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¿El comienzo del desastre? La Antártida se derrite a un ritmo alarmante e inesperado

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En las profundidades del Polo Sur, existe un escenario pesadillesco de desmoronamiento de hielo -y un aumento rápido en las aguas- que podría dar comienzo al desastre.

El glaciar Thwaites, en la Antártida Occidental, es tan remoto que sólo 28 seres humanos lo han pisado. Knut Christianson, un glaciólogo de 33 años de la Universidad de Washington, estuvo dos veces. Hace un par de años, Christianson y un equipo de siete científicos viajaron más de 1.600 kilómetros desde la Base McMurdo, la base de investigaciones más grande de la Antártida, para pasar seis semanas en el Thwaites.

Lo que cartografiaban era un futuro desastre global. Mientras el mundo se calienta, determinar con exactitud cuán rápidamente se derrite el hielo y crecen los mares puede ser una de las preguntas más importantes de nuestra era. La mitad de la población mundial vive a 80 kilómetros de alguna costa. Hay billones de dólares de propiedades ubicadas en playas y apiñadas en ciudades bajas como Miami y Nueva York. Una subida larga y lenta de las aguas en las próximas décadas puede ser manejable. Pero una más abrupta, no. “Si va a haber una catástrofe climática”, dice Ian Howat, glaciólogo de Ohio State, “probablemente va a empezar en Thwaites”.

El problema con el Thwaites, uno de los glaciares más grandes del planeta, es que también es lo que los científicos llaman “un sistema umbral”. Esto significa que, en lugar de derretirse lentamente como un cubo de hielo un día de verano, es más como un castillo de naipes: es estable hasta que se lo fuerza demasiado, y después colapsa.

Pero en los años recientes, las cosas se pusieron raras en la Antártida. El primer acontecimiento alarmante fue el colapso repentino, en 2002, de la barrera de hielo Larsen B, un enorme pedazo de hielo de la península Antártica. Una barrera de hielo es como una uña gigante que crece al final de un glaciar cuando se toca con el agua. Los glaciares detrás del Larsen B, como muchos otros tanto en la Antártida como en Groenlandia, son conocidos como glaciares “de terminación marina”, porque grandes porciones de ellos están bajo el nivel del mar. El colapso de las barreras de hielo no contribuye, en sí mismo, al aumento en el nivel del agua, puesto que ya están flotando (al igual que un hielo que se derrite en un vaso no eleva el nivel del líquido). Pero cumplen un papel importante para reforzar, o restringir, a los glaciares. Después de que se desplomara la barrera de hielo Larsen B, los glaciares que estaban detrás empezaron a caer hacia el agua a una velocidad ocho veces más rápida que antes. “Era como: ‘Oh, ¿qué está pasando acá?'”, dice Ted Scambos, el principal científico del National Snow and Ice Data Center en Boulder, Colorado. “Resulta que los glaciares son mucho más sensibles de lo que nadie había pensado.”

Pronto -posiblemente incluso para cuando estés leyendo esto-, un pedazo de la barrera de hielo Larsen C se va a romper y va a flotar hacia el océano que rodea la Antártida. El rompimiento del Larsen C, primo cercano del Larsen B, que ocurrió en 2002, se está desarrollando desde hace varios años. Pero en los últimos meses, se intensificó dramáticamente. Mientras escribo esto, la rajadura ya tiene más de 160 kilómetros de largo. Tal colapso de las barreras de hielo es exactamente lo que Mercer predijo que sería la primera señal de que el desastre era inminente. Cuando se rompa, probablemente será tapa de diarios, y se lo citará como una prueba de que la Antártida se está desmoronando rápidamente.

Pero también puede que no. “Las barreras de hielo se rompen todo el tiempo, y a veces no es un problema”, dice Alley, quien era estudiante en la Universidad de Ohio cuando Mercer era profesor sénior ahí. “Dependerá mucho de lo que veamos después de que se rompan las barreras, y de cómo reaccionen los glaciares del área.” Alley señala que los glaciares detrás de la barrera Larsen C son modestos, e incluso si todos se aceleran y caen al agua, probablemente sólo produzca una diferencia de centímetros en cuanto al aumento en el nivel del agua. En otras palabras, esta hendidura en sí misma, no es lo que Alley llama “un grito histérico por el fin del mundo”. Pero tampoco significa que tal desastre no esté en progreso en la Antártida Occidental, sólo que en una escala temporal ligeramente más lenta.

