La primera jornada de la Reunión Anual del Foro Económico en Davos deja dos sensaciones bien claras: la necesidad de armonía, por una parte, y la urgencia de tomar decisiones drásticas, por la otra. La inauguración de la jornada ha estado destinada a dibujar los cinco retos globales (cooperación, crecimiento, personas, innovación y sostenibilidad).
El día se ha cerrado con una potente carga de simbolismo cultural. El Opening Concert ha cumplido con las expectativas de un gran concierto de apertura: Jon Batiste y Renaud Capuçon, siempre sonando junto a la Mahler Chamber Orchestra, se han situado, de alguna forma, como recordatorio de que incluso en un mundo fracturado, la excelencia y la cooperación son posibles. El arte sirvió como preámbulo también conciliador para la dura realidad política que es la otra cara de la moneda.
Sin embargo, la primera jornada de la Reunión Anual del Foro Económico ha tenido su contrapunto casi simultáneamente con el Open Forum, bajo el signo de la pregunta: «¿Qué 2050 queremos?». Ha sido esta la sesión más destacada de la tarde, donde se le ha concedido el protagonismo a la discusión sobre cómo las decisiones sobre tecnología y clima que se están tomando desde el presente pueden estar cimentando (o destruyendo) el propio futuro.
Arjen Callamard (Amnistía Internacional) y el análisis crítico histórico de Adam Tooze establecieron un contraste con la mirada de las tecnologías de Arjun Prakash (Distyl AI). La conclusión del panel fue diáfana: el futuro próspero y equitativo no es inevitable, es una opción que hay que tomar. Si no se invierte en justicia social y resiliencia climática hoy, la desigualdad será un signo de la vida social en 2050.
Para mañana: Después de este comienzo ceremonial y reflexivo, mañana entraremos en materia con las primeras sesiones técnicas sobre crecimiento económico y la inversión en capital humano.
