La biodiversidad representa el auténtico sustento de la seguridad alimentaria y la nutrición en un sentido absoluto, pero esta relación se encuentra en una fase delicada y potencialmente peligrosa. Aunque los sistemas agroalimentarios son realmente dependientes de la diversidad terrestre, marina y de agua dulce, las prácticas no sustentables están generando presiones irreversibles sobre el medioambiente natural. Con el objetivo de examinar cómo las naciones están enfrentando esta crisis dual, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) ha presentado un riguroso informe global que analiza cómo los sistemas alimentarios se han integrado en las Estrategias y Planes de Acción Nacionales sobre Diversidad Biológica (NBSAP).
Los sistemas agroalimentarios como impulsores
Un estudio sobre 78 planes nacionales concluye que los sistemas agroalimentarios son considerados en gran medida por los países como las principales vías para alcanzar la realización de sus ambiciosos objetivos climáticos y biológicos. La buena noticia es que el 100 % de los NBSAP analizados contemplan en su seno objetivos relacionados con la agricultura y con la alimentación, e incluso el 63 % de los objetivos fijados por los gobiernos en los planes nacionales de biodiversidad están directamente vinculados a la manera en la que se generan, distribuyen y consumen los alimentos.
Esto incluye soluciones clave como la restauración de los ecosistemas, la planificación del uso del suelo y la gestión forestal sostenible. A pesar de toda esta fuerte articulación política sobre el papel, los países viven en una situación operativa cruda y contradictoria en el terreno. Por una parte, la gran mayoría de los planes (93 %) reconocen expresamente que los sistemas agroalimentarios realizados de forma insostenible (en particular debido a la deforestación, la contaminación por productos químicos y la sobreexplotación) son el principal motor de la pérdida biológica global.
Vacíos y oportunidades no aprovechadas
El informe de la FAO destaca que si bien muchos países han incorporado medidas agroalimentarias, son numerosas las estrategias de alto impacto que permanecen en el olvido. La silvicultura y la pesca son dominantes en los planes (sustituidos por 97 % y 95 % de los NBSAP), pero, en contrapartida, las soluciones vinculadas a las actividades de poscosecha, la ganadería y la acuicultura son menos frecuentes.
Resulta sorprendente y preocupante el hecho de que las combinaciones en la aplicación de cultivos y ganado, que son relevantes tanto para la biodiversidad como para la productividad, se incluyen en menos de un tercio de las estrategias nacionales, las cuales en buena medida limitan la resiliencia climática de los pequeños productores frente a eventos climáticos extremos. De los descuidos, uno de los temas más alarmantes es la gestión de riesgos y la nutrición. Medidas vitales para el bienestar ecológico, como la gestión de aguas residuales agrícolas, la reducción de la pesca ilegal o la gestión de residuos se incluyen en apenas un tercio de los planes.
Deficiencias en la institucionalización, las finanzas y el seguimiento
Las organizaciones encargadas de ejecutar estas estrategias nacionales se ven profundamente condicionadas por la falta de un pronóstico de los actores principales, quienes son los que realmente trabajan la tierra y el mar. La gran atención que obtiene el sector agroalimentario provoca que los ministerios de agricultura solo estén involucrados en los mecanismos de coordinación de los NBSAP en un 53 % de los casos, lo que hace que el liderazgo de estos quede prácticamente limitado a las autoridades ambientales.
Para ser incluso más dramático, los productores directos y los pueblos indígenas, es decir, quienes deben cumplir finalmente esos cambios, tienden a estar al margen de la toma de decisiones. Aunque los productores están identificados como actores clave en el 44 % de los planes, solo se les asigna responsabilidad directa en el 4 % de las acciones reales, restando legitimidad a los objetivos.
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