Cuando el frío llega a temperaturas muy bajas en el Ártico, todos suponemos que la tierra se congelará y se convertirá en un bloque de hielo que ya no permitirá la actividad biológica, es decir, que muchas personas acabarán pensando que las emisiones de los gases de efecto invernadero que se encuentran en la naturaleza se verán pausadas en unos pocos lugares durante los largos e interminables meses de invierno. Sin embargo, la geofísica del suelo congelado es más complicada y la ciencia del clima nos indica que el proceso de congelación es gradual y da la posibilidad de que el carbono escape a la atmósfera.
El fenómeno físico de la «cortina cero»
La afirmación de que el suelo del Ártico puede seguir liberando gases es verdadera. De hecho, el suelo no se congela de un día para otro cuando va del otoño al invierno, sino que la tierra suele estar muy cerca del punto de congelación durante días o incluso semanas, es decir, atraviesa un umbral de transición térmica que los científicos denominan efecto cortina cero (zero curtain).
La Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio (NASA) refiere a este fenómeno con una descripción muy ilustrativa: funciona de modo muy similar a un vaso con agua y hielo. En el vaso, el agua está en el punto de congelación porque el calor que entra en el vaso se utiliza para fundir el hielo y no para elevar la temperatura del agua. En el suelo ártico existe un intercambio de energía análogo. En el otoño, a medida que el agua contenida en el suelo comienza a congelarse, libera calor latente. El calor que se libera mantiene la temperatura del suelo estabilizada justo en la frontera de congelación antes de que pueda bajar aún más.
La persistencia de los microorganismos emisores del suelo
Estas condiciones prolongadas, a temperaturas que se aproximan al punto de congelación, permiten que los microorganismos y el sustrato del subsuelo mantengan su actividad biológica mucho más tiempo, de tal forma que, en vez de entrar en un estado de latencia común inmediato, los microbios aprovechan toda la humedad residual y siguen con la descomposición de la materia orgánica almacenada en el suelo. El resultado inmediato de esta actividad microbiana descompresiva del suelo ártico supone seguir liberando a la atmósfera un elevado volumen de dióxido de carbono (CO2) y metano a medida que el suelo se encuentra ya completamente helado y recubierto por el manto blanco del invierno.
Un reservorio de carbono que duplica al de la atmósfera
El riesgo de esta actividad microbiana radica en la extraordinaria extensión de las reservas biológicas del norte. Tanto el Centro Nacional de Datos de Nieve y de Hielo (NSIDC) como la NASA advierten que el permafrost ártico (el suelo que ha estado congelado de manera continua durante años) almacena 1,9 billones de toneladas cortas de carbono orgánico, es decir, una cifra muy grande que representa casi el doble de carbono en la atmósfera terrestre.
Inteligencia artificial para hacer el mapeo del deshielo
Con el objetivo de dimensionar con detalle este fenómeno, un estudio dirigido por la NASA y que fue publicado en la revista Scientific Reports en agosto de 2026 ha llegado a mapear esta actividad con un nivel de detalle sin precedentes. Los autores del estudio desarrollaron un marco de inteligencia artificial llamado GeoCryoAI, el que integró observaciones satelitales contemporáneas, modelos climáticos y mediciones de campo desde el año 1891.
Los primeros mapas de la «cortina cero» pormenorizados indicaron que las áreas con humedad más alta mantienen periodos de latencia térmica mucho más largos, de los cuales los microorganismos pueden beneficiarse dado que tienen más tiempo para descomponer carbono.
Fuentes:
- NASA Science News. (2026). NASA Study Reveals Hidden Stage of Arctic Freeze. Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio (NASA).
- National Snow and Ice Data Center (NSIDC). (s.f.). Why Frozen Ground Matters. Centro Nacional de Datos de Nieve y Hielo.
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