La ONU afirma que el sistema energético mundial es el indiscutible motor de la sociedad moderna, pero viene también empañado de profundísimas fallas estructurales. La quema incesante de combustibles fósiles acelera la crisis climática y la enorme desigualdad se mantiene en más de 650 millones de personas que carecen de acceso a la electricidad. Pero, haciendo frente a este panorama complejo, los especialistas del Programa de la ONU para el Medio Ambiente advierten que el verdadero reto no es solo instalar paneles solares, sino rediseñar toda la matriz productiva para hacerla equitativa, limpia y resiliente.
Los problemas estructurales y el coste de la nueva tecnología
Hoy, más del 80 % de la energía mundial proviene de fuentes intensamente contaminantes, lo cual, además de haber producido una eterna emergencia climática, también ha expuesto las redes eléctricas al aumento de desastres naturales más frecuentes.
A este fenómeno se le añade que existe una cultura generalizada del derroche en la que se queman bastantes más recursos de los que estrictamente se requerirían para abastecer a la población. Sin embargo, la solución técnica a un enorme problema viene acompañada de sus propios retos éticos que no se pueden obviar bajo ninguna circunstancia.
La fuerte expansión de las energías renovables exige la explotación a gran escala de minerales estratégicos como el litio, muy presente en ecosistemas de gran fragilidad. La actividad minera a la que se recurre afecta de manera directa a comunidades indígenas y diversas poblaciones situadas en el entorno.
Las administraciones internacionales de la ONU advierten de que la transición ecológica no puede significar sustituir el daño producido por el petróleo y por la destrucción del territorio y exigen salvaguardias sociales que sean adecuadas para garantizar que el proceso de reconversión sea verdaderamente respetuoso.
Estrategias para descarbonizar y optimizar el consumo
El paso vital para transformar esta matriz contaminadora es destinar raudamente los inmensos caudales financieros a alternativas totalmente limpias. Como informan los analistas económicos, es innegable e irracional mantener los monstruosos subsidios a los combustibles fósiles ahora que han llegado a ascender a la extraordinaria cifra de los US$7 billones.
De esta manera, un reciclaje de esos caudales abrumadores hacia el financiamiento de granjas solares y eólicas podría abaratar la generación y, además, acelerar la electrificación del transporte pesado y el reemplazo inminente del hidrógeno verde.
Y mucho más allá de la manera como producimos nuestra electricidad, nos resulta absolutamente imperativo disminuir nuestro consumo cotidiano. Mejorar sustancialmente la eficiencia térmica de todos los edificios mediante un buen aislamiento y técnicas de enfriamiento pasivo resulta tal vez en el modo más apropiado de llegar a este objetivo.
Al mismo tiempo, el diseño de ciudades mucho más compactas y el fomento activo del transporte no motorizado en la vía pública son cambios de hábitos que nos conducen, además, al objetivo de aligerar la creciente presión a la que se ve expuesta toda la red eléctrica nacional.
Cerrando la brecha de la discrepancia y garantizando la cobertura
Mientras que los primeros llevan a cabo un sofisticado aprovechamiento de sus modernas redes, una franja muy importante de la humanidad todavía trabaja con las viejas técnicas que le permiten subsistir. El rediseño de una energía con descarbonización exige que todas las poblaciones acaben siendo incluidas.
Eso significa que hay que validar la extensión de las redes oficiales de transmisión y masificar de forma urgente el uso de sistemas independientes, como los kits solares domésticos o los pequeños proyectos hidroeléctricos específicos para áreas rurales de difícil acceso.
Uno de los focos de la ONU más urgentes es lograr que las familias dejen de quemar leña para cocinar en sus hogares. Este sistema antiguo y precario de cocción favorece la tala de forma incontrolada y expulsa humo tóxico que provoca enfermedades mortales en la salud respiratoria.
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