La comunidad internacional se encuentra en un momento clave para el futuro de nuestro planeta, así como para la supervivencia de millones de ecosistemas. Durante la conferencia de la COP17, los países del mundo se han reunido para revisar y concretar un objetivo germinal: conseguir la recuperación del 30 % de ecosistemas degradados para 2030. La restauración de la superficie terrestre no es solo una posibilidad estética o un afán secundario, se considera la piedra angular sobre la que se amparan las esperanzas de estabilizar el clima, de proteger la rica biodiversidad y de asegurar los recursos naturales para las próximas generaciones de la humanidad.
La fuerte interconexión entre la pérdida de la tierra y la biodiversidad
Los datos obtenidos y analizados en profundidad de 100 países demuestran adecuadamente que donde la tierra se degrada, la pérdida de especies aparece inexorablemente (la regresión estadística muestra que la proporción de tierra degradada sobre la superficie terrestre está correlacionada directamente y de forma alarmante con el Índice de la Lista Roja de 2019, que mide el riesgo de extinción de las especies).
Los países con una baja proporción de tierra degradada presentan un índice cercano a uno, lo que significa un riesgo bajo de extinción, mientras que, en cambio, en las tierras donde la degradación es severa, cada vez más poblaciones de su fauna y su flora se encuentran en peligro de desaparecer definitivamente. Esa fuerte interrelación puede explicarse mediante el sencillo hecho de que el suelo no es un sustrato inerte sino un ecosistema vivo, dinámico y complejo en su propia escala. De hecho, más del 25 % de toda la vida que existe en la Tierra habita directamente en el suelo.
El suelo saludable como sumidero de carbono y cambio climático
Aparte de su incalculable valor como hábitat natural para la fauna mundial, la gestión sostenible de la tierra constituye la herramienta más poderosa, eficaz y menospreciada para mitigar el calentamiento global. Un suelo que sea verdaderamente saludable tiene la capacidad física y química para bloquear y almacenar grandes volúmenes de carbono, sacándolo de la circulación en la atmósfera. En efecto, sorprendentemente, la rica estructura terrestre asume tres veces más carbono del que existe actualmente suspendido en todo el aire.
La inmensa capacidad secuestradora de este recurso natural convierte las extensiones de tierra en unas grandes aliadas urgentes para llevar a cabo las fuertes reducciones de emisiones requeridas por la ONU. La magnitud de este potencial de mitigación es tal que la correcta gestión de los ecosistemas puede modificar significativamente la economía del clima en las próximas décadas. De acuerdo con proyecciones de las organizaciones ambientalistas, la tierra puede fácilmente contribuir con más de una tercera parte de la acción climática de bajo costo que el mundo necesita con urgencia y mucho antes del año 2030.
Administración del agua y resiliencia ante los fenómenos extremos
El estado de conservación de la superficie de la Tierra también afecta de forma directa la forma en la que los ecosistemas y los diferentes tipos de poblaciones humanas se pueden comportar ante los retos que plantea el clima extremo actual. Un suelo que esté sano y vigoroso funciona prácticamente igual que una enorme esponja natural. Dicha porosidad y viabilidad estructural permiten aprovechar de forma muy eficaz todo el agua recogida de las abundantes tormentas torrenciales, lo cual disminuye drásticamente las posibilidades y la dureza de las inundaciones súbitas.
Por su parte, esta importante habilidad de absorción garantiza que el agua quede firmemente retenida en el sustrato durante los peligrosos periodos de largo tiempo en los que no hay lluvias, asegurando así la hidratación constante de la vegetación local. Las mejoras que pueden parecer pequeñas en la composición nutricional del suelo pueden ocasionar efectos hidrológicos de proporciones verdaderamente monumentales para estas grandes cuencas.
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