La inmensa cuenca del río Amazonas, un ecosistema crucial para la vida que ocupa más de 1500 millones de acres de Sudamérica, está siendo sometida a una presión insostenible que hace peligrar la estabilidad meteorológica del planeta. Según un reciente informe de la ONU-Agua, la creciente deforestación y la expansión de los incendios forestales están mermando rápidamente la capacidad natural de este enorme país de la selva tropical para regular los ciclos climáticos del planeta. Proteger la Amazonía pasa a ser un asunto de conservación biológica para convertirse en una actividad esencial para la supervivencia del clima, de las personas, de la biodiversidad y de nuestro futuro frente a lo incierto.
La influencia del cambio climático y la deforestación
El cambio climático afecta drásticamente este importante bioma y puede tener un efecto irreversible en él, colocando su historia en serios aprietos al alterar el patrón presente en la precipitación. Las lluvias anormales convierten las estaciones secas en periodos muy largos, donde las temperaturas extremas pueden alcanzar fácilmente los 100 °F, lo que crea las condiciones óptimas para el crecimiento rápido y voraz del fuego forestal, motivo por el cual las sequías deben observarse con gran precaución.
La situación se ve intensificada debido al estado del suelo y al deterioro de la tierra causado por actividades ilegales o no reguladas, como la tala comercial, la minería, la ganadería, etc. Estas actividades ya han desarrollado más del 18 % del actual hábitat para el uso humano y han deteriorado un 17 % más. La combinación de esas actividades extractivas y el calentamiento global tiende a empujar al ecosistema hacia un punto de no retorno ecológico. Una vez que la deforestación sobrepase el 20 % y el calor continúe, la selva se va transformando lentamente en una sabana seca, que de forma brusca va a interrumpir el fenómeno de los «ríos voladores».
Consecuencias sociales y económicas y el precio de no actuar
Dejar que la Amazonía alcance este punto crítico supondrá un costo económico simplemente catastrófico para los países que la conforman. El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) estima que, de continuar con la inacción, la pérdida de los llamados servicios ecosistémicos, de la biodiversidad y del carbono almacenado podría costarle a la región entre US$404 000 y US$941 000 millones en el periodo comprendido entre 2050 y 2070. La mayor parte de este durísimo impacto económico sería consecuencia de la caída de la productividad agrícola y de una grave interrupción en la generación de energía hidroeléctrica debida a las muy bajas corrientes fluviales.
En el plano social, los impactos recaerán de forma desproporcionada en las comunidades rurales y en los más de 1,5 millones de indígenas que viven en estos territorios ancestrales. Las sequías prolongadas y los repentinos aumentos de caudal de los ríos degradarán drásticamente la producción de cultivos y facilitarán la mortalidad de los peces, lo que pone en peligro la seguridad alimentaria de la región.
Prioridades estratégicas para la resiliencia regional
Para luchar contra tales impactos profundos, las naciones amazónicas han de dar forma a su compromiso político en acciones operativas subnacionales. El PNUD llegó a definir varias prioridades estratégicas, con un énfasis en la necesidad de una propuesta ineludible: el desarrollo de sistemas de monitoreo para cruzar los datos científicos y de las comunidades locales de forma más apropiada, como el caso del desarrollo local y el uso de marcos fiscales que prioricen la inversión en adaptación y que utilicen herramientas financieras innovadoras (bonos verdes, mercados de carbono de alta integridad) que apalanquen los recursos que se necesitan para preservar esa gran reserva.
La productividad a largo plazo de la selva requiere de una conversión económica decidida para alejarse de los modelos productivos que llevan a la explotación de los recursos y a la tala indiscriminada.
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