El ecosistema de los arrecifes de coral representa la defensa costera más efectiva en todo el planeta, pero se encuentra amenazado. Para la Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNDRR), la conclusión es clara: hay que proteger los océanos y sus frágiles ecosistemas si queremos que estos nos protejan de los desastres. Siendo este un argumento que se encuentra en un océano que cubre más del 70 % de la Tierra y que actúa como principal sistema de soporte vital y que ahora está mostrando un estrés creciente por la sobreexplotación, la contaminación o los impactos acelerados por el cambio climático.
El colapso inminente de los arrecifes y la pérdida de la biodiversidad
Las cifras que documentan la tercera Evaluación Mundial de los Océanos nos muestran un escenario de crisis ecológica como nunca antes. Globalmente, el 90 % de los arrecifes de coral podría desaparecer totalmente con un aumento de 2,7 °F. El daño ambiental es ya devastador en las regiones más vulnerables. El mar Caribe ha perdido el 80 % de sus arrecifes de coral desde los años 1970 y aun las zonas tradicionalmente consideradas resilientes, como el Atlántico Sur, han mostrado severas pérdidas de sus colonias.
La gran destrucción de los corales es consecuencia del papel del océano en la regulación del clima global. Históricamente, el medio marino ha tomado más del 90 % del calor excedente, así como el 30 % del CO2 emitido en la atmósfera por la quema de combustibles fósiles de origen humano. Esta ingente carga térmica y química produce presiones climáticas implacables, como la acidificación de los océanos, las olas de calor marinas y el aumento del nivel del mar, que ponen en grave riesgo la dinámica de los ecosistemas y provocan una rápida pérdida de la biodiversidad marina.
Presiones antropogénicas y contaminación marina
Los ecosistemas marinos se encuentran en una fase de reconfiguración impulsada por la alteración climática y las distintas combinaciones de factores demográficos, económicos y tecnológicos. Las fugas de plásticos al mar continúan la tendencia creciente asociada a la mala gestión de residuos, mientras que la aparición de contaminantes emergentes, productos farmacéuticos o incluso sustancias perfluoroalquiladas (PFAS) está perturbando el comportamiento de los organismos en la zona intermareal.
A la presión química se añade la aceleración de infraestructuras marinas (plataformas de petróleo y gas y parques eólicos en alta mar), que alteran los hábitats bénticos o los cañones submarinos, mientras que el transporte marítimo propaga especies no nativas, una condición que se ve profundizada por los cambios en las condiciones ambientales locales, con un impacto económico y en la salud humana profundamente negativo. La UNDRR encuentra que la falta de plataformas globales que sean capaces de evaluar los efectos acumulativos de estas múltiples presiones dificulta muy significativamente la prevención del deterioro ecológico.
Riesgos peligrosos para las poblaciones de las áreas costeras
El continuo proceso de pérdida de las barreras coralinas, así como el deterioro en la calidad de las condiciones marinas, deja expuestas las costas en clara vulnerabilidad ante la amenaza de los peligros del océano. Las cifras de la población mundial demuestran con claridad cómo aproximadamente el 37 % vive a menos de 62 millas de una costa y un 11 % se ubica en tierras de menos de 32 pies sobre el nivel del mar.
Sin aquellos arrecifes que, proporcionando una protección física, nos ayudan a disipar la energía destructiva del impacto de las olas, toda la vulnerabilidad humana frente a marejadas ciclónicas y sequías se ve incrementada exponencialmente. Las proyecciones geomorfológicas muestran que la erosión costera se agrava ya en todos los continentes, siendo causada por el deshielo del permafrost y la intensificación de las olas en áreas atípicas. Hasta el año 2050 se estima que un tercio de las costas de baja elevación sufrirán una pérdida de la línea costera de más de 328 pies.
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