03/10/2015

¡Abran las puertas! La crisis humanitaria de los inmigrantes llama a Europa a un cambio epocal

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Siguen llegando a Europa oleadas de inmigrantes que se dirigen principalmente hacia la sólida Alemania o la fría Suecia. Para quien viene de ciudades en escombros, o de campamentos de refugiados estos países son un paraíso a pesar de sus inviernos oscuros y helados. Europa debe escoger si se retrae en una fortaleza cada vez más sitiada y peligrosa, o acepta el desafío y descubre que el mestizaje cultural es una riqueza.

¡Abran las puertas! La crisis humanitaria de los inmigrantes llama a Europa a un cambio epocal

Siguen llegando a Europa oleadas de prófugos sirios, dirigidos sobre todo hacia la sólida Alemania o la fría Suecia, los países del norte de Europa que tienen mayores beneficios sociales para los refugiados: buenos servicios de salud, escuelas avanzadas, casas confortables, sin lujos. Para quien viene de ciudades en escombros, o de campamentos de refugiados en Jordania o Líbano donde las ayudas de las Naciones Unidas no logran responder a sus necesidades básicas, estos países son considerados un paraíso en tierra, a pesar de sus inviernos oscuros y helados. Para evitar los peligros de la navegación en el Mediterráneo, desde Libia hacia Italia, donde ha habido más de 2900 muertes en 2015, ahora cada vez más prófugos sirios (y en menor medida iraquíes, afganos, eritreos) siguen la ruta de los Balcanes, cruzando con todos los medios posibles, en auto, a pie, en camiones, en trenes, en lanchas, al menos 6 o 7 países: Iraq, Turquía, Grecia, Macedonia, Serbia, Hungría, Austria, antes de llegar a Alemania. Esta ruta resulta menos costosa que la anterior hacia Italia, que podía costar unos 5000 euro a persona, pero también por los Balcanes se deben pagar unos 2000-3000 euros a unas mafias de transportistas, organizadas y armadas.

Por eso han aumentado muchísimo, respecto al 2014, las llegadas de prófugos, (sirios y no) pidiendo asilo en alguna ciudad europea: en agosto-septiembre han sido 5.000, 6.000, 9.000 personas al día (hasta 70 mil en un fin de semana), por un total de 600.000 personas en lo que va del año. Se trata de la mayor crisis humanitaria que enfrenta Europa desde la segunda guerra mundial.

¿Muros en las fronteras Europeas?

Los prófugos, en su viaje hacia el “Edén del Norte”, después de haber superado un sinfín de obstáculos, han encontrado en su camino los alambres de púas que ha puesto Hungría en su frontera con Serbia. Alto, “NO VENGAN POR AQUI”, ha sido el duro mensaje del premier húngaro Viktor Orban. Pero cuando un grupo de ellos, tras haber recibido la orden de volver, decide sin embargo avanzar a pie por la autopista de Budapest a Viena, en una marcha inexorable de 200 km, desde Viena acuden 250 automovilistas para ir a recogerlos. Los que llegan en tren a Múnich, en Alemania, son recibidos con aplausos de bienvenida, refrigerios y peluches para los niños. “NO, no vengan más”, insiste sin embargo el premier Orban, comenzando a construir un muro en la frontera entre Hungría y Serbia, contraviniendo a las reglas de libre circulación entre los estados europeos. Prefiere no recordar que 300.000 ciudadanos húngaros fueron acogidos como prófugos en la Europa occidental, después de la revuelta popular del 1956, reprimida por la Unión Soviética.

¿Dónde pueden ir entonces, todas estas familias con niños y niñas, obligadas a dormir al descampado? Hay que volver. Pero unos tras otros, los pequeños estados balcánicos surgidos de la disolución de la Yugoslavia, como Serbia, Eslovenia y Croacia, cierran o abren sus fronteras tratando de ralentizar la avalancha de prófugos: ¿dónde hospedarlos mientras esperan que sean evaluados sus pedidos de asilo?

