en su oficio por décadas y se construyó su vivienda. Seguramente, los calderistas y soldadores que necesitaban esos hombres de traje y corbata también sintieron el orgullo de que se los necesitaba y también lograron su vivienda. ¿Se necesita hoy trabajadores? Sí, ni siquiera menos pese a la aplicación de los avances tecnológicos, pero en contra de lo que se afirma, menos preparados integralmente y, por ende, menos necesarios y fáciles de reemplazar, no sólo porque el puesto lo espera un ejército cada vez más numeroso de desocupados, sino porque es más fácil su reemplazo.

Esto no es nuevo, dirán algunos y señalarán a no dudarlo "Tiempos Modernos", aquella genial película de Chaplín. Pero estos son tiempos más modernos, ya no existe la fábrica gigante que requería que miles de obreros se concentraran en un predio de un kilómetro de largo, donde descargaban el metal en una punta y cargaban el automóvil en la otra. Ahora el contacto social desaparece. El metal se descarga en varios, distintos y distantes países donde cada uno se especializa en una parte distinta del auto que se termina ensamblando en otro. Ya no están juntos obreros de un mismo país, de un mismo idioma, de una misma cultura.

El hombre es hoy sometido, por parte del imperialismo actual, a infinitas presiones que incluso reducen su expectativa de vida.

Si ha perdido el trabajo tiene escasas o nulas posibilidades de reinsertarse nuevamente como trabajador. Esa reinserción se transforma en imposible si el trabajador pierde su empleo contando con más de 40 años de edad. Esa reinserción se torna complicada para el joven que busca trabajo por primera vez, que debe considerarse afortunado porque obtuvo una "pasantía" que le permite trabajar sin cobrar. Porque hasta ese nivel llega la barbarie capitalista, hacer trabajar a la gente sin pagarles nada.

El desocupado sabe que difícilmente pueda volver a ser ocupado, bajo este sistema me refiero, lo sabe por experiencia, porque ha perdido el tiempo buscándolo, consumiendo su poco dinero en pagar colectivos o trenes y en gastar zapatos. El desocupado sabe que por serlo muchas cosas cambian en su vida. Queda sin cobertura de salud toda su familia, a merced de las inclemencias de la vida. Ya no es más sostén de su hogar y ello representa un duro golpe a su autoestima, ya no puede garantizarle nada a sus hijos, ve cómo su compañera intenta reemplazarlo, se siente inútil y más inútil cuando los formadores del pensamiento único se esforzaron por hacerles creer, por lo menos en la primera parte de este proceso, de que él es el responsable de su propia desgracia, ya que no se ha capacitado y no estaba en condiciones de enfrentar los cambios inevitables que una sociedad dinámica, vertiginosa y cambiante producía. Nota que sus amigos no lo llaman con la frecuencia de antes, hasta que no lo llaman directamente. Tampoco puede ir al bar o al club. Y llega el momento en que ya no busca más trabajo, que se resigna a su nueva condición. Camina mirando el piso, habla solo y sufre, es un sufrimiento profundo, es un alarido que arranca del pasado, algunos no lo soportan y mueren, del corazón o por mano propia, pero siempre de pena.

Si alguno pudiese demorar ese proceso de destrucción familiar porque contaba con algunos ahorros, el sistema defensor de la propiedad privada se encargó de quitárselo.

Si alguno había cambiado el alquiler por la cuota de la casa propia, el sistema defensor de la propiedad privada se encargará de quitársela.

Las alternativas son recurrir a una justicia corrupta, presionar a legisladores corruptos y ser blanco de la represión, único punto donde el Estado burgués mantiene la eficiencia y la presencia.


Es el trabajador desocupado que se aísla, que se encierra en su casa, que se avergüenza de su condición, que se culpa a sí mismo, que se torna a veces agresivo y melancólico. Algunos llegan a niveles tan extremos de pobreza y marginación que alcanzan pavorosos niveles de desnutrición que los lleva a ellos y principalmente a sus hijos, a la muerte o a la anulación del intelecto.

