La transición energética mundial entra en una nueva etapa crítica en la que la adopción de tecnologías limpias se acelera a una velocidad nunca antes alcanzada. La Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA), en el informe «World Energy Transition Outlook 2026», nos muestra que el avance de las energías renovables sigue superando récords internacionales debido a la caída de los costos tecnológicos y a un fuerte avance en la electrificación de los sectores clave. Sin embargo, a pesar de estos importantes logros, el avance en general es todavía excesivamente lento y desigual geográficamente, obligando a cambiar las estrategias operativas.
Retos de la aplicación y la ampliación de la infraestructura eléctrica
El principal reto para las economías mundiales ha ido cambiando su orientación del desarrollo de la viabilidad técnica hacia la necesidad de la aplicación en el terreno. Para traspasar la frontera del paradigma en cuestión, es necesario escalar también la capacidad de generación renovable, la eficiencia energética y la flexibilidad del sistema eléctrico de forma simultánea.
Esto es construir e interconectar las redes de transmisión mediante millas y millas de territorio para transportar la energía limpia desde lugares remotos de generación en donde predomina el sol, en los que se instalan enormes parques solares o eólicos (los cuales son de enormes dimensiones y deben soportar fuertes inclemencias meteorológicas y variaciones extremas donde en verano la temperatura puede superar ampliamente los 100 °F y requieren una altísima resistencia térmica de los materiales).
Junto al despliegue físico de la infraestructura, los gobiernos y el ámbito privado tienen que hacer frente a la enorme dificultad de garantizar que estos sistemas de energía, almacenamiento y flexibilidad interactúen entre sí de forma perfectamente sincronizada.
Metas climáticas y la electrificación de los sectores clave
Bajo el escenario de la IRENA considerado para esta revisión (el que limita el incremento de la temperatura global a 2,7 °F) el mix de consumo concebido sufrirá una reestructuración sin precedentes. Las proyecciones apuntan a que la participación relativa de la electricidad en el consumo final global de energía aumentará desde el 23 % actual (que ya es alto) hasta el 35 % en 2035, llegando significativamente más allá del 50 % en la mitad del siglo. Para abastecer este pico extremo de la demanda eléctrica, la capacidad de energía renovable instalada necesitará crecer de forma muy agresiva hasta los 18,4 teravatios (TW) en 2035 y posteriormente hasta los 38,2 TW anticipados en 2050.
Esta profunda electrificación modifica el funcionamiento y las pautas comerciales de toda la actividad humana. En 2050, por ejemplo, la electricidad representará aproximadamente el 77 % de la energía final consumida en los edificios residenciales y comerciales, el 47 % en el transporte general y el 42 % en la industria pesada. En el caso de aquellas actividades manufactureras y de aviación relegadas a la descarbonización a través de la electrificación, la bioenergía sostenible, el hidrógeno renovable y otros biocombustibles sostenibles actuarán como elementos complementarios indispensables.
Seguridad geopolítica, modelación de escenarios y el desplazamiento de los combustibles fósiles
Dicha transición energética no puede hacer desaparecer los riesgos geopolíticos y económicos del mercado internacional, sino cambiar radicalmente las características de dichos riesgos. La histórica vulnerabilidad de la dependencia de los combustibles fósiles es reemplazada por nuevas dependencias logísticas vinculadas a la fabricación, la obtención de materiales críticos y las cadenas de suministro tecnológico.
Pero a diferencia de las reservas fósiles que son finitas y geográficamente fijas, los ecosistemas industriales de energía limpia pueden multiplicarse, diversificarse y replicarse a través de la inyección de capital, la innovación y la cooperación internacional. Este giro de los acontecimientos incide en reafirmar que la transición energética se puede entender mejor como una herramienta indispensable no solo para el clima, sino también para lograr la seguridad energética, la competitividad industrial y la resiliencia económica.
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