En la Audiencia General que se llevó a cabo este miércoles, en el aula Pablo VI, el papa León XIV continuó con su ciclo de catequesis que, como tema, se dedicó a la Constitución dogmática Dei Verbum dedicada al Concilio Vaticano II. Durante su intervención, enfatizó en que la fe en Jesucristo no se basa en ideas abstractas sino en un encuentro histórico, personal en el cual se presenta Dios mismo, se ofrece, se da a conocer. El Santo Pontífice dijo de Jesucristo que es la revelación perfecta y definitiva de Dios. Y, de este modo, la grandeza de la encarnación supone que no hay que situar a Cristo como un simple portavoz de verdades intelectuales sino que, por el contrario, hay que acoger a la humanidad total de él y a su cuerpo real mediante el cual comparte la historia del hombre.
Interlocución de alianza y amistad
León XIV dice que la revelación divina se produce a partir de una «interlocución de alianza», es decir, con la que Dios se ha dirigido al pueblo como amistad. Esta relación no tiene solamente el sentido de comunicar nociones, sino que persigue la transmisión de una historia y llama a una relación viva de «comunidad y reciprocidad».
Para el Pontífice, este proceso se lleva a su culminación en Jesucristo (así lo define el Concilio: «mediador y plenitud de toda la revelación») en quien Dios no solamente habla sino que se entrega, de modo que cada persona se sienta descubierta en lo más íntimo de su verdad.
La verdadera identidad de los hijos
Uno de los puntos clave de la catequesis fue la identidad del creyente. En Cristo, Dios no solo se da a conocer a sí mismo, sino que también da a conocer a los hombres su «verdadera identidad de hijos, que son creados a imagen del Verbo».
El Papa, Obispo de Roma, destacó que Jesús también manifiesta al Padre introduciendo a los creyentes en su propia relación de hijos con él. Recordó, citando a San Pablo, que el espíritu del hijo clama en los corazones llamando a Dios «Padre», una conciencia que permite al cristiano vivir confiando en que el Padre conoce sus necesidades y que lo mira con amor, incluso en lo secreto.
La humanidad de Jesús como lugar de revelación
El papa subrayó que la revelación divina se concreta en la vida de Jesús: en sus palabras, obras, gestos de compasión, muerte y resurrección. Nos advirtió de que «la verdad de Dios no queda del todo desvelada si se la priva de algo de lo humano», esto es, la humanidad de Jesús parece que no se reduce en la del hombre. Por el contrario, reducir la humanidad de Cristo empobrece la comprensión de la revelación; es en su humanidad plena donde se manifiesta íntegramente la verdad de Dios. Lo que salva y convoca a la fe es el Señor en su totalidad. Es decir, que nace, enseña, sana, sufre, muere, resucita y permanece entre los suyos.
León XIV concluyó su catequesis advirtiendo que, gracias a la mediación de Jesucristo, el creyente recibe una certidumbre fundamental y clave para su vida: nadie le separará del amor de Dios. Esta certidumbre pasa de ser una fe expuesta a la fórmula de la confianza, donde el mismo Jesús se convierte en el «lugar» teológico y existencial en el que reconocemos la verdad del Padre y, por lo tanto, nos descubrimos «conocidos por él como hijos en el Hijo». El conocimiento de Dios deja de ser un mero papel intelectual y se convierte en profundamente relacional: conocemos a Dios, en efecto, del mismo modo que somos conocidos por él.