Mientras tanto, se hacen reuniones frenéticas entre los ministros de Interiores de los 28 países europeos, para repartir los prófugos según las posibilidades económicas de cada estado. Una decisión siempre postergada, por el “no” rotundo del Reino Unido y de los países que pertenecían al bloque soviético (como Hungría, Polonia, Eslovaquia, República Checa, Rumanía). Estos últimos han recibido ayuda económica y acogida en la Unión Europea cuando se desmoronó la Unión Soviética, pero ahora, no quieren asumir por completo las responsabilidades de la Unión Europea, entre las cuales está la acogida de refugiados de guerras o crisis humanitarias, según la Convención de Ginebra del 1951. “No queremos islamizarnos”, dicen en Hungría, “al permitir que ingresen tantos musulmanes”. Además, estos países siguen siendo tierras de emigración: hay un millón de polacos en Gran Bretaña, por ejemplo, o millares de obreros rumanos en el sector de la construcción, por toda Europa, así como miles de mujeres de Ucrania o Rumanía (muchas de ellas con títulos universitarios), resignándose a cuidar ancianos en Italia o Alemania, para permitir algunas mejoras económicas para sus familias.

Los límites de la política

Entonces, ¿las cuotas de redistribución de los prófugos, deben ser obligatorias o no? Que sí, que no, que ni. El problema es que la Unión Europea no es un estado federal, como Estados Unidos, con un gobierno central, sino una confederación de estados que tienen líneas comunes solo en la economía, no en la política. Para contentar a todos, después de meses de debates, el 22 de septiembre se llega al acuerdo mínimo de redistribuir 120.000 personas entre algunos países. “Una cifra ridícula”, la define el mismo presidente de la Comisión europea, Jean Claude Junquer. Pues dentro del año se prevé que serán un millón los inmigrantes entrados en territorio europeo.

Es evidente que hasta ahora la política europea ha dado respuestas inadecuadas a la crisis humanitaria provocada por las guerras y el hambre en África y Medio Oriente, tanto en términos de contención (los inmigrantes siguen llegando sin control, a pesar de los peligros que enfrentan), como de seguridad (siguen los naufragios o las muertes por tierra).

Problemas de la acogida

También la acogida presenta muchos problemas, pues en muchos casos, como en Italia, los trámites de selección entre los que tienen derecho al asilo y los que no, tienen tiempo de espera demasiado largos, (pueden llegar a un año) manteniendo así una gran población fluctuante, a quien no está permitido trabajar, y que puede crear tensiones en las comunidades locales. En Italia obtienen el asilo casi la mitad de los que lo piden (el 44,7 %), en el resto de Europa el 58%. El coste del mantenimiento del inmigrante para el estado es de 35 euros al día, que incluye el hospedaje, la alimentación y 2,5 euros personales al inmigrante, y es manejado por Organizaciones No Gubernamentales, la mayoría de las cuales se esmera en dar un buen servicio, pero no faltan casos de malos manejos o hasta de infiltraciones mafiosas. Cuando a un inmigrante viene negado el permiso de estadía, se da el repatrio forzoso, pagando el viaje en avión de regreso.

Sin embargo, a pesar de que la clandestinidad sea un crimen desde unos años, muchos inmigrantes deciden no regresar a su país y seguir (mal) viviendo en Europa como ilegales. No hay datos oficiales al respecto. Italia no tiene embajadas en muchos países africanos de donde llegan muchos inmigrantes, como Gambia, Níger, Mali, por lo tanto es imposible formar a los futuros inmigrantes o facilitar planes de reintegración en sus países.

De la situación de clandestinidad a la cárcel el paso es breve, y en este momento hay 24.174 inmigrantes en prisión, la mayoría por crímenes de menor gravedad o por no tener permiso de estadía. Está claro que concentrar inmigrantes en centros de acogida hacinados no es la mejor solución, como tampoco descargar centenares de prófugos en una ciudad avisando las autoridades al último momento. El país más eficiente en evaluar quien tiene derecho o no al asilo es la pequeña Suiza (que no pertenece a la Unión Europea), que en 48 horas está en capacidad de seleccionar los inmigrantes, pero lo hace con criterios muy restrictivos, por lo tanto el país no es considerado una meta apetecible.