Pero está el trabajador desocupado que no se resigna a serlo, que comprende o comienza a comprender que lo han engañado, usado, explotado, que no está dispuesto a que los males de la sociedad se lo atribuyan a él, que no está dispuesto a ser castigado. Ese trabajador desocupado no se aísla, se junta, con otros en igual condición, no va solo, toda su familia lo acompaña, esposa, madre, hijos, incluso los pequeños. Pide, exige y también piensa. Corta rutas y ocupa plazas y predios. Hace planes y conversa y discute sobre ellos con sus compañeros de infortunio. Preparan la comida repartiendo lo poco que tienen. Aplican la solidaridad. Cada uno de ellos comienza a reconocerse como individuo y a saber, simultáneamente, que su reconocimiento como individuo, como actor social, deriva de su integración como grupo social. Y cobra identidad y logra apellido: Piquetero, rescatando quizá la historia de los que utilizaban el piquete como una forma de lucha para garantizar huelgas y tomas de establecimientos fabriles. Distintos niveles de conciencia nos indican que ese trabajador puede luchar por solamente el plan trabajar, o que pueden luchar además por reinsertarse, no importa en qué condición, en el llamado "mercado laboral" reclamando fuentes de trabajo, o que pueden llegar a luchar por cambiar esta sociedad perversa que impone el capitalismo. No importa dónde el grado de conciencia lo ubica ahora, este trabajador desocupado lucha y con la lucha crece, conoce su protagonismo y no regala ni abandona fácilmente su autoestima.

Está el trabajador desocupado que genera su propia inserción generando algún trabajo, algún medio de vida. Es por cierto un trabajo en extremo precario, pero trabajo al fin. No es el cuentapropismo tradicional, donde un obrero que perdía su trabajo en una fábrica de automóviles ponía un "taller" en su casa, o el de mantenimiento de otra fábrica que se convertía en plomero o electricista. Es, paradojalmente, el trabajador sin oficio de habilidad, que lo obliga a abrir un puestito de choripán, a vender baratijas en trenes y colectivos o, fenómeno que se reprodujo enormemente, a recoger y seleccionar basura, a ser cartonero, más específicamente, a invadir el mundo de los cartoneros tradicionales. No sabe cuánto puede recoger, cuánto puede obtener, cuántas horas debe aplicar a esa recolección, con cuántos miembros de su familia contará y que enfermedades pueden adquirir.

Y está el trabajador desocupado que no se resignó a serlo, porque la empresa donde trabajaba quebró, porque el capitalista decidió no producir más, y él (ellos) se hacen cargo de la misma, y que ahora planifican y aceptan el desafío de continuar produciendo, y que ahora ya no tienen que preocuparse más por su labor específica sino que deben participar en todo el proceso, en los costos, en la provisión de la materia prima, en el almacenamiento, en la eficiencia, el la venta y en la cobranza entre otras complejas cuestiones que hacen a lo productivo, a lo comercial, a lo financiero y a lo legal.

Ese trabajador continúa siéndolo y eso solo constituye un logro significativo. Eso solo valoriza enormemente su personalidad y le permite crecer. Primero reconoce lo colectivo como lo más valioso, no es una decisión solo personal, no podría llevarse a cabo si fuese así. Es una decisión colectiva, es una decisión de un grupo que tienen algo en común, son trabajadores. Es también la prueba de que son ellos los que generan riqueza, el dueño se fue y la producción continúa, en algunos casos hasta mejor, y en otros hasta incorporaron más trabajadores. Comprenden que para producir no se necesitan capitalistas, que solo se necesita capital y que el capital deriva del trabajo. Producción "obrera" señalan algunos, sin saber que la producción siempre fue obrera.

Por otra parte están los que tienen trabajo, los que aún tienen trabajo. Saben de la precariedad del mismo y por ello no pueden dormir en paz. Llevan esa precariedad encima, ese temor de que puede ser el próximo no lo abandona nunca, no importa la antigüedad, no importa el conocimiento, no importa la simpatía que intenta mostrar a sus superiores, tampoco importa la fidelidad que demuestra hacia ellos.

