Suelos

La nueva revuelta de los campesinos

Los seis países fundadores de la Política Agrícola Común Europea tenían 22 millones de agricultores en 1957; en la actualidad su número ha bajado a 7 millones. Sólo un 20 por ciento de los agricultores más acaudalados y grandes de la Unión Europea reciben un 80 por ciento de los subsidios de la UE. Canadá perdió tres cuartos de sus agricultores entre 1941 y 1996 y la disminución continúa.

Por Katherine Ainger

Los seis países fundadores de la Política Agrícola Común Europea tenían 22 millones de agricultores en 1957; en la actualidad su número ha bajado a 7 millones. Sólo un 20 por ciento de los agricultores más acaudalados y grandes de la Unión Europea reciben un 80 por ciento de los subsidios de la UE. Canadá perdió tres cuartos de sus agricultores entre 1941 y 1996 y la disminución continúa.

Todo lo que se encuentra en un supermercado tiene su historia, si logramos descubrirla. Los alimentos desafían las estaciones, la geografía, las guerras, la distancia, la naturaleza. Afuera es invierno, pero adentro las piñas doradas de supermercado importadas de la Costa de Marfil, aún pequeñas y verdes, se bañan en la rezumbante luz halógena. Hay disturbios en Costa de Marfil, pero no parece haber interrumpido el flujo de frutas tropicales al frío norte. Junto a ellas hay extraños trozos nudosos de jengibre extraídos del suelo chino. Manzanas Gala de Francia, en bolsas y reducidas a mitad de precio. Aguacates de Israel y Chile. Pálidos tomates de las Islas Canarias, donde siempre hace calor, pero los frutos hay que cosecharlos verdes. Comidas "preparadas" llenan los estantes refrigerados. Aquí, envueltas en plástico, hay pequeñas mazorcas de maíz "baby" y guisantes mangetout de plantaciones en Kenia. Aquí hay bacalao, recogido por pesqueros de arrastre del agotado, revuelto y gélido mar del nordeste del Atlántico.

Aunque no nos cuenta su historia, lo que ponemos en el carro del supermercado escribe su propio lenguaje en nuestros cuerpos y nuestros estados de ánimo, nuestras familias, nuestras economías, nuestros paisajes. Puede significar la vida o la muerte en algún país lejano cuyo nombre apenas podemos descubrir en la impresión del embalaje. A todos nos afectan las tendencias en la economía global, en la manera más íntima y fundamental posible – a través de nuestra alimentación.

Esas conexiones se hacen visibles sólo excepcionalmente, cuando las personas que producen los alimentos nos hacen acordarnos de ellos. Los que trabajan los campos son una fuente poderosa de identidad cultural, sean los campesinos de México, los gauchos de Argentina, las paysannes de Francia, los conkies australianos, o el campesino de Yorkshire con su gorra aplastada. Sus imágenes son utilizadas para vendernos alimentos, porque las asociamos con la vida rural, la naturaleza y una excelente salud. Pero los que verdaderamente producen nuestros alimentos están perdiendo su sustento y abandonan los campos.

Durante los últimos dos años los granjeros productores de leche, en su dolor y cólera por el derrumbe de los precios, han bloqueado supermercados en todo el país, derramado la leche y boicoteado a los proveedores.

¿Por qué bloquean los supermercados? El precio medio que los agricultores británicos reciben por su leche es el más bajo en 30 años. El poder de negociación de los supermercados es tan abrumador que los precios que reciben los agricultores bajan continuamente. En 2000, los gigantes supermercados Tesco introdujeron subastas "invertidas" para sus proveedores en todo el mundo. Se les pidió que pujaran entre ellos hasta que Tesco obtuviera el precio más bajo.

