La transición energética mundial se encuentra en una nueva y complicada fase operativa desde la perspectiva internacional. Pese al despliegue continuo de energía renovable que continúa superando sus máximas cifras de instalación, pese a que los precios tecnológicos no han dejado de caer, y pese a que la electrificación avanza con fuerza para el sector de la automoción y la industria pesada, el avance general es, sin embargo, profundamente insuficiente para afrontar la urgencia climática. Así lo afirma la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA) en el informe en el que señala que las crecientes tensiones geopolíticas, la fragmentación comercial, el permanente desarreglo de las cadenas de suministro y la feroz competencia por recursos naturales han colocado la seguridad energética y la resiliencia económica en la cúspide de la agenda política mundial.
La inversión y el empuje de la capacidad instalada
Para poder alcanzar el gran escenario que trata de limitar el incremento de la temperatura media de la Tierra a 2,7 °F con respecto al periodo preindustrial, será preciso un despliegue de capitales sorprendentemente inédito en la historia de la humanidad. La IRENA establece, por su parte, que las necesidades de inversión, contempladas como el principal motor futuro de las ganancias socioeconómicas globales, se aproximan a los US$256 billones para el periodo comprendido entre 2026 y 2050.
Este gigantesco importe macroeconómico equivale en sí mismo a ir inyectando al sistema tecnológico unos US$10,3 billones de forma continua a lo largo de las próximas tres décadas. La inmensa mayoría de estos fondos han de ser destinados obligatoriamente a la energía renovable, a la modernización de la infraestructura de redes, a la flexibilidad del sistema de carga y a la electrificación a nivel del uso final de la energía de los distintos ámbitos de los consumidores. Dicha magnitud del financiamiento es una exigencia absolutamente irrenunciable para poder llevar a cabo la rápida expansión física de la generación limpia a lo largo de millones de acres de superficie terrestre planificada a nivel internacional.
La electrificación sistémica como espina dorsal
En el marco de la trayectoria de profunda descarbonización a la que debemos transitar, la electricidad ha de pasar a ser el motor dominante del sistema económico mundial en un breve periodo de tiempo, La proporción de la energía eléctrica respecto al consumo final del planeta debería ir del 23 % actual hasta aproximadamente un 35 %, para alcanzar holgadamente más del 50 % a finales del presente siglo.
Esta rápida electrificación habrá de desarrollarse de una forma forzada y simultánea en todos los principales usos finales, desde la edificación de viviendas, la emergente industria manufacturera a los extensos sistemas logísticos de transporte pesado que realizan miles de millas a diario, reemplazando de una forma urgente la obsoleta y muy contaminante combustión mecánica característica de los tradicionales combustibles fósiles. La gran relevancia del cambio operativo de esa magnitud va mucho más allá de una mera reducción de las perjudiciales emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera.
Redes de transmisión, flexibilidad y eficiencia energética
El éxito de la electrificación renovable, que ya se ha convertido, sin duda, en la gran línea maestra del futuro de la energía, depende de ciertas infraestructuras técnicas. La inversión media anual del total de la interconexión eléctrica tiene que subir obligatoriamente y rápidamente de alrededor de US$500 000 millones hasta el billón de dólares cada año entre 2026 y 2035, de modo que, a partir de 2036, se mantenga en torno a los US$1,2 billones al año. Para 2050, por otro lado, la capacidad de almacenamiento en inmensas instalaciones físicas tiene que saltar de 416 GW en 2025 a prácticamente 6860 GW a mediados de siglo, con el objeto de gestionar debidamente las líneas de carga muy masivas y muy fluctuantes, que provendrán del avance de la IA y de los centros de datos.
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