El imperialismo ha precarizado el trabajo no solo como una forma de obtener mayor plusvalía y poder, en función del precio, competir mejor entre ellos. El imperialismo ha precarizado el trabajo para minar la acción colectiva del trabajador, para debilitarlo como tal, para someterlo, para demostrarle falsamente de que no lo necesita. Muchas empresas han reducido considerablemente la cantidad de personas que figuran en sus plantillas pero no la cantidad de personas que trabajan en sus empresas. ¿Cómo? Desarrollando las agencias de empleos que le provienen de personal "temporal". Siempre "Temporal" aunque la función que deban cumplir sea estable.

A ese personal, que debe firmar "contratos basuras" en empresas volátiles, se lo somete a varias tensiones. Por un lado aparece la promesa no escrita de que si se muestra eficiente y colaborador, puede ser incorporado al plantel. Para hacer más verosímil esta promesa, cada empresa siempre tiene al menos un contratado que corrobora esa posibilidad: el contratado que acepta ese "desafío" entre comillas se esfuerza y trata de ser el empleado "modelo", hasta el día 90, cuando recibe el telegrama de que no debe concurrir más a ese lugar pero, como demostró ser bueno, en cuanto aparezca un nuevo trabajo a él lo van a llamar. La otra tensión es saber que eso le va a suceder y así, sus tres meses, se esfuerce o no, son más que nada un castigo.

Lo temporal impide planificar el futuro, como afirma Sennett, pero fundamentalmente impide, y eso es lo que más le interesa al imperialismo, establecer lazos sólidos entre los trabajadores y logra también en separar al personal entre los que pertenecen y los que no pertenecen a la empresa como si pertenecer fuese un privilegio.

Recurro también a otra anécdota, sobre un joven que trabajaba, vía agencia de trabajo temporal, en una empresa de servicios. Le fue renovado varias veces el contrato y su permanencia en esta empresa de servicios paso los dos años. Cuando no le renovaron más el contrato el joven reclamó la indemnización de ley a la empresa que lo contrató, no a donde trabajaba. Le respondieron que aceptara lo que le daban, una cuarta parte de lo que le correspondía y que le conseguirían más adelante trabajo. Consultó a un abogado y este le recomienda que le inicie acciones a las dos empresas, a la que lo contrató y a donde trabajó. Y así lo hizo. En las audiencias conciliatorias se llegó a un acuerdo, ya no era la cuarta parte sino la mitad, el doble de lo original. La agencia de colocaciones había, en ese lapso, cerrado su empresa y sus dueños abierto otra que, jurídicamente, no era responsable del despido del joven. Se efectuó el pago en largas cuotas y como corolario final le dijeron, con todas las letras. "Vos no vas a trabajar jamás". No es un simple caso, existe un VERAZ laboral, no reconocido oficialmente, donde haciendo uso de la moderna informática se registran los nombres de todas las personas que han efectuado un juicio reclamando por sus derechos.

El trabajador de plantilla "estable", no la pasa mejor. Ha aceptado de todo, en especial que le reduzcan el salario, que le retiren muchos de los beneficios que antes poseía y que le cambien horarios, vacaciones, espacios, etc. Pero continúa trabajando. Sorteó todos los temporales hasta ahora. Pero no está nada seguro y debe continuar dejando gran parte de su vida allí, donde no está, repito, nada seguro. Comienza a ver como un competidor, como un potencial enemigo a su compañero. No lo dice, pero lo siente así. Y puede que sea así. Va rompiendo los vínculos de solidaridad que tradicionalmente protegían y hacían fuerte al trabajador. Sabe que la mayoría ahora son contratados. Los pocos que quedan se reparten entre oficinas donde cada uno de los "estables" comparte con contratados y se los responsabiliza de las funciones que esos contratados deben realizar.