Los supermercados culpan al consumidor por desear ‘alimentos baratos’ – pero hace 50 años los agricultores en Europa y Norteamérica recibían entre un 45 y un 60 por ciento del dinero que los consumidores gastaban en comida. En la actualidad esa proporción ha bajado a sólo un 7 por ciento en Gran Bretaña y a un 3,5 por ciento en EE.UU. [1]

Incluso ese símbolo máximo del individualismo elemental, el cowboy, se ha vuelto una especie en peligro. La mayor parte de los rancheros de los Grandes Llanos de Nebraska están todo el tiempo en bancarrota, hipotecando o vendiendo sus tierras y su ganado para sobrevivir. El cowboy cabalga hacia el último ocaso y los Grandes Llanos se despueblan continuamente.

Los detalles son específicos para cada país, pero las tendencias generales son internacionales porque la crisis en la agricultura es global.

Los seis países fundadores de la Política Agrícola Común Europea tenían 22 millones de agricultores en 1957; en la actualidad su número ha bajado a 7 millones. Sólo un 20 por ciento de los agricultores más acaudalados y grandes de la Unión Europea reciben un 80 por ciento de los subsidios de la UE. Canadá perdió tres cuartos de sus agricultores entre 1941 y 1996 y la disminución continúa. En 1935 había 6,8 millones de agricultores activos en EE.UU.; en la actualidad su cantidad es de menos de 1,9 millones – menos que toda la población carcelaria del país.

El suicidio es ahora la principal causa de decesos entre los agricultores de EE.UU.; ocurre a un ritmo tres veces superior que en la población en general. En Gran Bretaña se suicida un agricultor por semana. [2]

En los países más pobres la situación es aún peor. La mitad de la población del mundo sigue ganando su sustento en los campos – y son ellos los que alimentan a la mayoría de los más pobres del globo. En el sur de Asia y en el África sub-sahariana, más de un 70 por ciento de la población vive de la tierra. La agricultura representa, como media, la mitad de la actividad económica total.

En Filipinas la cantidad de hogares agrícolas en la región productora de arroz de Mindanao se reducirá a la mitad. Entre 1985 y 1995 el número de personas trabajando en agricultura en Brasil bajó de 23 millones a 18 millones. En China se estima que 400 millones de agricultores corren riesgo de perder su sustento por completo. En todas partes a los agricultores a pequeña escala se les está "haciendo desaparecer".

¿Por qué sucede esto? Alguien, en alguna parte, debe estarse beneficiando. La respuesta no es difícil de encontrar. No se encuentra en la tierra, sino dentro de las corporaciones que han llegado a ser conocidas colectivamente como ‘agronegocios’. Recorren el planeta comprando al precio más bajo posible, colocando a cada agricultor en competencia directa con todos los demás. Aunque han impuesto la reducción de los precios de las cosechas -a menudo aun por debajo del coste de producción- los precios de los suministros como semillas, fertilizantes y pesticidas han aumentado.

El control de la ‘cadena alimenticia’ se concentra cada vez en menos manos. Según Bill Hefferman, sociólogo rural de la Universidad de Missouri, en algunos casos hay un ‘control ininterrumpido y totalmente integrado del sistema alimenticio desde el gen hasta el estante del supermercado. [3] Cuando las dos gigantescas corporaciones Monsanto y Cargill se asociaron, llegaron a controlar las semillas, los fertilizantes, los pesticidas, la financiación de las granjas, el procesamiento del grano, la producción de alimentación para el ganado, la producción y la matanza del ganado, así como varias marcas de alimentos procesados. El sistema, desarrollado en EE.UU., se está exportando a otros países en el nombre de la globalización.

Este nivel de control es una de las razones por las que las semillas genéticamente modificadas (GM) causan tanta preocupación. Dan al agronegocio aún más armas para imponer una dependencia total de sus semillas patentadas. Algunas de ellas exigen que se utilice su propia marca de herbicidas e incluso sus propias marcas de ‘disparadores’ químicos (conocidos como tecnología ‘traidora’) que el agricultor tiene que emplear antes de que la semilla germine.

Éste es el secreto de la desaparición del agricultor familiar en el norte -y del campesinado en el sur. Para hacer que desaparezcan, además de matarlos, tienes que convertirlos en trabajadores vulnerables en una línea de montaje, sin control sobre sus propias operaciones, y comprometidos con las corporaciones.

