El viernes 28 de marzo ocurrió un terremoto de magnitud 7,7 en el centro-norte de Birmania que dejó un saldo trágico de más de 2.000 fallecidos y miles de heridos. Sin embargo, la junta militar, a través de su portavoz Zaw Min Tun, confirmó que el número de muertos asciende a 2.056 y más 3.900 personas resultaron heridas. Las denuncias de violencia en medio de la catástrofe despertaron indignación en la comunidad internacional.
De igual manera, el Gobierno de Unidad Nacional (NUG), que se opone al régimen militar y administra algunas regiones del país, elevó la cifra de víctimas a 2.418 en su último informe. En contexto, esta cifra proviene de sus equipos en terreno y fuentes locales independientes, lo que señala que el impacto del sismo podría ser mayor de lo que se reporta oficialmente.
Bajo este aspecto, algunos medios de comunicación independientes, como el portal Mizzima, publicaron datos aún más alarmantes, estimando que los fallecidos podrían superar 3.000. Ante esto, se da a conocer la falta de acceso a las zonas más afectadas y el colapso de las infraestructuras dificultan la confirmación exacta de las pérdidas humanas y materiales.
Las zonas más afectadas ante el terremoto en Birmania
Esta catástrofe ocurrió en las ciudades de Naipyidó y Mandalay recibieron asistencia internacional, pero otras regiones gravemente afectadas aún esperan ayuda. Según el NUG, muchas áreas continúan sin electricidad, internet y medios de transporte, lo que retrasa las operaciones de rescate y distribución de suministros, además, al menos 11 ataques aéreos han sido ejecutados desde el terremoto.
El Ministerio de Asuntos Humanitarios y Gestión de Desastres del NUG dio a conocer sobre el peligro de lluvias en los próximos días, lo que podría empeorar la crisis (en esta zona destacan señales de terremoto). Sin embargo, miles de personas quedaron sin hogar y al enfrentar la falta de refugios adecuados las expone a condiciones extremas, aumentan el riesgo de enfermedades y otras complicaciones.
Pese a la urgencia, las restricciones impuestas por la junta militar dificultan la llegada de equipos de rescate extranjeros. En este sentido, organismos como la ONU alertaron sobre la falta de una respuesta rápida ante la emergencia y en cuanto a lo que deja el desastre natural por el lado de la oposición pro democrática había declarado una tregua de dos semanas para priorizar las labores de rescate.
La crisis sanitaria, desafíos y un país sumergido ante el dolor
Desde la ONU se encuentran advirtiendo que los centros médicos están colapsados y esto hace que muchas personas estén durmiendo a la intemperie por temor a nuevas réplicas. La falta de agua potable, alimentos, suministros médicos agrava la emergencia, además, reconstruir la infraestructura con edificios residenciales, hospitales y centros educativos llevará tiempo y dependerá en gran medida de la llegada de ayuda internacional.
Hasta el momento, China, Japón, Rusia y la Unión Europea prometieron asistencia, pero la gestión de estos recursos sigue siendo incierta debido al control militar del país, por ello el presidente de la junta militar de Birmania, Min Aung Hlaing, declaró el estado de emergencia y solicitado ayuda internacional. Bajo este aspecto, el terremoto agravó una crisis ya existente en Birmania, donde el golpe militar de 2021 metió al país en un espiral de conflicto, pobreza y desplazamiento forzado.
Cabe mencionar que, se estima que alrededor de 20 000 000 personas dependen de la ayuda humanitaria y que más de 3 600 000 fueron desplazadas por la guerra interna. Por último, el impacto del sismo también afectó a templos budistas emblemáticos, como la pagoda Mahamuni en Mandalay, fueron dañados y esto afectó a la población debido a su arraigo ante la identidad cultural y religiosa, la incertidumbre sigue reinando en Birmania.
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