El Grupo del Banco Mundial ha dado una fuerte voz de alerta al certificar que el 40 % de la superficie terrestre del planeta está degradado, desencadenando la mayor crisis ecológica que la humanidad jamás haya conocido y cuya hecatombe pone de manifiesto la integridad de las cadenas mundiales de suministro y la productividad de los sistemas agrícolas. Para cambiar el actual paradigma y dar freno a la acelerada explotación de los recursos naturales y la construcción de una estabilidad financiera, la institución pone el acento en la gestión del paisaje sostenible e inversiones masivas en soluciones basadas en la naturaleza.
La degradación de los ecosistemas y su costo económico
La degradación de la tierra suma cerca de 247 millones de acres de terrenos dañados cada año, como resultado de una compleja interacción de factores medioambientales, económicos y sociales que producen daño irreversible si no se gestionan de la forma más efectiva. Este decrecimiento incesante reduce drásticamente la productividad del suelo, debilita la seguridad alimentaria, aumenta las emisiones de gases de efecto invernadero y amenaza los medios de vida de los 1300 millones de personas que viven en tierras empobrecidas.
De acuerdo con el organismo financiero, esta destrucción ecológica irracional le cuesta a la economía global la cantidad media de US$878 000 millones al año, desestabilizando los mercados y debilitando las cadenas de suministro. Desde una perspectiva social, los impactos son especialmente severos para las comunidades rurales vulnerables, donde el empeoramiento de la fertilidad y la falta de agua las obligan a buscar oportunidades en centros urbanos sobrepoblados. El argumento económico a favor de la restauración ecológica es abrumadoramente positivo y ofrece un modelo de rentabilidad sostenible.
El impacto sobre las tierras secas y la seguridad alimentaria
Los pastizales y las tierras secas constituyen una categoría de ecosistema particularmente de carácter frágil que ocupa más del 40 % de la superficie del planeta, incluyendo sabanas, pastizales, matorrales y bosques abiertos. Estos paisajes cuentan con recursos hídricos sumamente escasos debido a precipitaciones puntuales y a temperaturas especialmente elevadas que aumentan el grado de transpiración de la misma forma que contribuyen a su degradación.
Al menos un 70 % de las tierras secas del planeta ya se han visto afectadas por la desertificación, un proceso degenerativo en el que ecosistemas productivos se convierten en tierras completamente sin vida, cosa que se ve intensificada rápidamente a raíz de las olas de calor que superan los 100 °F con regularidad. La degradación que se afianza en estas zonas secas golpea de forma violenta a la seguridad alimentaria global, dado que estos ecosistemas están ocupados por 2000 millones de personas a la vez que sostienen a la mitad del ganado del planeta.
Soluciones tecnológicas e innovación financiera
Para conseguir los ambiciosos objetivos de «neutralidad en la degradación de las tierras» fijados para finales de la presente década, es necesario abandonar los enfoques sectoriales parcelados y evolucionar hacia modelos de gestión territorial totalmente integrados. Para conseguir este impacto a gran escala, el Banco Mundial hace hincapié en que es estrictamente necesario combinar la innovación financiera con la punta de la tecnología.
En el terreno, estas inversiones se apoyan en el despliegue de tecnologías punteras de monitoreo por inteligencia artificial satelital y teledetección remota. Estas herramientas digitales generan datos transparentes y de bajo costo para verificar resultados importantes, como la mejora de la salud del suelo y la captura de millones de toneladas cortas de carbono atmosférico.
Como complemento imprescindible a este despliegue tecnológico, los instrumentos financieros evolucionan aceleradamente para hacer de la restauración ecológica una clase de activo económicamente viable, con retornos de la inversión sumamente predecibles. La integración de registros verificados de la tecnología de la cadena de bloques asegura la máxima transparencia de los créditos integrados de carbono y biodiversidad, ofreciendo garantías inquebrantables a los grandes inversores de capital.
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