La Asociación de Industrias de Energía Solar (SEIA) ha destacado la necesidad imperiosa de contribuir a la resiliencia de las comunidades mediante la explotación conjunta de la tecnología fotovoltaica y el almacenamiento en batería. Como resultado de la devastación generada por el huracán Helene en el oeste de Carolina del Norte, los proveedores de servicios públicos y las entidades locales andan en la búsqueda de formas de mantener las operaciones críticas ante las posibles calamidades futuras. La instalación de microrredes descentralizadas en los centros comunitarios se configura como una respuesta estratégica que permite que los centros comunitarios mantengan el suministro del servicio eléctrico sin interrupciones.
Microrredes solares como espacios de refugio comunitario
Un ejemplo concreto de esta adaptación tecnológica lo encontramos en Marshall, donde el centro de resiliencia comunitaria conocido como Beacon of Hope finalizó recientemente la instalación de un potente sistema de energía. Este espacio esencial que funciona a la vez como despensa, como tienda de segunda mano y como lavandería pública fue montado por los electricistas de la firma Rhino Renewables con paneles solares de última tecnología. El núcleo de la modernización está en la instalación de un grupo de baterías protectoras de unos tres pies de altura, completamente cargadas de conductores que están diseñadas para retener la energía capturada por los módulos de la azotea.
Este tipo de estructura integral, al que se le denomina formalmente microrred, es completamente distinto a los paneles solares sin respaldo, que se apagan automáticamente cuando hay un apagón para proteger a los operarios de la red. Las baterías recién instaladas en el edificio pueden almacenar teóricamente un cálculo de 68 kilovatios hora de energía solar.
Financiamiento del Estado y el impacto social inmediato
La modernización del centro Beacon of Hope es sólo el comienzo de un muy ambicioso plan de contingencia previsto hasta la extensión de 26 microrredes en el accidentado horizonte de Carolina del Norte. 24 de estos sistemas fotovoltaicos se asentarán en edificios comunitarios tales como bibliotecas, departamentos de bomberos o bancos de alimentos, y los otros dos se fijarán a remolques para emergencias. Esta gran operación logística la une una coalición de ONGs, encargadas de obtener una subvención de US$5 millones del Departamento de Estado de Calidad Ambiental.
Las instituciones de la comunidad, tienen de esta forma, un alivio inmediato ante una alta demanda social. «La despensa da de comer a 1600 familias semanalmente, y las facturas de energía operativa alcanzaron incluso los US$1200 al mes», explica Jessi Koontz, directora del Beacon of Hope. «Ha dejado de ser una cuestión de luz y agua y ahora es sólo un problema de dinero. Todo se ha complicado por la pandemia. Estábamos comenzando a recuperarnos cuando encima vino el huracán.», manifiesta la ejecutiva.
Escalabilidad operativa y enfoque en la equidad del territorio
Pero aun siendo incuestionables las ventajas públicas que se derivan de estas instalaciones de generación de energía no conectadas a la red, los académicos nos advierten de que escalar estos proyectos a nivel nacional resulta un esfuerzo financiero colosal. El ingeniero de la Universidad de Pittsburgh, Alex Kwasinski, señaló que las grandes corporaciones y los gobiernos rara vez invierten a nivel masivo en tecnología de microrredes, recayendo este esfuerzo logístico mayoritariamente en agrupaciones comunitarias sin fines de lucro. Por su parte, Sarah Nichols, portavoz de la organización Land of Sky, recalcó que la estrategia hacia futuras ubicaciones debería ser equitativa y se debe apuntar a las áreas rurales en suaves colinas que sean menos vulnerables a las inundaciones.
En el caso de que las instalaciones adaptadas llegaran a ser necesarias para funcionar, como sucedió frente a un apagón como el que sucedió durante la tormenta Helene, estas se convertirían en un valioso salvavidas para preservar los suministros médicos y mantener vivas las comunicaciones.
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