La Amazonía sigue pareciendo infinita.
Cuando se observa desde un avión, el paisaje es una inmensa alfombra verde que se extiende hasta donde alcanza la vista. Cuesta imaginar que un bosque tan grande pueda estar en peligro.
Pero las apariencias engañan.
Los científicos calculan que la selva amazónica ya ha perdido alrededor del 17 % de su cobertura original entre áreas taladas, quemadas o degradadas. Y aunque sigue siendo el bosque tropical más grande y biodiverso del planeta, su tamaño no la hace invulnerable.
La preocupación es que el daño no se limita a las zonas donde desaparecen los árboles. También podría alterar los mecanismos que han permitido que la Amazonía funcione como uno de los grandes reguladores climáticos de la Tierra.
La Amazonía no solo recibe lluvia, también ayuda a crearla
La selva amazónica es mucho más que una enorme concentración de árboles.
En cierto sentido, funciona como un gigantesco sistema de reciclaje de agua.
Los árboles absorben enormes cantidades de humedad del suelo y la liberan a la atmósfera a través de sus hojas. Esa humedad alimenta la formación de nubes y contribuye a que las lluvias sigan llegando al propio bosque.
Es un ciclo que se retroalimenta constantemente.
Por eso la pérdida de árboles preocupa tanto a los científicos.
Cuando desaparece parte de la cobertura forestal, este mecanismo comienza a debilitarse. Algunas regiones pueden experimentar temporadas secas más largas, el suelo retiene menos humedad y los incendios encuentran condiciones más favorables para propagarse.
La gran paradoja es que la Amazonía parece inmensa, pero depende de un equilibrio mucho más delicado de lo que su tamaño hace pensar.
Por esa razón, algunos investigadores se preguntan cómo será este bosque dentro de cien años y si seguirá cumpliendo el papel que ha desempeñado durante miles de años.
Dos futuros muy distintos para la mayor selva del planeta
La comunidad científica monitorea constantemente el comportamiento de la atmósfera sobre la selva.
Muchos de estos reportes técnicos y análisis predictivos se suben a la plataforma de acceso abierto Arxiv, donde se estudia cómo las variables de temperatura afectan la supervivencia de los ecosistemas globales.
Los científicos ven dos escenarios posibles para las próximas décadas.
En el más optimista, la reducción de la deforestación, la restauración de zonas degradadas y un menor calentamiento global permitirían que grandes áreas de la Amazonía se recuperen y continúen funcionando como uno de los reguladores climáticos más importantes del planeta.
La selva seguiría ayudando a almacenar enormes cantidades de carbono, sosteniendo miles de especies de plantas y animales y contribuyendo al equilibrio de las lluvias en gran parte de Sudamérica.
El otro escenario es menos alentador.
Si la tala y el aumento de las temperaturas continúan al ritmo actual, algunas regiones de la Amazonía podrían volverse más secas, fragmentarse y perder parte de su capacidad para almacenar carbono y mantener su extraordinaria biodiversidad.
Eso significaría la transformación gradual de algunas zonas en paisajes más degradados y mucho más vulnerables a las sequías y a los incendios.
Las consecuencias irían más allá de los países amazónicos.
La Amazonía influye en los patrones climáticos de una parte importante del planeta y desempeña un papel fundamental en el ciclo global del carbono.
Por ahora, nadie puede decir con certeza cómo será este bosque dentro de un siglo.
Pero los científicos coinciden en algo: las decisiones que se tomen durante las próximas décadas tendrán un peso mucho mayor que el tamaño aparentemente infinito de la selva.
Porque la Amazonía sigue siendo inmensa.
Pero ya no puede darse por sentado que lo seguirá siendo para siempre.
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