Dentro de la catequesis que el Santo Padre León XIV viene desarrollando cada miércoles, el Pontífice ha formulado un reclamo enérgico a los fieles sobre la necesidad ineludible de que la vida espiritual alcance la vida cotidiana. A partir de la Audiencia General de este 14 de enero, el Papa siguió avanzando en su ciclo de reflexiones sobre el Concilio Vaticano II, haciendo un replanteo sobre la Constitución Dogmática Dei Verbum de la Divina Revelación.
De esclavos a amigos: la nueva alianza
El eje central de la reflexión papal se centró sobre las palabras de Jesús en el Evangelio de San Juan «Ya no los llamo siervos … incluso los he llamado amigos». León XIV explicó que este versículo pone de manifiesto una de las claves fundamentales de una fe que recuerda la Dei Verbum: Jesucristo cambiará radicalmente la relación del hombre con Dios, ya no será la relación vertical, lejana y distante de otro tiempo, sino que se convertirá en una «relación de amistad».
El Pontífice hizo un poco más explícito el contenido y las consecuencias de la relación de amistad, observando que Dios mismo «nos habla y se nos revela como un colaborador que nos convoca a la amistad con él». Si bien el Papa tuvo la precaución de señalar que la relación de Dios hacia la humanidad siempre continúa siendo asimétrica (somos nosotros criaturas ante un creador), sí puntualizó que en la encarnación del Hijo, Dios nos eleva a ser hijos e hijas y que la única condición de la nueva alianza es el amor.
La dinámica de la oración: escuchar para conocernos
En lo referente a cultivar esta amistad con Dios, el Papa señaló que la primera actitud que se ha de fomentar es la «escucha», porque sólo así la Palabra en Dios «podrá llegar a nuestra mente y a nuestro corazón». No obstante, esta relación con Dios no es unidireccional. León XIV puntualizó que también estamos llamados a hablar con Dios (en el sentido de una comunicación entre dos), pero aclaró bien cuál es el propósito profundo de este diálogo: no se trata de decirle a Dios algo que él ya sabe, sino de «revelarnos a nosotros mismos» a su presencia.
El Pontífice hizo una clara distinción entre dos dimensiones diferentes de esta práctica. En primer lugar, la llamada oración litúrgica, en comunidad. Es decir, es Dios mismo que habla en la Iglesia; y en segundo lugar, la oración personal que se produce en la «interioridad del corazón y la mente». Ambas dimensiones son igualmente imprescindibles para vivir y cultivar la amistad con el Señor.
Una prioridad irrenunciable: «El tiempo no puede faltar»
Era justo el final de su intervención cuando el Papa León XIV emitió la exigente y práctica conexión para darle sentido a la urgencia de su mensaje. El Santo Padre volvió a insistir sin contemplaciones de ninguna especie en que el «tiempo para la oración, la meditación y la reflexión no puede faltar en el día y la semana del cristiano».
León XIV defendió que esta dedicación es fuente material de la propia fe y puso como referencia una analogía humana para mostrar la precariedad de la inconstancia: por experiencia sabemos que las amistades se terminan con facilidad atravesadas por una «ruptura» o, simplemente, por negligencia. «Jesús nos propone ser amigos, no dejemos esta llamada desatendida».
Así, el Pontífice hizo ver que hallar ese tiempo de meditar no es un lujo prescindible, sino el único modo para descubrir que «la amistad con Dios es nuestra salvación». La Audiencia General de este miércoles dejó un claro mensaje para los católicos en este inicio de año: la amistad con Dios es una práctica diaria que requiere de un tiempo para organizar el calendario personal.