Y también esto. No pocos trabajadores son enviados a su casa a trabajar. Se les coloca una computadora, algunos programas y desde allí realizan, en soledad, su trabajo. Ya no tienen contacto con sus compañeros que no sea el del correo electrónico, elemento este más controlado, más económico y más fácil de controlar que la presencia personal. Ya no habla, escribe y poco y no lo que piensa. Si no tiene lugar en su casa lo hace. Modifica su forma de vivir, acumula hijos en lugares más reducidos para ganar espacio para su trabajo, utiliza no pocas veces a esos hijos para que le ayuden a hacer el trabajo. El imperialismo actual ha conseguido dispersar a esos trabajadores, evitar el contacto social, controlar a ellos y a sus familias, enterarse de lo que piensan y escriben y además, reducir espacio en su planta utilizando gratis la propiedad privada elemental del trabajador, su casa.

Miedo que no desaparece y que se lleva encima, miedo que no le permite dormir bien. Pérdida obligada del comportamiento solidario que lo lleva a arrastrar remordimientos, pérdida de la profesionalidad de sus funciones, aceptación de las condiciones de indignidad a la que es sometido, el trabajador con trabajo vive, sobrevive en condiciones anímicas denigrantes y desastrosas.

¿Y los jóvenes, aquellos a los que se les repite son "el futuro del país", que integran la mayor legión de pobres que el país ha conocido en toda su historia, que participan del mayor índice de desocupación en los enormes índices que el país contiene? ¿Qué decir de los jóvenes? Recuerdo la respuesta de uno de ellos a un medio, de esos que lucran con la miseria: ¿Estudiar, para qué, si después no tengo dónde trabajar? O esa trágica frase acuñada con nuestro mejor humor negro: La salida para los jóvenes es Ezeiza.

Mi padre, como muchos otros trabajadores de esa época, aspiraba a que sus hijos lograran la educación que ellos no pudieron alcanzar, aspiraban a que, al menos se completara el secundario, con un "perito mercantil" y, de ser posible, máxima aspiración "mi hijo el doctor". No estaba centrado ese deseo solamente en un mayor bienestar económico que desde ya lo contenía, sino en entenderlo también como una forma de ir mejorando la sociedad, algo muy similar e intuitivo como lo escrito por Freud en 1916 y que al inicio leyera. Con gente culta las diferencias se solucionan hablando y la justicia se instala más rápido Había esperanza, había expectativa y uno se imaginaba un futuro; en el caso de mi padre, había convicción de que las cosas en ese futuro serían mejores. El conocimiento no como mercancía, el conocimiento como un proceso social de la actividad humana, orientado a reflejar la realidad objetiva en la conciencia del hombre. O como decía Lenin en esta frase tan bella: el conocimiento "como la eterna e infinita aproximación del pensamiento al objeto".

Aún con todos los defectos que se le puede atribuir, nuestra educación pública, laica y gratuita, contribuyó a la formación de los jóvenes hasta que, como parte del dominio cultural, pusieron los cañones apuntando a ella para destruirla.

Hoy la mayoría de los jóvenes saben que los padres no pueden decirles lo mismo pues la enseñanza ya no es tan gratuita, cuando no lo es nada y cuando los contenidos de la educación han sido bastardeados y mediocratizados, aún cuando mantengan apariencia científica. Ese bastardeo es mayor en las ciencias sociales. La carrera de Economía Política en la UBA no solo no tiene nada de científica, también ha perdido el cientificismo con que ocultaba sus carencias. Para no pocos estudiantes el nombre de Marx es confundido con una marca de hamburguesa.

Los jóvenes quieren salir y no tienen dinero, quieren comer y no tienen comida, quieren trabajar y no encuentran trabajo, quieren construir un futuro y no encuentran futuro, quieren ser contenidos en un núcleo familiar y no encuentran familia. Destruir a la juventud es destruir el futuro. Al producir la destrucción de la juventud se está destruyendo a la sociedad toda.

El impresionante crecimiento del desempleo, de la pobreza y la marginalidad ha contribuido a incrementar los índices de criminalidad, pero no ha puesto en descubierto a los verdaderos criminales, a los que aplican las políticas que generan ese desempleo, esa pobreza y esa marginalidad, a los que se enriquecen con ellas..

