La crisis climática mundial ha alcanzado un inesperado y alarmante nivel de urgencia, soportado con datos científicos que evidencian la enorme fragilidad de nuestro ecosistema frente al calor. Mientras la Organización Meteorológica Mundial (OMM) va dando a conocer su deseado informe global del Estado del Clima 2025, el secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), António Guterres no dudó en alzar la voz y pedir a los líderes mundiales que pasen a la acción en materia climática con urgencia, contundencia y estrictamente en base a evidencias científicas.
Concentraciones récord de gases de efecto invernadero
La evidencia más clara y, a su vez, más alarmante de dicho dese equilibrio energético letal, es el inexorable incremento de las concentraciones de dióxido de carbono (CO2) en nuestra atmósfera, que es el principal y más destacado forzante del causado por el ser humano. De acuerdo con los rigurosos registros presentados en el informe, la fracción molar media anual global de CO2 alcanzó un nuevo y preocupante máximo histórico registrado en 2024, que es el último año para el cual la organización disponía de cifras ya totalmente consolidadas. La concentración trepó hasta las 423.9 partes por millón, esto es 3.5 partes por millón más en comparación con el año anterior, escalando hasta alcanzar un ingente 152 por ciento de la concentración preindustrial estimada en el distante 1750.
La OMM advierte que el incremento señalado equivale al mayor incremento anual en la medición de las concentraciones de CO2 desde la proclamada modernidad con el dato de 1957. Esta debacle atmosférico ha sido impulsado incesantemente por las continuas y masivas emisiones de combustibles fósiles, la considerable expansión de las emisiones de gigantescos incendios forestales alrededor del mundo y, lo que es aún más nefasto, por una preocupante y probado descenso en la eficiencia natural de los sumideros terrestres y oceánicos para absorber gases.
El efecto directo sobre la temperatura global en la superficie
La imponente y agobiante acumulación de estos gases de efecto invernadero presenta una respuesta física directa, inexorable y devastadora que afecta a la temperatura de la Tierra. Resulta que, mediante el proceso de un estudio de síntesis de nueve conjuntos de datos globales, la OMM calculó que la temperatura media anual global de la superficie, en el año 2025, fue de 1.43 °C respecto a la media del período 1850-1900, que es la que se usa como referencia a la hora de tratar de representar las condiciones preindustriales del planeta. Aunque la temperatura media global del año 2025 fue inferior a la catastrófica media histórica de 1.55 °C, se reservó para el año 2024, fue únicamente el resultado del cambio cíclico desde un fenómeno climático.
Aún a pesar de la leve entrega que proporcionan los ciclos naturales del océano Pacífico, el año 2025 no se libró de preocupantes marcas extremas y se posicionó como el segundo o el tercer año más caliente existente en los 176 años de registros observacionales que hay disponibles en estos momentos, dependiendo del conjunto de datos científicos del que se trate.
El océano como gran sumidero de calor
Gran parte de la razón por la cual la temperatura superficial de la Tierra no es todavía francamente insoportable para la vida es porque los océanos sacrifican silenciosamente e inmensamente su energía calórica. El informe indica alarmantemente que durante el año 2025, el contenido de calor oceánico global medido hasta la profundidad de los 2000 metros del agua marcó un nuevo y muy indeseado récord, con una diferencia notable respecto al récord preocupante de 2024.
La cadencia de los vastos océanos en absorber el exceso de calor acumulado como consecuencia de la actividad industrial de los humanos es un buen, quizás, el mejor indicativo, de la magnitud de la descompensación energética que presenta el planeta.