El agronegocio establece las reglas del comercio internacional. Cargill fue en gran parte responsable por el Acuerdo sobre Agricultura en la Organización Mundial de Comercio (OMC), que liberaliza el mercado global de productos agrícolas. Los agricultores, particularmente en los países pobres, ven que es imposible competir con las importaciones baratas. Un cierto James Enyart de Monsanto dijo hablando del acuerdo de "propiedad intelectual" de la OMC (conocido como ‘TRIPs’) que posibilita su propiedad de semillas y material genético a escala mundial: "La industria ha identificado un problema importante en el comercio internacional. Elaboró una solución, la redujo a una proposición concreta y la vendió a nuestro propio gobierno y a otros más".

¿Qué importa que pequeños productores ‘ineficientes’ sean erradicados por la agricultura corporativa globalizada? La teoría del libre comercio se basa en la idea de que los países deben especializarse, producir las cosas que hacen mejor y comprar todo lo demás. Pero, como dice Kevan Bundell de Christian Aid: "Tiene poco sentido para los países pobres o los agricultores pobres aceptar más riesgos si tienen que depender del funcionamiento eficiente de mercados que con demasiada frecuencia fracasan o no existen". [4]

¿Cuán eficiente es un sistema de agricultura que ignora los inmensos costos de la eliminación de la contaminación química del agua o de la pérdida de la diversidad genética? ¿Cuán ‘saludable’ es crear nuevas enfermedades en animales y la resistencia a los antibióticos en la gente? ¿Cuán ‘barato’ es el gasto en subvenciones públicas al agronegocio privado, al transporte global o a la desintegración social en las áreas rurales?

La lógica prevaleciente del libre mercado se pregunta por qué deberíamos suministrar apoyo sólo para mantener a la gente en un estado de ‘retraso’ y de pobreza rural. Pero la experiencia nos muestra que cuando esa misma gente pierde su sustento rural, sólo unos pocos encuentran mejores puestos de trabajo en la ciudad. Muchos terminan en los enormes y crecientes barrios pobres de las ciudades.

"El futuro de los ingresos y del empleo campesino es lúgubre", dice Chen Xiwen, vice-director del centro de investigación del Consejo de Estado de China. Según Chen, en 2001 más de 88 millones de trabajadores migraron de áreas rurales a las ciudades en China, la mayoría para ser empleados en "condiciones sucias, duras, peligrosas e inseguras".[5]

El problema no es si tenemos derecho a condenar a la gente a la dura vida de un agricultor pobre -una acusación lanzada a menudo contra los que se oponen al régimen del comercio global y al cartel alimenticio que lo rige. El verdadero problema es si los agricultores vulnerables tienen ellos mismos alternativas que tengan sentido. Necesitan tener una voz internacional para sus propias prioridades.

Que se coman el comercio.
Nettie Webb, un campesino canadiense, explica: "La dificultad a la que enfrentamos, como agricultores, es que estamos arraigados en los sitios en los que vivimos y donde cultivamos nuestros alimentos. El otro lado, el mundo corporativo, es móvil en el ámbito global".

Para decirlo de otra manera, las reglas del comercio global pueden estar transformando fundamentalmente la agricultura, pero como cuestionó un escéptico: "¿Podemos presagiar una coalición de agricultores belgas, holandeses, franceses, italianos, uruguayos, brasileños y neozelandeses manifestándose ante una reunión del GATT en Punta del Este? ¿Y qué podrían exigir que los beneficiara a todos, ya que todos compiten los unos contra los otros?"[6]

En realidad, Vía Campesina ha estado manifestando ante cada reunión de la OMC desde 1994. "No nos intimidarán. No nos ‘desaparecerán’", han declarado. Esta alianza global de agricultores pequeños y familiares, campesinos, gente sin tierra e indígena, mujeres y trabajadores agrícolas, tiene millones de miembros -la vasta mayoría proveniente de los países pobres- y propone un paradigma agrícola alternativo.