Un deber, y una apuesta de recíproca ventaja

Algo parece haber cambiado, sin embargo, en la percepción del problema por parte de la opinión pública europea, después de la publicación en los medios, de la foto estremecedora del niño sirio Alan Kurdi, de 3 años, ahogado en el mar entre Turquía y Grecia, retratado boca abajo en la arena, con su polito rojo y pantalones azules, como durmiendo. Hasta el duro premier inglés, David Cameron, se dijo conmovido y ahora Gran Bretaña comienza a acoger unos millares de migrantes. La canciller de Alemania, Ángela Merkel, por otro lado, lanza una apuesta mayor, anunciando que su país recibirá a 500.000 sirios al año por dos o tres años: “Alemania es fuerte y solidaria”, afirma, “y puede hacerlo. Es un deber moral”. Adicionalmente, hay que tomar en cuenta la prevista disminución de población en edad de trabajo en Europa en las próximas décadas, lo que pone en peligro su sistema de pensiones públicas. Son necesarios más trabajadores que paguen las contribuciones sociales. Los sirios, instruidos y con muchas ganas de trabajar, pueden dar un gran aporte a la economía local. Además, la Merkel sabe que la mayoría de los alemanes es favorable a la inmigración, mientras era contraria a condonar la deuda a Grecia.

En fin, hacia la mitad de septiembre se vive uno de los raros momentos en que la gente que escuchaba con una sensación de impotencia y angustia las noticias de tantos naufragios de inmigrantes, o de tantos ataques a centros de acogida alemanes por parte de grupos neonazis, siente que la política podría cambiar, y sale a la calle pidiendo una Europa coherente con sus declaraciones de democracia y justicia.  90.000 personas dan vida a una manifestación en Londres, con la participación del nuevo líder del Partido Laborista (un partido hasta ahora más bien alineado con la política neoliberal del gobierno), Jeremy Corbyn, un activista de larga trayectoria en defensa de la paz y del bienestar público (welfare).

En Italia son miles las personas que en 60 ciudades se quitan los zapatos y marchan descalzos, en solidaridad simbólica con los desposeídos, llegando a la Muestra Internacional del Cinema en Venecia.

Pero no se trata solo de palabras.

En Bruselas los prófugos acampados frente al Ministerio de Interior para presentar su pedido de asilo (un trámite que allí lleva unos días) son asistidos por una red de 23.000 voluntarios.

En el norteño país de Islandia, (el único que se opuso al pago de la deuda contraída por los banqueros especuladores), habitado por solo 330.000 personas, que oficialmente deberían recibir solo 50 prófugos, bien 12.600 familias están dispuestas a acoger refugiados y buscarles trabajo.

Se abren páginas web en Alemania para poner en contacto prófugos y familias alemanas dispuestas a acogerlos, mientras en Italia desde hace tiempo esta iniciativa está funcionando en ciudades como Turín y Milán. El equipo de futbol de la Roma recolecta fondos para las organizaciones internacionales de apoyo a refugiados, en Múnich el mítico Pepe Guardiola, ex técnico del Barcelona y ahora del Bayern Múnich, invita a abrir una escuela de calcio para niños refugiados.

Entra con fuerza a cuestionar la cristiandad también el mensaje del Papa Francisco, hijo de inmigrantes italianos en Argentina: que cada parroquia, cada convento, cada institución religiosa, dice, acoja una familia de inmigrantes. Y da el buen ejemplo comenzando con acoger dos familias en Vaticano. Un mensaje minimalista, se dirá. Una parroquia tiene millares de habitantes (aunque los que frecuentan las iglesias a lo mejor no son más que unos cientos), por eso no es imposible para la comunidad “adoptar” a una familia, hospedarla los primeros tiempos, ayudarla a encontrar trabajo. Sin embargo, mirándolo bien, si solo las parroquias son 25.000, sin contar los conventos y otras instituciones, y una familia refugiada tiene un promedio de 4 personas, estamos hablando de acoger unas 100.000 personas (pero sin dar abiertamente esta cifra, que a muchos parecería enorme).

Y en el Congreso de Estados Unidos pide al país, nacido de inmigrantes, que los acoja y que el dinero no sea el único objetivo de la economía, a expensas de la humanidad. “Tierra, libertad y trabajo” son un derecho para todos los seres humanos, afirma también en las Naciones Unidas. Hay que decir no al comercio de armas, a la pena de muerte, al inventar enemigos para hacer guerras. En cambio, hay que enfrentar las desigualdades y la pobreza creadas por un sistema económico injusto, y dar más representatividad a los países del Sur del mundo en una ONU reformada. Después, el papa va a visitar prisioneros y sin techo, atrapados los unos y los otros en un destino aparentemente sin salida, para decir que en cambio, también para ellos hay esperanza, si la sociedad se moviliza.