Los daños a la salud mental de la población son enormes. Están en la mala alimentación y por supuesto en el hambre que producen daños irreversibles en el cerebro y en el desarrollo. Están en la pérdida de la autoestima, en la corrosión del carácter, en el miedo instalado, miedo a perder el trabajo, miedo a ser asaltado, miedo a traer hijos, miedo a conformar una familia, miedo al futuro y lo peor, miedo al presente. El daño a la salud mental afecta al pensamiento, afecta a la memoria, afecta a la imaginación, afecta a los sentimientos.

El dominio cultural le intenta dar explicaciones falsas a estos enormes males. Y esas explicaciones falsas arrastran a hombres y mujeres, muchas con buena voluntad. La primera y vergonzosa falsedad provino del senador que hace de presidente y que declaró, continuando con esa premisa del imperialismo para el dominio cultural, de hacer creer que el hombre es el responsable de su propia desgracia: "Yo diría que la responsabilidad es de la sociedad. En la Argentina nadie puede morirse de hambre si hay una sociedad que lo contenga" Miserable entre los miserables, el cómplice desde siempre del deterioro tremendo que sufre el país como consecuencia de las políticas económicas del imperialismo, del Consejo Empresario "Argentino" aplicadas por él y otros como él, traslada la culpa a la sociedad toda, entre ellos a los casi 18 millones de pobres y marginados.

Y como somos 36 millones, alguien supone que por cada pobre hay uno que no lo es y propone que cada argentino "que no esté tan mal" se ocupe de un indigente. "Buscar al prójimo que le toca a cada uno" es la fórmula mágica propuesta como acto humanista, fórmula que era más fácil de aplicar cuando los pobres no llegaban a 2 millones, o a 4, o a 6 o a 10 o a 12 millones, y ahora que son 18 y creciendo hay que presumir que sí funcionará.

Y también están los que elaboran la teoría de que recursos hay y suficientes, "lo que pasa es que están mal administrado" o "se roban todo" aplicando la regla Barrionuevo. Cierto es que hay que ser más solidario con el prójimo, nadie se va a oponer a ello, cierto es que la sociedad a veces se muestra demasiado indiferente frente a medidas que terminan yendo contra ella, sería por ello culpable de omisión, o culpable por haber colocado en el gobierno a infames traidores a la patria, cierto es que hay corrupción y que podrían administrarse mejor los fondos. Pero utilizar esos argumentos para intentar hacernos creer como sociedad de que esas son las causas de la pobreza, es una canallada infame. Enrique Carpintero observa la parte positiva de este proceso de genocidio económico sin figura penal que lo castigue y escribe: "Una consecuencia de esta política es el refuerzo del sentimiento de comunidad. La incertidumbre, el aislamiento, la desentificación, han traído como resultado la búsqueda de un "nosotros" como autoprotección: una entidad que permita soportar el vacío que el poder le reserva a la mayoría de la población." Ese avance no debe detenerse, debe crecer y continuar, en la confluencia de los piqueteros con las asambleas vecinales, con las organizaciones gremiales y solidarias, con los trabajadores de las empresas abandonadas por los empresarios, con los trabajadores en general, ocupados o desocupados, con los cooperativistas, con los estudiantes, con los miles de campesinos arrojados de sus tierras y con los que amenazan arrojar, con los empresarios pequeños y medianos, con los sindicatos y la CTA, con los partidos políticos de izquierda y progresistas, con todos aquellos que deseen fervientemente acabar con esta pesadilla infernal. Y todos ellos, todos nosotros, juntos, unidos en lo esencial, debemos crear una entidad, un gran frente popular y revolucionario, para llenar ese vació que el "poder le reserva a la mayoría", para reemplazar ese poder y este sistema por otro poder, el del conjunto del pueblo, que logre la segunda independencia, que logre un país distinto, con equitativa distribución de su riqueza, por medio de una democracia renovada y auténtica, donde tengan cabida las mayorías populares, donde tenga cabida la justicia, la ética, la solidaridad y la hermandad con todos los pueblos latinoamericanos unidos en un destino de grandeza común.

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* Docente de la Universidad de las Madres Contador – Economista – Escritor
Miembro de la Asociación Héctor P. Agosti

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