Se basa en la idea de la "soberanía alimenticia". Es, dicen, "el DERECHO" de los pueblos, de las comunidades y de los países de defender sus propias políticas agrícola, laboral, pesquera, alimenticia y rural, que sean adecuadas ecológica, social, económica y culturalmente a sus particulares circunstancias".

Consideran que la alimentación es un derecho humano, no una mercancía, y que su trabajo -la producción de alimentos- es fundamental para toda existencia humana. Esta actitud la resume una respuesta de una cooperativa alimenticia al presidente brasileño Cardoso cuando éste dijo que la agricultura tiene que someterse a la ley del mercado: "Muy bien, señor presidente. Cuando Brasil ya no necesite alimentos, entonces usted podrá dejar que quiebre la agricultura".[7]

Los campesinos de Vía Campesina argumentan que nada tan vital como la alimentación debe ser dirigido por la OMC. Han estado dirigiendo la campaña para que se saque por completo a la agricultura de la competencia de ésta última. Esto no significa que sean ‘contrarios al comercio’. Creen en el comercio con bienes que un país no pueda producir por sí mismo. Una vez que un país ha satisfecho sus propias necesidades alimenticias y su producción debe poder comerciar con el excedente.

Estuve con Vía Campesina en el Foro Social Mundial de 2002 en Porto Alegre, Brasil, donde explicaron su visión con más profundidad… : Estoy en el patio del convento del Capuchino. Hay árboles de mango y papaya con frutos verdes. Los delegados de Vía Campesina -gente parca en palabras- están sentados en bancos, toman café dulce y meditan.

José Bocquisso Jr explica los puntos de vista de la Unión Nacional de Campesinos en Mozambique. "Mozambique era uno de los mayores procesadores de anacardos del mundo", dice. "Pero, por causa del FMI, la industria fue privatizada y cerraron las plantas de procesamiento… La gente debería concentrarse en la producción de alimentos para su propio consumo, no productos de exportación… Si producimos mucho algodón el precio termina estando por debajo del coste de producción, y la gente se queda con pilas de algodón, pero sin alimentos y sin dinero. En nuestra organización nos concentramos en la producción de alimento, alentamos a nuestros miembros a asegurar en primer lugar sus necesidades diarias. No importa tanto si no tienen dinero, porque han asegurado su alimentación y han garantizado su capacidad de alimentar a sus familias". Su grupo forma parte del creciente contingente africano en Vía Campesina. "Es muy fortalecedor poder sentirse parte de un movimiento global. Las potencias globales tienen que ser combatidas globalmente".

Vía Campesina no se opone a la tecnología. Su visión se basa, sin embargo, en un modelo de agricultura que crece desde la base, en el que el conocimiento de los agricultores tiene un sitio importante. Por cierto, todos los argumentos de Vía Campesina sobre los alimentos y la agricultura -sean los genéticamente modificados, el acceso a la tierra o a los mercados -provienen de un tema central: el control.

Indra Lubis, parte de una coalición de 13 uniones de campesinos indonesios con 900.000 miembros, explica que el rechazo de semillas y pesticidas genéticamente modificados tiene que ver con la autodeterminación. "Con Monsanto, que ha plantado café GM en el sur de Sulawesi, tenemos que depender de ellos para las semillas. Quieren controlar la producción de algodón y de alimentos. Como campesinos, nos convertirán en dependientes de las corporaciones multinacionales. Pero somos independientes cuando desarrollamos nuestra propia agricultura. Utilizamos nuestro propio sistema productivo, sin fertilizantes químicos o herbicidas. Utilizamos semillas locales y fertilizantes locales. En Indonesia tenemos una enorme variedad de semillas. Es una parte íntegra de nuestra cultura".

Un setenta por ciento de los agricultores del mundo son mujeres -la mayor parte de los que están en este patio son hombres. Rosalva Gutierrez, de la Asociación de Organizaciones de Productores de Belize, me dice: "Son siempre las mujeres las que se llevan la parte más dura como agricultoras, madres y esposas. Tenemos muchas mujeres fuertes, pero se ha abusado de ellas durante tantos años, la autoestima de las mujeres es muy baja. De manera que organizamos talleres y formación. Soy coordinadora del proyecto de mujeres y de la coordinación internacional de Vía Campesina -¡trato de asegurar que lo que Vía Campesina dice en teoría sobre la igualdad de los géneros se convierta en realidad!"