La dimensión del problema en el mundo

“Estamos frente a un océano de dolor”, recuerda el papa refiriéndose a las masas de migrantes que huyen de la guerra y del hambre. No podemos mirar a otro lado. La prensa más difundida en Europa no ama recordar las responsabilidades occidentales en la gestión de las colonias y post colonias, el apoyo a regímenes sangrientos pero útiles para favorecer los negocios europeos, o al contrario el derrocamiento de dictadores como en Libia y en Iraq, con el resultado de hundir estos países en el caos, además del comercio de armas, la descarga en África de los residuos electrónicos tóxicos, entre otros factores negativos. Según Amnistía Internacional y la Cáritas, en este momento hay 60 millones de desplazados, y de estos, solo 1,5 millones han encontrado lugar en Europa en 2014. Los países con más inmigrantes en el mundo son los africanos. Además, el Líbano acoge a 1,1 millón de prófugos sirianos (¼ de la población del país, como si Italia acogiera 15 millones de inmigrantes), la Turquía a 1 millón y medio, (el 2,6% de su población), la Jordania 672.930.

Sin embargo sus economías no han colapsado, al contrario han mejorado por la presencia de los prófugos por la mayor demanda de servicios, pagados por los mismos prófugos con sus ahorros, o la ayuda internacional. La Turquía hace un gran esfuerzo proporcionando con sus propios medios asistencia sanitaria y educación en los campos de refugiados.

Cero refugiados, en cambio, en los riquísimos países del Golfo, como Arabia Saudí, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, que en cambio, usan parte de sus enormes ingresos de petróleo para financiar las guerras sectarias en Medio Oriente. Sus enormes rascacielos son construidos por inmigrantes asiáticos o africanos, que trabajan en condiciones muy duras, quedándose aislados de la población local. También muchas empleadas del hogar viven situaciones de semiesclavitud, cuando se les sustrae el pasaporte y son sujetas a todo tipo de abusos.

Estados Unidos, con sus 230 millones de habitantes, tiene ahora 11 millones de inmigrantes por regularizar. Mientras Obama trata de legalizar al menos a 4-5 millones, la mayoría republicana del Congreso se opone. En 2014 han sido arrestados 480.000 clandestinos, mientras siguen entrando jóvenes de Centro América. Donald Trump, el supermillonario precandidato republicano a la presidencia de Estados Unidos, propone cazarlos uno a uno, con operativos que costarían nada menos que 10.000 dólares por cada inmigrante expulsado. En total, una suma enorme. Lo que está en juego, en las próximas décadas, es la supremacía de la población blanca, que terminaría con la regularización de la pujante y cada vez más numerosa población latina, en su gran mayoría favorable a los demócratas. Por supuesto, hay otra voces, como las del senador Bernie Sanders, (precandidato a la presidencia por los demócratas), que recuerda que las tremendas desigualdades existentes en el país y el desempleo (superior a las cifras oficiales) se debe a la globalización del capitalismo, donde las grandes empresas no pagan impuestos y cortan constantemente puestos de trabajo deslocalizándolo en países con salarios inferiores, o automatizándolo (por ejemplo, ya casi no hay cajeras y cajeros en la cadena de farmacias CVS, sino máquinas donde se puede pagar).

Por lo que se refiere a los prófugos sirios, Obama ha prometido acoger a partir del 2017 a 100.000 de ellos.

Los inmigrantes asentados en Europa: ¿cuál interculturalidad?

Alemania, con sus 2,4 millones de turcos entre sus 82 millones de habitantes, no tiene mayores problemas con ellos. Las buenas relaciones con los turcos vienen desde los tiempos del Imperio Otomano y de la Prusia. En 1961, después de la construcción del Muro de Berlín, Alemania hizo un acuerdo con Turquía necesitando trabajadores temporales por 3 años (gastarbeiter), que se contentaban de bajos sueldos, pero en la práctica no quisieron regresar.