En las décadas recientes, las nuevas tecnologías satelitales les han dado a los científicos una imagen más clara de lo que está pasando en la Antártida Occidental, y gran parte de ella confirmó la hipótesis de Mercer. Desde el espacio, es posible medir los cambios en el ancho de los hielos, al igual que la velocidad con la que se retraen los glaciares como el Thwaites, y se alejan de la línea de apoyo. Y las noticias no son buenas. En 2014, dos científicos especialistas en hielo altamente respetados, Eric Rignot de NASA y Ian Joughin, de la Universidad de Washington, publicaron artículos separados que alcanzaban la misma conclusión. Como decía Joughin: “Nuestras simulaciones proveen pruebas claras de que el proceso de desestabilización de capas de hielo marina ya está avanzando en el glaciar Thwaites”. En una entrevista, Rignot fue más sucinto. En la Antártida Occidental, decía, “ya hicimos saltar el fusible”.

A más de 90 metros de altura, los peñascos de hielo del frente del Jakobshavn son los más altos del planeta. Hay una buena razón para ello. Alley y otros científicos descubrieron que los peñascos de hielo en los glaciares de terminación marina como el Jakobshavn o el Thwaites tienen un límite estructural de alrededor de 90 metros; después de todo, colapsan por el peso. De modo que, si bien hay secciones del Thwaites que tienen 1.800 metros de profundidad, Alley se dio cuenta, la integridad estructural del hielo no permitiría que el frente del glaciar se sostuviera tan alto. En otras palabras, los glaciares con un frente de hasta 90 metros pueden ser relativamente estables; después de eso, olvidate. Como me dice Alley: “Simplemente colapsan, colapsan, colapsan”.

Una de las formas con las que los científicos testean lo bien que un modelo puede predecir el futuro es ver cuán bien recrea el pasado. Si podés probar un modelo hacia atrás y obtiene los resultados correctos, podés probarlo hacia adelante y confiar en que los resultados serán adecuados. Durante años, DeConto y Pollard estuvieron tratando de que su modelo recreara el Plioceno, la era de hace tres millones de años en la que los niveles de CO2 en la atmósfera estaban cerca de los de ahora, excepto que las aguas eran seis metros más altas. Pero, sin importar los botones que tocaran, no podían hacer que su modelo derritiera las barreras de hielo lo suficientemente rápido como para replicar lo que el archivo geológico les decía que había ocurrido. “Sabíamos que faltaba algo en la dinámica de nuestro modelo”, me dice DeConto.

Alley sugirió que introdujeran su nuevo entendimiento de la física del hielo, incluyendo la integridad estructural del propio hielo (o su ausencia), y “ver lo que pasaba”. Lo hicieron y, oh, el modelo funcionó. Fueron capaces de hacer que el Plioceno se derritiera como debía. En efecto, encontraron el mecanismo faltante. Su modelo ahora estaba probado.

Por supuesto, lo siguiente que hicieron DeConto y Pollard fue probarlo hacia adelante. Lo que encontraron es que, en escenarios de alto nivel de emisión -es decir, el camino en el que estamos hoy-, en lugar de una contribución en el aumento del nivel del mar de prácticamente cero de la Antártida para el año 2100, había más de un metro, sobre todo de la Antártida Occidental. Si agregás un cálculo bastante conservador de la contribución al aumento del nivel del mar por parte de Groenlandia en el mismo tiempo, al igual que la expansión de los océanos, tenés más de un metro y medio. Es decir, el doble que el escenario más alto del IPCC.

En cualquier caso, la amenaza es clara. En un mundo racional, la conciencia de estos riesgos llevaría a rápidos y profundos recortes en la polución por carbono para desacelerar el calentamiento, al igual que a inversiones en más investigaciones en la Antártida Occidental, para entender mejor lo que está pasando. En su lugar, los americanos eligieron a un presidente que piensa que el cambio climático es una farsa, que está empecinado en quemar más combustibles fósiles, que instala al CEO de la compañía de petróleo más grande del mundo como secretario de Estado, que quiere cortar el presupuesto de la ciencia sobre el clima y, en su lugar, gastar casi 70.000 millones de dólares para construir un muro en la frontera mexicana y otros 54.000 millones para reforzar el ejército.

Al final, nadie puede saber exactamente cuánto tiempo más van a ser estables los glaciares de la Antártida Occidental. “No sabemos cuál es el límite superior para lo rápido que puede pasar esto”, dice Alley, y suena un poco asustado. “Estamos lidiando con un evento del que ningún humano hasta ahora fue testigo. No tenemos una analogía para esto.” Pero está claro que gracias a nuestro atracón de 200 años de combustibles fósiles, el colapso de la Antártida Occidental está en camino, y que todos los propietarios de condominios en Miami Beach, y los granjeros de Bangladesh, están viviendo a merced de la física del hielo. El propio Alley nunca lo dijo así, pero en la Antártida Occidental, los científicos descubrieron el motor de la catástrofe.

Jeff Goodell

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