Y me dice: "No consideramos que los agricultores sean de países diferentes. Los agricultores comprenden los mismos problemas en todas partes".

Vía Campesina dice que la producción de alimentos tiene un papel especial que jugar en la vida, la salud, la ecología y la cultura rurales.

Kanya Pankiti, campesina del sur de Tailandia -en su primer viaje fuera del país- dice que la manera como su gente produce alimentos preserva los bosques, el agua y el suelo. Piensa que los brasileños no están plantando suficientes árboles. "Tal como los brasileños llevan la agricultura en la actualidad, causarán la erosión del suelo", dice, recogiendo y mordisqueando hojas que reconoce porque existen en su país -jamás los brasileños han pensado en cocinarlas.

Kanya sabe mucho de árboles. Dice: "El departamento de bosques de Tailandia no piensa que la gente puede vivir en los bosques y preservarlos. La realidad es que hemos vivido en los bosques durante cien años. No son los aldeanos los que destruyen los bosques, sino los leñadores. Cuando aclaran el bosque la tierra pierde su fertilidad. Su casa está en las afueras de una zona nueva de Parque Nacional, sus tierras dentro, y a ella quieren echarla. "Cuando declaran un Parque Nacional", dice, "se sientan en una oficina con aire acondicionado y miran un mapa".

¿Qué piensa del Foro Social Mundial? Va a volver y decirle a su aldea "que no están solos en el mundo, luchando por la tierra, y que podemos vincularnos con los que están en otros países".

Para todo el que come, el problema de quién controla la cadena alimenticia, -los agricultores, o un cartel de corporaciones alimenticias cada vez más poderoso- no es menos pertinente que para Indra, Kanya o José. Al mismo tiempo que los consumidores del mundo rico objetan cada vez más a la agricultura industrial, al uso de antibióticos en el ganado, a los residuos de pesticidas en los alimentos, a la pérdida de la biodiversidad y a pánicos alimenticios como la BSE [enfermedad de las vacas locas], este mismo modelo está siendo preparado para reproducirlo en todo el mundo, disfrazado a menudo de ‘desarrollo’.

Mario Pizano, miembro de la Confederación Campesina del Sur en Chile, se une a la conversación. "Las grandes compañías están comprando toda la tierra", se queja. "Respecto a la agricultura contractual, nos dicen: ‘les compraremos sus productos agrícolas sólo si ustedes nos compran los productos químicos que precisan’. Nos suministran productos químicos que están prohibidos en EE.UU. Y luego tenemos que darles una parte de nuestra cosecha. Si no podemos, nos quitan la tierra".

Pero él, y millones como él, se niegan a convertirse en siervos en su propia tierra. Al separarnos, se saca su gorra verde, estampada con el nombre de su organización, y me la da. "Esta organización es parte de mi persona", dice.

Notas
1 ‘What’s Wrong with Supermarkets’, Corporate Watch, 2002.
2 Bringing the Food Economy Home, Norberg-Hodge, Merrifield, Gorelick, Zed Books 2002.
3 ‘Where have all the farmers gone?’, Brian Halweil, WorldWatch 2000.
4 ‘Forgotten Farmers: Small farmers, trade, and sustainable agriculture’, Kevan Bundell, Christian Aid 2002.
5 ‘The Forgotten 800 Million: How Rural Life is Dying in the New China’, Guardian Newspapers, 18/10/2002.
6 ‘The Via Campesina: Consolidating an International Peasant and Farm Movement’, Annette Aurelie Desmarais, Journal of Peasant Studies, January 2002.
7 Cutting the Wire, Branford, Rocha, Latin America Bureau 2002.

* Título original: The New Peasants Revolt
– Autor: Katherine Ainger
– Origen: ZNet
Traducido por Germán Leyens y revisado por Inma Villarreal

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