Ahora en la cosmopolita Berlín constituyen el 5% de la población, se realizan festivales de literatura turca, se aprecian restaurantes turcos, se aplaude un futbolista superestrella, Mesut Ozil. Los turcos piden mayor seguridad contra los ataques neonazis, poder votar en las elecciones municipales, una cuota en los oficios públicos, y la enseñanza del turco en las escuelas, para mantener su identidad cultural. El tema lingüístico es muy importante, pues por otro lado las familias que hablan solo turco son las más desfavorecidas a nivel social, sus hijos abandonan más fácilmente la escuela, y tienen menores oportunidades de trabajo.

Más compleja la situación en Francia, con sus 62 millones de habitantes y 6 millones de inmigrantes, la mayoría árabe provenientes de la ex colonia argelina, además que de Marruecos y países limítrofes. La población árabe está concentrada en barrios de la periferia, donde en 2005 explotó una revuelta contra la policía que había matado dos adolescentes árabes, y fue reprimida por Sarkozy. Los jóvenes beurs (así se llaman los hijos de los inmigrantes argelinos) viven en un estado suspendido, una “identidad en proceso” que no es ni francesa ni ya argelina (vivida con ambivalencia sobre todo por las chicas que regresan allá de vacaciones, y rechazan ser malvistas como “fáciles”, por vestirse a la francesa): muchos evaden la escuela, chocan con la policía, viven de micro criminalidad. Mientras en la sociedad se debate si asimilarlos o integrarlos (con igualdad de derechos), los humores políticos de los inmigrantes árabes pueden paradójicamente virar de una tradicional simpatía hacia la izquierda, más atenta a sus derechos, hacia el Front National de Marine Le Pen, (de extrema derecha) con su eslogan “No podemos acoger todos los prófugos del mundo. No a Bruselas, sí a la Francia”. O sea, los viejos inmigrantes, que a lo mejor han perdido el trabajo por la crisis, sintiéndose amenazados por la llegada de nuevos inmigrantes, podrían terminar aliándose con partidos racistas e islamófobos como el Front National.

Los miedos y la realidad

La crisis humanitaria que enfrenta Europa en este momento no solo representa un enorme desafío logístico y organizativo, como hemos visto, sino sobre todo remueve emociones profundas, poniendo al descubierto la vulnerabilidad producida por la desaparición de las fronteras, (el “nos están invadiendo”), o el miedo al “Otro”, al Desconocido que entra en nuestro terreno.

Es la misma secuencia de emociones que un individuo experimenta cuando le avisan que tiene poquísimo tiempo de vida, observa el psicoanalista esloveno Zizek: negación (¡no es posible!), rabia, negociación (se espera postergar el problema), depresión, (¡estamos perdidos!) y finalmente aceptación: es parte de la vida (o de la historia): ¿qué vale la pena hacer entonces?

Por ahora, en muchos prevalece la rabia y la incertidumbre. “¿Qué va a pasar con nosotros, con nuestra juventud que no tiene trabajo, con nuestro estilo de vida, si somos “invadidos” por gente de otras culturas, entre ellos los peligrosos islámicos fundamentalistas, que visten de negro las mujeres y predican la guerra a los infieles? ¿Llenaremos nuestras ciudades de chozas?”, estos son los miedos más comunes, alimentados por los partidos de derecha, como el Ukip en Gran Bretaña, el mencionado Front National, o la Lega italiana. En Italia, entre los 60 millones de habitantes, hay unos 5 millones de inmigrantes asentados desde tiempo, que constituyen el 8,3% de la población. En estos últimos años la crisis económico financiera ha producido un desempleo juvenil del 40%; 100.000 jóvenes han tenido que emigrar en 2014, y, como era de esperarse, el debate sobre si y como acoger las oleadas de prófugos se ha vuelto encendido.

En un pueblito de la Toscana, de 300 habitantes, que tradicionalmente han votado por la izquierda, los hombres que trabajan toda la semana afuera sienten que “sus mujeres y niños están en peligro” por la llegada temporal de 20 prófugos.

Un solo hecho de robo y asesinato de una anciana pareja por parte de un ivoriano en Sicilia ha invisibilizado en la prensa y en el imaginario colectivo otros hechos, como los que han protagonizado unos inmigrantes que han muerto para salvar la vida de gente del lugar en situaciones de violencia.

