La tensión energética a escala mundial ha encontrado un nuevo campo de batalla retórico en el más alto nivel de la cúpula de la diplomacia del Ejecutivo de Estados Unidos. En el contexto de un escenario geopolítico sumamente convulso, en medio de un panorama en el que el precio del petróleo ha vuelto a hacer saltar, el embajador Mike Waltz ha lanzado una fuerte declaración que ataca directamente las políticas ambientales de sus opositores políticos. El diplomático norteamericano defendió la actual política energética de la Casa Blanca de forma vehemente a través de un mensaje público: «Gracias a Dios por la agenda de dominio energético del presidente Trump, desde incentivar el fracking hasta Drill, baby, drill».
El petróleo como arma de geopolítica en Oriente Medio y la subida de precios
Sin embargo, el momento más controvertido de su intervención fue la dura crítica que dirigió a los sectores progresistas, a los que responsabiliza de la actual crisis de precios de los surtidores. Waltz ha calificado de hipócrita la postura de sus oponentes, en los términos de que «es un poco rico que la izquierda progresista se queje de los precios del petróleo cuando literalmente han estado promulgando leyes para hacer subir los precios durante años para empujar a la gente a la energía eólica, solar y a los vehículos eléctricos».
Las declaraciones del embajador se producen en un marco de referencia en el que la famosa frase (atribuida al exsecretario de Estado Henry Kissinger) «controla el petróleo y controlarás las naciones», cobra una escalofriante actualidad. La economía mundial, que ya estaba sometida a la presión de los cabreos arancelarios de la administración de Donald Trump, siente hoy las gravísimas consecuencias de que el barril de crudo cotice cerca de la frontera de los 100 dólares. Esta dramática escalada de los precios tiene un origen directo en la explosión de la guerra en Oriente Medio.
La batalla de las grandes potencias y las reservas estratégicas
Frente a la constante amenaza de Irán de empujar el barril de crudo hasta los catastróficos 200 dólares, Occidente ha tenido que recurrir a medidas de emergencia sin precedentes. La Agencia Internacional de Energía (AIE), un poderoso bloque conformado por más de 30 países consumidores, prometió inundar el mercado inyectando 400 millones de barriles para intentar sostener los precios. Si se llegara a dar esta medida, la liberación de las reservas estratégicas será, en la historia de la humanidad, la mayor de todos los tiempos, un «tsunami de petróleo» para hacer frente a los efectos mortales de la guerra sobre la economía global.
Este desesperado y potencialmente fallido intento de contener la subida de precios es muy importante en la actualidad en Washington. El presidente Trump hace frente, en unos pocos meses, a unas muy importantes elecciones de medio término, y el incremento de los precios de la gasolina en las estaciones de servicio es ya un factor que castiga en el bolsillo a los votantes.
La lejana etapa postpetróleo y la dependencia presente
Todo este profundo episodio de crisis militar y diplomática vuelve a ser alimento para la inmensa y persistente dependencia mundial por los fósiles, desmitificando en gran medida la narrativa de una supuesta transición ecológica inminente. Si se observa el petróleo como el tema central de la geopolítica actual, «uno casi siente como si volviera a una época anterior, antes de que los países comenzaran a adoptar las energías renovables y antes de que Estados Unidos se convirtiera en el mayor productor de petróleo y gas natural del mundo».
A pesar de los innegables avances tecnológicos, y de las inversiones billonarias en el sector de las energías limpias, el «oro negro» sigue siendo el rey indiscutido de la matriz mundial.
