Pagar la luz o comprar comida: ese es el dilema al que ya se ve abocado uno de cada tres hogares de Estados Unidos, que además sufre una subida del 33 % en las tarifas eléctricas desde 2019. No obstante, esas decisiones políticas a nivel federal son las que, en lugar de acelerar las soluciones más baratas, frenan el desarrollo de las energías limpias. Un reciente análisis de Lori Bird y Alex Smith para el World Resources Institute (WRI) le pone cifras a la situación: frenar las energías renovables no solo frena la transición ecológica, sino que promete vaciar los bolsillos de los consumidores.
1. El obstáculo burocrático que extinguió 21 gigavatios
Más de 100 parques eólicos parados en 21 estados. Decretos, permisos congelados de forma tardía que frenaron proyectos en una fase avanzada de construcción. Desde 2025, la ofensiva regulatoria asumida en relación con la energía limpia ha bloqueado o cancelado la capacidad que corresponde a un total de 21 gigavatios, suficiente para alimentar eléctricamente a 2 millones de hogares.
En medio de una administración centrada en los combustibles fósiles, las dificultades administrativas de las renovables han creado un clima de incertidumbre que ahuyenta la voluntad inversora y encarece cualquier financiación.
2. Un recibo de miles de millones de dólares que las familias asumirán
La restricción a las alternativas verdes tiene un costo escandalosamente elevado. Según las proyecciones traídas a colación por el WRI, limitar la energía solar y eólica hará que el recibo del hogar cueste US$11 600 millones anuales entre 2027 y 2033.
Si se suman las pérdidas del sector comercial e industrial, el costo supremo merodea por los US$121 000 millones en un horizonte de siete años. En un contexto agobiado por la insaciable demanda de los centros de datos de inteligencia artificial, privar al mercado de la oferta más barata es una receta directa para la inflación tarifaria.
3. La falsa esperanza del gas natural y los retrasos nucleares
Según el WRI, una dependencia exclusiva de fuentes convencionales se encuentra con la dura realidad de la cadena de suministro: hoy, construir una planta de gas implica un plazo de cinco a siete años solo para recibir las turbinas, cuyos precios de mercado han pasado de US$2000 a US$3000 por kilovatio en menos de varias semanas.
La opción nuclear muy a menudo se presenta como una solución parecida, pero el reciente alargamiento de la planta Vogtle en Georgia ha tardado quince años en convertirse en el proyecto más caro de la historia de la electricidad de los Estados Unidos. Desesperados, algunos centros de datos han tenido que optar por la instalación de motores de avión anclados en el mar para conseguir la energía eléctrica, una especie de remiendo improvisado, lejano de la eficiencia a largo plazo.
4. Renovables: más baratas en operación y más rápidas en instalación
La defensa del WRI hacia la energía limpia es económica. Las instalaciones solares y eólicas en tierra pueden diseñarse y entrar en operación en solo dos años. Por otra parte, al no depender de combustibles fósiles cuyos precios tienen relación alguna con las guerras o las tensiones entre países, sus costos de generación son predecibles y competitivos. Es cierto que la elevada demanda y los aranceles han hecho aparecer costos recientes más elevados, pero la combinación de viento, sol y almacenamiento es la forma más económica y rápida de inyectar megavatios en la red.
5. El mito de la estabilidad fósil frente al clima extremo
El presunto argumento en favor de que el gas o el carbón son las únicas garantías de seguridad del sistema se derrumba durante las grandes tormentas. Durante la helada Uri en 2021, el 55 % de la capacidad que se perdió en la red pertenecía a generadores de gas natural. Las energías renovables, con el respaldo de baterías y sistemas avanzados de conversión, han demostrado resistir mejor al clima extremo.
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