Falta dar más difusión a datos reales, en vez que a “mentiras repetidas” que al final, como decía Goebbels, se dan por asentadas. Por ejemplo,

no se puede hablar de invasión, pues aunque todos los sirios y eritreos se trasladaran a Europa, serían solo el 5% de la población.

Los inmigrantes no son una carga sobre el sistema social: según un reciente estudio de la OCDE, (Organización para la Seguridad y el Desarrollo) en casi todos los países europeos (por ejemplo en Italia) las familias inmigrantes han pagado más impuestos al estado de cuanto hayan recibido de él en beneficios sociales.

Los inmigrantes no hacen crecer el desempleo, pues tienen ganas de trabajar y se ajustan a las exigencias del mercado.

Alternativas posibles

El riesgo a ser invadidos, es inmanente al capitalismo global, sigue opinando Zizek. Si es cierto que las migraciones hacen parte de la historia humana, en la historia moderna se han dado por las colonizaciones (que incluyeron el mercado de esclavos), por las guerras y por la búsqueda de mejores oportunidades: ahora son previstas más crisis y más migraciones por el cambio climático. Habrá una gran presión sobre los países industrializados.

La lección más importante, sostiene Zizek, es que la humanidad deberá prepararse a vivir en un modo más flexible y nómada, la “soberanía nacional” deberá ser redefinida e se deberán inventar nuevas formas de cooperación con los países que ven su gente emigrar. En la Unión Europea se está comenzando a establecer reglas comunes, nuevos fondos para los países que acogen inmigrantes, mayor asistencia de los organismos de las Naciones Unidas para las poblaciones en zonas de conflicto.

“Traigan paz en Siria”, nos dijo un adolescente sirio, “y estaríamos bien en nuestro país”. Siria tiene una civilización desde 10.000 años. La ONU y el mundo entero piden un diálogo y un compromiso entre las potencias que tienen intereses geopolíticos en Medio Oriente, como Rusia, Estados Unidos, Arabia Saudí, Irán, Iraq e Israel, Francia, Gran Bretaña entre otras, pues su apoyo a unos u otro grupo en conflicto han llegado a un punto muerto, que penaliza las poblaciones.

En Europa, es necesario dar informaciones correctas, difundir las experiencias más exitosas de integración de los inmigrantes (se dan sobre todo a nivel de escuela, superando dificultades), y las estrategias más realistas, como la acogida difundida de inmigrantes, en pequeñas comunidades que se responsabilizan a nivel local por su integración. Mientras los grandes números asustan, lo pequeños se pueden manejar, como de alguna manera ha sugerido papa Francisco.

Europa debe escoger si aceptar su declino, económico y demográfico, renunciando a los valores sobre los que se ha fundado, y retrayéndose en una fortaleza cada vez más sitiada y peligrosa, o aceptar el desafío que le lanza un mundo en ebullición, llegando a descubrir, antes o después, que el mestizaje cultural es una riqueza. En Italia, en las últimas Olimpiadas de matemática a nivel escolar, han resultado entre los primeros un alumno de origen china, y uno de origen rusa, a pesar de haber tenido que aprender un nuevo idioma. La voluntad y el afán de superación que tiene la mayoría del alumnado inmigrante es algo que los profesores querían ver también en el local.

Los debates políticos siguen apasionados en los platós de la televisión, en las calles y en las redes sociales; la difícil y hasta ahora huidiza unión de los estados europeos da un paso adelante y uno atrás, como es previsible cuando se enfrentan cambios epocales. Viktor Orbán, el premier húngaro que puso alambres en la frontera, ahora dice que aceptará las cuotas de inmigrantes establecidas para su país. Probablemente para no tener recorte de fondos europeos. En fin. Pero no podemos permitirnos ser pesimistas.

*Gisella Evangelisti es escritora y antropóloga italiana. Nació en Cerdeña, Italia, estudió letras en Pisa, antropología en Lima y mediación de conflictos en Barcelona. Trabajó veinte años en la Cooperación Internacional en el Perú, como representante de oenegés italianas y consultora del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF, en inglés) en países latinoamericanos. Es autora de la novela “Mariposas Rojas”.

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